• Lo que no se alcanza

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Mayo 2011 — Lo que no se alcanza

    Hay etapas en las que uno deja de pertenecer. No a un lugar, ni a una persona… sino a una sensación. Como si aquello que antes te sostenía ahora se hubiese desplazado apenas unos centímetros, lo justo para que no puedas alcanzarlo del todo.

    Te conviertes en eso:

    un emigrante de lo que sentías

    un apátrida del consuelo

    No porque no exista…

    sino porque ya no encaja igual en ti.

    Sigues deseando.

    Pero el deseo cambia.

    Antes era impulso.

    Ahora es conciencia.

    Sabes lo que buscas, lo reconoces cuando aparece, incluso sabes describirlo con precisión… pero no siempre puedes tocarlo. Y ahí hay algo duro: tener la capacidad de ver la belleza… y no alcanzarla.

    Eso pesa más que no verla.

    Empiezas a entender que el tiempo no es lineal.

    Que puedes haber vivido tarde lo que otros vivieron pronto.

    Y envejecido antes en cosas que aún deberían ser ligeras.

    No es una queja.

    Es una constatación.

    Has comprimido etapas.

    Y ahora pagas el ajuste.

    Aun así, no te detienes.

    Hay algo en ti que no acepta orillas claras. Que no necesita certezas para avanzar. Te mueves en lo incierto con una naturalidad que desconcierta, incluso a ti mismo.

    No sabes exactamente hacia dónde.

    Pero sabes que no es atrás.

    Y en medio de todo eso… aparece la contradicción.

    Porque puedes sentirte fuerte al tener cerca a alguien…

    y al mismo tiempo completamente expuesto.

    Puedes encontrar refugio…

    y seguir sintiendo frío.

    Puedes amar…

    y no terminar de descansar.

    Aquí entra una de las verdades más limpias del mes:

    👉 hay magia en lo que no está entero

    En lo roto.

    En lo que ha sido atravesado.

    En lo que ya no es perfecto.

    Porque lo perfecto protege… pero también oculta.

    Y tú empiezas a desconfiar de esa superficie limpia.

    El deseo se vuelve más directo.

    Menos discurso.

    Más presencia.

    Beso por beso.

    Sin rodeos.

    Sin explicaciones innecesarias.

    Porque cuando algo es real, no necesita ser defendido.

    Pero hay cansancio.

    Y no lo escondes del todo.

    Aparece en preguntas que no respondes.

    En recuerdos que convocas sin ganas.

    En la sensación de que algo que antes brotaba solo… ahora hay que buscarlo.

    Y eso incomoda.

    Entonces surge el punto clave del mes:

    👉 los ciclos también se agotan

    No como fracaso.

    Como ley.

    Todo lo que crece…

    también se desplaza, se transforma o se apaga.

    Y resistirse a eso desgasta más que aceptarlo.

    Así que te mantienes en una posición difícil:

    ni te rindes

    ni fuerzas lo que ya no fluye igual

    Observas.

    Sostienes.

    Sigues.

    Porque aunque no alcances todo lo que ves…

    aunque no puedas retener todo lo que sientes…

    sigues teniendo algo que no se ha roto:

    👉 la capacidad de reconocerlo

    Y eso…

    aunque no lo parezca,

    también es una forma de pertenecer.

  • Al borde sin caer

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Abril 2011 — Al borde sin caer

    Hay un lugar donde todo ocurre justo antes de suceder. Un instante suspendido en el que el deseo aún no se consuma, pero ya ha tomado forma. Ahí es donde me gusta vivir. A dos milímetros del cielo. Lo suficiente cerca para sentirlo, lo bastante lejos para no agotarlo.

    No busco la culminación. Busco ese punto exacto donde lo deseado y lo conseguido se rozan sin anularse. Donde el abrazo aún no se ha cerrado y, sin embargo, ya lo estás sintiendo. Ese aroma previo, esa tensión que no pide resolverse porque en ella misma ya existe plenitud.

    Y tú… apareces ahí.

    Sin necesidad de imponerte. Sin esfuerzo. Sin artificio. Hay algo en tu presencia que no compite, que no exige, que simplemente es. Y en ese ser, desplazas todo lo demás. No por intensidad, sino por verdad.

    Pero no todo es equilibrio.

    Hay días en los que el límite se vuelve real. En los que sientes que estás caminando sobre algo que podría quebrarse en cualquier momento. No por debilidad, sino por exceso. Demasiado sentir, demasiado pensar, demasiado sostener.

    Me llevas ahí.

    Al borde.

    Donde todo vibra más de lo que debería. Donde el control se diluye y la certeza deja de ser necesaria. Y sin embargo, no caigo. No porque no pueda, sino porque he aprendido a sostenerme en ese filo sin necesidad de dar un paso atrás.

    Mi mundo no tiene patria. No se define por límites ni por pertenencias. Se construye donde decido estar, no donde me colocan. No sigo banderas, sigo impulsos. Y en ese movimiento hay una coherencia que no necesita explicación.

    No soy errante.

    Pero tampoco soy estático.

    Avanzo.

    A veces con claridad.

    A veces a ciegas.

    Y aun así, hay momentos de pausa.

    Momentos en los que dejo de empujar y observo. Donde permito que el tiempo actúe sin intervenir. No como rendición, sino como respeto. Porque no todo se conquista. Hay cosas que solo se revelan cuando dejas de forzarlas.

    He conocido lugares que no existen.

    Espacios donde las reglas no aplican, donde las distancias se acortan sin recorrerlas, donde el tiempo no pesa. Un planeta sin nombre donde todo parece posible porque nada necesita justificarse.

    Ahí también estás.

    No como figura, sino como sensación. Como algo que no se puede retener, pero tampoco olvidar. Un eco que no desaparece aunque cambie el sonido.

    Y sin embargo, sigo aquí.

    Con los pies en lo real.

    Con el cuerpo sujeto al tiempo.

    Con la conciencia de que todo lo que siento tiene un límite, aunque no lo quiera.

    Hay días en los que me reconozco vulnerable.

    No desde la debilidad, sino desde la exposición. Desde el hecho de saber que hay partes de mí que no controlo, que no domestico, que simplemente… aparecen. Y cuando lo hacen, no lucho contra ellas.

    Las observo.

    Las dejo ser.

    Porque he entendido algo que antes evitaba:

    no todo lo que eleva… protege

    y no todo lo que duele… destruye

    Así que me quedo.

    En ese borde.

    En esa tensión.

    En ese equilibrio inestable que, lejos de romperme, me define.

    No quiero más control.

    No quiero más distancia.

    No quiero más explicación.

    Quiero esto.

    Tal y como es.

    Sin adorno.

    Sin red.

    Sin garantías.

    Porque al final, lo único que importa no es cuánto te acercas al límite…

    sino si eres capaz de vivir ahí

    sin dejar de ser tú.

  • Sin adorno

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Marzo 2011 — Sin adorno

    Hay un punto en el que dejas de buscar intensidad… y empiezas a reconocer lo que es suficiente.

    No porque te conformes.

    Sino porque aprendes a distinguir lo verdadero de lo añadido.

    Te miro y no necesito nada más. Ningún artificio, ningún gesto forzado, ninguna promesa exagerada. Hay algo en ti que no requiere explicación. Algo que no necesita ser mejorado para ser visto. Y eso, en un mundo que constantemente adorna, pesa más que cualquier perfección.

    Porque lo perfecto no siempre es lo que permanece.

    Pero lo verdadero… sí deja huella.

    Aun así, no todo es calma.

    Hay días en los que el camino se vuelve incierto. En los que te preguntas cuánto de lo que has construido se sostiene y cuánto depende de un hilo invisible. Caminas, avanzas, desafías lo que aparece, pero en algún punto surge la duda: si todo esto se detuviera… ¿quién serías?

    No es miedo.

    Es conciencia.

    La sensación de que un día puedes dejar de estar donde estás. De que el pedestal no es lugar para quedarse, sino un tránsito. Y que, cuando toque, tendrás que bajarte sin ruido. Sin resistencia. Sin convertirlo en drama.

    Cerrar despacio la última puerta.

    No como renuncia.

    Como acto de coherencia.

    Mientras tanto, todo sigue.

    Y en ese seguir, algo cambia.

    Ya no eres el mismo.

    Pero tampoco has dejado de serlo.

    Te has expandido.

    Después de lo vivido, ya no vuelves atrás. No puedes. Porque hay experiencias que no se olvidan, no por lo que fueron, sino por lo que provocaron. Te obligan a crecer, a incomodarte, a mirar donde antes no mirabas.

    Y en ese crecimiento aparece algo nuevo:

    la capacidad de sostener lo bello…

    sin necesidad de idealizarlo.

    Empiezo a entender que amar no es completar.

    Es transformar.

    No llenar vacíos, sino alterar la forma en que los miras. No evitar las grietas, sino aceptar que también forman parte de lo que eres. Que incluso ahí, en lo imperfecto, hay una estética que no necesita ser corregida.

    A veces vuelvo atrás.

    No físicamente.

    Pero sí en la memoria.

    Y me pregunto por la textura de mis sueños. Si están hechos de lo que fui, de lo que viví, o de lo que aún no he sido capaz de tocar. Si son suaves como la infancia, ásperos como el esfuerzo, o húmedos como la piel que aún recuerdo.

    No siempre encuentro respuesta.

    Pero ya no la necesito.

    Porque hay algo que se ha asentado:

    no todo lo que deseo tiene que quedarse,

    ni todo lo que se queda tiene que ser eterno.

    Y aun así, elijo.

    Elijo sentir.

    Elijo seguir.

    Elijo no protegerme del todo.

    Aunque implique riesgo.

    Aunque implique pérdida.

    Aunque implique cambiar.

    Porque al final, lo que permanece no es lo que retienes.

    Es lo que te transforma.

    Y eso…

    eso nunca necesita adorno.

  • Da color a lo que arde

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Febrero 2011 — Dar color a lo que arde

    Hay una forma de vivir que no se explica, se provoca. Como si todo lo que tocas necesitara adquirir densidad, color, cuerpo. Ya no basta con sentir: ahora quieres transformar lo que sientes en algo que pueda respirarse, tocarse, habitarse.

    Empiezo a entender que no se trata de encontrar, sino de dar. Dar color a lo que antes era trazo. Dar forma a lo que apenas era susurro. Hay una especie de intercambio silencioso en todo esto, una ley no escrita donde lo que entregas vuelve transformado, nunca igual, siempre más intenso. Como una burbuja que parece frágil pero contiene dentro un universo entero, listo para estallar en mil direcciones.

    Te deseo. Sin matices. Sin adornos. No como quien busca poseer, sino como quien reconoce algo inevitable. Hay en ese deseo una mezcla extraña de luz y herida, de impulso y conciencia. No eres perfecta, ni lo pretendo. Hay grietas, hay historia, hay cicatrices. Y sin embargo, todo eso no resta… suma. Porque lo que conmueve no vive en lo impecable, sino en el borde de lo que puede romperse.

    A veces el deseo se vuelve juego. Ligero en apariencia, profundo en intención. Pintarte la cara con los colores de los sueños, recorrer tu piel como si fuera un lienzo vivo, dejar que cada gesto despierte algo que no necesita nombre. Hay una intimidad que no se explica con palabras, que se desliza entre el tacto y la espera, entre la intención y el instante en que todo se desborda.

    Pero no todo es luz.

    También hay memoria. Y peso.

    Mi vida ha sido una sucesión de abrazos intensos, pero inconexos. Momentos que ardían con fuerza pero que no sabían quedarse. Eso te marca. Te enseña a preferir lo intenso sobre lo constante, lo verdadero sobre lo cómodo. Pero también deja un rastro: una cierta incapacidad para creer en la continuidad sin fisuras.

    Y ahí aparece el orgullo.

    Ese que ciega. Ese que protege y al mismo tiempo aísla. Que te hace fuerte hacia fuera, pero vulnerable hacia dentro. Que te impide ceder cuando tal vez deberías, o acercarte cuando aún estás a tiempo. Y mientras tanto, la ilusión galopa sin mirar atrás, llevándose consigo lo que no supiste sostener.

    Hay noches en las que la soledad no es ausencia, sino presencia densa. Casi física. Como una vieja conocida que se sienta a tu lado y no necesita hablar. Solo estar. Solo recordarte que no todo se llena, que no todo se resuelve, que hay partes de uno que simplemente… acompañan.

    Y sin embargo, no renuncio.

    Porque también hay belleza en el límite. En esa línea fina donde lo que duele y lo que eleva se confunden. Donde la exigencia no destruye, sino que define. Donde ser frágil no significa ser débil, sino estar expuesto a lo que de verdad importa.

    Aspiro a lo que pienso. No a lo que me dicen que debería ser, ni a lo que encaja mejor en un relato ajeno. A lo que nace dentro, incluso cuando es incómodo, incluso cuando implica riesgo. Porque solo desde ahí se construye algo que merezca la pena.

    Y en medio de todo esto, aparece una idea que ya no puedo ignorar:

    no eres solo lo que eres,

    eres también lo que te precede

    y lo que decides dejar.

    Cada gesto, cada palabra, cada elección deja una estela. Invisible, pero real. Y en esa estela, otros aprenderán a volar… o no.

    Tal vez por eso sigo aquí.

    Dando.

    Deseando.

    Equivocándome.

    Volviendo a empezar.

    Aceptando que hay amores que llegan a destiempo, pero no por ello dejan de ser reales. Que hay encuentros que no buscan eternidad, sino intensidad. Y que incluso en ese tránsito, en ese ir y venir entre lo que es y lo que pudo ser, hay una forma de plenitud.

    Brindemos por eso.

    Por lo que arde sin prometer.

    Por lo que llega sin quedarse.

    Por lo que, aun siendo imperfecto…

    nos hace sentir vivos.

  • El color que me falta

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Enero 2011 — El color que me falta

    Hay momentos en los que uno deja de buscar respuestas y empieza, simplemente, a habitar las preguntas. No desde la derrota, sino desde una especie de aceptación serena que no necesita resolverlo todo para seguir avanzando. Como si el tiempo, en lugar de ofrecer certezas, te enseñara a convivir con lo que no encaja del todo.

    Te observo incluso cuando estás delante. No como quien mira, sino como quien intenta comprender sin tocar. Hay algo en ti que no se deja atrapar, que se desliza entre lo evidente y lo que no se nombra. Y sin embargo, es ahí donde más te siento. En ese espacio donde no hay control, donde el deseo no es lineal y la emoción no pide permiso.

    Eres el color que me hace diferente. No porque completes nada, sino porque alteras el equilibrio. Introduces una variación que no estaba prevista, una grieta en la continuidad de lo que creía estable. Y en esa grieta… aparece algo nuevo. Algo que no entiendo del todo, pero que no quiero perder.

    A veces me descubro agotado. No por lo que vivo, sino por lo que implica sentirlo con tanta claridad. Como si cada instante tuviera peso, como si cada gesto arrastrara una consecuencia invisible. Y aun así, cuando todo parece detenerse, cuando el cuerpo pide pausa y la mente silencio, apareces como aire sobre la espalda mojada. No solucionas nada. Pero sostienes.

    Hay una parte de mí que sabe que esto no es inocente. Que no es ligero. Que no es simple. No busco perfección, ni un relato ordenado que pueda explicar de principio a fin. Busco algo más incómodo: un cóctel de riesgo, crecimiento y duda. Algo que me obligue a no dormirme en lo previsible, a no esconderme en lo correcto.

    Y en ese camino, también me pierdo.

    Porque cuando mi alma salta, mi boca calla. Cuando la emoción empuja, la razón se retira unos pasos, observando sin intervenir. No siempre sé si avanzo o retrocedo. No siempre reconozco el rostro que me devuelve el espejo. Hay días en los que la verdad se muestra desnuda, sin matices, y los besos saben a algo que no termina de encajar. Como si el fuego existiera… pero sin llama.

    Y ahí, justo ahí, aparece lo más difícil: no huir.

    No huir de la contradicción.

    No huir de lo que duele sin romperse.

    No huir de lo que no se puede explicar.

    Porque también he aprendido que no todo lo que se siente necesita ser entendido. Pero sí respetado.

    Late por mí, pienso a veces, no como una petición, sino como una forma de acompasar lo que no siempre sé sostener solo. Cambiar la ausencia por presencia, aunque sea por instantes. Aunque sea de forma imperfecta. Aunque sepamos que el tiempo no se deja domesticar y que lo que hoy florece, mañana puede marchitar.

    Y sin embargo, me quedo.

    Me quedo incluso sabiendo que no todo será.

    Me quedo aun entendiendo que hay sombras en los colores más intensos.

    Me quedo porque, por primera vez, no necesito que todo encaje para que tenga sentido.

    Estoy aprendiendo a mirar el arco iris sin buscar sus trazos negros. No porque no existan, sino porque ya no necesito confirmarlos. Están ahí. Siempre han estado. Pero no definen lo que veo.

    Tal vez eso sea crecer.

    Aceptar que lo que quiero no siempre es lo que comprendo.

    Que lo que me falta no siempre debe ser llenado.

    Y que hay presencias que no completan… pero transforman.

    Y tú… eres una de ellas.

  • Donde vivir deja de ser una búsqueda y pasa a ser una elección

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Diciembre 2010 — Donde vivir deja de ser una búsqueda y pasa a ser una elección

    Hay un momento en el que dejas de pelear con lo que te ocurre. No porque todo esté resuelto, ni porque hayas encontrado respuestas definitivas, sino porque entiendes algo más simple y más difícil a la vez: la vida no necesita ser controlada para poder ser vivida.

    Y ahí cambias.

    No abandonas.

    Te sueltas.

    Dejas que el tiempo avance sin exigirle que encaje en lo que esperabas. Te subes a su ritmo, no para dejarte arrastrar, sino para acompañarlo con una mezcla extraña de lucidez y locura. Sabes lo que has pasado. Sabes lo que has aprendido. Y aun así, eliges no endurecerte.

    Eso es nuevo.

    El amor sigue presente, pero ya no pesa igual. No es urgencia ni necesidad. Es compañía. Es lenguaje. Es un espacio donde puedes estar sin perderte. Donde lo que fue no compite con lo que es, y lo que será no genera ansiedad.

    Te permites sentir sin exigir resultado.

    Y eso te libera.

    Miras atrás y no necesitas reconstruir nada. Lo vivido está ahí, con sus luces y sus grietas, formando parte de ti sin necesidad de ser revisado constantemente. No hay nostalgia innecesaria. No hay lucha por reinterpretar lo que ya fue.

    Hay aceptación.

    Y desde ahí, aparece algo distinto.

    Empiezas a mirar hacia adelante.

    No con un plan rígido, ni con una ambición desmedida. Con curiosidad. Con una intención suave pero firme de seguir avanzando, de seguir construyendo, de no quedarte en lo que ya conoces.

    Porque entiendes que vivir no es llegar.

    Es moverse.

    Y en ese movimiento, hay algo que permanece.

    No eres quien eras.

    Tampoco eres aún quien imaginas ser.

    Pero eres suficiente para este momento.

    Y eso basta.

    Diciembre no cierra el año.

    Lo abre.

  • Donde incluso lo que no llena deja huella

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Noviembre 2010 — Donde incluso lo que no llena deja huella

    Hay un momento en el que empiezas a distinguir entre lo que te sostiene y lo que simplemente te atraviesa. Durante mucho tiempo has vivido creyendo que todo lo que sientes tiene un propósito, que cada emoción, cada vínculo, cada recuerdo construye algo dentro de ti. Pero llega un punto en el que esa idea se resquebraja.

    Porque no todo llena.

    Algunas cosas solo pasan.

    Y aun así… dejan rastro.

    Te encuentras entonces en un espacio extraño. Donde puedes amar y, al mismo tiempo, sentir que eso no es suficiente. Donde puedes tocar, besar, compartir… y aun así intuir que hay algo que no termina de llegar. No por falta de intensidad. Sino por falta de destino.

    Y eso desconcierta.

    Porque ya no estás en la ingenuidad de antes. Ya sabes reconocer lo que es real. Ya sabes cuándo algo tiene peso. Y precisamente por eso, duele más cuando ese peso no se traduce en permanencia.

    Aun así, no te detienes.

    Sigues buscando.

    No desde la ansiedad.

    Desde la necesidad de comprender.

    Y en medio de esa búsqueda, aparecen momentos inesperados. Instantes en los que todo encaja de forma casi perfecta. Donde te sientes pleno, completo, como si hubieras ganado algo que llevaba tiempo resistiéndose.

    Pero duran poco.

    Y no pasa nada.

    Porque empiezas a entender que no se trata de retenerlos.

    Se trata de reconocerlos.

    De saber que existen.

    De permitir que te atraviesen sin exigirles más de lo que pueden dar.

    Ahí cambia algo dentro de ti.

    Dejas de pedirle a todo que sea definitivo.

    Dejas de exigirle al amor que lo resuelva todo.

    Dejas de creer que cada emoción tiene que desembocar en una certeza.

    Y en ese soltar… aparece una forma nueva de estar.

    Más ligera.

    Más honesta.

    Más real.

    Pero no más fácil.

    Porque también ves con claridad lo que no quieres. Los espacios donde ya no vives. Las sensaciones que ya no te representan. Las formas de relacionarte que, aunque conocidas, ya no encajan contigo.

    Y eso obliga a elegir.

    No siempre desde la fuerza.

    A veces desde el cansancio lúcido.

    Pero elegir, al fin y al cabo.

    Noviembre no te da respuestas.

    Te da perspectiva.

    Te muestra que la vida no siempre se ordena, que el amor no siempre construye, que la felicidad no siempre permanece.

    Y aun así…

    merece la pena vivirla.

  • Donde lo que duele también construye

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Mayo 2010 — Donde lo que duele también construye

    Hay momentos en los que todo parece encajar con una precisión casi irreal. No es solo lo que ves, ni siquiera lo que sientes, es la sensación de que alguien te sostiene sin tocarte, de que tu forma empieza a definirse porque existe la suya. Te vuelves real en el reflejo del otro, encuentras contorno donde antes solo había intuición, y de pronto el mundo deja de ser abstracto. Todo se vuelve más nítido, más intenso, más vivo.

    Y en esa claridad aparece también la belleza. No como algo decorativo, sino como una fuerza tranquila que se posa en lo cotidiano. El mar sigue estando ahí, constante, respirando en ciclos que no dependen de ti. La piel, el gesto, la cercanía, el deseo… todo parece tener un sentido, una dirección. Incluso el tiempo se vuelve amable cuando crees que algo puede sostenerse más allá de lo inmediato.

    Pero hay algo que empieza a moverse por debajo. No se ve al principio. Es una grieta leve, un indicio, una incomodidad que no termina de tomar forma. El silencio se alarga más de la cuenta. La distancia se vuelve tangible. Y lo que antes era certeza empieza a convertirse en pregunta.

    Entonces ocurre.

    No con estruendo. No con una ruptura limpia.

    Ocurre como ocurre todo lo que duele de verdad: en silencio.

    Tu lugar ya no es el mismo. El vínculo cambia de forma sin pedir permiso. Aparece un tercero, o tal vez siempre estuvo ahí y no quisiste verlo. El frío se instala donde antes había calor. Y lo más desconcertante no es la pérdida en sí, sino la sensación de que lo que eras en ese espacio también se desmorona.

    Te quedas solo con lo que queda.

    Y lo que queda no es poco.

    Queda el cuerpo, que recuerda. Queda la memoria, que insiste. Queda el deseo, que no entiende de decisiones ajenas. Y queda algo más incómodo: la necesidad de reconstruirte sin apoyarte en lo que ya no está.

    Ahí es donde todo cambia de verdad.

    Porque podrías quedarte en la herida. Podrías convertir la pérdida en identidad. Podrías mirar atrás y construir un relato donde todo te arrastra hacia abajo.

    Pero no lo haces.

    Empiezas a hacer algo distinto.

    Empiezas a elegirte.

    Sin épica. Sin ruido.

    Desde un lugar más honesto.

    Aceptas que no todo es para siempre. Que algunas palabras estaban infladas por la emoción del momento. Que el amor no se mide por su duración, sino por lo que deja en ti cuando se transforma o desaparece.

    Y en lugar de cerrarte, haces algo que no es fácil.

    Creas.

    Buscas la belleza incluso cuando no es evidente. Juegas con lo que tienes. Te permites reír donde antes solo había tensión. Aprendes a sostenerte sin depender de que alguien te confirme.

    No niegas el dolor.

    Lo integras.

    Y en ese proceso, sin darte cuenta, aparece una versión más limpia de ti.

    No más fuerte.

    Más clara.

    Más tuya.

    Porque al final, entre las penas y las alegrías, entre lo que se rompe y lo que permanece, hay algo que no desaparece.

    La capacidad de volver a empezar.

  • Donde amar deja de ser seguro

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Abril 2010 — Donde amar deja de ser seguro

    Me desconciertas.

    No por lo que haces.

    Por lo que despiertas.

    Te percibo cercana

    como si ya fueras parte de mí.

    Y sin embargo

    hay un lugar al que no llego.

    Y ahí empieza todo.

    Busqué una forma de entenderlo.

    Un orden.

    Una lógica que calmara el pulso.

    Y encontré algo peor:

    la perfección.

    Porque cuando algo parece completo

    no sabes cómo sostenerlo.

    Y entonces aparece el miedo.

    No el miedo a perderte.

    El miedo

    a no saber vivirte

    sin romperlo.

    Mi corazón se acelera

    no cuando estás lejos.

    Cuando te alejas

    solo un instante.

    Porque ahí no hay explicación.

    Solo vacío.

    Te abrazo.

    Y no descanso.

    Porque en lugar de estar

    me anticipo.

    En lugar de sentir

    calculo.

    Y en ese cálculo

    se pierde algo.

    Pero aun así…

    no me retiro.

    Porque hay algo más fuerte.

    Prefiero no entenderlo.

    Prefiero no dominarlo.

    Prefiero incluso este temblor

    que me recorre

    sin permiso.

    A renunciar.

    Porque lo que hay aquí

    no es certeza.

    Es vida.

    Y aunque no sepa sostenerla del todo…

    la elijo.

  • Donde elegir deja de ser opcional

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Marzo 2010 — Donde elegir deja de ser opcional

    Sobre un campo que no se mueve,

    todo se enfrenta.

    No hay equilibrio.

    Hay dos fuerzas.

    Por un lado,

    la caída.

    El peso.

    La herida.

    El cansancio que no se dice.

    Las puertas que se cierran

    antes de intentar abrirse.

    El abismo

    que no amenaza…

    espera.

    Por el otro,

    la vida.

    Una sonrisa que no pide permiso.

    Un abrazo que no se calcula.

    El calor de lo cercano.

    La posibilidad

    de que algo sí merezca la pena.

    Y entonces aparece lo único que importa:

    Tú decides.

    No el destino.

    No el azar.

    No el pasado.

    Tú.

    Y ahí cambia todo.

    Porque ya no puedes esconderte

    en lo que te ocurre.

    Ahora eliges

    dónde quedarte.

    Y mientras eliges…

    vives.

    Persigues momentos.

    No por lo que duran,

    sino por cómo golpean.

    El mar retrocede

    solo para volver con más fuerza.

    La sal se queda en el aire

    como un recuerdo que no se va.

    Y tú entiendes:

    la intensidad no se retiene.

    Se atraviesa.

    El deseo tampoco se explica.

    Se vive.

    Un gesto.

    Una mirada.

    Un cuerpo que responde

    antes que la razón.

    Y no hay culpa.

    Porque por primera vez

    no estás fingiendo.

    Hay más verdad en el silencio

    que en mil palabras dichas por inercia.

    Hay más amor en recordar

    que en representar.

    Y decides quedarte ahí.

    En lo real.

    Aunque no sea perfecto.

    Aunque no sea eterno.

    Aunque duela.

    Porque también aprendes algo más:

    no todo lo que sientes

    te pertenece.

    Hay distancias.

    Hay preguntas

    que no se responden.

    Hay probabilidades mínimas

    que aun así… sostienes.

    Respiras.

    Y te dices algo sin decirlo:

    si existe una posibilidad,

    aunque sea pequeña…

    vale.

    Pero ya no desde la ingenuidad.

    Desde la elección.

    Y en medio de todo,

    el cuerpo aparece.

    No como impulso.

    Como lenguaje.

    El beso ya no es un beso.

    Es memoria.

    Es sabor.

    Es permanencia momentánea.

    Es lo único

    que no miente.

    Y entonces lo entiendes todo:

    Marzo no es un mes.

    Es un punto de inflexión.

    El momento exacto

    en el que dejas de esperar

    que la vida ocurra…

    y empiezas

    a elegirla.