
2015 — El año en que dejé de reconocerme
No recuerdo exactamente cuándo empezó a cambiar todo.
Estas cosas no hacen ruido al llegar. Se instalan.
Al principio, la vida era ligera. Caminaba con los bolsillos llenos de pequeñas certezas: sueños simples, ganas intactas, una forma de amar que no necesitaba explicación. Todo parecía tener sentido sin necesidad de buscarlo. Amar era suficiente.
Había presencia. Había verdad.
Y, sobre todo, había calma.
Pero el tiempo no rompe de golpe. Desgasta.
Lo que antes era natural empezó a requerir esfuerzo. Lo que fluía, comenzó a tensarse. Y sin darme cuenta, empecé a vivir más pendiente de sostener lo que tenía que de disfrutarlo.
Ahí empezó la grieta.
No fue una caída. Fue algo más sutil. Más peligroso.
La pérdida progresiva de lo que daba sentido a todo.
Las palabras dejaron de encontrarse. Los gestos empezaron a llegar tarde. Y el silencio, ese que antes acompañaba, empezó a pesar.
Intenté resistir.
Intenté amar como antes, incluso cuando ya no era lo mismo. Intenté creer que todo podía volver a su lugar. Pero hay momentos en los que insistir no es sostener, es desgastarse.
Y lo hice.
Hasta que un día entendí que no estaba perdiendo solo algo externo.
Me estaba perdiendo a mí.
Ese fue el verdadero golpe.
No el desamor. No la distancia.
Sino el instante en que me miré y no supe exactamente quién era.
A partir de ahí, todo cambió de naturaleza.
El dolor dejó de ser emoción para convertirse en conciencia. Empecé a observarme. A cuestionarme. A reconstruir cada idea que había dado por válida.
¿Era amor lo que viví?
¿Era necesidad?
¿Era costumbre?
Las respuestas no llegaron. Pero dejaron de ser urgentes.
Porque algo empezó a tomar forma en medio del desconcierto:
la aceptación de que no todo lo que termina fracasa.
Que hay historias que no están hechas para durar, sino para transformarte.
Y 2015 fue eso.
Un año de tránsito.
Un año en el que convivieron la plenitud y la pérdida. El deseo y el vacío. La esperanza y la resignación. Todo al mismo tiempo, sin orden, sin aviso.
Un año en el que amé de verdad…
y también entendí lo que cuesta sostenerlo.
No salí de ese año siendo mejor.
Salí siendo distinto.
Más consciente.
Más incómodo.
Más real.
Aprendí que la vida no es una línea que avanza, sino un territorio que se atraviesa. Que no hay equilibrio permanente, solo momentos en los que todo parece encajar antes de volver a romperse.
Y, aun así, seguimos.
Con menos certezas, pero con más verdad.
Con menos ruido, pero con más profundidad.
Si algo me dejó 2015 no fue una respuesta.
Fue una forma de mirar.
Y una certeza silenciosa que no me ha abandonado desde entonces:
Que incluso cuando todo se desordena,
hay algo dentro de nosotros que sigue avanzando…
aunque todavía no sepamos hacia dónde.









