Hola

jueves, octubre 1, 2026 Permalink 0

Hola

El escenario está casi desnudo.

No hay atril. No hay una mesa detrás de la que protegerse con unos papeles. Tampoco una pantalla esperando distraer la mirada.

Solo un sillón ancho, amplio, cómodo, ligeramente girado. No completamente de frente al auditorio. Casi de medio lado, como si aquello no fuera a ser una conferencia, sino una conversación que todavía no sabemos adónde nos llevará.

A mi derecha, una pequeña mesa.

Sobre ella, un cenicero y un vaso bajo, pesado, de cristal de roca. Apenas unos dedos de whisky de malta. Solo whisky. Sin hielo. Nada que pueda tintinear cuando llegue el silencio.

Entro sin chaqueta y sin corbata.

Me siento.

Acomodo la espalda y, durante unos segundos, observo el auditorio sin decir nada.

Saco un Wide Churchill de una reconocida casa cubana. Lo sostengo entre los dedos y lo observo un instante, casi por costumbre. Después tomo una cerilla extralarga.

Ras.

La llama aparece.

La acerco despacio al pie del puro y lo hago girar entre los dedos. Sin prisas. Dejo que el calor vaya formando la brasa antes de dar la primera calada.

Apago la cerilla.

La primera bocanada asciende despacio.

No hago nada por apartarla.

Durante unos segundos el humo queda suspendido entre el escenario y yo, buscando su propio camino bajo la luz.

Levanto entonces la mirada.

A través del borde de las gafas busco a alguien en la última fila.

—Hola.

[Pausa.]

—Hoy les voy a proponer algo un poco extraño.

Miro el puro.

Sonrío.

—Les invito a hacer unos humos conmigo.

[Alguna risa.]

—No se preocupen. No hace falta que fumen. Con que se queden un rato, me basta.

[Risas.]

Doy otra calada.

—Porque no soy una persona fácil.

Ni siquiera soy fácil de conocer de una sola vez.

Tampoco soy hermético.

Pero soy real.

Y si vas a acercarte, te pediría algo.

No te confundas quedándote con una sola parte.

Todo es una parte de todo. Cada parte pertenece a un conjunto y, de alguna manera, entre todas van haciendo eso que llamamos uno mismo.

Si te acercas, podés encontrar presencia, rapidez mental, capacidad o una cierta tendencia a ocupar un espacio.

Tal vez mi cabeza trabaje deprisa y enseguida empiece los juegos malabares, relacionando unas cosas con otras.

Eso puede fascinarte.

Puede intimidarte.

O incluso puede cansarte.

[Sonrío.]

Créeme. Esto último también me lo han hecho saber.

[Risas.]

Tomo el vaso. Un sorbo pequeño. Lo saboreo y vuelvo a dejarlo exactamente donde estaba.

Pero si despierto una curiosidad…

si despierto tu curiosidad…

me doy por satisfecho.

Porque entonces quizá te quedes un poco más.

Y si te quedas, es posible que descubras que no siempre quiero ocupar ese espacio.

A veces solamente estoy buscando con quién compartirlo.

[Calada.]

Tengo una curiosidad casi incorregible.

Me interesa saber qué hay detrás de las cosas, pero también qué hay al lado. Y alguna vez, para desesperación de quienes me acompañan, qué coño habrá debajo.

[Risas.]

Puedo empezar hablando de economía y terminar preguntándome por qué alguien dejó de hablarnos hace veinte años. Escuchar una canción y encontrar dentro una conversación. Ver una película y quedarme con una frase que probablemente el guionista consideraba secundaria.

Tengo conversaciones que empezaron hace más de sesenta años y todavía no han terminado.

Algunas fueron con personas que siguen conmigo.

Otras, no.

Y hay algo extraño en eso.

Hay palabras que alguien me dijo cuando yo era casi un niño y que entonces no entendí. Pasaron los años, pasó aquella persona, pasó incluso aquel que yo era…

y un día, sin avisar, comprendí lo que había querido decirme.

Sesenta años después.

¿Cómo puede durar tanto una conversación?

No lo sé.

Pero dura.

Y eso me hace sospechar que quizá somos bastante más grandes de lo que conseguimos contar cuando decimos quiénes somos.

Y también bastante más pequeños.

Eso conviene recordarlo.

[Risas.]

He tenido responsabilidades. He dirigido cosas. He representado organizaciones. He tomado decisiones. Y supongo que todo eso habrá ido dejando cierta apariencia de seguridad.

No se fíen demasiado.

Uno puede aprender durante años a caminar con bastante seguridad y continuar sin tener ni puta idea de dónde está el baño cuando entra en un restaurante nuevo.

[Risas.]

Quizá esté bien que sea así.

Porque me preocupan un poco las personas que han conseguido explicarse completamente.

Sobre todo cuando empiezan a explicarme a mí.

[Risas.]

Yo todavía no he terminado.

Y no sé si quiero terminar.

Durante mucho tiempo pensé que madurar consistía en ir encontrando respuestas.

Ahora tengo algunas dudas.

He encontrado respuestas, naturalmente.

Pero las mejores me han hecho algo bastante puñetero.

Me han traído preguntas nuevas.

Me gusta preguntar.

Mucho.

Y me gustan especialmente las preguntas que estropean una buena respuesta.

[Risas.]

Si me dices algo demasiado perfecto, probablemente empezaré a buscarle una grieta.

No necesariamente porque piense que estás equivocado.

Quizá precisamente porque sospecho que tienes razón y quiero saber cuánto aguanta.

También hago eso conmigo.

No siempre.

No voy a venderte ahora una versión extraordinariamente tolerante de mí mismo porque nos conocemos desde hace apenas unos minutos y sería empezar engañándote.

Soy terco.

Puedo ser impaciente.

Hay convicciones que defiendo con fuerza.

Y alguna vez escucho al otro mientras, en realidad, estoy preparando mi respuesta.

Supongo que tú también lo has hecho.

Esa maravillosa conversación en la que los dos parecemos escucharnos y, en realidad, hay dos personas esperando turno para continuar hablando consigo mismas.

[Risas.]

Pero intento corregirlo.

Porque cada vez me interesa más la gente que piensa diferente.

No para convencerla.

Eso sería demasiado pobre.

Me interesa porque existe una posibilidad mucho más inquietante:

que vea algo que yo no estoy viendo.

[Silencio.]

Y ahí empiezan los problemas.

Porque puedo escucharte y continuar pensando que estás equivocado.

Pero también puedo escucharte y descubrir que el equivocado era yo.

Eso tiene bastante peor arreglo.

[Risas.]

Feynman dejó una advertencia que siempre me ha parecido incómoda: la persona más fácil de engañar es uno mismo.

Y uno dispone de medios extraordinarios para hacerlo.

Tenemos memoria selectiva, argumentos, experiencia, orgullo, miedos.

Tenemos incluso inteligencia.

Y la inteligencia, cuando decide ponerse al servicio de una mentira que nos conviene, puede ser una herramienta extraordinariamente eficaz.

Por eso necesito alguna vez que alguien me lleve la contraria.

No continuamente, por favor.

Tengo una edad.

[Risas.]

Pero sí lo suficiente para impedir que mis certezas terminen convirtiéndose en paredes.

Porque hay paredes muy curiosas.

Son de cristal.

Desde dentro puedes verlo todo.

Ves a quienes piensan diferente. Lees. Escuchas. Conversas. Te consideras una persona abierta.

Hasta que intentas caminar hacia otro lugar…

y te das de frente contra el cristal.

[Silencio.]

Yo me he dado algunos golpes.

Probablemente todavía se noten.

[Risas.]

Pero hay otra parte de mí que quizá tardes más en encontrar.

Porque la rapidez mental hace ruido.

La presencia también.

Los cargos hacen muchísimo ruido.

Las responsabilidades, las decisiones, esa imagen que vamos construyendo para desenvolvernos por el mundo…

todo eso suena.

Y debajo hay cosas que hablan mucho más bajo.

El afecto, por ejemplo. La memoria. La necesidad de comprender. El miedo a equivocarnos con alguien. La sensación de que algunas personas se han marchado de nuestra vida pero han dejado algo que no consiguieron llevarse.

Eso habla bajito.

Hay que acercarse.

[Silencio.]

Yo recuerdo detalles.

A veces detalles absurdos.

Una mirada. Una canción. Una frase dicha casi sin importancia. Una mesa. Un olor. Algo que alguien dijo sin saber que yo iba a conservarlo durante décadas.

Y eso tiene una consecuencia extraña.

Las personas pueden dejar de estar presentes y continuar formando parte de nosotros.

No como fantasmas.

Ni siquiera necesariamente como nostalgia.

Simplemente porque participaron en nuestra construcción.

También las que nos hicieron daño.

Aunque a esas procuro no concederles más protagonismo del que merecen.

[Tomo el vaso. Esta vez el sorbo es algo más lento.]

Y aquí aparece una de mis contradicciones.

Me gusta mucho acercarme a las personas.

Pero necesito seguir siendo yo.

He tardado tiempo en comprender que ambas cosas no son incompatibles.

Puedo intentar mirar desde tus ojos sin arrancarme los míos.

Puedo comprender por qué hiciste algo y seguir pensando que no debiste hacerlo.

Puedo quererte sin pertenecerte.

Puedo necesitarte alguna vez sin convertirte en responsable de mi existencia.

Y puedo dejar que algo tuyo entre en mí sin exigirte que te quedes para siempre.

No siempre lo he sabido hacer.

Tampoco estoy seguro de saber hacerlo ahora.

Pero me gusta la dirección.

[Silencio.]

Hay algo, sin embargo, que llevo peor.

El silencio.

No el silencio tranquilo.

Ese me gusta.

El otro.

El que aparece entre dos personas cuando una de ellas sabe algo que la otra desconoce.

Ese silencio puede hacerme daño.

Porque si me dices qué ocurre, tengo algo con lo que trabajar.

Puedo explicarme. Puedo reconocer un error. Puedo pedir perdón. Puedo defenderme. Puedo incluso decirte que estás completamente equivocado.

Pero cuando no dices nada…

mi cabeza hace lo que mejor sabe hacer.

Empieza los malabares.

Y créeme: puede montar un circo entero.

[Risas suaves.]

He aprendido que ahí también tengo que detenerme.

Porque una explicación construida por mí puede ser perfectamente coherente…

y completamente falsa.

Así que estoy intentando aprender algo que quizá debería haber aprendido mucho antes.

Preguntar antes de concluir.

¿Quién eres?

¿Qué piensas?

¿Qué quieres?

¿Qué buscas?

¿Qué te da miedo?

¿Qué necesitas?

Explícamelo.

Y después viene lo verdaderamente difícil.

[Sonrío.]

Callarme.

[Risas.]

No para obedecerte.

Para escucharte.

Hay una historia que me gusta.

Un hombre cae en un hoyo.

Pide ayuda.

Pasan varias personas. Desde arriba le ofrecen consejos, palabras, soluciones.

Hasta que llega un amigo.

Mira hacia abajo…

y salta.

El hombre no entiende nada.

—¿Pero qué haces? Ahora estamos los dos aquí.

Y el amigo responde:

—Tranquilo. Yo ya estuve aquí. Conozco una salida.

Durante mucho tiempo pensé que lo importante de esa historia era que el amigo conocía la salida.

Ahora me interesa más otra cosa.

Bajó.

[Silencio.]

Antes de explicarle nada, estuvo dispuesto a compartir el lugar desde el que el otro tendría que recorrer el camino.

Eso cambia mucho las cosas.

Aunque también ahí podemos engañarnos.

Porque haber conocido mi dolor no significa conocer el tuyo.

Haber estado en un hoyo no me convierte en especialista en todos los agujeros del mundo.

Así que quizá, una vez abajo, todavía tenga que sentarme a tu lado y preguntarte:

—¿Cómo es éste?

Y escuchar.

Puede que yo descubra una salida.

Puede que la encuentres tú.

Puede incluso que tengamos que quedarnos allí un rato sin tener ni puta idea de por dónde se sale.

No me parece poca cosa.

Porque algunas veces lo que necesita una persona no es que alguien llegue inmediatamente con una respuesta.

Necesita comprobar que no tiene que formular sola todas las preguntas.

[Silencio.]

No sé ustedes, pero yo habría agradecido alguna vez que alguien hiciera eso conmigo.

Y probablemente alguna persona habría agradecido que yo lo hiciera con ella.

[Calada.]

Eso me gusta.

Porque entonces ya no sé exactamente quién está ayudando a quién.

Y ahí suelen empezar las conversaciones que merecen la pena.

Esas que empiezan en un sitio y terminan donde les da la gana.

Las que alguna vez nos dejan al borde de una lágrima.

Y otras veces nos hacen reír hasta que aquello que parecía importantísimo hace cinco minutos resulta ligeramente ridículo.

Necesito ambas cosas.

La emoción y la carcajada.

Desconfío un poco de quien solamente sabe vivir en una de ellas.

Yo puedo estar hablando de Dios, del libre albedrío o de la muerte…

y cinco minutos después estar riéndome de unas patas de pollo de cuerda encima de una mesa.

[Risas.]

No es falta de respeto.

Quizá sea exactamente lo contrario.

La vida es demasiado importante para vivirla permanentemente con cara de estar comprendiendo la vida.

[Carcajada.]

Y si has llegado hasta aquí quizá ya hayas descubierto otra cosa.

No estoy intentando decirte quién soy.

Te estoy dando pistas.

Alguna será importante.

Otra quizá sea puro envoltorio.

Pero cuidado con despreciar el envoltorio.

También cuenta.

Lo elegimos. Lo arrugamos. Lo cambiamos. A veces nos protege.

Y otras veces es precisamente aquello que hace que alguien tenga ganas de descubrir qué hay dentro.

[Silencio.]

No voy a desenvolverme delante de ti.

Sería demasiado fácil.

Y seguramente sería mentira.

Porque tampoco yo conozco todo lo que hay dentro.

Todavía me sorprendo.

Todavía cambio.

Todavía descubro que estaba equivocado.

Todavía aparece alguien que mueve una pieza que yo creía definitivamente colocada.

Y quiero que siga ocurriendo.

Así que si después de todo esto crees que ya sabes quién soy…

ten cuidado.

Probablemente te hayas quedado con una parte.

Es verdadera.

No la descartes.

Pero no es todo.

[Calada.]

Yo llevo toda una vida conmigo y todavía mantengo conversaciones que empezaron hace más de sesenta años intentando averiguarlo.

[Silencio.]

Y quizá tú también tengas alguna.

Una que todavía no terminó.

Una persona a la que sigues respondiendo aunque ya no esté delante.

Algo que creías olvidado y que, de vez en cuando, vuelve a sentarse contigo.

No voy a preguntarte cuál.

[Sonrío.]

Todavía no nos conocemos tanto.

[Risas suaves.]

Pero si durante este rato alguna cosa que yo he dicho te ha llevado durante unos segundos a un lugar que era solamente tuyo…

entonces ya ha ocurrido algo entre nosotros.

No necesito saber qué.

Ni siquiera necesito que me lo cuentes.

[Silencio.]

Miro el puro.

Todavía queda.

Después miro el vaso.

Lo tomo con la mano derecha.

Esta vez no doy un sorbo.

Bebo lentamente lo que queda. Sin prisa. Dejo que el whisky termine de pasar antes de bajar el vaso. Lo sostengo todavía un instante, saboreándolo, y después lo deposito sobre la mesa.

El cristal queda limpio por dentro, apenas humedecido por la última película del malta.

Paso suavemente los labios uno contra otro.

Tomo entonces el puro entre los dedos.

Lo miro.

No lo apago.

Lo deposito ceremoniosamente en el centro del cenicero.

La brasa permanece viva.

Una hebra de humo comienza a elevarse lentamente.

Me pongo de pie.

Por primera vez abandono el sillón.

Camino despacio hasta el borde del escenario.

Ya no busco al último de la fila.

Ahora intento mirarlos a todos.

[Sonrío.]

—Hola.

[Silencio.]

—Me llamo Pedro.

[Pausa.]

—Ahora ya solo podemos continuar.

No espero el aplauso.

Empiezo yo.

Una palmada.

Después otra.

Y otra.

Los aplaudo a ellos.

Durante unos segundos quizá no sepan qué hacer.

Después alguien responde.

Otro se suma.

El aplauso comienza a extenderse por el auditorio.

Yo sigo aplaudiendo.

No agradezco nada.

No hago ningún gesto de despedida.

Porque todavía no nos estamos despidiendo.

Cuando el aplauso empieza a crecer, dejo lentamente de aplaudir.

Doy un último paso hacia el borde del escenario.

Los miro.

Sonrío.

—Hola. Me llamo Pedro.

[Pausa.]

—Ahora ya tenemos un comienzo.

Y me voy.

El aplauso continúa creciendo mientras mi figura desaparece lentamente de la escena.

El sillón queda vacío.

El vaso, sobre la mesa.

Y en el cenicero, el Wide Churchill continúa encendido.

Nadie vuelve a entrar.

La luz tampoco se apaga.

Desciende lentamente.

Entonces el humo empieza a hacerse visible.

Sube desde el cenicero, atraviesa la luz, se deshace y vuelve a aparecer. Por momentos parece quedarse suspendido sobre el sillón vacío. Después cambia de dirección y ocupa otro lugar.

No tiene forma suficiente para ser nada.

Y puede parecer muchas cosas.

El aplauso continúa mientras el escenario va desapareciendo.

El humo sigue jugando unos segundos con la luz.

Y alguien quizá recuerde entonces aquella extraña invitación del principio.

Hoy les invito a hacer unos humos conmigo.

Después ya no sabemos distinguir el humo de la oscuridad.

Negro.

Donde caes, me siento junto a ti. Recomenzamos

miércoles, septiembre 30, 2026 Permalink 0

Donde caes, me siento junto a ti. Recomenzamos.

Nos cuesta escuchar.

No necesariamente porque seamos egoístas, intolerantes o indiferentes. A veces ocurre algo mucho más sencillo: estamos demasiado ocupados teniendo razón.

Escuchamos mientras preparamos la respuesta. Preguntamos buscando confirmar lo que ya sospechábamos. Interpretamos una palabra desde nuestra experiencia y, antes de que el otro termine de hablar, hemos construido una explicación bastante razonable de lo que le ocurre.

Y puede que incluso acertemos.

O no.

Feynman advertía de algo incómodo: la persona más fácil de engañar somos nosotros mismos. Quizá porque conocemos perfectamente nuestros argumentos. Sabemos dónde colocarlos para que encajen, qué preguntas conviene no hacerles y qué parte del lienzo es preferible dejar fuera del marco.

Así construimos certezas confortables.

Y vivimos dentro de ellas.

Lo curioso es que algunas tienen paredes de cristal. Desde dentro podemos verlo prácticamente todo. Leemos, conversamos, discutimos, observamos a quienes piensan distinto. Incluso podemos convencernos de que somos personas abiertas.

Hasta que intentamos caminar hacia el otro.

Y chocamos con el cristal.

Tal vez por eso escuchar no consista simplemente en permanecer callados mientras alguien habla.

Escuchar exige desplazarse.

—¿Quién eres?

—¿Qué piensas?

—¿Qué quieres?

—¿Qué buscas?

—¿Qué te da miedo?

—¿Qué necesitas?

—Explícamelo.

Preguntas sencillas.

Lo difícil viene después: estar dispuesto a escuchar respuestas que no se parezcan a las que esperábamos.

Porque puedo acercarme a ti para comprenderte y terminar descubriendo algo sobre mí.

Puedo encontrar razones donde esperaba encontrar prejuicios.

Miedo donde veía arrogancia.

Dolor donde interpretaba indiferencia.

O puedo escucharte con toda la empatía de la que soy capaz y continuar pensando que estás equivocado.

No pasa nada.

Empatizar no significa entregarte mi criterio.

Significa concederte algo mucho más elemental: la posibilidad de que seas más grande que la explicación que yo había construido sobre ti.

Hay una vieja historia sobre un hombre que cae en un hoyo.

Pide ayuda.

Desde arriba aparecen personas dispuestas a ofrecérsela. Una tiene una solución. Otra, unas palabras. Otra sabe perfectamente lo que debería hacer.

Hasta que llega un amigo.

Mira hacia abajo.

Y salta.

—¿Qué haces? Ahora estamos los dos aquí.

—Sí. Pero yo ya estuve antes y conozco una salida.

Siempre me ha parecido que lo verdaderamente hermoso de esa historia sucede antes de la última frase.

Salta.

Durante unos segundos no hay solución.

Hay dos personas en el fondo de un hoyo.

Una podría haber permanecido arriba explicando el camino. Ha preferido compartir primero el lugar desde el que el otro tendrá que recorrerlo.

Aunque también aquí podemos engañarnos.

Haber estado en un hoyo no significa conocer todos los hoyos.

Mi dolor no me convierte en especialista en el tuyo. Mi experiencia puede ayudarme a reconocerte, pero también puede hacerme cometer el error de pensar que tu historia tendrá que parecerse a la mía.

Así que, incluso después de saltar, tendré que preguntarte:

¿Cómo es este hoyo?

Y escucharte.

Quizá ahí empiece la empatía.

No cuando digo «sé lo que te pasa», sino cuando soy capaz de reconocer:

«No lo sé. Cuéntamelo.»

Y entonces ocurre algo inesperado.

Ya no estamos solamente hablando de ayudarte.

También mi pensamiento ha abandonado por un momento el lugar cómodo desde el que observaba.

He bajado.

He visto las paredes desde otra altura.

Quizá descubra una salida que tú no habías visto.

Quizá seas tú quien encuentre otra.

Quizá tengamos que quedarnos un rato allí abajo pensando.

Incluso puede ocurrir que aquello que desde arriba parecía un agujero, desde dentro resulte ser otra cosa.

No importa.

Porque ya no estoy intentando convertirte en mí.

Estoy intentando mirar desde ti sin dejar de ser yo.

Y quizá eso sea lo que libera verdaderamente nuestro pensamiento: no renunciar a nuestras convicciones, sino permitir que alguna vez respiren fuera de nosotros.

Escuchar lo que incomoda.

Acercarnos a aquello que no comprendemos.

Preguntar antes de concluir.

Dudar alguna vez de la explicación que mejor nos convenía.

Y conservar suficiente sentido del humor para descubrir que también podemos haber estado solemnemente equivocados.

No siempre conseguiremos entendernos.

No todas las diferencias desaparecerán.

Ni falta que hace.

Hay pensamientos que seguirán enfrentados, heridas que necesitarán tiempo y caminos que terminarán separándose.

Pero incluso entonces habrá ocurrido algo.

Durante un instante dejamos de gritarnos desde los extremos de nuestras certezas.

Uno cayó.

El otro bajó.

Y allí, donde parecía que algo había terminado, sucedió algo diminuto.

Nos sentamos juntos.

Nos miramos.

Y sin necesidad de saber todavía por dónde se salía,

recomenzamos.

Miro desde ti. Sin dejar de ser yo. El mundo es nuestro

sábado, septiembre 26, 2026 Permalink 0

Miro desde ti. Sin dejar de ser yo. El mundo es nuestro.

A veces creemos que acercarnos a alguien consiste en recorrer la distancia que nos separa.

Quizá no.

Quizá haya encuentros en los que no sea necesario avanzar ni un solo paso. Basta con cambiar durante un instante el lugar desde el que miramos.

Miro desde ti.

No para darte la razón. Ni para apropiarme de tus ojos. Ni siquiera para comprenderte del todo, porque hay territorios de otra persona a los que probablemente nunca tendremos acceso.

Miro desde ti porque desde donde estoy hay cosas que no puedo ver.

Es curioso. Pasamos buena parte de la vida defendiendo nuestro pequeño lienzo. Lo pintamos con experiencias, conversaciones, errores, afectos, silencios, algún que otro puñal y bastantes colores cuyo nombre hemos olvidado. Y terminamos creyendo que la escena es aquello que tenemos delante.

Hasta que alguien se coloca a nuestro lado y dice:

—Desde aquí se ve distinto.

Y fastidia un poco.

Porque se ve distinto.

Entonces descubrimos que nuestro lienzo tenía laterales. Que podía mirarse desde arriba, desde abajo, oblicuamente. Incluso desde detrás.

Y que ninguna de esas miradas obliga a borrar la anterior.

Sin dejar de ser yo.

Ahí está probablemente lo más difícil.

Porque comprender al otro no debería exigirnos desaparecer. Puedo intentar mirar desde tus ojos y regresar a los míos. Puedo entender por qué callaste y seguir pensando que debiste hablar. Puedo comprender tu miedo sin hacerlo mío. Puedo aceptar que tu verdad contiene algo que yo no veía sin entregar por ello todo aquello que veo.

Tal vez convivir consista también en eso: acercarnos mucho sin confundirnos.

Somos extraños puzles.

Nos vamos armando con piezas que llegan de lugares que apenas recordamos. Una conversación escuchada hace treinta años. Una canción. Una despedida. Alguien que nos quiso bien. Alguien que no supo hacerlo. Una frase que entonces pasó inadvertida y un día, sin avisar, vuelve y encaja.

Lo que fuimos permanece de maneras que no siempre reconocemos.

Y cuando compartimos una de esas piezas ocurre algo todavía más extraño.

Ya no sabemos exactamente de quién es.

Te cuento algo que viví y tú lo escuchas desde tu propia historia. Aquello que salió de mí entra en un territorio que desconozco. Quizá lo olvides. Quizá reaparezca años después convertido en otra cosa. Quizá una pregunta tuya consiga que yo mismo vea de otra manera aquello que creía conocer perfectamente.

Ninguno posee ya completamente lo ocurrido.

Hemos añadido otro lienzo.

Incluso podemos arrugar alguno.

Hacer una bola con él y arrojarlo a la papelera convencidos de que ya no significa nada.

Pero si alguna vez lo desplegamos, los pliegues siguen allí.

No necesariamente como heridas.

Simplemente como prueba de que aquello ocurrió.

Y quizá por eso convenga desconfiar un poco cuando creemos haber encontrado la respuesta definitiva. A veces no hemos encontrado la verdad. Simplemente hemos llegado hasta el borde del lienzo que estábamos mirando.

Podemos equivocarnos.

Podemos cambiar.

Podemos descubrir que aquello que defendíamos era apenas una perspectiva.

Y también podemos decidir.

Porque llega un momento en que mirar todos los lienzos posibles deja de ser suficiente. Hay que elegir dónde ponemos el siguiente trazo.

Entonces creamos.

No el mundo.

Un mundo.

Uno pequeño, provisional, imperfecto, hecho con todo lo que alcanzamos a comprender y también con aquello que todavía ignoramos.

Tal vez por eso no necesito que seas mi mundo.

Ni quiero ser el tuyo.

Sería demasiado peso para cualquiera.

Prefiero algo mucho más sencillo.

Tú conservas tus ojos.

Yo conservo los míos.

De vez en cuando intercambiamos el lugar desde el que miramos.

Y quizá, mientras suenan dos violines que jamás necesitan convertirse en uno para hacer música, descubramos que entre tu lienzo y el mío ha aparecido algo que antes no estaba.

No eres tú.

No soy yo.

Tampoco necesitamos ponerle nombre.

Por ahora basta con mirarlo.

El mundo es nuestro.

Hay silencios que son puñales

martes, septiembre 22, 2026 Permalink 0

Hay silencios que son puñales

Aún crepita en mis entrañas la vileza de tu silencio.

Mientras callas me hurtas la posibilidad de explicarme, de reconocer, de defender incluso mi ignorancia. Me condenas a buscar respuestas que solo tú conoces.

¡Pero acepto el envite!

Durante un tiempo tu silencio fue un puñal.

Lo clavaste.

Y cometí el error de centrarme en la hoja que me atravesó.

Ya no.

He descubierto que los puñales también pueden desclavarse.

No necesito convertirlo en una flor, ni agradecerte la herida, ni siquiera convencerme de que todo ocurre por algo.

Preferiría que nunca hubiera ocurrido.

Pero ocurrió.

Y ahora el reto es mío.

Ante tu envite, mi desafío.

Ante la herida, la sanación.

Ante el reto, un espíritu pleno.

No porque el dolor me haya hecho mejor. No voy a concederle semejante mérito.

Simplemente, mientras tú elegías el silencio, yo buscaba una brecha para seguir viviendo.

Me llevaste hasta el borde del abismo.

Y allí descubrí algo que no esperaba.

También desde el borde se puede mirar hacia otro lado.

No tuve que saltar.

Ni retroceder.

Aproveché el impulso.

Y donde parecía terminar un mundo, empecé a imaginar otro.

Quizá sea eso lo que algunos llaman progreso. No avanzar porque alguien nos empuja, sino descubrir que todavía podemos elegir la dirección después del empujón.

Ya veré.

Porque hay algo que tu silencio ya no puede decidir ni por los dos ni por mí.

He decidido que hay vida más allá de tu elección.

Hay vida donde comienza la esperanza.

Y la esperanza no siempre nos espera al final de un camino.

A veces está escondida mucho más cerca, en uno de esos pequeños dobladillos que la vida deja sin coser.

Basta encontrarlo.

Tirar del hilo.

Y ver qué hay detrás.

La siembra que hay en ti

viernes, septiembre 11, 2026 Permalink 0

La siembra que hay en ti

¿Dónde moran las semillas que plantamos?

¿Y dónde aquellas que perdimos por el camino?

Tal vez alguna cayó cerca y pudimos verla crecer. La regamos, apartamos alguna piedra, protegimos sus primeros brotes y un día, casi sin darnos cuenta, tuvimos delante algo que ya no se parecía a aquella pequeña semilla que sostuvimos entre los dedos.

Otras desaparecieron.

No sabemos si encontraron tierra, si alguien las recogió, si permanecen todavía esperando una lluvia improbable o si simplemente dejaron de existir.

¿Y las esperanzas?

¿Dónde están aquellas que una noche dejamos olvidadas sobre la mesa, junto a un libro, unas gafas, quizá un vaso de agua?

A veces regresamos a buscarlas. No porque todavía las necesitemos, sino por una extraña preocupación: que sean ellas las que se sientan perdidas.

Cuántas noches soñamos con lo que pudo ser.

Y quizá fue.

En otras manos.

En otros lares.

En otros mares.

Porque no todo aquello que desaparece de nuestra vida desaparece del mundo.

Hay corazones cuyo latido dejamos de escuchar y, sin embargo, siguen latiendo. Personas a las que dimos algo sin saberlo. Personas que dejaron algo en nosotros sin proponérselo. Una palabra dicha cualquier tarde, una mirada, una contradicción, una mano que apareció cuando apenas quedaba nada en los bolsillos.

Esencias de vacío.

Y entre ellas, de pronto, una semilla.

Alguien la encuentra.

La mira.

No sabe todavía qué puede llegar a ser. Tampoco sabe si germinará. Pero algo en aquella pequeñez le hace preguntarse hasta dónde podría llegar.

Y la cuida.

No porque algún día quiera apropiarse del fruto.

La cuida porque ha descubierto una posibilidad.

Quizá amar sea también eso.

Regar algo cuyo destino no nos pertenece.

Aceptar que algunas de las semillas que más cuidamos crecerán lejos de nosotros. Que otras necesitarán manos distintas. Que alguna convertirá lo que recibió en algo que jamás habríamos imaginado.

Y que otras no germinarán.

No toda esperanza se cumple.

No toda semilla encuentra tierra.

No todo lo que amamos permanece.

Pero tampoco todo lo que perdimos se perdió.

A veces tendremos que aceptar incluso algo más difícil: dejar de ser protagonistas.

Puede que ni siquiera nos corresponda un papel secundario.

Nos sentaremos entre el público y contemplaremos cómo continúa la obra.

Y allí reconoceremos lo que quisimos, lo que tuvimos, lo que buscamos, lo que amamos, aquello que rechazamos, lo que quizá todavía esperamos.

La obra no gira alrededor de nosotros.

Pero seguimos siendo el epicentro de aquello que provoca en nuestro interior.

A veces comienza apenas con un latido.

Algo se mueve.

Puede crecer hasta remover territorios que creíamos firmes. Puede alcanzar antiguas grietas, desplazar recuerdos, despertar deseos que permanecían dormidos.

O puede no ocurrir nada de eso.

Quizá sea solamente un escalofrío.

Y sea suficiente.

Porque no todos los sismos están hechos para derribar edificios.

Algunos únicamente nos recuerdan que seguimos sintiendo.

Tal vez por eso, cuando quieras saber quién eres, no tengas que buscar solamente dentro de ti.

Mira también alrededor.

Mira lo que germinó.

Mira lo que se marchó.

Mira aquello que continúa sin necesitarte.

Y, si alguna vez puedes, mira incluso hacia esos lugares donde ya no alcanza tu vista.

Puede que algo que un día pasó por tus manos siga creciendo allí.

Puede que jamás lo sepas.

¿Dónde moran las semillas que plantamos?

No lo sé.

Pero alguna noche, cuando todo parezca quieto, quizá sientas un pequeño latido.

No corras a buscar de dónde viene.

Déjalo.

Puede que solo sea la siembra que hay en ti.

¿Dónde vas?

jueves, septiembre 10, 2026 Permalink 0

¿Dónde vas?

Quizá llevas tiempo caminando y nunca te lo habías preguntado.

No importa. Tampoco hace falta detenerse cada mañana para decidir el sentido de la vida antes del desayuno.

Caminamos.

Elegimos unas cosas y dejamos otras atrás. Acertamos. Nos equivocamos. A veces creemos haber llegado cuando apenas hemos cambiado de sitio. Otras, un paso que parecía insignificante termina llevándonos mucho más lejos de lo que habíamos imaginado.

Y mientras tanto miramos hacia delante.

Demasiado.

Como si todo lo que pudiera ayudarnos tuviera necesariamente que estar allí.

Pero mira alrededor.

Hay personas que vienen de lugares hacia los que tú todavía caminas. Otras regresaron. Algunas se perdieron. Muchas encontraron caminos que a ti ni siquiera se te habían ocurrido.

Hace años tuve que operarme.

El médico me explicó que había que hacerlo. Después vendría un protocolo, unos tiempos, una evolución… ya veríamos.

Él sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Yo quería saber qué iba a pasar conmigo.

Pregunté. No conseguí entenderlo.

Entonces busqué a un amigo que había pasado por algo parecido.

—Cuéntame.

Y me contó.

No sabía más medicina que el médico. No podía operarme. No podía garantizarme nada.

Simplemente había estado allí.

Después ocurrió casi todo como me había contado: los procedimientos, los tiempos, las pequeñas cosas que nadie considera suficientemente importantes hasta que eres tú quien tiene que vivirlas.

Mi amigo no solucionó mi problema.

Amplió mi capacidad para atravesarlo.

Quizá hacemos eso constantemente unos con otros y apenas nos damos cuenta.

Lo que hoy para ti es un mundo puede ser un territorio que alguien recorrió ayer.

Y lo que para ti ya es cotidiano puede ser exactamente aquello que otro todavía no sabe cómo afrontar.

No necesitas convertirlo en maestro.

Ni convertirte tú en discípulo.

Escucha.

Después haz lo que quieras.

Porque nadie puede entregarte su experiencia sin que deje de ser suya, pero tú puedes tomar algo de ella, mezclarlo con lo que sabes, con lo que eres, con aquello que deseas, con tus errores y hasta con tu miedo, y construir una posibilidad que antes no estaba.

Entonces ocurre algo extraño.

Dejamos de avanzar solamente con nuestros propios pasos.

Una conversación nos ahorra una vuelta. Una advertencia evita un golpe. Un error ajeno nos permite cometer otro diferente. Una idea contradice la nuestra y nos obliga a ensancharla. Alguien nos muestra una puerta que llevaba años delante de nosotros.

Y nosotros hacemos lo mismo.

Con una palabra.

Con un poema.

Con una conversación que quizá olvidaremos mañana.

Con una mirada sostenida apenas unos segundos.

Con algo que aprendimos hace treinta años y entregamos una tarde sin concederle demasiada importancia.

Vivimos rodeados de fragmentos de vidas ajenas.

No para obedecerlos.

Para disponer también de ellos.

Ahí empieza a multiplicarse el camino.

Porque cuando lo que yo he vivido se encuentra con lo que tú has aprendido y ambos dejamos espacio para lo que otro todavía puede descubrir, ya no avanzamos sumando.

Algo se expande.

No sé hasta dónde.

Y prefiero no saberlo.

Tampoco sé dónde vas.

No voy a decírtelo.

Solo sé que tienes tus pies, tus decisiones, tu experiencia y aquello que todavía eres capaz de hacer con ellas.

Pero levanta de vez en cuando la mirada.

Hay mucho más alrededor.

Personas que llegaron antes. Personas que vienen detrás. Algunas caminarán contigo apenas unos metros. Otras permanecerán durante años. Incluso alguien a quien nunca conocerás puede haberte dejado una frase, una canción, una idea con la que mañana resolverás algo que hoy parece imposible.

Toma lo que te sirva.

Transforma lo que puedas.

Devuelve algo cuando llegue el momento.

Y sigue.

Porque quizá la pregunta nunca fue solamente:

¿Dónde vas?

Quizá también importe descubrir cuánto mundo puedes llevar contigo sin dejar de elegir tus propios pasos.

Lo importante siempre has sido tú

lunes, septiembre 7, 2026 Permalink 0

Lo importante siempre has sido tú

No sé todo lo que eres.

Sé lo que me has mostrado.
Lo que dijiste.
Lo que callaste.
Aquello que hiciste cuando era necesario hacerlo.

Y algunas veces, mirando con atención,
he creído ver algo más.

Puede que acertara.

Pero.

Qué palabra tan pequeña para abrir tanto espacio.

Todo lo anterior sigue escrito.
El afecto.
El miedo.
Los errores.
Las certezas.
Las cosas que alguna vez juramos que jamás cambiarían.

Pero.

Y aparece el borrador.

No para negar lo vivido.
No para fingir que aquella letra nunca estuvo allí.

Para poder escribir después.

Porque quizá uno de nuestros errores sea creer que conocemos a las personas por aquello que hemos conocido de ellas.

Y no es lo mismo.

Lo que muestras puede ser verdad.

Y no ser toda tu verdad.

Hay cosas que simplemente no hicieron falta.

Una fortaleza que nunca tuvo que defenderte.
Una ternura que encontró otros lugares.
Una palabra que no tuvo conversación.
Un poema debajo del arte de la guerra.

No estaban ocultas.

Estaban allí.

Como esas levaduras que nadie recuerda hasta que algo comienza a fermentar.

Y un día alguien las descubre.

—¿De dónde ha salido esto?

De ningún sitio.

Ya estaba.

Quizá algunas cosas vengan incluso de casa.

Después la vida las mezcla.

Añade años.
Personas.
Pérdidas.
Victorias.
Alguna cicatriz.

Y creemos que hemos cambiado cuando quizá solo acabamos de encontrar una manera diferente de mostrarnos.

Por eso puedo mirarte.

Leer entre líneas.

Decirte lo que veo.

Incluso escribir algo en tu pizarra.

Pero no confundamos las letras.

Esta es mi mirada. La vida es tuya.

Puedo equivocarme sobre ti.

Y mi error puede servirte.

Porque al verlo delante quizá descubras algo que yo jamás vi.

Tal vez digas que no.

Tal vez recuerdes que sí.

Quizá reconozcas una fortaleza que habías conquistado hace mucho y que dejaste olvidada en algún lugar.

O encuentres algo completamente nuevo.

No importa demasiado quién lo escribió primero.

El borrador lo tienes tú.

Úsalo.

Borra incluso aquello que escribí con las mejores intenciones.

Sobre todo si no te sirve.

No necesito acertar para ayudarte.

Ni que termines viendo lo mismo que yo.

Estos son mis principios.

Pero existen otros.

Este es mi dibujo.

Pero el lienzo admite otros.

Esta es la tormenta que yo encuentro en Pollock.

Tú quizá veas una danza.

Y mañana, cuando volvamos juntos al mismo cuadro, puede que ninguno encuentre lo que vio ayer.

El cuadro seguirá allí.

Nosotros no.

Por eso, si alguna vez vienes a buscarme, puedo enseñarte lo que sé.

Lo que aprendí.

Lo que perdí.

Aquello que una vez me permitió levantarme.

Puedo sentarme a tu lado.

Preguntar.

Contradecirte.

Incluso señalar una puerta que tú todavía no habías visto.

Pero no necesito que la cruces.

Porque entonces estaría intentando salvar mi respuesta.

Y lo importante siempre has sido tú.

Así que lee entre líneas.

Escúchame.

Discute conmigo.

Quédate con lo que te sirva.

Borra lo demás.

Y si después de todo eliges un camino que yo nunca habría elegido, no habré fracasado.

Quizá haya ocurrido exactamente lo contrario.

Quizá ayudar fuera solamente esto:

estar suficientemente cerca para ofrecerte otra mirada
y suficientemente lejos para no convertirla en la tuya.

Estos son mis principios.

Pero existen otros.

Esta es mi mano.

Puedes tomarla.

Pero el borrador sigue siendo tuyo.

Piruetas

domingo, agosto 30, 2026 Permalink 0

Piruetas

Dibuja una línea.

No preguntes todavía qué significa.
Puede ser un camino, una frontera, el horizonte o simplemente una línea.

Déjala respirar.

Nos hemos acostumbrado demasiado pronto a poner nombre a las cosas. A decidir qué son, dónde empiezan, dónde terminan y, sobre todo, qué debemos pensar de ellas.

Quizá por eso confundimos tantas veces avanzar con movernos.

El espíritu que no cambia está condenado a orbitar permanentemente.

Puede recorrer millones de kilómetros.

Y no haber ido a ninguna parte.

Giramos alrededor de nuestras certezas, de nuestros miedos, de aquello que alguna vez aprendimos y dejamos de preguntarnos. Cambiamos el paisaje, las personas, las palabras.

Y seguimos dando vueltas.

Hasta que algo no encaja.

Una verdad que quizá nunca lo fue.

Una certeza que envejeció.

Una línea que, vista desde otro lugar, ya no parece una frontera.

Entonces podemos cerrar los ojos y continuar orbitando.

O mirar.

Mirar de verdad.

Porque cuando algo deja de ser verdad se abren demasiadas posibilidades.

Podemos negarlo.

Disfrazarlo.

Buscar otra mentira que lo sostenga.

Culpar a alguien.

Dejar que otros decidan qué debemos ver.

O hacer algo mucho más incómodo:

cambiar.

No para tener siempre razón.

Precisamente para no necesitar tenerla.

Quizá por eso seguimos cayendo por madrigueras.

Persiguiendo conejos.

Mirando dibujos que algunos llaman sombreros y otros aseguran que esconden elefantes.

No importa demasiado quién acierte primero.

Importa no entregar nuestra mirada.

Aceptar todas las posibilidades sin conceder a todas el mismo derecho a ser verdad.

Imaginar.

Dudar.

Contrastar.

Volver a imaginar.

Circular. Orbitar. Transitar.

No son lo mismo.

Circular es moverse.

Orbitar es aceptar un centro.

Transitar es atravesar algo sabiendo que probablemente no volveremos a ser exactamente quienes entraron.

Y quizá eso sea vivir.

No elegir entre la imaginación y la realidad.

Necesitamos las dos.

Nos hace falta suelo precisamente porque queremos saltar.

Gravedad porque queremos hacer piruetas.

Realidad porque queremos imaginar mundos que todavía no existen y regresar de ellos con algo entre las manos.

Una idea.

Una duda.

Una herida.

Una respuesta.

O simplemente otra pregunta.

Dibuja ahora un sol.

Después una casa.

Un barco.

Un avión.

Hazlos enormes.

Hazlos imposibles.

Píntalos como quieras.

El papel aguanta casi todo.

Nosotros también.

Pero de vez en cuando conviene bajar el lápiz y mirar dónde estamos.

Porque podemos creer que volamos cuando estamos cayendo.

Podemos creer que avanzamos mientras orbitamos.

Podemos incluso creer que hemos despertado cuando solamente hemos cambiado de sueño.

No pasa nada.

Volvemos a mirar.

Volvemos a dibujar.

Volvemos a cambiar.

Todo es tránsito.

También nosotros.

Y quizá algún día comprendamos que nunca se trató de acertar el dibujo.

Se trataba de conservar la libertad de imaginarlo de otra manera sin perder la capacidad de reconocer el papel.

Haz todas las piruetas que quieras.

Yo también pienso hacerlas.

Pero procura tocar tierra alguna vez.

Aunque solo sea para tomar impulso.

Y vuelve a dibujar.

Mientras quede papel.

Imbéciles maravillosos

viernes, agosto 28, 2026 Permalink 0

Imbéciles maravillosos

Mírame.
Desaparece.
Dame tu mano. Volemos.

Ven conmigo.

No sé adónde.

Ni siquiera sé si el camino que imagino seguirá allí cuando lleguemos.

Pero ven.

O vete.

Si alguna vez descubres que lejos de mí puedes encontrar aquello que yo ya no sé darte, no conviertas lo que fuimos en una deuda. No permanezcas para demostrarme nada. No te quedes mirando hacia la puerta mientras yo finjo no darme cuenta.

Vete.

Tal vez algún día volvamos a encontrarnos.

Tal vez no.

Quédate conmigo si podemos seguir siendo nosotros.

Aunque tampoco sé exactamente quiénes somos.

Porque desde que llegaste hay cosas que han cambiado de sitio.

Algunas certezas.

Alguna frontera.

La manera de mirar determinadas cosas.

Incluso aquello que juré que nunca haría.

No me lo pediste.

Simplemente ocurrió.

Quizá por eso todavía sigo aquí.

No quiero que cambies por mí.

Quiero algo bastante más difícil.

Que cambiemos porque existimos.

Como cambia una habitación cuando alguien abre una ventana.

Nada deja de ser lo que era y, sin embargo, el aire ya no es el mismo.

Tampoco quiero prometerte que siempre sabremos encontrarnos.

Habrá días en que escucharé música y no sabré de dónde viene.

Quizá tú tampoco.

Moveremos el dial.

Una frecuencia.

Otra.

Ruido.

Silencio.

Y si no encontramos nuestra canción, tendremos que hacer algo mucho más hermoso que recordarla.

Componer otra.

Tú traerás una nota.

Yo otra.

Alguna desafinará.

Nos miraremos.

Volveremos a empezar.

Hasta que, casi sin darnos cuenta, algo que no era tuyo ni mío empiece a sonar entre los dos.

Entonces comprenderemos que las matemáticas también se equivocan.

Uno más uno son dos.

Siempre.

Salvo algunas veces.

Algunas veces uno más uno es uno.

Pero no tú.

Ni yo.

Otro uno.

Quizá para llegar hasta ahí tengamos que morir un poco de a uno.

No desaparecer.

No entregarte mis ojos para mirar el mundo ni pedirte los tuyos.

Eso sería otra cosa.

Quiero seguir reconociéndome cuando me mire.

Y reconocerte cuando te mire a ti.

Solo que habrá una parte de nosotros que ya no sabrá caminar con el mismo paso de antes.

Habremos aprendido otro ritmo.

Morir de a uno y renacer de a dos.

Y después seguir.

Sin saber cuánto.

Porque tampoco quiero convertirte en algo tan perfecto que tenga que permanecer inmóvil para no estropearse.

No quiero colgarte de una pared.

Ni contemplarnos a una distancia prudente admirando lo bien que hemos envejecido dentro del marco.

Quiero vivir.

Contigo, si podemos.

Quiero que nos sucedan cosas.

Que alguna vez no entendamos nada.

Que encontremos otra vez el camino.

Que tengamos que cambiarlo.

Que abramos ventanas.

Que cerremos alguna puerta.

Que un día salgamos buscando una cosa y regresemos con otra.

Y que no necesitemos decidir constantemente qué parte fue la importante.

Nos maravilla el amanecer porque es hermoso.

Y también porque comienza otro día.

¿Por qué elegir?

La belleza también puede ser comienzo.

El comienzo también puede ser belleza.

Una cosa puede vivir dentro de la otra.

Como tú en algunas cosas mías.

Como yo, quizá, en algunas tuyas.

Como ese nosotros que no existía antes de encontrarnos y que no pertenece enteramente a ninguno.

Puede que algún día termine.

Claro.

Todo puede terminar.

También este amanecer.

También la música.

También nosotros.

El viento lleva siglos explicándonos algo que seguimos negándonos a aprender.

Lo vemos levantar el polvo.

Lo seguimos con los ojos.

Durante un instante la luz atraviesa cada partícula y creemos comprender.

Extendemos la mano.

Nada.

Se ha ido.

Y mañana volveremos a hacerlo.

Sabemos que no podemos coger el viento.

Sabemos que el polvo escapará entre los dedos.

Sabemos que ninguna mano puede retener para siempre otra mano.

Y aun así amamos.

Aun así decimos ven.

Aun así algunas veces decimos vete.

Aun así pedimos quédate.

Aun así cambiamos.

Volvemos.

Componemos otra canción.

Extendemos otra vez la mano.

Somos imbéciles maravillosos.

Quizá porque hemos comprendido que vivir nunca consistió en conseguir que el polvo permaneciera quieto.

Sino en verlo bailar cuando atraviesa la luz.

Y tener, durante ese instante imposible, a alguien al lado.

Mírame.

Ya está amaneciendo.

No sé si es hermoso porque termina la noche o porque comienza el día.

Da igual.

Dame tu mano.

Volemos.

La escalera de tus lamentos no tiene peldaños

jueves, agosto 27, 2026 Permalink 0

La escalera de tus lamentos no tiene peldaños

Nos estamos rindiendo por adelantado.

Tenemos miedo a enfermar, miedo a fracasar, miedo incluso a triunfar demasiado y descubrir que el éxito también despierta recelos. Queremos cruzar la vida de puntillas, procurando que nada nos hiera, mientras hablamos de cambiar el mundo, crear nuevas formas, imaginar nuevas historias.

Queremos vivir.

Pero empezamos a ponerle demasiadas condiciones a la vida.

Queremos amar sin perder, avanzar sin equivocarnos, confiar sin exponernos, ganar sin arriesgar. Queremos negociar sin ceder, colaborar sin renunciar, construir vínculos sin que nadie tenga la posibilidad de hacernos daño.

Y cuando alguna de esas garantías no existe —porque nunca existieron— buscamos una excusa antes que una solución.

Quizá ahí empieza nuestra rendición.

Nos hemos preparado mucho. Hemos aprendido a dirigir, influir, motivar, comunicar, interpretar emociones, gestionar conflictos. Nos colgamos cada conocimiento como una medalla en el pecho y coleccionamos capacidades como quien completa un álbum de cromos.

Una más.

Y otra.

Hasta poder decir orgullosos: lo tengo completo.

Pero llega el primer soplido y descubrimos que habíamos dedicado tanto tiempo a decorar la casa que olvidamos preguntarnos de qué estaban hechas sus paredes.

Sabemos explicar a los demás.

Los clasificamos. Los interpretamos. Hasta creemos anticipar lo que sienten y necesitan con esa psicología barata que algunas veces parece escrita en los posos del café o detrás de un sobre de azúcar.

Pero ¿y tú?

¿Te conoces?

¿Sabes cuándo estás decidiendo y cuándo simplemente estás buscando una razón elegante para no intentarlo?

¿Sabes cuándo tienes miedo?

¿Sabes pedir ayuda?

¿Sabes aceptar que puedes estar equivocado?

¿O necesitas otra medalla que te proteja de la verdad?

Porque no puedes construir nada sólido sobre alguien que desconoces.

Y tú eres el primero.

Nos amamos y nos marchamos. Nos queremos y avanzamos. Nos hieren y nos sanamos. Perdemos y reconquistamos.

No hay contradicción.

Hay vida.

Tal vez nuestro error sea querer solamente una mitad.

Nos gusta amar, pero no perder. Confiar, pero no arriesgarnos. Ganar, pero no conocer la derrota. Avanzar, pero sin atravesar el miedo.

Y la vida no se deja partir así.

Viene entera.

Con aquello que deseamos y con aquello que hubiéramos preferido no conocer. Con días en los que podremos caminar solos y otros en los que necesitaremos desesperadamente una mano.

Por eso quizá nos hemos equivocado también con la autosuficiencia.

Conocerte no significa no necesitarme.

Ni ayudarme significa que seas más fuerte que yo.

Habrá un día en que yo pueda acercarte una escalera.

Otro tendrás que acercármela tú.

Y alguno estaremos los dos mirando hacia arriba sin tener la menor idea de cómo construirla.

Entonces tendremos que preguntarnos:

¿Cómo te ayudo?

¿Cómo me ayudas?

¿Cómo nos ayudamos?

¿Cómo conseguimos pasar esto juntos?

Porque algunas veces parece que esperamos demasiado para hacer esas preguntas.

Tensamos los vínculos para comprobar cuánto resisten. Convertimos una diferencia en una trinchera. Queremos negociar, pero también queremos ganar. Nos ofrecemos a colaborar y después nunca encontramos el momento. Esperamos que alguien comprenda aquello que nosotros no hemos sabido decir.

Vamos descartando salidas.

Una porque exige ceder.

Otra porque obliga a confiar.

Otra porque tendríamos que reconocer un error.

Otra porque necesitamos pedir ayuda.

Y cuando levantamos la cabeza estamos al borde del precipicio preguntándonos si tendremos que saltar.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Quizá algunas veces la vida nos lleve inevitablemente hasta el borde.

Pero otras hemos llegado nosotros.

Rindiéndonos por adelantado.

Y no.

No quiero que tengamos que encontrarnos allí para descubrir que necesitábamos hablar.

Quiero encontrarte antes.

Cuando todavía haya caminos.

Cuando podamos equivocarnos, discutir, pedir perdón, volver a empezar.

Cuando todavía podamos acercarnos una escalera.

Porque los lamentos no tienen peldaños.

Puedes explicar perfectamente tus clavos, describir tu cruz, encontrar incluso magníficas razones para permanecer en ella.

Pero en algún momento tendrás que decidir si quieres bajar.

No te prometo que debajo haya un camino sencillo.

Ni siquiera que yo conozca el camino.

Solo puedo preguntarte:

¿Lo buscamos?

Quizá eso baste.

Una escalera.

Una mano.

Un primer peldaño.

Y después otro.

Hasta volver a poner los pies en el suelo.

Después ya veremos.

Quizá incluso encontremos el mar.

Y entonces comprenderemos que nunca se trató de no sufrir, no caer, no equivocarnos o no tener miedo.

Se trataba de no rendirnos antes de tiempo.

Algún día llegará aquello que ninguno podremos evitar.

Hasta entonces, no ensayemos la rendición.

Vivamos enteros.

Ayudémonos.

Avancemos.

Y cuando vuelva el miedo a decirnos que no podemos, antes de buscar otra excusa, hagámonos una última pregunta:

¿Es verdad?

Porque quizá el primer peldaño nunca estuvo fuera.

Quizá siempre fue ese.

Cuanto antes abracemos la verdad, antes nos liberaremos de nuestra mediocridad.