En tu dirección

viernes, agosto 21, 2026 Permalink 0

En tu dirección

No es mi final.
Hay pasos en la niebla.
Vamos juntos.

No sé cuándo empecé a caminar hacia ti.

Recuerdo haber levantado alguna vez la vista y descubrir que estaba un poco más cerca. Nada extraordinario. Unos pasos que no recordaba haber decidido, como cuando uno regresa a casa pensando en otra cosa y, de pronto, reconoce su calle.

Supongo que hay caminos que empiezan así.

Sin cartel.

Sin mapa.

Sin esa voz que nos asegura que vamos bien.

Simplemente un día descubrimos que nuestros pies llevan algún tiempo insistiendo en la misma dirección.

Durante años pensé que prepararse para la vida consistía en intentar verla venir.

Mirar un poco más lejos.

Escuchar antes de hablar.

Aprender de cada caída dónde estaba la piedra.

Recordar quién había movido primero la última vez.

Con los años uno termina reuniendo una pequeña colección de señales. Aprende a distinguir algunas nubes, determinados silencios, esa forma que tienen ciertas palabras de esconder otra cosa detrás.

Y funciona.

Hasta que deja de funcionar.

Porque siempre aparece algo que no estaba cuando dibujamos el mapa.

A veces entra haciendo ruido.

Otras se sienta discretamente a nuestro lado y tardamos meses en comprender que desde aquel momento ya nada volvió a estar exactamente en el mismo sitio.

Quizá por eso ya no me preocupa tanto no verlo todo.

Me basta con estar.

Preparado no para aquello que espero, sino para levantar la cabeza cuando ocurra lo que jamás había esperado.

Puede que por eso me acerque a ti.

Todavía no sé si vienes hacia mí.

Desde aquí es difícil saberlo.

A veces me parece que sí.

Otras pienso que simplemente nuestros caminos están coincidiendo durante un rato y que cualquiera de los dos podría doblar una esquina y desaparecer.

No pasa nada.

Continúo.

Hay algo tranquilizador en aceptar que vemos muy poco.

La superficie engaña.

Debajo de un trozo de hielo que apenas asoma puede esconderse suficiente peso para abrir un barco en dos. Pero también existen tierras que durante siglos estuvieron detrás de una línea de horizonte que alguien confundió con el final del mundo.

Quizá la infinitud sea precisamente eso.

No un lugar enorme.

Sino todo lo que existe un centímetro después de donde alcanza nuestra mirada.

He tenido miedo de ese centímetro.

Alguna vez todavía lo tengo.

Pero he vivido suficiente para saber que algunas de las cosas que más cambiaron mi vida llegaron desde allí.

Personas que no esperaba.

Puertas que no estaba buscando.

Golpes que me obligaron a sentarme durante un rato.

Y alguna mano que apareció cuando estaba demasiado ocupado mirando la herida para darme cuenta de quién me la estaba ofreciendo.

También ocurrió al contrario.

Alguna vez fui yo quien tendió la mano.

Y hubo ocasiones en las que no habría sabido decir quién estaba ayudando a quién.

Hace poco vi a un chico caminando con su madre.

Ella iba unos pasos detrás.

Después se acercó.

Durante un momento caminaron juntos y algo en aquella escena me hizo preguntarme quién cuidaba a quién.

Seguí andando.

La pregunta vino conmigo.

Quizá porque con las personas sucede eso.

Nos empeñamos en asignar papeles.

El fuerte.

El débil.

El que protege.

El protegido.

El que sabe.

El que necesita aprender.

Y después llega una mala noche y quien ayer necesitaba nuestro hombro es quien esta mañana nos prepara café mientras nosotros intentamos recordar cómo se empezaba el día.

Llévame contigo.

O yo te llevo.

Da igual.

Ya cambiaremos cuando haga falta.

Ni siquiera necesito que hayamos comenzado del mismo lado.

He visto personas que llegaron hacia mí con los puños cerrados y terminaron sentándose a mi mesa.

También algunas que se sentaron primero y un día descubrí al otro lado.

La vida tiene poco respeto por nuestras alineaciones.

Quizá por eso intento no confundir nunca una posición con una persona.

Hay adversarios que nos enseñan cosas que ningún amigo se habría atrevido a decirnos.

Y amigos que alguna vez tienen que marcharse por un camino que nosotros no podemos recorrer.

No todos los que entran con nosotros salen.

Y algunos de los que salen a nuestro lado entraron por otra puerta.

Con los años, además, el camino parece estrecharse.

No porque haya menos gente en el mundo.

Quizá porque uno aprende a distinguir mejor las miradas.

Hay quien nos mira a los ojos.

Hay quien mira la silla en la que estamos sentados.

Desde lejos parecen la misma mirada.

De cerca, no.

Por eso algunas alturas tienen habitaciones demasiado grandes.

Sobran sillas.

Y uno empieza a valorar de otra manera a quien entra, se sienta donde encuentra sitio y sigue hablando exactamente igual que cuando nuestra mesa era mucho más pequeña.

A esas personas conviene reconocerlas.

Quizá alguna seas tú.

Sigo sin saberlo.

Por eso me acerco.

Hay otra cosa que tampoco he conseguido comprender del todo.

En algún lugar dentro de nosotros parece vivir alguien que apenas conocemos.

No suele intervenir cuando todo va bien.

Entonces hablamos nosotros.

Decidimos.

Hacemos planes.

Nos permitimos incluso esa pequeña arrogancia de creer que sabemos quiénes somos.

Pero alguna vez todo se queda en silencio.

La habitación conocida desaparece.

Aquello que pensábamos que nunca perderíamos ya no está.

Y entonces, desde algún sitio al que no sabíamos llegar, aparece un movimiento pequeño.

No una voz.

Ni una revelación.

Un movimiento.

Como una mano buscando a oscuras el borde de la cama.

Un pie encontrando el suelo.

El otro tardando un poco más.

Después la cocina.

Un vaso.

Agua.

Y una ventana todavía negra.

Nada ha cambiado.

Pero estamos de pie.

Nunca he sabido quién se levantó primero aquella mañana.

Quizá llevemos dentro a alguien esperando su turno.

Alguien que solo puede aparecer cuando el que éramos ya no sabe continuar.

Porque algunas cosas nos matan sin conseguir enterrarnos.

Un lugar que desaparece.

Una persona que se va.

Aquello por lo que habíamos trabajado durante años y que una mañana deja de pertenecernos.

Una vida imaginada que nunca ocurre.

Después seguimos respirando con cierta incredulidad.

Al principio casi por educación.

Más tarde porque entra hambre.

Un día porque alguien cuenta una estupidez y se nos escapa una risa que inmediatamente parece fuera de lugar.

Hasta que dejamos de pedirle permiso a lo perdido para continuar.

Entonces comprendemos que aquello sí terminó.

Lo que no terminó fuimos nosotros.

Este no es mi final.

Nunca lo ha sido.

Quizá por eso tampoco consigo mirar la muerte como una pared.

Me parece demasiado rotunda para todo lo que desconozco.

Prefiero imaginar una puerta.

No sé qué hay detrás.

Y no pienso inventármelo para tranquilizarme.

Tal vez haya algo.

Tal vez aquello que llamamos alma encuentre una forma que desde aquí no sabemos reconocer.

Quizá solo quede lo que dejamos en otros.

O puede que exista una respuesta tan distinta de nuestras preguntas que ni siquiera sepamos formularla todavía.

No lo sé.

Pero una puerta me basta.

He atravesado muchas.

Algunas las abrí yo.

Otras se cerraron detrás de mí antes de que pudiera decidir si quería marcharme.

Más de una vez pensé que allí terminaba algo demasiado importante.

Y era verdad.

Terminaba.

Solo que después empezaba otra cosa.

Casi nunca inmediatamente.

Primero suele venir la noche.

Hay noches que parecen tener peso.

Se apoyan sobre los muebles, llenan los rincones y consiguen que incluso nuestra propia casa parezca un lugar desconocido.

Entonces uno espera.

No siempre con esperanza.

A veces simplemente porque no sabe hacer otra cosa.

Hasta que debajo de una puerta aparece una línea muy fina.

No ilumina la habitación.

Ni falta que hace.

Basta para saber que al otro lado la oscuridad ya ha empezado a perder terreno.

Quizá vivir sea aprender a reconocer esas rendijas.

Y seguir.

Con todo lo que llevamos dentro.

Con aquello que aprendimos.

Con lo que amamos.

También con lo que alguna vez odiamos.

Con las cicatrices que ya no recordamos cómo nos hicimos y con alguna herida que todavía protesta cuando cambia el tiempo.

Nada sobra del todo.

Todo eso ha venido caminando con nosotros.

Pero sospecho que no avanzamos únicamente empujados por lo que dejamos atrás.

Hay algo delante.

Algo que todavía no tiene rostro.

Y algunas veces siento que tira suavemente de mí.

Quizá seas tú.

Quizá sea quien seré después de encontrarte.

Tal vez seas una persona que aún no conozco, una conversación que todavía no ha sucedido, un lugar, una idea, una última puerta.

O quizá seas simplemente una parte de mí que lleva años esperando a que me acerque lo suficiente para reconocerla.

No necesito saberlo.

Esta vez puedo caminar sin mapa.

Si tienes miedo, dame la mano.

Si soy yo quien lo tiene, espero que me dejes buscar la tuya.

Y si alguna vez nos encontramos frente a frente creyendo que veníamos de lugares distintos, antes de decidir qué hacer podríamos preguntarnos hacia dónde íbamos.

A lo mejor nos llevamos una sorpresa.

Todavía queda mucho que no vemos.

Por fortuna.

Porque empiezo a pensar que una vida completamente previsible sería una habitación sin puertas.

Y yo aún escucho algo al otro lado.

No sé qué dice.

Ni siquiera estoy seguro de que me esté llamando.

Pero llevo un rato caminando.

Y cuando levanto la vista descubro que, otra vez,

estoy un poco más cerca de ti.

Las cajas

jueves, agosto 20, 2026 Permalink 0

Las cajas

Duerme en las cajas
lo que aún tiene valor.
Miro hacia otra luz.

Tengo unas cajas cerradas desde 2017.

Sé lo que hay dentro. O creo saberlo.

Algún cuadro. Figuras. Documentos. Libros. Objetos que durante años estuvieron cerca de mí, compartiendo silenciosamente los días en un despacho que entonces era parte de mi vida.

Cuando me marché, lo guardé todo.

No escogí demasiado. Hay momentos en los que uno no tiene ganas de decidir qué merece quedarse y qué puede abandonar. Simplemente recoge. Protege. Cierra.

Después, la vida siguió.

Las cajas también.

A veces las miro y pienso que debería abrirlas. Poner unas buenas estanterías, recuperar algunas piezas, ordenar los libros, encontrar un lugar bonito para cada cosa.

Podría hacerlo.

Pero no me da.

Y durante mucho tiempo pensé que aquello era desorden, pereza o una de esas tareas que vamos dejando para un sábado que nunca llega.

Ahora no estoy tan seguro.

Porque las cosas siempre tienen un valor, pero no siempre despiertan interés.

Y ambas cosas pueden convivir sin hacerse daño.

Dentro de una de aquellas cajas hay tres libros que estuvieron juntos durante mucho tiempo: una Biblia, El arte de la guerra y Maquiavelo.

Encima había una calavera.

De mentira.

Conviene aclararlo.

Algún amigo me preguntaba cómo podía juntar cosas aparentemente tan distintas.

Nunca me pareció extraño.

Quizá porque nunca leí los libros para pertenecer a ellos. Los leí para llevarme algo.

Y me lo llevé.

Los libros siguen en las cajas.

Lo aprendido, no.

Supongo que nos ocurre con muchas más cosas.

Cuántas acumulamos.

Cuántas aprendemos.

Cuántas vivimos.

Cuántas interiorizamos.

Cuántas compartimos.

Cuántas queremos.

Cuántas llegamos a odiar.

Durante un tiempo algunas ocupan casi toda la habitación. Pensamos en ellas al despertarnos. Las defendemos. Las perseguimos. Nos enfadamos por ellas. Las acariciamos. Hacemos planes alrededor de su existencia.

Y un día siguen teniendo exactamente el mismo valor…

pero nuestra mirada está en otra parte.

No sé cuándo sucede.

Quizá no suceda de golpe.

Un día dejamos de llamar.

Otro dejamos de preguntar.

Una fotografía permanece más tiempo en el cajón.

Un libro que nos acompañó durante años empieza a coger polvo.

Una discusión que necesitábamos ganar pierde inexplicablemente su urgencia.

Un lugar al que jurábamos regresar continúa siendo hermoso, pero ya no hacemos planes para volver.

Incluso algunas versiones de nosotros mismos empiezan a parecernos así.

Las recordamos.

Sabemos cuánto necesitaron luchar.

Podemos reconocer todo lo que consiguieron.

Incluso sentir cariño por aquel que fuimos.

Pero ya no necesitamos vestirnos como él.

Y no pasa nada.

Tal vez nos equivocamos cuando pensamos que avanzar exige renunciar.

Como si para marcharnos de algún lugar necesitáramos convencer a nuestro corazón de que nunca fue tan hermoso.

Como si dejar de querer algo significara descubrir que no merecía ser querido.

Como si una historia necesitara terminar mal para justificar que haya terminado.

Hay cosas que fueron maravillosas y acabaron.

Personas que fueron importantes y se alejaron.

Sueños que conseguimos y después dejaron de interesarnos.

Otros que abandonamos sin que por eso fueran absurdos.

Palabras que un día necesitamos escuchar y que hoy apenas recordaríamos.

Todo permanece de alguna manera.

En el cerebro.

En el alma.

Que cada uno elija dónde guarda sus cajas.

Quizá una vida no sea más que una acumulación de pequeños apuntes.

Algunos subrayados.

Otros escritos deprisa.

Unos pocos con tanta fuerza que dejaron marca en la página siguiente.

Y muchos que nunca hemos vuelto a leer.

Pero no desaparecieron por eso.

Forman parte del cuaderno.

Tal vez crecer tenga algo que ver con dejar de exigir a cada cosa que alguna vez fue importante que siga siéndolo de la misma manera.

Reconocer su huella.

Agradecer su valor.

Y permitir que nuestro interés camine hacia otro sitio.

Sin culpa.

Sin desprecio.

Sin necesidad de tirar nada por la ventana.

Mis cajas continúan cerradas.

Puede que algún día las abra.

Quizá encuentre aquella calavera y me haga gracia recordar al hombre que decidió colocarla encima de tres libros para recibir visitas.

Quizá rescate un cuadro.

Tal vez venda alguna pieza.

O puede que vuelva a cerrarlas.

No lo sé.

Hoy no necesito decidirlo.

Me basta con saber que siguen ahí.

Y que casi nada de lo verdaderamente importante continúa dentro.

Porque algunas cosas que aprendí de aquellos libros ya no necesitan que los abra.

Algunas personas que conocí ya no necesitan estar cerca para haber dejado algo en mí.

Algunos lugares a los que no regresaré siguen formando parte de mi camino.

Y algunos hombres que fui ya no necesitan volver para que pueda reconocerlos como míos.

Quizá por eso las cajas no me llaman.

No están vacías.

Soy yo quien ya no está dentro.

A dos centímetros

miércoles, agosto 19, 2026 Permalink 0

A dos centímetros

Tiembla la luz.
Tu aliento busca el mío.
Amanece cerca.

Hoy me he despertado a dos centímetros de ti.

Me embriagaba la distancia, los aromas, los leves movimientos, los espasmos, las posibilidades, el encanto.

Y me he quedado allí.

Mirándote.

A dos centímetros el mundo pierde su definición. También tu rostro. Ya no puedo verte entera. Apenas una pestaña, la curva de tus labios, un mechón desordenado, ese movimiento pequeño que haces al respirar y que probablemente desconoces porque nadie puede mirarse mientras duerme.

Yo tampoco lo conocía.

Hay cosas de ti que solo aparecen cuando no estás pendiente de mostrarlas.

Quizá por eso no he querido despertarte.

Al principio aprendí a escucharte. Parece poca cosa, pero no lo era. Después empecé a reconocer esos silencios tuyos que pedían una pregunta y aquellos otros que solo querían que me quedara cerca.

Alguna vez pregunté cuando debía haber callado.

Otras acerté.

Supongo que conocerse también consiste en eso: equivocarse sin salir corriendo, regresar al día siguiente y descubrir que todavía queda algo por aprender.

Con el tiempo empecé a recordar pequeñas cosas tuyas sin hacer ningún esfuerzo por guardarlas.

Una historia que dejaste a medias.

Algo que te hacía ilusión.

Aquello que fingiste que no te había dolido tanto.

Una canción.

La manera en que cambias ligeramente la voz cuando algo te importa de verdad.

No sé cuándo ocurrió.

Solo sé que un día algo que te preocupaba empezó a preocuparme un poco también.

Y continuamos acercándonos.

No siempre hacia delante.

Hubo días fáciles y otros en los que unos pocos centímetros parecían necesitar un puente. Algún entusiasmo demasiado rápido. Alguna duda. Una palabra que llegó antes de tiempo y otra que tardó demasiado.

También aprendimos a retroceder.

A esperar.

A volver.

Hay personas que entran en nuestra vida haciendo ruido y otras que van dejando pequeñas cosas sobre la mesa.

Nosotros fuimos dejando cosas.

Primero aquellas que no importaba demasiado perder.

Después alguna un poco más frágil.

Una torpeza.

Un miedo.

Una verdad sin terminar.

Una parte de nosotros que todavía no sabíamos muy bien cómo explicar.

Y esperábamos.

Quizá la confianza empezara así.

No el día en que nos contamos algo importante, sino cuando descubrimos que aquello que habíamos dejado en manos del otro seguía allí, intacto, cuando regresábamos a buscarlo.

Entonces dejamos algo más.

Sin darnos cuenta fuimos llenando la mesa.

Pero nunca toda.

Me gusta que sea así.

Hay habitaciones tuyas en las que todavía no he entrado. Algunas quizá nunca las conozca. También yo conservo las mías.

No necesito abrirlas todas.

Hace tiempo que dejé de creer que conocer a alguien significa poseer su mapa completo.

Prefiero saber dónde puedo caminar descalzo.

Y seguimos.

Hubo risas.

Curiosidad.

Recelo alguna vez.

Ternura otras.

Ese deseo extraño de prolongar una conversación aunque ya no quedara nada importante que decir.

Hasta que apareció la piel.

Sin anunciarse.

Una mano que permaneció un instante más de lo necesario.

Tu cabeza encontrando mi hombro.

Mis dedos apartándote el pelo.

Una mirada que empezó en tus ojos y alguna vez se olvidó de regresar a tiempo.

Pequeñas cosas.

La piel tiene esa costumbre de decir bajito lo que las palabras todavía están pensando.

Y esta mañana todo parece haberse reunido aquí.

En estos dos centímetros.

Puedo sentir el aire tibio de tu respiración.

A veces llega hasta mis labios.

Podría acercarme.

Claro que podría.

Bastaría casi nada.

Un movimiento pequeño y desaparecería esa distancia que ahora mismo me parece enorme.

Pero no quiero.

No así.

Porque puedo recorrer mi mitad del camino.

Puedo llegar hasta aquí.

Puedo esperarte.

Lo que no puedo es caminar también la tuya.

Esa te pertenece.

Así que permanezco quieto.

Y te miro.

Hay algo hermoso en descubrir que cuanto más cerca estoy de ti, menos puedo verte entera.

A dos centímetros no existe la perspectiva.

Solo fragmentos.

Tu piel.

Una pestaña.

El nacimiento de una sonrisa que todavía no sé si estoy imaginando.

Tu respiración mezclándose algunas veces con la mía.

Quizá conocerte haya sido precisamente esto.

No conseguir verte completa.

Sino aprender a querer también aquello que no alcanzo a ver.

El tiempo pasa.

O eso supongo.

A esta distancia también él ha perdido su definición.

Entonces te mueves.

Muy poco.

Abres los ojos.

Me encuentras allí.

Durante unos segundos no dices nada.

Yo tampoco.

Me miras como si intentaras averiguar cuánto tiempo llevo despierto.

Después sonríes.

Apenas.

Y vuelves a cerrar los ojos.

Creo que vas a seguir durmiendo.

Pero entonces ocurre.

Te acercas.

No mucho.

No hace falta.

Tu respiración ya no necesita viajar hasta encontrar la mía.

Y yo sigo quieto.

Porque después de tanto tiempo aprendiendo tus palabras, tus silencios, tus distancias y alguna de tus pieles, por fin entiendo que aquellos dos centímetros nunca fueron míos.

Tampoco tuyos.

Eran el pequeño lugar que habíamos dejado entre los dos para saber si algún día ambos querríamos recorrerlo.

Yo ya había dado mi paso.

Esta mañana,

¿Darás el tuyo?

La reencarnación del espíritu

martes, agosto 18, 2026 Permalink 0

La reencarnación del espíritu

Sed de mi mente.
Eclosiona la vida.
Arribo a la orilla.

No hay mayor ponzoña que un hola no contestado.

Es una palabra pequeña. Apenas necesita aire para pronunciarse. La dejamos delante de alguien casi sin pensar, como quien acerca una silla para que otro se siente.

Y algunas veces la silla queda vacía.

Entonces hacemos lo que tan bien sabemos hacer: empezamos a llenarla.

Quizá no me ha oído. Quizá estaba pensando en otra cosa. Quizá tiene prisa. Quizá ya no quiere hablar conmigo. Quizá aquel gesto de ayer. Quizá aquella palabra. Quizá nosotros. Quizá yo.

Somos escultores de metáforas. Nos basta un silencio para empezar a trabajar la piedra. Una mirada se convierte en distancia; una ausencia, en sospecha; cuatro letras sin respuesta pueden terminar sosteniendo una historia que nadie escribió.

Y seguimos.

Corremos.

Corremos desde que aprendemos que quedarse quieto no siempre nos acerca a ninguna parte. Por calles conocidas y caminos que todavía no tienen nombre. Corremos detrás de pequeñas glorias, de días soleados, de alguien que se aleja o de nosotros mismos cuando no queremos encontrarnos.

A veces corremos incluso sin movernos.

Basta una discusión absurda en la mesa. Una puerta que se cierra un poco más fuerte de lo necesario. Dos personas sentadas muy cerca que ya no saben cómo llegar la una hasta la otra.

Debe de haber pocas soledades tan extrañas como esa.

Escuchar respirar a alguien y no encontrar dónde dejar una palabra.

Compartir techo y seguir buscando refugio.

Tener compañía y echar de menos una retaguardia.

Porque quizá no necesitemos que alguien nos comprenda siempre. Ni que nos dé la razón. Ni siquiera que encuentre las palabras adecuadas.

A veces bastaría con saber que podemos dejar de vigilar nuestra espalda.

Por eso inventamos jardines secretos.

Una habitación. Una canción. Una carretera que conduce a ninguna parte. Un banco desde el que mirar cómo cae la tarde. Un hombro. Una mano.

El mío algunas veces tiene agua.

Voy al mar con intención de mirarlo.

Eso me digo.

Me siento cerca y dejo que haga lo suyo. Que venga. Que se vaya. Que vuelva a venir sin cansarse de repetir el mismo gesto.

Quizá por eso termino descalzándome.

Primero entra un pie.

El agua está más fría de lo que esperaba.

Después el otro.

Camino hasta que la arena empieza a desaparecer debajo de ellos y el cuerpo recuerda movimientos que la cabeza no necesita enseñarle.

Sigo entrando.

Hasta que dejo de hacer pie.

Y entonces floto.

No ocurre nada.

El mundo no se detiene. Nadie borra los mensajes pendientes. Ninguna discusión encuentra de repente las palabras que le faltaban. Las personas que se fueron no regresan. Las que están lejos siguen lejos.

Ni siquiera aquel hola recibe respuesta.

Pero durante unos minutos dejo de preguntarme por qué.

El agua no sabe quién soy.

No conoce mis aciertos ni mis torpezas. No le interesan mis planes. No espera nada de mí. No tiene opinión sobre aquello que debería haber dicho o callado.

Me sostiene igual.

Y quizá por eso cierro los ojos.

No para no ver.

Para sentir mejor.

El ruido queda en algún lugar de la superficie. También el cincel.

Por un momento no hay nada que interpretar.

Agua fría en los hombros.

Sal en los labios.

El sonido de mi respiración.

Un cuerpo que sube y baja muy despacio.

Y un cielo que, cuando vuelvo a abrir los ojos, sigue exactamente donde estaba.

No sé cuánto tiempo permanezco así.

Hay momentos que se estropean cuando intentamos medirlos.

Después regreso.

Los pies encuentran otra vez la arena. El cuerpo recupera su peso. Camino hacia fuera mientras el agua va abandonándome poco a poco.

En la orilla me espera todo.

La ropa.

Los zapatos.

El teléfono.

Mi nombre.

Me seco.

La toalla se llena de arena y cuesta ponerse la camiseta sobre la piel mojada. Miro la pantalla casi por costumbre.

Nada.

Guardo el teléfono.

No siento que haya aprendido ninguna lección.

Tampoco soy otro.

Quizá el lienzo simplemente tenga ahora algún espacio donde volver a pintar.

Empiezo a caminar.

Todavía llevo sal en la piel.

A unos metros alguien viene en dirección contraria. No lo conozco. Durante un instante nuestros ojos coinciden.

Podría seguir andando.

Pero levanto ligeramente la cabeza.

—Hola.

La tierra a oscuras

lunes, agosto 17, 2026 Permalink 0

La tierra a oscuras

Duerme la tierra.
Nadie pregunta al brote.
La noche llueve.

Hay una serenidad especial en sembrar.

Quizá porque, durante unos instantes, todo está todavía por suceder. Abrimos la tierra, dejamos en ella algo diminuto, la cubrimos con las manos y nos permitimos imaginar. No sabemos si habrá árbol, ni fruto, ni siquiera un tallo que consiga asomarse algún día. Y, sin embargo, mientras regresamos a casa con un poco de tierra pegada a los dedos, caminamos acompañados por la esperanza.

Después empiezan nuestras prisas.

Nos gustaría escuchar cómo germina.

Apartar apenas la tierra para comprobar que sigue allí. Preguntarle cuánto le falta. Ayudarla un poquito, aunque nadie nos haya pedido ayuda.

Somos curiosos hasta para esperar.

Y puede que también algo impacientes.

Nos hemos acostumbrado a que muchas cosas respondan inmediatamente a nuestros dedos. Tocamos y aparece. Preguntamos y alguien contesta. Enviamos unas palabras y poco después miramos si fueron recibidas. Hasta la espera parece haberse convertido en una pequeña avería entre nuestro deseo y su satisfacción.

Pero hay cosas que todavía hablan otro idioma.

Una semilla, por ejemplo.

No sabe de nuestra urgencia.

Tiene la descortesía de necesitar su propio tiempo.

Quizá por eso, cuando empieza a crecer, también nosotros empezamos a cambiar. La esperanza tranquila de la siembra va dejando sitio a una alegría algo más cautelosa. Ahora que existe un brote podemos perderlo. Cuando aparezca el fruto querremos saber cuánto dará. Y si la cosecha es buena, llegará ese momento tan humano en el que, después de alegrarnos, empezaremos a pensar dónde guardarla.

El silo parece un lugar seguro.

Hasta que una noche alguien se despierta preguntándose si habrá suficiente.

Entonces cuenta los sacos.

Puede que vuelva a contarlos por la mañana.

No falta trigo. Lo que sobra es invierno.

Un invierno que todavía no ha llegado y que, sin embargo, ya ha conseguido sentarse a desayunar con nosotros.

Qué extraño.

Cuando apenas teníamos una semilla fuimos capaces de llenarnos de esperanza. Ahora tenemos el granero y nos cuesta estar tranquilos.

Tal vez porque no nos basta con recoger el futuro cuando llega. Queremos anticiparlo. Administrarlo. Asegurarlo. Incluso vender sus posibilidades antes de que el fruto haya nacido.

Y así algunas semillas llegan a la tierra cargando con nuestros planes.

Todavía no saben qué serán y nosotros ya hemos decidido cuánto deberán producir.

También hacemos eso con las personas.

Y con los amores.

Con los hijos.

Con una idea que apenas empieza a respirar.

Con nosotros mismos.

Nos cuesta permitir que algo querido crezca sin preguntarle demasiado pronto en qué piensa convertirse.

Quizá por eso hemos olvidado un poco el arte de la paciencia.

No esa paciencia que aprieta los dientes mientras espera una recompensa. Otra más amable. La que sabe que hay momentos para acercar las manos y otros para guardarlas en los bolsillos.

La que comprende que esperar no es un tiempo vacío.

Mientras esperamos también estamos viviendo.

No hay unas horas verdaderas y otras que solo sirven para llevarnos hasta ellas. La tarde en que sembramos pertenece a nuestra vida tanto como la mañana de la cosecha. También la cena de aquella noche. La conversación que tuvimos. La canción que sonaba. La mano que pudimos acariciar mientras, lejos de nosotros, bajo unos centímetros de tierra, algo hacía en silencio aquello que sabía hacer.

Tal vez el problema nunca fue que el tiempo se nos escapara.

La arena siempre encontrará alguna rendija entre los dedos.

Podemos cerrar el puño para conservarla un poco más, pero entonces descubriremos que una mano cerrada sirve para guardar muy pocas cosas.

Y mientras tanto no toca.

No acaricia.

No siembra.

El arte del tiempo quizá tenga menos que ver con conservarlo que con gastarlo bien.

Hay momentos para correr y otros para quedarse un poco más. Para recoger cuando el fruto está maduro y disfrutarlo sin preguntarnos inmediatamente por el siguiente. Para guardar lo necesario sin convertir el granero en una fortaleza contra todos los inviernos posibles.

Y también hay un tiempo para soltar.

Sembrar algo bueno en otra persona y no perseguirla para comprobar qué hizo con ello.

Compartir una idea sin necesitar saber dónde terminará.

Amar sin exigir al presente un certificado de permanencia.

Dejar una semilla en una tierra que, desde ese momento, empieza también a pertenecerle a ella.

Puede que germine.

Puede que no.

Quizá dé un fruto distinto del que habíamos imaginado.

O puede que un día alguien descanse bajo un árbol sin conocer siquiera las manos que lo sembraron.

No estaremos allí para medirlo.

Ni falta que hace.

Al caer la tarde, alguien termina el último surco. Se queda unos segundos mirando el campo. Desde la casa llega una voz conocida que lo llama para cenar.

Podría esperar un poco más.

Por si acaso.

Pero se limpia las manos en el pantalón y comienza a caminar hacia aquella voz.

A su espalda queda la tierra recién removida.

Después cae la noche.

Y cuando ya no hay nadie mirando,

empieza a llover.

La semilla

lunes, agosto 17, 2026 Permalink 0

La semilla

Ácido el fruto.
Mis manos no lo apartan.
Buscan semilla.

A veces confundimos la verdad con el desencanto. Preferimos cerrar los ojos porque tememos que conocer demasiado desvista de magia aquello que amamos. Pero cerrar los ojos solo tiene sentido cuando nos permite sentir mejor: escuchar una música con más profundidad, reconocer un perfume, abandonarnos a un abrazo. Cerrarlos para no ver no protege la realidad; apenas nos protege durante un tiempo de tener que enfrentarnos a ella. Y difícilmente podremos mejorar o transformar aquello que primero necesitamos negar.

La realidad tampoco tiene la obligación de gustarnos. Hay quien disfruta de la acidez y quien apenas puede soportarla; quien busca lo intensamente dulce y quien lo encuentra empalagoso. El fruto es el mismo, pero no lo es la experiencia de quien lo prueba. Una cosa es lo que existe y otra lo que sentimos ante ello. Confundir ambas convierte nuestras preferencias en verdades y nuestras incomodidades en defectos que exigimos al mundo corregir.

Quizá nos estamos acostumbrando demasiado a esa confusión. Queremos la fruta madura, pelada, cortada, endulzada y, si es posible, acercada a la boca. No hay nada malo en disfrutar de la comodidad que otros hicieron posible. El problema comienza cuando dejamos de saber qué hacer el día en que nadie trae el tenedor.

Porque vivir no consiste únicamente en disfrutar de aquello que nos satisface. También es ser capaces.

Capaces de reconocer lo que tenemos delante aunque no nos agrade. De distinguir una incomodidad que nos exige crecer de un daño del que debemos protegernos. De aceptar una crítica sin convertirla inmediatamente en una agresión. De cambiar cuando aquello que hacemos deja de funcionar. De pedir ayuda cuando nuestras fuerzas no bastan. De utilizar cuanto hemos aprendido para ampliar nuestras posibilidades y, después, ofrecerlas a otros.

Ser capaz tampoco significa controlarlo todo. Hay riesgos que podemos reducir pero nunca eliminar. Podemos conocer su probabilidad, prepararnos, confiar en quienes saben más que nosotros y actuar sobre cuanto esté a nuestro alcance. Después aparece una frontera. Al otro lado quedan el azar, las decisiones ajenas y todo aquello que sencillamente no nos pertenece. Madurar quizá consista también en impedir que aquello que no podemos controlar gobierne cuanto todavía podemos hacer.

Y entonces mejorar adquiere otro significado.

No significa cambiar todo hasta conseguir que se adapte a nuestros gustos. A veces habrá que transformar la realidad. Otras, nuestra manera de relacionarnos con ella. Y algunas tendremos que transformarnos nosotros. Incluso habrá ocasiones en las que, después de observar con atención, descubramos que aquello que pretendíamos corregir no necesitaba nuestra intervención: necesitaba nuestra comprensión.

Por eso el placer y el dolor pueden informarnos, pero no deberían gobernarnos. Lo agradable no siempre nos mejora y lo incómodo no siempre nos perjudica. El mundo no se divide entre aquello que nos satisface y aquello que debemos apartar. Entre ambos existe un territorio inmenso donde podemos aprender, discernir, intentar, equivocarnos, rectificar y volver a intentar.

Tal vez ahí resida una de nuestras capacidades más valiosas: no recibir la realidad como un producto terminado.

Tomarla como llega.

Mirarla con los ojos abiertos.

Probarla.

Comprender qué tenemos entre las manos.

Cambiar aquello que podamos mejorar.

Aceptar aquello que no nos corresponde cambiar.

Y aprender de ambas cosas para que quien venga después encuentre alguna posibilidad que antes no existía.

Porque cuando un fruto resulta ácido podemos apartarlo.

Podemos exigir que alguien lo endulce.

O podemos abrirlo.

Quizá dentro haya una semilla.

Y entonces ya no importará tanto si aquel fruto estaba hecho exactamente a nuestro gusto.

Habremos aprendido a plantar.

Mientras podamos cantar

domingo, agosto 16, 2026 Permalink 0

Mientras podamos cantar

La flor se ofrece.
La abeja ignora el fruto.
La vida sucede.

Nacemos llorando. Quizá por eso aquella vieja canción pedía algo aparentemente sencillo: déjame vivir cantando. No decía que la vida fuera a ser feliz, ni siquiera que debiera serlo. Tal vez porque la felicidad nunca fue un lugar donde instalarnos, sino una sucesión de momentos que aparecen entre todo lo demás: días luminosos y noches difíciles, encuentros y despedidas, victorias, pérdidas, silencios y alguna carcajada capaz de justificar una semana entera. Nos empeñamos en construir épocas felices cuando la vida solo nos permite vivir momentos. Y mientras perseguimos la felicidad que imaginamos, podemos dejar pasar inadvertida la que estaba sucediendo.

Además, cambiamos. Lo hace el mundo, incluso sin nuestra presencia, y lo hacemos nosotros aunque tardemos más en reconocerlo. Por eso la memoria puede recordarnos dónde fuimos felices, pero no necesariamente sabe dónde volveremos a serlo. A veces intentamos amar como amábamos, buscar lo que buscábamos, elegir con los criterios de quien fuimos hace diez o veinte años. Cambiamos de personas, de lugares, de circunstancias, pero seguimos preguntando a una versión antigua de nosotros qué necesitamos ahora. Saber quién eres en cada momento quizá sea una de las pocas llaves capaces de acercarnos a la felicidad. No porque garantice encontrarla, sino porque evita que pasemos la vida regando una planta que ya necesita otra tierra.

Pero conocernos tampoco nos concede poder sobre el resultado. Podemos elegir bien y equivocarnos. Amar honestamente y perder. Cuidar una planta con el agua precisa, la tierra adecuada y toda nuestra atención, y verla marchitarse. Hacer las cosas bien no obliga a la vida a salir bien. Quizá madurar consista también en aceptar esa parte de incertidumbre sin convertir cada mal resultado en culpa ni cada dolor en domicilio. Cuando algo termina, no siempre tenemos que regresar al lugar donde fuimos felices. A veces necesitamos descubrir dónde puede encontrarnos ahora una felicidad distinta.

Y para eso hay que permanecer disponibles. Una flor protegida eternamente de cuanto pudiera dañarla también quedaría fuera del alcance de la abeja. Abrirse supone exposición. Ofrecerse supone riesgo. No necesitamos vivir sin miedo; basta con impedir que el miedo decida siempre por nosotros. La flor ofrece aquello que tiene. La abeja llega buscando lo que necesita. Ninguna conoce todavía el fruto de ese encuentro. Y, sin embargo, algo sucede porque ambas estuvieron allí, abiertas a la posibilidad de la otra.

Quizá por eso florecer nunca fue el final. Importa lo que hacemos con aquello que hemos conseguido ser: qué alimentamos, qué compartimos, qué enseñamos, qué dejamos en los demás, qué consigue crecer porque alguna vez estuvimos allí. Hasta nuestros momentos dolorosos pueden terminar dando fruto si de ellos nace comprensión para acompañar el dolor de otro.

La vida seguirá cambiando. Nosotros también. Habrá momentos en los que cantaremos y otros en los que apenas podremos recordar la melodía. No necesitamos convertir unos en eternos ni huir desesperadamente de los otros.

Necesitamos conocernos, redescubrirnos, abrirnos y ofrecer cuanto podamos llegar a ser.

Porque tal vez una buena vida no consista en ser feliz durante mucho tiempo, sino en no perder, cuando llegue el llanto, la capacidad de volver a cantar.

Y cuando llegue el canto…

ofrecerlo.

Más allá del horizonte

viernes, agosto 14, 2026 Permalink 0

MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE

Hoy postro mi rodilla ante tu altar.

En silencio.

He llegado hasta aquí con todo cuanto tengo y, sin embargo, ahora mismo soy incapaz de articular una sola palabra para pedirte nada.

Quizá porque no sé qué pedir.

Quizá porque todavía no sé qué me falta.

Quizá porque hay momentos en los que uno necesita tanto que cualquier petición concreta resulta demasiado pequeña.

Hoy no sé pedirte nada y, sin embargo, necesito todo.

Por eso estoy aquí.

No para que hagas por mí aquello que todavía puedo hacer.

No para entregarte mis decisiones, mis responsabilidades o mis pasos.

He venido buscando aquello que intuyo que existe, pero que soy incapaz de encontrar por mí solo.

Ayúdame.

Signifícame.

Abre mi mente.

Abre mi corazón.

Acerca tu espíritu al mío.

Y dame luz.

No toda.

No necesito que ilumines el camino completo ni que me reveles dónde termina.

Dame la suficiente para descubrir aquello que desde donde estoy todavía no puedo ver.

Porque quizá llevemos demasiado tiempo confundiendo nuestros límites con los límites del mundo.

Sabemos.

Aprendemos.

Acumulamos siglos de conocimiento y experiencia.

Una generación entrega a la siguiente cuanto consiguió comprender. Los jóvenes reciben las cicatrices de los viejos convertidas en advertencias; sus hallazgos, convertidos en herramientas; sus errores, convertidos en memoria.

Y así avanzamos.

No empezamos desde cero.

Nunca.

Caminamos sobre miles de vidas anteriores.

Sobre quienes observaron antes que nosotros.

Sobre quienes preguntaron.

Sobre quienes acertaron.

Y también sobre quienes se equivocaron.

Todo ese conocimiento pretérito puede acumularse.

Puede evaluarse.

Puede discutirse.

Puede corregirse.

Puede ampliarse.

Pero nunca podrá entregarnos un final.

Solo puede proporcionarnos un punto de partida.

Quizá por eso Arquímedes no pidió poseer el mundo.

Pidió un punto de apoyo.

Le bastaba.

Porque la grandeza humana nunca ha consistido en contener dentro de nosotros todas las fuerzas necesarias.

Consiste también en descubrir dónde apoyarnos para alcanzar aquello que solos jamás alcanzaríamos.

Y ahí comenzamos a equivocarnos con nuestros límites.

Aquello que desconocemos nos inquieta.

A veces lo despreciamos.

Otras lo atacamos.

Lo moldeamos hasta conseguir que se parezca a algo conocido.

Le damos una mano de pintura para hacerlo compatible con nuestras certezas.

Lo ignoramos.

O hacemos algo todavía más peligroso:

lo convertimos en frontera.

No puedo.

No sé.

No depende de mí.

No lo comprendo.

No existe.

Y cerramos la puerta.

Pero que yo no pueda volar no significa que el cielo me esté prohibido.

Quizá significa solamente que necesito unas alas que nunca serán mías.

Que algo no dependa de mí no significa que no pueda relacionarme con ello.

Que no pueda comprender algo todavía no demuestra que sea incomprensible.

Y que mis ojos no alcancen a verlo jamás podrá demostrar que detrás de mi horizonte no existe nada.

Tal vez esa sea una de nuestras grandes confusiones:

convertir el alcance de nuestra mirada en la medida del universo.

Por eso necesitamos a los demás.

Necesitamos al que llegó antes.

Al que observa desde otro lugar.

Al que sabe lo que ignoramos.

Al que formula una pregunta que jamás se nos habría ocurrido.

Al que contradice nuestra certeza.

Al que nos presta durante un instante una mirada distinta.

Necesitamos conocimiento.

Experiencia.

Ciencia.

Historia.

Memoria.

Intuición.

Amor.

Y quizá también necesitamos algún momento en nuestra vida en el que, después de haber utilizado todo eso, tengamos suficiente humildad para postrar una rodilla y reconocer:

hasta aquí alcanzo yo.

No es una rendición.

Puede ser exactamente lo contrario.

Porque arrodillarse ante un altar no obliga a empequeñecerse.

Hay ocasiones en las que el cuerpo desciende precisamente mientras la mente y el corazón eclosionan.

Y entonces podemos pedir.

No que alguien viva por nosotros.

No que desaparezcan los obstáculos.

Ni siquiera que nos concedan aquello que deseamos.

Algo mucho más elemental:

muéstrame lo que no puedo ver.

Quizá allí esté la posibilidad que estaba buscando.

Quizá descubra que mi pregunta era equivocada.

Quizá comprenda que aquello que consideraba un obstáculo era un punto de apoyo.

Quizá encuentre una puerta.

Quizá descubra que no había puerta porque tampoco había pared.

O quizá siga sin comprender nada.

También eso forma parte de ser humano.

Porque conocerlo todo nunca estuvo a nuestro alcance.

Pero seguir ampliando aquello que somos capaces de conocer sí puede estarlo.

Y para hacerlo necesitamos una extraña combinación de orgullo y humildad.

Orgullo para caminar hasta el último centímetro que nuestras capacidades permitan.

Humildad para reconocer que ese último centímetro nuestro no tiene por qué ser el último centímetro posible.

Tal vez ahí empiece la esperanza.

No donde termina el mundo.

Sino donde termina el mundo que hasta ahora éramos capaces de ver.

Por eso hoy sigo de rodillas.

Pero no estoy inmóvil.

Nunca.

Mi cuerpo se postra mientras algo dentro de mí continúa buscando.

Tengo conmigo cuanto otros aprendieron.

Tengo mis principios.

Mis errores.

Mis preguntas.

Mis cicatrices.

Mi razón.

Mis manos.

Mi voluntad.

Y aun así reconozco que puede existir algo más.

No te pido que me lleves.

Ayúdame a verlo.

No te pido certezas.

Enséñame a reconocer posibilidades.

No te pido que elimines la oscuridad.

Dame luz suficiente para el siguiente paso.

Y si alguna vez vuelvo a creer que he llegado al límite, recuérdame algo que los seres humanos olvidamos con demasiada facilidad:

nuestros ojos también tienen horizonte.

Más allá sigue habiendo mundo.

Y mientras exista algo que todavía no podamos ver, comprender, aprender, compartir o amar…

todavía quedará un lugar hacia el que crecer.

A lomos de los arabescos del viento

jueves, agosto 13, 2026 Permalink 0

A lomos de los arabescos del viento

Hay misterios que se revelan cuando consiguen mover algo.

El viento es uno de ellos.

Nadie lo ha visto jamás.

Vemos la rama que se inclina, la nube que acelera, la vela que se tensa, el cabello que abandona por unos segundos cualquier disciplina. Sentimos la humedad que trae del mar, unas motas de sal pegándose a la cara, el descenso repentino de la temperatura cuando decide jugar alrededor de nuestra nuca.

Sabemos que está ahí porque algo ha cambiado.

Quizá por eso, desde que aprendimos a mirar hacia arriba, concedimos el viento a los dioses.

Algo que nadie puede sujetar, encorsetar ni ordenar completamente tenía que pertenecer a un territorio superior.

Podríamos considerarlo un dios menor.

Caprichoso.

Invisible.

Libre.

A veces llega como un remanso tibio y nos envuelve.

Otras refresca una tarde que empezaba a pesar demasiado.

Puede robarnos el aroma de algo que tenemos delante y traernos, en cambio, el olor de un lugar que está a kilómetros.

Hurta y entrega.

Transporta.

Mezcla.

Juega.

Hasta que alguna vez deja de hacerlo.

Entonces baja la temperatura, enseña los dientes y aquel dios pequeño se convierte en dragón.

Ruge.

Levanta el mar.

Arranca.

Golpea.

Devasta cuanto encuentra a su paso con la indiferencia de quien jamás necesitó preguntarse por las consecuencias.

Y después se marcha.

Sin disculparse.

Sin explicar nada.

Porque el viento nunca explica.

Actúa.

Quizá por eso me fascina su movimiento.

Nunca he imaginado el viento avanzando en línea recta.

Para mí, el viento dibuja arabescos.

Sube.

Cae.

Gira.

Retrocede.

Se retuerce.

Te empuja desde un lado y, cuando creías haber entendido su dirección, aparece por el otro.

Tiene algo del bebé que se enfada y parece dispuesto a romper cuanto encuentra a su alrededor para, un instante después, regalarte una carcajada como si nada hubiera sucedido.

Así es el viento.

Y quizá así sea también buena parte de la vida.

Nosotros, sin embargo, adoramos las líneas rectas.

Queremos saber de dónde salimos, adónde vamos, cuánto tardaremos y qué encontraremos al llegar.

Dibujamos planes.

Calculamos rutas.

Construimos certezas.

Y después aparece el viento.

Una persona.

Una oportunidad.

Una pérdida.

Una casualidad.

Una conversación.

Una idea.

Algo que no figuraba en nuestros mapas y que, de repente, modifica la dirección.

Entonces podemos cerrar las ventanas.

Podemos escondernos.

Podemos enfadarnos porque la realidad ha vuelto a incumplir nuestros planes.

Podemos intentar luchar contra los elementos.

Aunque quizá exista otra posibilidad.

Aprenderlos.

Porque venir a luchar contra los elementos significa haber decidido antes de empezar que tenemos un enemigo.

Y ningún ser humano vence al océano.

Nadie derrota una montaña.

Nadie somete al viento.

La montaña se asciende.

El océano se atraviesa.

El viento se aprende.

Lo saben quienes viven cerca del mar.

Y quizá nadie lo sepa mejor que quienes se acercan a las rocas de Galicia mientras el Atlántico rompe contra ellas para arrancar unos percebes.

Desde fuera parece una lucha.

No lo es.

Si un percebeiro intentara demostrar que es más fuerte que el mar, probablemente no regresaría.

Lo observa.

Lee las olas.

Calcula.

Espera.

Sabe cuándo acercarse y cuándo retroceder.

Y durante unos segundos, cuando el océano concede el espacio suficiente, entra.

No lucha.

Está preparado.

Esa diferencia puede contener una vida entera.

Porque hay momentos en los que debemos esperar.

Otros en los que debemos protegernos.

Algunas veces habrá que retroceder.

Y existirán esos instantes extraordinarios en los que todo cuanto hemos aprendido parece reunirse para decirnos una sola palabra:

ahora.

Entonces hay que ir.

La serendipia necesita encontrarnos allí.

No ocurre únicamente porque algo inesperado aparezca.

Necesita que alguien sea capaz de reconocer que aquello inesperado podría convertirse en posibilidad.

Miles reciben el mismo viento.

Solo algunos despliegan la vela.

Por eso no creo demasiado en quedarse esperando a que la vida suceda.

Hay que estar en el mar.

No puedes arribar a aguas calmas o angostas si nunca has abandonado el puerto.

Puedes estudiar durante años las corrientes.

Perfeccionar el barco.

Memorizar los mapas.

Esperar el viento perfecto.

Eliminar todos los riesgos.

Y continuar exactamente donde estabas.

Para llegar hay que zarpar.

Y para zarpar hay que aceptar algo que ninguna carta de navegación puede resolver:

no controlaremos completamente el viaje.

Eso no significa renunciar al destino.

Una cosa es aceptar el arabesco y otra vivir a la deriva.

Hay que querer llegar.

Hay que mirar el horizonte.

Hay que levantar alguna vez los ojos hacia las estrellas y sentir esa antigua provocación de todo aquello que todavía está demasiado lejos.

Necesitamos destinos.

No para convertirlos en cárceles.

Para tener razones.

Porque llegar no consiste únicamente en ocupar un lugar.

Llegar es consumar.

Hay destinos a los que solo podemos arribar después de habernos convertido en alguien capaz de alcanzarlos.

Por eso llegar también es ser.

Pero ni siquiera eso basta.

¿Para qué queremos ser más si todo termina en nosotros?

¿Para qué aprender?

¿Para qué superar?

¿Para qué conseguir?

¿Para qué acercarnos a las estrellas si después vamos a guardar el cielo en un cajón?

Quizá llevemos demasiado tiempo imaginando la vida como una acumulación.

Más cosas.

Más éxitos.

Más conocimientos.

Más experiencias.

Más reconocimientos.

Más.

Y quizá el viento lleve todo este tiempo explicándonos exactamente lo contrario.

El viento no conserva.

Hace circular.

Toma el aroma de una flor y lo deposita lejos de ella.

Levanta una semilla y la entrega a otra tierra.

Recoge sal del océano y la deja sobre nuestra piel.

Encuentra una vela y la empuja.

Encuentra las aspas de un molino y las convierte en movimiento.

El viento recibe y entrega.

Nosotros podemos hacer conscientemente lo que él hace por naturaleza.

Vivir para compartir.

Superar para compartir.

Conseguir para compartir.

Crecer no para ocupar cada vez más espacio, sino para aumentar aquello que podemos ofrecer dentro de él.

Quizá por eso el verdadero viaje nunca termine en la cima.

Ni en la estrella.

Ni siquiera en el destino.

Hay que regresar.

Siempre me ha parecido profundamente humano que podamos mirar el firmamento deseando alcanzarlo y, al mismo tiempo, después de mucho tiempo lejos, sentir una necesidad casi animal de volver a poner los pies sobre la tierra.

Volamos.

Pero ansiamos regresar.

No porque el cielo nos haya quedado grande.

Porque tenemos algo que hacer aquí abajo.

El pájaro necesita viento para volar y una rama para posarse.

El navegante puede amar el océano y desear el puerto.

El percebeiro entra en el mar precisamente porque quiere salir de él.

Hasta quien consiguiera cabalgar un dragón acabaría buscando algún lugar donde desmontar.

Aterrizar no es descender.

Es consumar el vuelo.

Porque lo importante no es solamente aquello que vimos allí arriba.

Es qué sucede con nosotros cuando volvemos.

Y quizá aquí hayamos cometido otro error.

Pensábamos que debíamos regresar trayendo algo.

Un trofeo.

Una prueba.

Un pedazo de estrella.

Algo que pudiéramos colocar sobre una mesa y señalar diciendo:

mira lo que conseguí.

Pero algunos de los grandes viajes de nuestra vida terminan exactamente al contrario.

Regresamos con las manos abiertas.

El corazón abierto.

El alma abierta.

Una sonrisa demasiado grande para ocultarla.

La mirada vidriosa.

La piel marcada.

La arenisca pegada a la cara como testimonio de que aquello no fue un sueño.

Y nada más.

Vacíos de materia.

Pero llenos de energía.

Quizá ese sea el verdadero tesoro.

No aquello que conseguimos retener.

Aquello en lo que nos convertimos mientras intentábamos llegar.

Imagino entonces el último vuelo.

El viento completamente desbocado.

Bravío.

Poderoso.

Tan cercano a la vida como aliado de la muerte.

Las espuelas intentando conservar alguna dirección sobre un arabesco que se niega a obedecer.

La arenisca golpeando el rostro.

Los ojos húmedos.

El corazón acelerado.

Y por un instante ya no sabemos si estamos cabalgando el viento o si el viento ha decidido cabalgarnos a nosotros.

Da igual.

Nos hemos encontrado.

Sinergia.

Él aporta una fuerza que nunca podremos poseer.

Nosotros aportamos intención.

Y durante unos segundos sucede algo que ninguno habría podido crear por separado.

Volamos.

No contra él.

Con él.

No luchamos contra los elementos.

Los superamos formando parte de ellos.

Y entonces comprendemos que la vida quizá nunca nos pidió tener suficiente fuerza para controlarla.

Nos pidió algo más difícil.

Estar disponibles.

Leer.

Esperar.

Aprender.

Reconocer el instante.

Y cuando llegue…

lanzarnos.

Porque siempre habrá razones para permanecer en tierra.

Siempre podremos esperar un viento más favorable.

Una certeza mayor.

Un mapa más preciso.

Una oportunidad más segura.

Pero ninguna estrella se alcanza desde el puerto.

Hay que salir.

Hay que estar allí para que la serendipia pueda encontrarnos.

Hay que ofrecer alguna vela al viento.

Hay que aceptar el arabesco.

Hay que atreverse a mirar hacia arriba sin perder la memoria de la tierra.

Y alguna vez, cuando todo encaje, habrá que subir al dragón.

Sin intención de domesticarlo.

Sin promesas de victoria.

Simplemente para descubrir hasta dónde somos capaces de llegar juntos.

Después volveremos.

Claro que volveremos.

Con las manos abiertas.

El corazón abierto.

El alma abierta.

Quizá cansados.

Quizá cubiertos de polvo y sal.

Quizá con alguna cicatriz nueva.

Pero sonriendo.

Y cuando alguien nos pregunte qué hemos traído de un viaje tan largo, podremos mirar nuestras manos vacías sin sentir que falta absolutamente nada.

Porque finalmente habremos comprendido:

no hemos venido a acumular vida.

Hemos venido a hacerla circular.

A vivir para compartir.

A superar para compartir.

A conseguir para compartir.

A mirar las estrellas para regresar después y contar que estaban allí.

A dejarnos multiplicar por fuerzas que nunca nos pertenecerán.

A aprender que llegar no siempre significa traer algo.

A veces llegar significa poder volver, poner los pies sobre la tierra, mirar a quienes nos esperan y descubrir que tenemos mucho más que entregar precisamente porque ya no necesitamos conservarlo.

Quizá eso sea culminar.

Llegar hasta donde soñábamos.

Regresar hasta donde pertenecemos.

Y hacerlo vacíos de materia y llenos de energía.

Así que cuando vuelva a soplar el viento no intentes preguntarle adónde va.

Probablemente tampoco él lo sepa.

Abre la ventana.

Mira cómo dibuja.

Escucha.

Aprende sus tiempos.

Y si alguna vez reconoces tu arabesco…

sube.

Hay vuelos que no necesitan llevarnos más lejos.

Solo necesitan conseguir que, cuando volvamos a tocar tierra,

seamos capaces de abrir las manos.

Que la vida nos encuentre dentro de ella

jueves, agosto 13, 2026 Permalink 0

Que la vida nos encuentre dentro de ella

Hay días en los que uno se siente como un niño con zapatos nuevos.

No ha cambiado el mundo. Probablemente tampoco haya cambiado nada verdaderamente importante. Y, sin embargo, caminamos de otra manera. Miramos nuestros pies, sonreímos, aceleramos el paso. Quizá hasta buscamos a alguien para enseñárselos.

Durante unos minutos no intentamos comprender la alegría.

La vivimos.

Después crecemos.

Y aprendemos tantas cosas útiles que alguna vez corremos el riesgo de olvidar aquella.

Aprendemos a protegernos, a anticiparnos, a calcular, a interpretar gestos, a distinguir amenazas, a esconder inseguridades. Construimos una apariencia que nos permite caminar entre los demás con cierta solvencia y aprendemos incluso a parecer seguros cuando no lo estamos.

No necesariamente mentimos.

A veces simplemente nos protegemos.

Una sonrisa puede ser simpatía.

O simpatía superficial.

Una apariencia impecable puede expresar quiénes somos.

O convertirse en escudo.

Y no pasa nada.

Los escudos existen porque alguna vez hubo flechas.

El problema empieza cuando deja de haberlas y seguimos caminando con el escudo levantado.

Quizá vivir consista, entre otras cosas, en aprender a leer el entorno.

Lo hacen los animales desde mucho antes que nosotros.

Interpretan el viento, el peligro, el territorio, la oportunidad. Nosotros añadimos a ese instinto algo extraordinario: memoria, imaginación, experiencia, empatía, razón.

Podemos mirar lo que ocurre y preguntarnos qué significa.

Podemos decidir.

Podemos cambiar.

Eso nos convierte en magníficos supervivientes.

Pero sobrevivir no basta.

Porque uno podría construir una existencia tan protegida que nada consiguiera herirlo y descubrir, demasiado tarde, que tampoco nada consiguió tocarlo.

Y entonces habría que hacerse una pregunta incómoda:

¿de qué sirve conservar extraordinariamente bien una vida que apenas estamos viviendo?

Quizá por eso confundimos con tanta facilidad control y pericia.

Cuando el mar está en calma es sencillo sentirse capitán.

El barco responde.

El horizonte permanece quieto.

El viento parece obedecer.

Y durante un rato podemos cometer la ingenuidad de pensar que somos nosotros quienes controlamos el océano.

Hasta que llega la marejada.

Entonces descubrimos la diferencia.

El buen navegante no es quien domina el mar.

Es quien sabe leerlo.

Agarra el timón cuando debe hacerlo.

Recoge vela.

Corrige.

Espera.

Avanza.

Retrocede.

Y alguna vez comprende que la decisión más inteligente consiste en dejar que una ola pase debajo del barco sin enfrentarse a ella.

Eso no es pasividad.

Es oficio.

Porque hay algo todavía más importante que aprender a navegar:

comprender que también somos parte del mar.

Unas veces timón.

Otras vela.

Alguna vez ola en la vida de alguien.

Puerto.

Marejada.

Incluso naufragio.

No estamos frente a la vida intentando someterla.

Estamos dentro.

Y pertenecer cambia completamente las reglas.

También obliga a reconciliar dos viejos adversarios.

La mente y el corazón llevan siglos soportando un matrimonio de conveniencia.

Uno presume de sensato.

El otro, de auténtico.

La mente acusa al corazón de imprudente.

El corazón acusa a la mente de cobarde.

Y mientras discuten sobre quién debería gobernarnos, la vida continúa sucediendo.

Quizá ninguno deba ganar.

La mente puede enseñarnos dónde estamos.

El corazón puede recordarnos por qué merece la pena ir.

Y entre ambos tendremos que decidir el rumbo.

Sin garantías.

Porque no siempre estamos tan seguros como aparentamos.

Y menos mal.

La duda nos obliga a seguir mirando.

La certeza absoluta deja de hacer preguntas.

También por eso necesitamos misericordia.

En el Quijote encontramos una recomendación formidable: si alguna vez hemos de doblar la vara de la justicia, que no sea por la dádiva, sino por la misericordia.

Qué difícil resulta aplicarla.

Especialmente con nosotros mismos.

Nos juzgamos por decisiones tomadas con información que entonces no teníamos.

Nos reprochamos no haber sabido aquello que todavía estábamos aprendiendo.

Convertimos errores en condenas y equivocaciones en identidad.

Quizá haya llegado el momento de doblar un poco esa vara.

No para absolvernos de todo.

No para convertir la misericordia en complacencia.

Sino para reconocer algo elemental:

vivir también consiste en aprender mientras vivimos.

No existe ensayo general.

Y eso significa que alguna vez nos equivocaremos durante la función.

No pasa nada.

No todo lo que duele resta.

No todo lo que termina fue una pérdida.

No toda equivocación merece llamarse fracaso.

Hay experiencias cuyo valor solo comprendemos años después.

Y algunas quizá nunca podamos calcularlo.

Porque la vida no es una cuenta de resultados.

Una marejada atravesada suma mar.

Una equivocación puede sumar criterio.

Una decepción puede sumar discernimiento.

Una cicatriz suma historia.

Una persona que pasó por nuestra vida puede seguir formando parte de ella aunque ya no esté.

Incluso el miedo, cuando conseguimos atravesarlo, puede terminar convirtiéndose en territorio conocido.

No necesitamos romantizar lo malo.

Hay cosas que duelen y punto.

Pero tampoco necesitamos concederles el derecho de decidir qué hacemos después.

Que nos afecten.

Que nos conmuevan.

Que alguna vez nos derriben.

Pero que no nos gobiernen.

Eso también es fortaleza.

No sentir menos.

Sentir y conservar la libertad de elegir el siguiente movimiento.

Quizá por eso deberíamos dejar de preguntarnos continuamente cuánto podemos perder.

La supervivencia hace inventario.

La vida incorpora.

Personas.

Lugares.

Errores.

Carcajadas.

Despedidas.

Conocimiento.

Miedos.

Deseos.

Marejadas.

Calmas.

Todo puede ensanchar el territorio.

Hasta las manchas.

Porque algún día aquellos zapatos nuevos acabarán sucios.

Y sería absurdo pensar que la mancha fue el precio de haber corrido.

La mancha demuestra que corrimos.

Que estuvimos allí.

Que entramos en el charco.

Que durante unos segundos nos importó bastante más vivir que conservar impecables los zapatos.

Tal vez necesitemos recuperar algo de aquel niño.

No su ingenuidad.

Su disponibilidad.

La capacidad de permitir que algo nos sorprenda sin preguntarnos inmediatamente cuánto durará.

De disfrutar un buen momento sin convertirlo en algo que debemos controlar.

De aceptar que no toda alegría necesita explicación ni todo instante hermoso un plan para repetirse.

Porque también podemos estropear la calma intentando gobernarla.

Hay un viejo dicho que asegura que el diablo, cuando se aburre, mata moscas con el rabo.

Quizá nosotros hagamos algo parecido.

Cuando todo marcha bien, buscamos qué corregir.

Analizamos demasiado.

Anticipamos peligros.

Tocamos innecesariamente los mandos.

A veces hasta inventamos tormentas para demostrar que sabemos navegar.

Dejemos tranquilas a las moscas.

Cuando haya calma, vivamos la calma.

Cuando llegue la marejada, tendremos oficio.

Y cuando aparezca una oportunidad, procuremos no recibirla únicamente con la lista de todo cuanto podría salir mal.

Porque la vida no nos pide que salgamos indemnes de ella.

Nos pide algo bastante más hermoso:

que estemos dentro.

Que participemos.

Que sintamos.

Que aprendamos.

Que alguna vez agarremos con fuerza el timón.

Y que otras tengamos suficiente confianza para soltarlo.

Que sepamos protegernos sin convertirnos en nuestra armadura.

Que tengamos criterio sin perder espontaneidad.

Que la mente y el corazón dejen de competir y aprendan a mirar juntos hacia el horizonte.

Que cuando sea necesario sepamos sobrevivir.

Pero que nunca confundamos sobrevivir con vivir.

Y quizá, si somos capaces de hacerlo, ocurra algo inesperado.

Dejaremos de contemplar la vida como algo que debemos conservar y empezaremos a descubrirla como algo que podemos ensanchar.

Entonces cambia la pregunta.

Ya no es:

¿Qué puedo perder?

Es:

¿Qué puedo incorporar?

Qué persona.

Qué conversación.

Qué aprendizaje.

Qué viaje.

Qué error.

Qué abrazo.

Qué miedo atravesado.

Qué instante absurdo.

Qué zapatos nuevos.

Qué mar.

No necesitamos esperar a estar preparados.

Nunca lo estaremos completamente.

No necesitamos tener todas las respuestas.

Ni controlar el océano.

Ni sentirnos permanentemente seguros.

Necesitamos estar.

Aquí.

Ahora.

Dentro.

Así que, si alguna vez dudas entre conservar impecables los zapatos o entrar en el charco, recuerda algo.

Siempre habrá tiempo para limpiarlos.

Pero ese charco, esa persona, esa oportunidad, esa conversación, ese instante…

quizá no vuelva.

Que la vida nos encuentre dentro.

Con la mente despierta.

El corazón disponible.

Las manos preparadas para el timón.

Y los zapatos, si hace falta,

llenos de barro.