Aún crepita en mis entrañas la vileza de tu silencio.
Mientras callas me hurtas la posibilidad de explicarme, de reconocer, de defender incluso mi ignorancia. Me condenas a buscar respuestas que solo tú conoces.
¡Pero acepto el envite!
Durante un tiempo tu silencio fue un puñal.
Lo clavaste.
Y cometí el error de centrarme en la hoja que me atravesó.
Ya no.
He descubierto que los puñales también pueden desclavarse.
No necesito convertirlo en una flor, ni agradecerte la herida, ni siquiera convencerme de que todo ocurre por algo.
Preferiría que nunca hubiera ocurrido.
Pero ocurrió.
Y ahora el reto es mío.
Ante tu envite, mi desafío.
Ante la herida, la sanación.
Ante el reto, un espíritu pleno.
No porque el dolor me haya hecho mejor. No voy a concederle semejante mérito.
Simplemente, mientras tú elegías el silencio, yo buscaba una brecha para seguir viviendo.
Me llevaste hasta el borde del abismo.
Y allí descubrí algo que no esperaba.
También desde el borde se puede mirar hacia otro lado.
No tuve que saltar.
Ni retroceder.
Aproveché el impulso.
Y donde parecía terminar un mundo, empecé a imaginar otro.
Quizá sea eso lo que algunos llaman progreso. No avanzar porque alguien nos empuja, sino descubrir que todavía podemos elegir la dirección después del empujón.
Ya veré.
Porque hay algo que tu silencio ya no puede decidir ni por los dos ni por mí.
He decidido que hay vida más allá de tu elección.
Hay vida donde comienza la esperanza.
Y la esperanza no siempre nos espera al final de un camino.
A veces está escondida mucho más cerca, en uno de esos pequeños dobladillos que la vida deja sin coser.
Tal vez alguna cayó cerca y pudimos verla crecer. La regamos, apartamos alguna piedra, protegimos sus primeros brotes y un día, casi sin darnos cuenta, tuvimos delante algo que ya no se parecía a aquella pequeña semilla que sostuvimos entre los dedos.
Otras desaparecieron.
No sabemos si encontraron tierra, si alguien las recogió, si permanecen todavía esperando una lluvia improbable o si simplemente dejaron de existir.
¿Y las esperanzas?
¿Dónde están aquellas que una noche dejamos olvidadas sobre la mesa, junto a un libro, unas gafas, quizá un vaso de agua?
A veces regresamos a buscarlas. No porque todavía las necesitemos, sino por una extraña preocupación: que sean ellas las que se sientan perdidas.
Cuántas noches soñamos con lo que pudo ser.
Y quizá fue.
En otras manos.
En otros lares.
En otros mares.
Porque no todo aquello que desaparece de nuestra vida desaparece del mundo.
Hay corazones cuyo latido dejamos de escuchar y, sin embargo, siguen latiendo. Personas a las que dimos algo sin saberlo. Personas que dejaron algo en nosotros sin proponérselo. Una palabra dicha cualquier tarde, una mirada, una contradicción, una mano que apareció cuando apenas quedaba nada en los bolsillos.
Esencias de vacío.
Y entre ellas, de pronto, una semilla.
Alguien la encuentra.
La mira.
No sabe todavía qué puede llegar a ser. Tampoco sabe si germinará. Pero algo en aquella pequeñez le hace preguntarse hasta dónde podría llegar.
Y la cuida.
No porque algún día quiera apropiarse del fruto.
La cuida porque ha descubierto una posibilidad.
Quizá amar sea también eso.
Regar algo cuyo destino no nos pertenece.
Aceptar que algunas de las semillas que más cuidamos crecerán lejos de nosotros. Que otras necesitarán manos distintas. Que alguna convertirá lo que recibió en algo que jamás habríamos imaginado.
Y que otras no germinarán.
No toda esperanza se cumple.
No toda semilla encuentra tierra.
No todo lo que amamos permanece.
Pero tampoco todo lo que perdimos se perdió.
A veces tendremos que aceptar incluso algo más difícil: dejar de ser protagonistas.
Puede que ni siquiera nos corresponda un papel secundario.
Nos sentaremos entre el público y contemplaremos cómo continúa la obra.
Y allí reconoceremos lo que quisimos, lo que tuvimos, lo que buscamos, lo que amamos, aquello que rechazamos, lo que quizá todavía esperamos.
La obra no gira alrededor de nosotros.
Pero seguimos siendo el epicentro de aquello que provoca en nuestro interior.
A veces comienza apenas con un latido.
Algo se mueve.
Puede crecer hasta remover territorios que creíamos firmes. Puede alcanzar antiguas grietas, desplazar recuerdos, despertar deseos que permanecían dormidos.
O puede no ocurrir nada de eso.
Quizá sea solamente un escalofrío.
Y sea suficiente.
Porque no todos los sismos están hechos para derribar edificios.
Algunos únicamente nos recuerdan que seguimos sintiendo.
Tal vez por eso, cuando quieras saber quién eres, no tengas que buscar solamente dentro de ti.
Mira también alrededor.
Mira lo que germinó.
Mira lo que se marchó.
Mira aquello que continúa sin necesitarte.
Y, si alguna vez puedes, mira incluso hacia esos lugares donde ya no alcanza tu vista.
Puede que algo que un día pasó por tus manos siga creciendo allí.
Puede que jamás lo sepas.
¿Dónde moran las semillas que plantamos?
No lo sé.
Pero alguna noche, cuando todo parezca quieto, quizá sientas un pequeño latido.
Quizá llevas tiempo caminando y nunca te lo habías preguntado.
No importa. Tampoco hace falta detenerse cada mañana para decidir el sentido de la vida antes del desayuno.
Caminamos.
Elegimos unas cosas y dejamos otras atrás. Acertamos. Nos equivocamos. A veces creemos haber llegado cuando apenas hemos cambiado de sitio. Otras, un paso que parecía insignificante termina llevándonos mucho más lejos de lo que habíamos imaginado.
Y mientras tanto miramos hacia delante.
Demasiado.
Como si todo lo que pudiera ayudarnos tuviera necesariamente que estar allí.
Pero mira alrededor.
Hay personas que vienen de lugares hacia los que tú todavía caminas. Otras regresaron. Algunas se perdieron. Muchas encontraron caminos que a ti ni siquiera se te habían ocurrido.
Hace años tuve que operarme.
El médico me explicó que había que hacerlo. Después vendría un protocolo, unos tiempos, una evolución… ya veríamos.
Él sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Yo quería saber qué iba a pasar conmigo.
Pregunté. No conseguí entenderlo.
Entonces busqué a un amigo que había pasado por algo parecido.
—Cuéntame.
Y me contó.
No sabía más medicina que el médico. No podía operarme. No podía garantizarme nada.
Simplemente había estado allí.
Después ocurrió casi todo como me había contado: los procedimientos, los tiempos, las pequeñas cosas que nadie considera suficientemente importantes hasta que eres tú quien tiene que vivirlas.
Mi amigo no solucionó mi problema.
Amplió mi capacidad para atravesarlo.
Quizá hacemos eso constantemente unos con otros y apenas nos damos cuenta.
Lo que hoy para ti es un mundo puede ser un territorio que alguien recorrió ayer.
Y lo que para ti ya es cotidiano puede ser exactamente aquello que otro todavía no sabe cómo afrontar.
No necesitas convertirlo en maestro.
Ni convertirte tú en discípulo.
Escucha.
Después haz lo que quieras.
Porque nadie puede entregarte su experiencia sin que deje de ser suya, pero tú puedes tomar algo de ella, mezclarlo con lo que sabes, con lo que eres, con aquello que deseas, con tus errores y hasta con tu miedo, y construir una posibilidad que antes no estaba.
Entonces ocurre algo extraño.
Dejamos de avanzar solamente con nuestros propios pasos.
Una conversación nos ahorra una vuelta. Una advertencia evita un golpe. Un error ajeno nos permite cometer otro diferente. Una idea contradice la nuestra y nos obliga a ensancharla. Alguien nos muestra una puerta que llevaba años delante de nosotros.
Y nosotros hacemos lo mismo.
Con una palabra.
Con un poema.
Con una conversación que quizá olvidaremos mañana.
Con una mirada sostenida apenas unos segundos.
Con algo que aprendimos hace treinta años y entregamos una tarde sin concederle demasiada importancia.
Vivimos rodeados de fragmentos de vidas ajenas.
No para obedecerlos.
Para disponer también de ellos.
Ahí empieza a multiplicarse el camino.
Porque cuando lo que yo he vivido se encuentra con lo que tú has aprendido y ambos dejamos espacio para lo que otro todavía puede descubrir, ya no avanzamos sumando.
Algo se expande.
No sé hasta dónde.
Y prefiero no saberlo.
Tampoco sé dónde vas.
No voy a decírtelo.
Solo sé que tienes tus pies, tus decisiones, tu experiencia y aquello que todavía eres capaz de hacer con ellas.
Pero levanta de vez en cuando la mirada.
Hay mucho más alrededor.
Personas que llegaron antes. Personas que vienen detrás. Algunas caminarán contigo apenas unos metros. Otras permanecerán durante años. Incluso alguien a quien nunca conocerás puede haberte dejado una frase, una canción, una idea con la que mañana resolverás algo que hoy parece imposible.
Toma lo que te sirva.
Transforma lo que puedas.
Devuelve algo cuando llegue el momento.
Y sigue.
Porque quizá la pregunta nunca fue solamente:
¿Dónde vas?
Quizá también importe descubrir cuánto mundo puedes llevar contigo sin dejar de elegir tus propios pasos.
Sé lo que me has mostrado. Lo que dijiste. Lo que callaste. Aquello que hiciste cuando era necesario hacerlo.
Y algunas veces, mirando con atención, he creído ver algo más.
Puede que acertara.
Pero.
Qué palabra tan pequeña para abrir tanto espacio.
Todo lo anterior sigue escrito. El afecto. El miedo. Los errores. Las certezas. Las cosas que alguna vez juramos que jamás cambiarían.
Pero.
Y aparece el borrador.
No para negar lo vivido. No para fingir que aquella letra nunca estuvo allí.
Para poder escribir después.
Porque quizá uno de nuestros errores sea creer que conocemos a las personas por aquello que hemos conocido de ellas.
Y no es lo mismo.
Lo que muestras puede ser verdad.
Y no ser toda tu verdad.
Hay cosas que simplemente no hicieron falta.
Una fortaleza que nunca tuvo que defenderte. Una ternura que encontró otros lugares. Una palabra que no tuvo conversación. Un poema debajo del arte de la guerra.
No estaban ocultas.
Estaban allí.
Como esas levaduras que nadie recuerda hasta que algo comienza a fermentar.
Y un día alguien las descubre.
—¿De dónde ha salido esto?
De ningún sitio.
Ya estaba.
Quizá algunas cosas vengan incluso de casa.
Después la vida las mezcla.
Añade años. Personas. Pérdidas. Victorias. Alguna cicatriz.
Y creemos que hemos cambiado cuando quizá solo acabamos de encontrar una manera diferente de mostrarnos.
Por eso puedo mirarte.
Leer entre líneas.
Decirte lo que veo.
Incluso escribir algo en tu pizarra.
Pero no confundamos las letras.
Esta es mi mirada. La vida es tuya.
Puedo equivocarme sobre ti.
Y mi error puede servirte.
Porque al verlo delante quizá descubras algo que yo jamás vi.
Tal vez digas que no.
Tal vez recuerdes que sí.
Quizá reconozcas una fortaleza que habías conquistado hace mucho y que dejaste olvidada en algún lugar.
O encuentres algo completamente nuevo.
No importa demasiado quién lo escribió primero.
El borrador lo tienes tú.
Úsalo.
Borra incluso aquello que escribí con las mejores intenciones.
Sobre todo si no te sirve.
No necesito acertar para ayudarte.
Ni que termines viendo lo mismo que yo.
Estos son mis principios.
Pero existen otros.
Este es mi dibujo.
Pero el lienzo admite otros.
Esta es la tormenta que yo encuentro en Pollock.
Tú quizá veas una danza.
Y mañana, cuando volvamos juntos al mismo cuadro, puede que ninguno encuentre lo que vio ayer.
El cuadro seguirá allí.
Nosotros no.
Por eso, si alguna vez vienes a buscarme, puedo enseñarte lo que sé.
Lo que aprendí.
Lo que perdí.
Aquello que una vez me permitió levantarme.
Puedo sentarme a tu lado.
Preguntar.
Contradecirte.
Incluso señalar una puerta que tú todavía no habías visto.
Pero no necesito que la cruces.
Porque entonces estaría intentando salvar mi respuesta.
Y lo importante siempre has sido tú.
Así que lee entre líneas.
Escúchame.
Discute conmigo.
Quédate con lo que te sirva.
Borra lo demás.
Y si después de todo eliges un camino que yo nunca habría elegido, no habré fracasado.
Quizá haya ocurrido exactamente lo contrario.
Quizá ayudar fuera solamente esto:
estar suficientemente cerca para ofrecerte otra mirada y suficientemente lejos para no convertirla en la tuya.
No preguntes todavía qué significa. Puede ser un camino, una frontera, el horizonte o simplemente una línea.
Déjala respirar.
Nos hemos acostumbrado demasiado pronto a poner nombre a las cosas. A decidir qué son, dónde empiezan, dónde terminan y, sobre todo, qué debemos pensar de ellas.
Quizá por eso confundimos tantas veces avanzar con movernos.
El espíritu que no cambia está condenado a orbitar permanentemente.
Puede recorrer millones de kilómetros.
Y no haber ido a ninguna parte.
Giramos alrededor de nuestras certezas, de nuestros miedos, de aquello que alguna vez aprendimos y dejamos de preguntarnos. Cambiamos el paisaje, las personas, las palabras.
Y seguimos dando vueltas.
Hasta que algo no encaja.
Una verdad que quizá nunca lo fue.
Una certeza que envejeció.
Una línea que, vista desde otro lugar, ya no parece una frontera.
Entonces podemos cerrar los ojos y continuar orbitando.
O mirar.
Mirar de verdad.
Porque cuando algo deja de ser verdad se abren demasiadas posibilidades.
Podemos negarlo.
Disfrazarlo.
Buscar otra mentira que lo sostenga.
Culpar a alguien.
Dejar que otros decidan qué debemos ver.
O hacer algo mucho más incómodo:
cambiar.
No para tener siempre razón.
Precisamente para no necesitar tenerla.
Quizá por eso seguimos cayendo por madrigueras.
Persiguiendo conejos.
Mirando dibujos que algunos llaman sombreros y otros aseguran que esconden elefantes.
No importa demasiado quién acierte primero.
Importa no entregar nuestra mirada.
Aceptar todas las posibilidades sin conceder a todas el mismo derecho a ser verdad.
Imaginar.
Dudar.
Contrastar.
Volver a imaginar.
Circular. Orbitar. Transitar.
No son lo mismo.
Circular es moverse.
Orbitar es aceptar un centro.
Transitar es atravesar algo sabiendo que probablemente no volveremos a ser exactamente quienes entraron.
Y quizá eso sea vivir.
No elegir entre la imaginación y la realidad.
Necesitamos las dos.
Nos hace falta suelo precisamente porque queremos saltar.
Gravedad porque queremos hacer piruetas.
Realidad porque queremos imaginar mundos que todavía no existen y regresar de ellos con algo entre las manos.
Una idea.
Una duda.
Una herida.
Una respuesta.
O simplemente otra pregunta.
Dibuja ahora un sol.
Después una casa.
Un barco.
Un avión.
Hazlos enormes.
Hazlos imposibles.
Píntalos como quieras.
El papel aguanta casi todo.
Nosotros también.
Pero de vez en cuando conviene bajar el lápiz y mirar dónde estamos.
Porque podemos creer que volamos cuando estamos cayendo.
Podemos creer que avanzamos mientras orbitamos.
Podemos incluso creer que hemos despertado cuando solamente hemos cambiado de sueño.
No pasa nada.
Volvemos a mirar.
Volvemos a dibujar.
Volvemos a cambiar.
Todo es tránsito.
También nosotros.
Y quizá algún día comprendamos que nunca se trató de acertar el dibujo.
Se trataba de conservar la libertad de imaginarlo de otra manera sin perder la capacidad de reconocer el papel.
Ni siquiera sé si el camino que imagino seguirá allí cuando lleguemos.
Pero ven.
O vete.
Si alguna vez descubres que lejos de mí puedes encontrar aquello que yo ya no sé darte, no conviertas lo que fuimos en una deuda. No permanezcas para demostrarme nada. No te quedes mirando hacia la puerta mientras yo finjo no darme cuenta.
Vete.
Tal vez algún día volvamos a encontrarnos.
Tal vez no.
Quédate conmigo si podemos seguir siendo nosotros.
Aunque tampoco sé exactamente quiénes somos.
Porque desde que llegaste hay cosas que han cambiado de sitio.
Algunas certezas.
Alguna frontera.
La manera de mirar determinadas cosas.
Incluso aquello que juré que nunca haría.
No me lo pediste.
Simplemente ocurrió.
Quizá por eso todavía sigo aquí.
No quiero que cambies por mí.
Quiero algo bastante más difícil.
Que cambiemos porque existimos.
Como cambia una habitación cuando alguien abre una ventana.
Nada deja de ser lo que era y, sin embargo, el aire ya no es el mismo.
Tampoco quiero prometerte que siempre sabremos encontrarnos.
Habrá días en que escucharé música y no sabré de dónde viene.
Quizá tú tampoco.
Moveremos el dial.
Una frecuencia.
Otra.
Ruido.
Silencio.
Y si no encontramos nuestra canción, tendremos que hacer algo mucho más hermoso que recordarla.
Componer otra.
Tú traerás una nota.
Yo otra.
Alguna desafinará.
Nos miraremos.
Volveremos a empezar.
Hasta que, casi sin darnos cuenta, algo que no era tuyo ni mío empiece a sonar entre los dos.
Entonces comprenderemos que las matemáticas también se equivocan.
Uno más uno son dos.
Siempre.
Salvo algunas veces.
Algunas veces uno más uno es uno.
Pero no tú.
Ni yo.
Otro uno.
Quizá para llegar hasta ahí tengamos que morir un poco de a uno.
No desaparecer.
No entregarte mis ojos para mirar el mundo ni pedirte los tuyos.
Eso sería otra cosa.
Quiero seguir reconociéndome cuando me mire.
Y reconocerte cuando te mire a ti.
Solo que habrá una parte de nosotros que ya no sabrá caminar con el mismo paso de antes.
Habremos aprendido otro ritmo.
Morir de a uno y renacer de a dos.
Y después seguir.
Sin saber cuánto.
Porque tampoco quiero convertirte en algo tan perfecto que tenga que permanecer inmóvil para no estropearse.
No quiero colgarte de una pared.
Ni contemplarnos a una distancia prudente admirando lo bien que hemos envejecido dentro del marco.
Quiero vivir.
Contigo, si podemos.
Quiero que nos sucedan cosas.
Que alguna vez no entendamos nada.
Que encontremos otra vez el camino.
Que tengamos que cambiarlo.
Que abramos ventanas.
Que cerremos alguna puerta.
Que un día salgamos buscando una cosa y regresemos con otra.
Y que no necesitemos decidir constantemente qué parte fue la importante.
Nos maravilla el amanecer porque es hermoso.
Y también porque comienza otro día.
¿Por qué elegir?
La belleza también puede ser comienzo.
El comienzo también puede ser belleza.
Una cosa puede vivir dentro de la otra.
Como tú en algunas cosas mías.
Como yo, quizá, en algunas tuyas.
Como ese nosotros que no existía antes de encontrarnos y que no pertenece enteramente a ninguno.
Puede que algún día termine.
Claro.
Todo puede terminar.
También este amanecer.
También la música.
También nosotros.
El viento lleva siglos explicándonos algo que seguimos negándonos a aprender.
Lo vemos levantar el polvo.
Lo seguimos con los ojos.
Durante un instante la luz atraviesa cada partícula y creemos comprender.
Extendemos la mano.
Nada.
Se ha ido.
Y mañana volveremos a hacerlo.
Sabemos que no podemos coger el viento.
Sabemos que el polvo escapará entre los dedos.
Sabemos que ninguna mano puede retener para siempre otra mano.
Y aun así amamos.
Aun así decimos ven.
Aun así algunas veces decimos vete.
Aun así pedimos quédate.
Aun así cambiamos.
Volvemos.
Componemos otra canción.
Extendemos otra vez la mano.
Somos imbéciles maravillosos.
Quizá porque hemos comprendido que vivir nunca consistió en conseguir que el polvo permaneciera quieto.
Sino en verlo bailar cuando atraviesa la luz.
Y tener, durante ese instante imposible, a alguien al lado.
Mírame.
Ya está amaneciendo.
No sé si es hermoso porque termina la noche o porque comienza el día.
Tenemos miedo a enfermar, miedo a fracasar, miedo incluso a triunfar demasiado y descubrir que el éxito también despierta recelos. Queremos cruzar la vida de puntillas, procurando que nada nos hiera, mientras hablamos de cambiar el mundo, crear nuevas formas, imaginar nuevas historias.
Queremos vivir.
Pero empezamos a ponerle demasiadas condiciones a la vida.
Queremos amar sin perder, avanzar sin equivocarnos, confiar sin exponernos, ganar sin arriesgar. Queremos negociar sin ceder, colaborar sin renunciar, construir vínculos sin que nadie tenga la posibilidad de hacernos daño.
Y cuando alguna de esas garantías no existe —porque nunca existieron— buscamos una excusa antes que una solución.
Quizá ahí empieza nuestra rendición.
Nos hemos preparado mucho. Hemos aprendido a dirigir, influir, motivar, comunicar, interpretar emociones, gestionar conflictos. Nos colgamos cada conocimiento como una medalla en el pecho y coleccionamos capacidades como quien completa un álbum de cromos.
Una más.
Y otra.
Hasta poder decir orgullosos: lo tengo completo.
Pero llega el primer soplido y descubrimos que habíamos dedicado tanto tiempo a decorar la casa que olvidamos preguntarnos de qué estaban hechas sus paredes.
Sabemos explicar a los demás.
Los clasificamos. Los interpretamos. Hasta creemos anticipar lo que sienten y necesitan con esa psicología barata que algunas veces parece escrita en los posos del café o detrás de un sobre de azúcar.
Pero ¿y tú?
¿Te conoces?
¿Sabes cuándo estás decidiendo y cuándo simplemente estás buscando una razón elegante para no intentarlo?
¿Sabes cuándo tienes miedo?
¿Sabes pedir ayuda?
¿Sabes aceptar que puedes estar equivocado?
¿O necesitas otra medalla que te proteja de la verdad?
Porque no puedes construir nada sólido sobre alguien que desconoces.
Y tú eres el primero.
Nos amamos y nos marchamos. Nos queremos y avanzamos. Nos hieren y nos sanamos. Perdemos y reconquistamos.
No hay contradicción.
Hay vida.
Tal vez nuestro error sea querer solamente una mitad.
Nos gusta amar, pero no perder. Confiar, pero no arriesgarnos. Ganar, pero no conocer la derrota. Avanzar, pero sin atravesar el miedo.
Y la vida no se deja partir así.
Viene entera.
Con aquello que deseamos y con aquello que hubiéramos preferido no conocer. Con días en los que podremos caminar solos y otros en los que necesitaremos desesperadamente una mano.
Por eso quizá nos hemos equivocado también con la autosuficiencia.
Conocerte no significa no necesitarme.
Ni ayudarme significa que seas más fuerte que yo.
Habrá un día en que yo pueda acercarte una escalera.
Otro tendrás que acercármela tú.
Y alguno estaremos los dos mirando hacia arriba sin tener la menor idea de cómo construirla.
Entonces tendremos que preguntarnos:
¿Cómo te ayudo?
¿Cómo me ayudas?
¿Cómo nos ayudamos?
¿Cómo conseguimos pasar esto juntos?
Porque algunas veces parece que esperamos demasiado para hacer esas preguntas.
Tensamos los vínculos para comprobar cuánto resisten. Convertimos una diferencia en una trinchera. Queremos negociar, pero también queremos ganar. Nos ofrecemos a colaborar y después nunca encontramos el momento. Esperamos que alguien comprenda aquello que nosotros no hemos sabido decir.
Vamos descartando salidas.
Una porque exige ceder.
Otra porque obliga a confiar.
Otra porque tendríamos que reconocer un error.
Otra porque necesitamos pedir ayuda.
Y cuando levantamos la cabeza estamos al borde del precipicio preguntándonos si tendremos que saltar.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Quizá algunas veces la vida nos lleve inevitablemente hasta el borde.
Pero otras hemos llegado nosotros.
Rindiéndonos por adelantado.
Y no.
No quiero que tengamos que encontrarnos allí para descubrir que necesitábamos hablar.
Quiero encontrarte antes.
Cuando todavía haya caminos.
Cuando podamos equivocarnos, discutir, pedir perdón, volver a empezar.
Cuando todavía podamos acercarnos una escalera.
Porque los lamentos no tienen peldaños.
Puedes explicar perfectamente tus clavos, describir tu cruz, encontrar incluso magníficas razones para permanecer en ella.
Pero en algún momento tendrás que decidir si quieres bajar.
No te prometo que debajo haya un camino sencillo.
Ni siquiera que yo conozca el camino.
Solo puedo preguntarte:
¿Lo buscamos?
Quizá eso baste.
Una escalera.
Una mano.
Un primer peldaño.
Y después otro.
Hasta volver a poner los pies en el suelo.
Después ya veremos.
Quizá incluso encontremos el mar.
Y entonces comprenderemos que nunca se trató de no sufrir, no caer, no equivocarnos o no tener miedo.
Se trataba de no rendirnos antes de tiempo.
Algún día llegará aquello que ninguno podremos evitar.
Hasta entonces, no ensayemos la rendición.
Vivamos enteros.
Ayudémonos.
Avancemos.
Y cuando vuelva el miedo a decirnos que no podemos, antes de buscar otra excusa, hagámonos una última pregunta:
¿Es verdad?
Porque quizá el primer peldaño nunca estuvo fuera.
Quizá siempre fue ese.
Cuanto antes abracemos la verdad, antes nos liberaremos de nuestra mediocridad.
Hay cócteles que se estropean cuando intentas recordar las proporciones.
Todo solía empezar con cierta dignidad. Un vaso, algo de humo buscando el techo y una conversación razonablemente inteligente.
Éramos adultos.
Sabíamos comportarnos.
Incluso conocíamos gente seria.
No nos sirvió de mucho.
Bastaba con que uno dijera algo ligeramente inconveniente.
No una barbaridad. Eso habría sido demasiado fácil.
Una pequeña cosa.
De esas que deberían pasar desapercibidas si enfrente tienes a una persona sensata.
Ese era el problema.
Nunca había una persona sensata enfrente.
—Si seguimos así vamos a acabar diciendo alguna estupidez.
—Probablemente.
—Y mañana nos arrepentiremos.
—También.
—Entonces paramos.
—¿Por qué?
Primer charco.
Todavía llevábamos los zapatos secos.
Hay personas que cuando dices una tontería intentan devolverte a la sensatez.
Son necesarias.
Merecen nuestro respeto.
Incluso nuestra admiración.
Pero no necesariamente otra copa.
Las peligrosas son las otras.
Las que reciben una estupidez y, pudiendo dejarla morir dignamente, deciden alimentarla.
Si dices que hay una jirafa dentro del ascensor, no preguntan qué hace allí.
Preguntan:
—¿Sube o baja?
Y ya está.
Acabas de perder la tarde.
Porque ahora hay que saber dónde vive la jirafa.
—En el quinto.
—¿Y por qué utiliza el ascensor?
—Las escaleras le dan vértigo.
—Normal.
Chof.
A partir de ahí, regresar empieza a parecernos una pérdida de tiempo.
Una tarde alguien habló de la sabiduría.
Grave error.
—Los maestros tienen que transformarte. Si no, solo sirven para ponerlos en una estantería.
Hubo asentimientos.
Alguna mirada profunda.
El humo adoptó una de esas formas que adopta el humo cuando quiere colaborar con la solemnidad.
Entonces alguien dijo:
—Hay que digerir a los maestros.
Silencio.
Había frases que merecían morir solas.
Aquella era una.
—¿Ahora me vienes con la ballena de Geppetto?
Y durante unos segundos hubo una ballena en la habitación.
No necesitábamos más.
Seguimos bebiendo.
Otro día apareció un samurái.
Ese tenía cierta justificación porque hablábamos de lealtad, muerte, estrategia y esas cosas que uno dice cuando lleva un whisky y todavía conserva la esperanza de parecer interesante.
—La muerte puede ser parte de una estrategia mayor.
El samurái asintió.
—Eso lo dice porque lleva katana.
—Tú tienes sacacorchos y tampoco eres sumiller.
El samurái desapareció.
Probablemente ofendido.
O muerto.
Aunque, siendo samurái, tampoco estaba claro que hubiese mucha diferencia.
Fue entonces cuando descubrimos que la solemnidad es un animal extraordinariamente fácil de cazar.
Solo hay que esperar.
Siempre acaba asomando la cabeza.
A veces viene disfrazada de sentencia.
—Existen tres verdades.
—Pues con una ya me manejo regular.
Otras aparece con voz grave.
—Tenemos que ser inevitables.
—¿Antes o después de cenar?
Y alguna vez adquiere dimensiones preocupantes.
—Esto necesita profundidad.
Entonces aparece el 300.
No sabemos quién lo invitó.
Poco después llega el 497 cargado de metáforas.
Tampoco conseguimos echarlo.
Por suerte alguien pone música.
—¿Secret Garden?
—Ya la hemos utilizado.
—¿Kitaro?
—Déjalo para otro día.
—¿Los Beatles?
Desde algún lugar parecen escucharse siete voces pequeñas bastante cabreadas.
Nadie pregunta.
Hemos aprendido.
La experiencia sirve fundamentalmente para saber qué preguntas no conviene hacer.
Entonces aparece Brad Pitt.
Trae algarrobas.
Tampoco preguntamos.
Hay amistades que pueden sobrevivir a muchas cosas.
No conviene someterlas innecesariamente a todas.
Servimos otro whisky.
—Macallan.
—Buena elección.
—¿Solo?
—Depende de la vía de administración.
Otra vez aquel silencio.
Largo.
Denso.
Innecesariamente médico.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Pensar todavía no es delito.
—En tu caso hay jurisprudencia pendiente.
Chof.
Los zapatos ya dan exactamente igual.
Y quizá ahí empieza lo mejor.
No cuando aparece la ocurrencia.
Sino cuando el otro decide no salvarte de ella.
Porque una estupidez aislada puede ser simplemente una estupidez.
Pero si alguien la recoge con cuidado, la observa, le da la vuelta y te la devuelve ligeramente empeorada, acabamos de fabricar algo.
No sabemos qué.
Tampoco hace falta.
Una tarde aparece Totó.
Otra, Pépinot esperando un sábado.
En alguna entra un cocodrilo únicamente porque alguien quiere despedirse.
—Hasta luego, cocodrilo.
Nadie pregunta qué cocodrilo.
Eso sería de principiantes.
Otro día alguien empieza a silbar.
Mal.
Naturalmente.
No sé por qué los recuerdos importantes parecen necesitar una banda sonora y las mejores tonterías funcionan perfectamente desafinadas.
Quizá porque durante esas tardes ocurre algo extraño.
Dejamos de exigirle utilidad a cada minuto.
Eso resulta casi revolucionario.
Pasamos la vida haciendo cosas para algo.
Trabajamos para conseguir.
Pensamos para comprender.
Hablamos para convencer.
Leemos para aprender.
Caminamos para llegar.
Hasta descansamos para estar mañana descansados.
Qué agotamiento.
Aquello no.
Aquello no sirve para nada.
Y defendemos rigurosamente que siga siendo así.
Si por accidente aparece una conclusión interesante, alguien tiene la obligación moral de estropearla.
—Cuando olvidas empiezas a comprender en silencio.
Pausa.
Humo.
Miradas.
Aquello promete.
—¿Pedimos algo de comer?
Gracias.
Salvados.
Porque tampoco todas las tardes tienen obligación de enseñarnos algo.
Algunas pueden limitarse a ocurrir.
Un vaso.
Algo de humo.
Una estupidez.
Otra peor.
Y alguien enfrente con suficiente inteligencia para comprender que debería detenerte y suficiente ruindad para no hacerlo.
Eso es un privilegio.
Supongo que por eso las mejores tardes no las recuerdo por lo que dijimos.
Recuerdo el mecanismo.
Uno encontraba un charco.
Miraba al otro.
El otro sabía perfectamente qué estaba pensando.
—Ni se te ocurra.
Chof.
A veces venía la colleja.
También formaba parte del juego.
Porque la verdadera ruindad necesita conocer las consecuencias.
De niño, cuando te dicen que no pises un charco, entiendes perfectamente la instrucción.
Ves el agua.
Ves tus zapatos nuevos.
Ves a tu madre.
Y sabes que tu madre también te está viendo a ti.
No eres idiota.
Incluso puedes calcular con bastante precisión el calibre de la represalia.
Pero hay un problema.
El charco está ahora.
La colleja viene después.
—Si hacemos eso nos van a castigar.
—Sí.
—Entonces no lo hacemos.
—No he dicho eso.
—Nos van a castigar.
—Sí.
—¿Y?
—Pero ahora no.
Qué argumento.
Irrefutable durante aproximadamente cinco minutos.
Suficiente.
Después uno crece.
Aprende prudencia.
Calcula riesgos.
Mide palabras.
Anticipa consecuencias.
Compra zapatos que no debe mojar.
Y procura caminar por la acera.
Incluso llega el día en que escucha su propia voz diciendo:
—Niño, deja ya de joder…
Y se queda un segundo en silencio.
Porque reconoce la voz.
No sabe exactamente cuándo ocurrió.
Pero en algún momento dejó de ser el niño de la pelota y empezó a parecerse sospechosamente a quien le pedía que dejara de jugar con ella.
Hasta que una tarde se sienta frente a alguien que tampoco parece tener excesivo interés en comportarse según su edad.
Hay un vaso.
Algo de humo.
Una conversación que empieza decentemente.
Y alguien dice una pequeña estupidez.
Levantas la mirada.
Sabes perfectamente lo que deberías hacer.
Cambiar de tema.
No seguir.
Conservar la dignidad.
Pero el otro está esperando.
Sonríe.
Mal asunto.
Durante un instante vuelve el samurái.
Geppetto niega conocer a ninguna ballena.
Totó prepara el proyector.
Pépinot pregunta si hoy es sábado.
Los enanitos regresan a casa.
El 300 intenta ponerse solemne mientras el 497 busca una metáfora para explicarlo.
Brad Pitt pasa por la puerta.
Lleva algarrobas.
No.
No preguntes.
Alguien sirve otro whisky.
Y durante un instante vuelves a tener ocho años.
—Como sigamos así nos van a castigar.
—Seguro.
—¿Paramos?
Miras el vaso.
Después al otro.
Fuera empieza a llover.
Sonríes.
—Pero ahora no.
Horas después salimos.
El humo queda dentro.
También los vasos.
De las conversaciones no recordamos gran cosa.
Probablemente sea mejor así.
Nunca bebimos tanto.
El humo tampoco era para tanto.
Las risas sí.
O quizá era al revés.
Da igual.
Hay cócteles que se estropean cuando intentas recordar las proporciones.
Nos ponemos las chaquetas.
Intentamos recuperar una dignidad que hace horas abandonó el local por su cuenta.
La casa sigue. Bajo sus nuevos muros, duermen los otros.
Hay una casa al final de una calle.
Nada parece especial en ella. Tiene las paredes recién pintadas, unas ventanas abiertas y algunas plantas que alguien habrá regado esta mañana. Si paso por delante, probablemente la mire unos segundos y continúe caminando.
Lo que no sé es que esa casa fue destruida cincuenta veces.
Y reconstruida otras tantas.
No estuve allí cuando cayó la primera pared. No vi cómo sacaban los muebles entre los cascotes ni conozco las manos que volvieron a colocar las piedras. Tampoco sé si después de la décima vez alguien pensó en marcharse, ni por qué decidió quedarse.
Yo solo conozco la casa que tengo delante.
Y eso me inquieta.
Porque quizá hacemos lo mismo con casi todo.
También con las personas.
Llegamos a sus vidas cuando la película lleva mucho tiempo empezada y, después de observar unas cuantas escenas, creemos conocer el argumento.
Vemos cómo hablan, cómo miran, cómo reaccionan.
Nos gusta algo.
Nos incomoda otra cosa.
Y poco a poco construimos nuestra propia casa sobre la suya.
La persona que es.
La que nos gustaría que fuese.
Y la que ven los demás.
Tres verdades habitando las mismas habitaciones.
He utilizado muchas veces esas tres miradas para intentar comprender lo que ocurre. Ninguna me parece inútil. El problema empieza cuando olvido desde cuál estoy mirando.
Porque puedo querer tanto una casa que continúe viéndola hermosa cuando hace tiempo que amenaza ruina.
Puedo haberla visto caer tantas veces que siga buscando grietas incluso después de haber sido reconstruida.
Y puedo pasar por delante por primera vez, verla resplandeciente y pensar que siempre fue así.
Las tres miradas pueden engañarme.
Por eso algunas historias necesitan tiempo.
No para justificarlas.
Para comprenderlas.
Hay paredes que alguien levantó mucho antes de conocernos.
Puertas que encontramos cerradas y cuya llave jamás estuvo en nuestro bolsillo.
Habitaciones en las que entramos con naturalidad y no sabemos cuánto tiempo permanecieron vacías.
Hay personas que aprendieron a desconfiar antes de que llegáramos nosotros y otras que todavía son capaces de abrir todas las ventanas después de haber tenido que reconstruirlas demasiadas veces.
Nada de eso se ve desde la acera.
El cuerpo también tiene memoria.
La tiene la piel.
La manera de caminar.
Ese pequeño gesto con el que alguien aparta la mirada cuando tocamos sin querer un lugar que no sabíamos que existía.
También la tienen las raíces.
Una palabra que escuchamos demasiadas veces de pequeños.
La forma en que vimos quererse a quienes estaban antes.
Una ausencia que terminó convirtiéndose en costumbre.
Alguna habitación heredada que nunca elegimos construir y que, sin embargo, forma parte de nuestra casa.
Quizá por eso conocer a alguien no consista únicamente en acercarse.
Hay que aprender a mirar sus paredes sin pensar inmediatamente en pintarlas de nuestro color.
Preguntar alguna vez qué hubo allí.
Escuchar.
Y aceptar también que habrá habitaciones a las que nunca entraremos.
No todo lo que una persona es tiene obligación de explicarse ante nosotros.
Pero cuanto más conocemos su historia, menos posibilidades tenemos de confundir una fachada con una vida.
La historia tampoco lo explica todo.
Hay casas que se reconstruyen cincuenta veces y vuelven a caer.
Eso también me hace pensar.
Durante años hemos admirado a quien vuelve a levantarse. Y hay razones para hacerlo. Algunas personas poseen una fuerza que solo descubrimos cuando todo lo que parecía sostenerlas desaparece.
Recogen una piedra.
Después otra.
Y vuelven a empezar.
Pero quizá llega un momento en que la pregunta ya no es cuántas veces somos capaces de reconstruir.
Quizá haya que preguntarse por qué seguimos haciéndolo exactamente en el mismo lugar.
Porque podemos ser resistentes sin comprender.
Podemos sobrevivir sin aprender.
Podemos conocer perfectamente nuestra historia y continuar repitiéndola.
La herida cicatriza aunque no sepamos por qué nos hicimos daño.
La conciencia hace otra cosa.
Nos permite mirar el terreno.
Recordar dónde empezó aquella grieta.
Preguntarnos por qué siempre cedía la misma pared.
Y alguna vez decidir que la casa número cincuenta y uno no tiene por qué levantarse sobre los mismos cimientos.
Tal vez ni siquiera tenga que levantarse allí.
Eso no convierte las cincuenta anteriores en un fracaso.
Fueron nuestra casa.
Dormimos dentro.
Amamos dentro.
Nos protegieron de muchas noches.
Alguna vez lloramos cuando se derrumbaron.
Todo aquello fue verdad.
Pero que algo haya sido nuestro hogar no significa que estemos obligados a reconstruirlo eternamente.
También hay pequeñas muertes así.
No llevan flores ni funerales.
Un día simplemente descubrimos que algo que creíamos imprescindible ha terminado.
Una posición.
Una certeza.
Una forma de vivir.
Una relación.
Incluso alguien que fuimos durante muchos años.
Al principio miramos las ruinas y creemos que estamos contemplando el final.
Quizá porque vemos demasiado cerca.
Con el tiempo he aprendido a desconfiar un poco de los finales.
A veces aquello que parecía una muerte era solamente una parte de una lucha mucho mayor.
Perdimos una habitación intentando salvar la casa.
Perdimos la casa y descubrimos otro lugar.
O permanecimos un tiempo sentados sobre los cascotes hasta que alguien se acercó y, sin preguntar demasiado, empezó a retirar piedras.
Es curioso quién aparece entonces.
Cuando la casa está iluminada y hay comida en la mesa resulta difícil saber quién ha venido a vernos y quién simplemente disfruta de la cena.
Los cascotes son menos educados.
Hacen algunas presentaciones que las fiestas nunca consiguen hacer.
Hay quien desaparece.
Quien observa desde la otra acera.
Quien se acerca únicamente para comprobar cuánto hemos perdido.
Y alguna vez aparece aquel con quien discutimos durante años, se quita la chaqueta, se remanga y empieza a ayudarnos.
Por eso tampoco estoy demasiado seguro de que amigos y enemigos sean categorías eternas.
Las posiciones cambian.
Las personas también.
La lealtad necesita tiempo para dejarse ver.
No siempre está en quien nos da la razón.
A veces vive en quien nos contradice de frente y permanece cuando sería mucho más fácil marcharse.
Se reconoce mejor cuando quedarse cuesta algo.
Y para descubrirla también necesitamos conocer la historia.
Quién estuvo cuando había paredes.
Quién cuando solo quedaban piedras.
Quién regresó.
Quién cambió.
Y a quién habíamos juzgado nosotros desde la acera sin saber absolutamente nada de la casa en la que estaba viviendo.
Quizá por eso cada vez me cuesta más pronunciar sentencias rápidas sobre las personas.
No porque todo sea justificable.
No lo es.
Sino porque una fotografía contiene demasiada poca vida.
Hoy puedo encontrarte sentado sobre los restos de algo y pensar que estás derrotado.
Mañana puedo pasar por el mismo lugar y encontrar una casa magnífica.
En ninguno de los dos momentos sabré realmente quién eres si desconozco lo ocurrido entre ambos.
Y ni siquiera conocer tu historia me concederá el derecho a explicarte.
Solo me permitirá acercarme un poco mejor.
Tal vez de eso se trate.
De acercarnos sabiendo que llegamos tarde.
Que antes de nosotros hubo otras habitaciones, otras manos, otras tormentas.
Que la persona que tenemos delante ha sido muchas personas antes de encontrarnos.
Y que nosotros también lo hemos sido.
Podemos mirar.
Podemos preguntar.
Podemos escuchar.
Incluso podemos ayudar alguna vez a levantar una pared.
Pero antes de decidir dónde estamos y con quién estamos, convendría recordar algo muy sencillo.
La casa que tenemos delante es real.
Sus ventanas, sus grietas y la luz que sale esta noche de alguna habitación son reales.
Pero no son toda la casa.
Debajo quedan piedras que nunca veremos.
Y quizá comprender a alguien empiece precisamente ahí: