
Enero 2010
Hace tiempo —demasiado—
que no bailo en la calle.
Y no recuerdo cuándo
perdí ese derecho pequeño,
ese capricho sin permiso
de dejarme llevar.
—
Recuerdo risas fáciles.
Abrazos.
Choques de manos.
Vasos que suenan sin medida.
Miradas atrevidas
que no pedían explicación.
Palabras inventadas
con el único propósito
de inventar algo más grande:
ilusiones.
—
Ahora me siento.
Observo.
Recuerdo…
y sonrío.
Pero no basta.
—
No es suficiente vivir
anudado a algo
que no respira.
—
Porque hay chispas
que no se pueden fingir.
—
Esas que aparecen
en una mirada furtiva
que invade tu espacio
sin pedir permiso.
—
Y entonces lo entiendo:
no quiero castillos.
—
Me los pides.
Y te miro.
Me pides planes.
Y te sigo mirando.
—
Te entrego sueños.
Y me miras.
Te entrego vida.
Y sigues ahí,
sin cruzar.
—
Los castillos en el aire
arden rápido.
Se vuelven sombra
antes de ser refugio.
—
No tengo planes.
Tengo algo más peligroso:
la voluntad
de quedarme.
—
Pero quedarse
no siempre es suficiente.
—
Y eso duele.
—
Porque creer
también tiene un precio.
—
La certeza limita.
Encierra.
Reduce lo que podría ser.
—
Creer es otra cosa.
—
Es avanzar sin garantía.
Es sostener sin pruebas.
Es elegir incluso
cuando no te eligen igual.
—
Amo amar.
Pero no siempre
he sentido
que me hayan amado.
—
Y aun así…
sigo.
—
Porque hay algo que me guía.
—
No nací a tu lado.
Pero necesito sentir
que caminas conmigo.
—
No crecí con tus besos.
Pero los he buscado
toda la vida.
—
Hay vínculos
que no se explican.
Solo se persiguen.
—
Y en medio de todo,
encuentro refugios pequeños.
—
Un fuego.
Un café.
Una manta.
Una sonrisa.
—
Lo suficiente
para no romperme.
—
Pero también aprendo:
huir del exceso.
del sentimentalismo fácil.
de la tormenta innecesaria.
—
Jugar con los recuerdos…
sin quedarme atrapado.
—
Porque la vida no es eso.
—
La vida está en lo que se construye
poco a poco.
—
Pequeñas conquistas.
—
Esas que no hacen ruido,
pero te van amueblando por dentro.
—
Trasladar la pasión
más allá del deseo.
—
Soñar…
añadiendo algo propio.
—
Vivir, incluso,
cuando falta el aire.
—
Y de pronto…
todo se detiene.
—
Atardece.
—
Una gaviota negocia con el viento.
Una ola se levanta para caer mejor.
Tu cuerpo se mueve sin saberlo.
—
Mi brazo duda…
y se queda.
—
Y en ese instante,
sin palabras,
sin esfuerzo,
todo encaja.
—
El horizonte no separa.
Une.
—
Y por un momento,
somos un solo cuerpo.
—
Pero no todo permanece.
—
Hay pérdidas
que no se nombran.
—
Hay heridas
que no se cierran.
—
Hay preguntas
que no encuentran respuesta.
—
¿Dónde busco la eternidad?
¿Dónde tu abrazo?
¿Dónde el consuelo?
—
Solo queda una cosa:
la cicatriz.
—
Y en ella…
la sal.
—
La prueba
de que hubo vida.
—
La prueba
de que hubo verdad.
—
Y entonces lo acepto:
—
Enero no es un inicio.
—
Es un filtro.
—
Un lugar donde ya no basta con querer.
Donde ya no sirve imaginar.
—
Donde empiezas a elegir
qué se queda
y qué no.
—
Porque vivir
no es sentirlo todo.
—
Es saber
qué merece permanecer.
—
Y aun así…
sigo buscando
esa chispa.
—
La que no se piensa.
La que no se negocia.
La que simplemente ocurre.
—
Porque sin ella…
nada importa.


