Donde querer ya no es suficiente.

martes, marzo 31, 2026 Permalink 0

Enero 2010

Hace tiempo —demasiado—

que no bailo en la calle.

Y no recuerdo cuándo

perdí ese derecho pequeño,

ese capricho sin permiso

de dejarme llevar.

Recuerdo risas fáciles.

Abrazos.

Choques de manos.

Vasos que suenan sin medida.

Miradas atrevidas

que no pedían explicación.

Palabras inventadas

con el único propósito

de inventar algo más grande:

ilusiones.

Ahora me siento.

Observo.

Recuerdo…

y sonrío.

Pero no basta.

No es suficiente vivir

anudado a algo

que no respira.

Porque hay chispas

que no se pueden fingir.

Esas que aparecen

en una mirada furtiva

que invade tu espacio

sin pedir permiso.

Y entonces lo entiendo:

no quiero castillos.

Me los pides.

Y te miro.

Me pides planes.

Y te sigo mirando.

Te entrego sueños.

Y me miras.

Te entrego vida.

Y sigues ahí,

sin cruzar.

Los castillos en el aire

arden rápido.

Se vuelven sombra

antes de ser refugio.

No tengo planes.

Tengo algo más peligroso:

la voluntad

de quedarme.

Pero quedarse

no siempre es suficiente.

Y eso duele.

Porque creer

también tiene un precio.

La certeza limita.

Encierra.

Reduce lo que podría ser.

Creer es otra cosa.

Es avanzar sin garantía.

Es sostener sin pruebas.

Es elegir incluso

cuando no te eligen igual.

Amo amar.

Pero no siempre

he sentido

que me hayan amado.

Y aun así…

sigo.

Porque hay algo que me guía.

No nací a tu lado.

Pero necesito sentir

que caminas conmigo.

No crecí con tus besos.

Pero los he buscado

toda la vida.

Hay vínculos

que no se explican.

Solo se persiguen.

Y en medio de todo,

encuentro refugios pequeños.

Un fuego.

Un café.

Una manta.

Una sonrisa.

Lo suficiente

para no romperme.

Pero también aprendo:

huir del exceso.

del sentimentalismo fácil.

de la tormenta innecesaria.

Jugar con los recuerdos…

sin quedarme atrapado.

Porque la vida no es eso.

La vida está en lo que se construye

poco a poco.

Pequeñas conquistas.

Esas que no hacen ruido,

pero te van amueblando por dentro.

Trasladar la pasión

más allá del deseo.

Soñar…

añadiendo algo propio.

Vivir, incluso,

cuando falta el aire.

Y de pronto…

todo se detiene.

Atardece.

Una gaviota negocia con el viento.

Una ola se levanta para caer mejor.

Tu cuerpo se mueve sin saberlo.

Mi brazo duda…

y se queda.

Y en ese instante,

sin palabras,

sin esfuerzo,

todo encaja.

El horizonte no separa.

Une.

Y por un momento,

somos un solo cuerpo.

Pero no todo permanece.

Hay pérdidas

que no se nombran.

Hay heridas

que no se cierran.

Hay preguntas

que no encuentran respuesta.

¿Dónde busco la eternidad?

¿Dónde tu abrazo?

¿Dónde el consuelo?

Solo queda una cosa:

la cicatriz.

Y en ella…

la sal.

La prueba

de que hubo vida.

La prueba

de que hubo verdad.

Y entonces lo acepto:

Enero no es un inicio.

Es un filtro.

Un lugar donde ya no basta con querer.

Donde ya no sirve imaginar.

Donde empiezas a elegir

qué se queda

y qué no.

Porque vivir

no es sentirlo todo.

Es saber

qué merece permanecer.

Y aun así…

sigo buscando

esa chispa.

La que no se piensa.

La que no se negocia.

La que simplemente ocurre.

Porque sin ella…

nada importa.

Puedo amar de muchas formas… y aún estoy aprendiendo cuál es la mía

martes, marzo 31, 2026 Permalink 0

Diciembre 2009 — Cosido a lo imperceptible

Libaste mi vida

y, a cambio,

te di la tuya.

No hubo cálculo.

Ni equilibrio.

Solo un gesto antiguo

que ya sabía el cuerpo

antes que la cabeza.

Te sonreí

y apenas balbuceabas.

Y entendí, sin entender,

que hay vínculos

que no se rompen

aunque dejen de verse.

El cordón no desaparece.

Se vuelve invisible.

Los dioses juegan.

Siempre han jugado.

Tiran dados sobre nuestras vidas

como si el error

fuera parte del diseño.

Y lo es.

En ese margen torcido,

en esa grieta leve,

se escribe lo importante.

Un paso al infierno.

Otro hacia tu pecho.

Y entre ambos,

un espacio pequeño

donde el viento no duele.

Ahí quise quedarme.

Ahí quise construir

algo que no se explicara.

Pero no todo abriga.

Hay tardes huecas

que sonríen por compromiso.

Hay caricias

que no llegan a tocar.

Hay miradas

que ya no saben sostener.

Y entonces la ilusión

se vuelve arena.

Se escapa.

Sin ruido.

El último suspiro de un amor

no se oye.

Se siente

cuando ya es tarde.

Y aun así…

algo insiste.

Las olas llaman.

No preguntan.

No esperan.

Solo están ahí,

rompiendo contra lo que somos

hasta que decidimos subir.

Sube.

Eso me dije.

Aunque no supiera cómo.

Aunque no supiera si era el momento.

Sube.

Porque un sueño no se alcanza.

Se domestica.

Se mira de frente

hasta que deja de asustar.

Camino.

Llueve.

El frío no entra.

El barro no pesa.

Hay algo más allá de la bruma

que me nombra sin decir mi nombre.

Y yo respondo.

Siempre estás a la espera

del sol de poniente.

Ese que no ilumina todo,

pero basta.

Yo también.

Tengo palabras.

Algunas huecas.

Otras llenas de ti.

Palabras que quieren quedarse,

coserse,

no desaparecer con el viento.

Tengo preguntas.

Y respuestas que no llegan.

Y aun así…

algo crece.

Ilusiones.

Porque incluso cuando no puedo,

quiero.

Incluso cuando no es,

sigo.

No quiero esperar a que todo sea fácil.

Prefiero el frío.

La nieve.

El roce incómodo de lo real.

Vivir a medias

es otra forma de no estar.

Aún no he despertado del todo

de lo que fui.

Y no quiero.

Guardo mis recuerdos

como se guarda lo que salva.

Pan con mantequilla.

Chocolate.

Una risa que no sabía que era importante.

Ahí sigue todo.

Intacto.

Amo lo pequeño.

Lo que no se nombra.

Lo que no pesa

pero sostiene.

Mi vida está hecha de eso.

De cosas que no se ven

pero no se van.

Cosida

a lo imperceptible.

Y entonces…

apareces.

Grana y negro.

Quieta.

Como si el mundo no fuera contigo

y aun así lo atravesaras.

Yo avanzo.

Tú esperas.

El viento decide.

Nos acerca lo justo

para no entenderlo del todo.

Y ahí está.

Ese punto extraño

donde todo podría ser

y nada lo es todavía.

No todo amor se queda.

No todo deseo sabe vivir.

No todo encuentro es refugio.

Pero todo deja algo.

Diciembre no responde.

Abre.

Es un cruce.

Donde conviven:

lo que darías sin dudar,

lo que no supiste sostener,

lo que aún quieres construir,

y lo que no vas a olvidar.

Y aun así…

si volviera atrás,

no cambiaría nada.

Porque todo esto

también soy yo.

Hoy no hay razones, hay evidencias

martes, marzo 31, 2026 Permalink 0

Escrito en noviembre 2009 — Donde todo empieza a sentirse sin explicarse

Hay meses que no ocurren.

Se abren.

Noviembre de 2009 no fue un tiempo.

Fue un umbral.

Apoyado en el marco de una puerta,

con el aire fresco jugando con el pelo,

no estabas mirando el mundo.

Estabas preguntándote si el mundo te miraba a ti.

¿Importa?

Esa pregunta no buscaba respuesta.

Buscaba permiso.

Porque ya entonces intuías algo:

que la vida no era lo que ocurría,

sino lo que eras capaz de sentir mientras ocurría.

Había días llenos y vacíos a la vez.

Días donde no querías escribir,

pero escribías igual,

porque el silencio también necesitaba forma.

Había una decisión latente:

no correr,

no entender,

no resolver.

Solo observar.

Y grabar a fuego.

Y en medio de esa quietud,

aparecía ella.

No como persona únicamente.

Sino como territorio.

Tacones sobre la alfombra.

La pausa después del ruido.

El cuerpo como refugio.

No querías amar con prisa.

Querías habitar.

Purificar el día.

Absorber lo que dolía.

Convertir lo cotidiano en absoluto.

Y ahí empezaba algo importante:

dejar de huir de la soledad

para elegir el consuelo.

Noviembre no fue solo deseo.

Fue certeza sin argumentos.

“Hoy no hay razones.

Hay evidencias.”

El amor no se explicaba.

Se reconocía.

En la piel.

En la mirada.

En la forma en que el mundo se detenía

cuando todo encajaba sin esfuerzo.

Y al mismo tiempo, había otra capa.

Más profunda.

Más peligrosa.

La sensación de haber llegado a una orilla.

De no mirar atrás.

De no tener ya retorno.

“Soy estandarte de una sola columna.”

Ahí hay identidad.

Ahí hay ruptura.

Noviembre también es eso:

el momento en que entiendes

que no perteneces a todo.

Solo a lo que eliges sostener.

Y sin embargo…

no todo era claridad.

Había vértigo.

Había intensidad.

Había una energía que rozaba la locura.

Rocío en la mano.

Cielo como cúpula.

La mente oscilando entre luz y sombra.

Querías descubrir.

Querías expandirte.

Querías vivir sin vuelta.

Y en medio de todo eso,

aparecía una forma de entrega casi absoluta:

“Me dejo en tus manos.”

Pero no como rendición.

Como elección.

Elegir sentir sin medida.

Elegir exponerte.

Elegir no protegerte del todo.

Porque algo dentro de ti ya sabía

que protegerse demasiado

era otra forma de perder.

Noviembre de 2009 no fue equilibrio.

Fue intensidad.

No fue respuesta.

Fue apertura.

No fue control.

Fue consciencia naciendo sin saberlo.

Y por eso, al final, la pregunta sigue siendo la misma:

¿Importa?

Y la respuesta, aunque no la dijeras entonces, ya estaba en todo lo que escribiste:

No importa entenderlo.

Importa haberlo vivido así.

¿Y si todo fuera verdad?

domingo, marzo 29, 2026 Permalink 0

¿Y si todo fuera verdad?

¿Y si todo fuera posible?

Si el tiempo dejara de pesarnos

y empezara a sostenernos.

Si cada herida nos enseñara a tocar sin miedo.

Si cada error no fuera un desvío,

sino parte del camino.

¿Y si aprendiéramos a ver con los ojos cerrados,

a escuchar lo que no se dice,

a abrazar sin necesidad de entenderlo todo?

¿Y si la vulnerabilidad dejara de asustarnos

porque comprendemos que es la única forma de ser reales?

¿Y si el viento entre nosotros dejara de ser duda

y se convirtiera en lenguaje?

Un lenguaje sin palabras,

donde el silencio no separa,

sino que une.

¿Y si amar no fuera una búsqueda,

sino una forma de estar?

Sin prisa.

Sin control.

Sin necesidad de poseer.

Entonces…

si tuviéramos la magia de poder crear un mundo nuevo,

nuestro mundo…

sería un lugar donde nadie tiene que esconderse para ser querido.

Donde el tiempo no se mide,

se comparte.

Donde la fragilidad no se corrige,

se acoge.

Donde la verdad no se impone,

se reconoce.

Un mundo donde el respeto no se exige,

se siente.

Donde la ternura no es excepción,

sino lenguaje común.

Donde el silencio no incomoda,

porque está lleno.

Donde amar no duele por miedo,

sino que transforma por entrega.

Un mundo donde no hay que explicar quién eres,

porque basta con estar.

Donde nadie llega tarde,

porque todo sucede cuando tiene que suceder.

Y donde, al final,

no importa cuánto tiempo dure nada…

porque todo lo que ocurre

deja algo que permanece.

Y quizá ese mundo no esté tan lejos.

Quizá no haya que crearlo.

Quizá solo haya que atreverse

a vivir como si ya existiera.

El viento entre nosotros

domingo, marzo 29, 2026 Permalink 0

Hay palabras que no se dicen,

pero sostienen el nosotros.

Entre dos personas siempre hay algo que no se ve,

que no tiene forma, que no tiene nombre,

pero siempre está.

Es el viento que nos empuja,

que nos cimienta,

que nos incita a amarnos.

No se toca.

Se siente.

A veces es brisa ligera, imperceptible,

cálida, envolvente.

Otras veces es fuerza, tensión, pasión.

Algo que empuja sin romper,

pero que desgasta aquello que nos hace orillar nuestras ilusiones.

Ese viento no nace del cuerpo.

Nace de la atracción,

de lo que se intuye,

de lo que se calla,

de una mirada,

de la necesidad de permanecer.

Hay relaciones que viven en ese viento.

Y ese viento vive en nosotros.

No sé explicarlo.

No puedo ni quiero justificarlo.

Simplemente está.

Y me dejo llevar.

Puedes estar lejos, muy lejos,

y sentir que no hay distancia.

También puedes estar cerca

y notar que no llega.

Porque la cercanía no es física:

Es intangible.

Es efímera.

Es etérea.

Y el viento lo sabe.

A veces nos une sin tocar.

A veces nos separa sin romper el vínculo.

Es el lenguaje del silencio.

De la mirada.

De la palabra que no termina de decirse.

Del gesto que se queda a mitad de camino.

Todo eso lo construye.

Y también lo transforma.

Porque es viento.

Y todo cambia con él.

No siempre es el mismo.

No siempre sopla igual.

Hay momentos de calma,

donde todo fluye sin esfuerzo.

Y hay momentos de turbulencia,

donde algo se ha movido…

aunque nadie lo haya nombrado.

Es difícil no sentirlo.

Es difícil entenderlo.

Y es imposible controlarlo.

Porque en cuanto lo nombras,

se rompe.

El viento no se posee.

Se percibe.

Y ahí está su verdad:

No todo en una relación está para ser dicho.

Mucho menos para ser explicado.

Está para ser amado.

Hay cosas que solo existen

en ese espacio invisible

que compartimos sin tocar.

Y cuando ese viento es limpio,

cuando no pesa,

cuando no empuja ni arrastra…

entonces ocurre algo extraño:

todo parece fácil.

No porque lo sea,

sino porque nada interfiere entre nosotros.

Pero cuando cambia,

cuando se vuelve áspero,

cuando pierde su calma…

lo sabemos.

Aunque nadie diga nada.

Y ahí aparece la única decisión que importa:

escuchar lo que no se dice,

o ignorarlo hasta que se rompa.

Porque el viento entre nosotros

no desaparece.

Cambia.

Se transforma.

Nos une.

Nos construye.

Y al final, define más que cualquier pensamiento

lo que realmente somos

cuando estamos juntos.

Y quizá amar sea eso:

quedarse donde no hace falta hablar,

porque todo ya está sucediendo.

Amar en tiempos de locura

domingo, marzo 29, 2026 Permalink 0

Lo que no se dice.

Aprender a escuchar lo que no se dice.

Tal vez ahí habita el deseo más profundo de lo humano.

La piel no empieza en el cuerpo.

Es el cuerpo.

Y como tal contiene alma, futuro, ilusiones y miedo.

Y cuando te enfrentas a todo eso, no puedes intentar corregirlo.

Tienes que acompañarlo.

Tienes que sostenerlo.

Tienes que descubrir que la fertilidad no es biológica: Es emoción y creatividad.

Amar es tocar con respeto, pero sin pausa.

Es encontrar lo que otros no supieron ver.

Reconocer la historia que vive en cada gesto.

Aceptar la fuerza que se entrega desde la vulnerabilidad… incluso cuando cae.

Amar es preservar el espacio…

y, a la vez, saber entrar en él con delicadeza.

Sin control.

Sin imposición.

Amar no es prisa.

Es cuidar un espíritu que se desgasta.

Es comprender los ciclos visibles e invisibles de la belleza.

Es aceptar lo que se ofrece y saber compartirlo.

Sin transformar.

Sin invadir.

Amar es ternura.

Y la ternura no se explica: Se percibe.

No es elegir a alguien.

Es posarte a su lado.

Es exponerte sin garantías.

Sostener sin poseer.

Dar sin miedo.

Y aun así, no ignorar el miedo cuando aparece.

Acompañarlo hasta que se disuelva.

Amar es dejar de protegerse lo suficiente como para sentir de verdad.

Incluso cuando no hay respuesta.

Incluso cuando no se te entiende.

Por eso lo más importante es no tener prisa.

No llegar.

Estar.

Aquí.

Ahora.

Siempre que sea posible.

No todo lo que importa se puede controlar.

Pero sí se puede vivir.

Amar es abrir espacio donde antes había defensa.

Es no reducir lo que sientes a lo que puedes explicar.

Es convivir con lo que no tiene nombre.

Amar es dudar sin miedo.

Entender que la intensidad no necesita ruido.

Que la belleza no necesita ser poseída.

Que la imperfección no se corrige: Se integra.

Amar también es saber hasta dónde llegar.

Sin imponer, sin bandera, sin necesidad de vencer.

Saber cuándo el silencio acompaña más que la propia presencia

y entender que no todo lo que se puede sostener

tiene la eternidad como destino.

No hay nada que negociar.

Hay todo que sentir.

Y al final, amar es esto:

Una forma radical y silenciosa

de entender la libertad.

El tiempo y su peso

domingo, marzo 29, 2026 Permalink 0

El tiempo es parte de nosotros, pero no somos nosotros.

No lo dominamos y solo nos permite caminar junto a él.

El tiempo no pasa.

Es lo que queda por suceder.

Lo otro es historia.

Se acumula. No desaparece.

Es el cimiento de lo que somos y de lo que vamos a dejar.

Porque lo que acumulamos no es tiempo.

Es experiencia.

Y es eso lo que realmente nos define.

Sin experiencia no somos más que una repetición incierta.

Una posibilidad sin forma.

El tiempo no es cronología.

Es emoción.

Hay años vacíos que parecen inertes,

pero son también puntos de inflexión.

Lugares donde algo se rompe…

y empieza a cambiar.

Recordar no es volver.

Es reinterpretar.

Entender lo que fue,

y también lo que no llegó a ser.

Porque hay momentos que pesan.

Y esos momentos definen trayectorias enteras.

El presente tiene una habilidad extraña: oculta.

Convive con lo no resuelto,

con lo que no entendemos,

con lo que todavía no hemos superado.

A veces como un lastre leve.

Otras, como un peso insoportable.

Por eso no conviene tener prisa.

La urgencia desgasta las opciones del futuro.

Pensar es solo un paso de la transformación.

Olvidar no es perder.

Es liberarse.

Es reconstruirse.

El dolor no es material,

pero pesa.

Puede empujarnos a caminar

o inmovilizarnos.

El gran aprendizaje de la vida no son los logros.

Es la renuncia.

Los logros son estaciones.

La renuncia es dirección.

El tiempo enseña,

pero no explica.

No da respuestas.

Otorga evidencias.

Y aun así necesitamos entender.

Para mejorar.

Para no repetir.

Cada decisión es una bifurcación.

Y la vida permite pocos ensayos.

Podemos cambiar el significado de lo vivido.

Ahí reside nuestra libertad.

Pero el tiempo no espera.

Nos arrastra.

Y aprendemos mientras avanzamos.

Hay heridas que no cierran.

Y no pasa nada.

Con el tiempo, el ruido se reduce.

Y lo falso se diluye

como arena impalpable entre los dedos.

El futuro pesa poco

hasta que se convierte en presente.

Entonces lo ocupa todo.

Y ahí comprendemos algo esencial:

El verdadero peso del tiempo

no es la finitud.

Es la conciencia de lo que hacemos con lo vivido,

porque es la experiencia acumulada la que nos transforma,

nos evalúa

y nos da la energía suficiente para seguir.

Podemos ser vulnerables sin ser frágiles

viernes, marzo 20, 2026 Permalink 0

Nació aprendiendo a sostenerse.

No porque quisiera ser fuerte, sino porque no había alternativa. La vida, desde temprano, le enseñó que algunas cosas se rompen sin avisar: las certezas, las promesas, incluso las miradas que uno creía permanentes. Y ahí, en ese aprendizaje sin manual, empezó a confundir dos cosas que tardaría años en separar: fragilidad y vulnerabilidad.

Durante mucho tiempo pensó que protegerse era la única forma de no quebrarse. Levantó muros discretos, no visibles, pero eficaces. Sonreía, cumplía, avanzaba. Nadie diría que había algo que pudiera romperse dentro. Y, sin embargo, todo lo importante seguía siendo frágil: la confianza, el afecto, la ilusión.

Porque la fragilidad no desaparece cuando uno se endurece. Solo se esconde.

Pasaron los años y llegaron los vínculos. Personas, proyectos, momentos que pedían algo más que presencia: pedían verdad. Y ahí apareció la grieta. No la grieta que rompe, sino la que permite entrever.

Descubrió entonces algo incómodo: podía evitar el dolor cerrándose, sí… pero también evitaba el amor, la emoción, la profundidad. Y eso era un precio demasiado alto.

Fue entonces cuando empezó a entender la diferencia.

La fragilidad era esa parte de él que podía romperse.
La vulnerabilidad era la decisión de no esconderla.

No eran lo mismo.

Podía mostrarse sin desmoronarse.
Podía sentir sin perderse.
Podía abrirse sin dejar de sostenerse.

Y ese descubrimiento cambió su forma de volar ante el mundo.

Empezó a hablar más claro. A decir “no lo sé” cuando no lo sabía. A mirar sin escudos cuando algo le importaba. A reconocer que había heridas, pero que no eran el centro de su identidad.

No siempre fue fácil.

Hubo momentos en los que la vulnerabilidad no fue correspondida. Palabras que no encontraron eco. Gestos que quedaron suspendidos. Y en esos instantes, la tentación de volver a cerrarse aparecía con fuerza.

Pero ya no era el mismo.

Había aprendido que la vulnerabilidad no garantiza el resultado, pero sí garantiza algo más importante: la coherencia con uno mismo.

Y eso no se negocia.

Con el tiempo, entendió que vivir no consiste en evitar lo que puede romperse, sino en saber qué merece el riesgo. Que no todo debe ser protegido, ni todo debe ser expuesto. Que hay una inteligencia emocional que se afina con los años: saber cuándo abrir y cuándo sostener.

Frente al espejo, dejó de preguntarse si era fuerte o débil. Empezó a preguntarse otra cosa:

¿Estoy siendo verdadero?

Y la respuesta, a veces incierta, pero cada vez más honesta, le fue dando una forma de paz distinta. No la paz de quien no siente, sino la de quien se permite sentir sin miedo a desaparecer en ello.

Porque al final comprendió algo esencial:

Ser vulnerable es un acto de valentía.
Ser frágil es una condición humana.

Y volar alto consiste en mostrar lo que eres sin dejar que te astilles.

Los abrazos del tiempo

domingo, marzo 15, 2026 Permalink 0

Ver no consiste en abrir los ojos; ver consiste en cerrarlos y que aún, con la luz marchita, tu presencia me rodee sin premura.

A veces creemos que ver es dominar lo que tenemos delante, abarcarlo todo con la mirada, asegurarnos de que el mundo está donde esperamos que esté. Pero hay otra forma de ver, más lenta y más profunda: la que aparece cuando cerramos los ojos y descubrimos que, aun sin luz, algo sigue rodeándonos.

Eso es la presencia.

No la presencia que se impone, ni la que reclama atención, sino la que permanece. La que no necesita urgencia ni explicación. La que se posa sobre nosotros como un abrazo que no pide permiso para ser verdadero.

Los verdaderos abrazos no son de dos brazos, sino de cuatro.

No basta con rodear; hace falta también ser rodeado. Dos brazos nacen de uno mismo: la voluntad de abrirse, de intentar comprender, de tenderse hacia la experiencia. Los otros dos brazos nacen de aquello que nos acontece: una persona, un proyecto, una ilusión, una noche larga, una aurora inesperada.

Cuando ambos movimientos coinciden, algo sucede. No es una victoria ni una conquista. Es más bien una acogida. La vida nos devuelve el gesto.

A veces ese abrazo llega desde el pasado.

Lo traen los recuerdos que ya no pesan como antes, las cicatrices que se han convertido en aprendizaje, los lugares donde alguna vez fuimos felices y que, aunque hayan cambiado o incluso desaparecido, siguen respirando dentro de nosotros. El pasado abraza con la memoria. Nos recuerda de dónde venimos y por qué ciertas cosas siguen teniendo sentido.

Otras veces el abrazo es del presente.

Es más discreto, más inmediato. Está en los gestos cotidianos, en los proyectos que todavía respiran, en las personas que caminan a nuestro lado sin necesidad de anunciarlo. El presente abraza sosteniendo. Nos mantiene en pie mientras el tiempo sigue avanzando.

Pero hay un abrazo más difícil de reconocer: el del futuro.

Ese abrazo aún no existe, y por eso provoca un temblor. Cuando algo nuevo se acerca —una posibilidad, una ilusión, un cambio— aparece ese miedo trémulo que nos invita a ponernos en guardia. Cerramos filas, levantamos el escudo, intentamos proteger lo que ya somos.

Es comprensible.

Pero si todo se vive desde el miedo, ningún abrazo puede completarse. Solo se abrazaría con un brazo, mientras el otro seguiría aferrado a la defensa.

Por eso la verdadera valentía no consiste en eliminar el temblor, sino en no dejar que gobierne la decisión. El abrazo del futuro exige libertad. Y la libertad, inevitablemente, lleva dentro la esperanza.

Porque no hay esperanza sin libertad.

Ni libertad sin la posibilidad de equivocarse.

Así es como llegan los abrazos del tiempo. A veces en volandas, cuando todo parece alinearse con claridad. Otras veces a cuenta gotas, casi sin que nos demos cuenta de que algo nos está transformando.

Intentamos cogerlos como quien intenta coger mariposas. No para atraparlas ni poseerlas, sino para contemplar su belleza en el mismo gesto de acercarse. Incluso cuando no las tocamos, el acto de intentarlo ya nos devuelve algo: movimiento, atención, vida.

Con el tiempo descubrimos algo curioso. La transformación no ocurre mientras la buscamos. Ocurre después. Un día nos encontramos más serenos ante lo que antes nos agitaba, más firmes ante lo que antes nos debilitaba, más emocionados ante lo que antes apenas percibíamos.

Entonces entendemos que aquellos abrazos —los del pasado, los del presente y los del futuro— estaban trabajando en silencio.

No se trataba de elegir entre ellos.

El pasado nos ha construido.

El presente nos sostiene.

El futuro nos llama.

Y nosotros, con los ojos a veces abiertos y a veces cerrados, solo tenemos una tarea sencilla y exigente a la vez:

Acogerlos.

Siempre he llorado solo

sábado, marzo 7, 2026 Permalink 0

Siempre he llorado solo.

No lo digo como un reproche ni como un orgullo.

Es simplemente un hecho.

Una forma de atravesar la vida.

Con el tiempo uno aprende a sostenerse. A guardar silencio cuando el mundo aprieta. A recomponer el alma con las herramientas que tiene a mano. Y muchas veces esas herramientas son pocas: respirar hondo, mirar hacia dentro y seguir caminando.

Pero esta semana me sorprendí pensando algo distinto.

Hoy he echado de menos haber llorado alguna vez en los brazos de quien te quiso… y a quien quisiste.

No como debilidad.

Como descanso.

Hay momentos en que el alma necesita una energía que por un instante no sabe fabricarse sola. Una presencia que no soluciona nada, pero que sostiene. Un abrazo que no explica el dolor, pero lo vuelve habitable.

No se trata de lamentar lo que no fue.

Ni de glorificar la soledad.

La vida es lo que fue y lo que no fue.

Y ambas cosas nos construyen.

Quizá habría sido hermoso.

Pero su ausencia no puede detenernos.

Porque al final también aprendemos algo más difícil:

a construir nuestros propios abrazos.

¿Cómo construiremos nuestros propios abrazos?

¿Cómo encontraremos esa piel necesaria para compartir el calor cuando el frío llega sin avisar?

¿Cómo sabremos que el beso no es un gesto vacío, sino la culminación de algo verdadero?

¿Cómo?

Tal vez la respuesta no esté en buscar fuera lo que primero debemos aprender a sostener dentro.

Construimos nuestros propios abrazos cuando dejamos de huir de lo que sentimos.

Cuando aceptamos la tristeza sin convertirla en derrota.

Cuando aprendemos a sentarnos con nuestro silencio sin que nos destruya.

La piel que necesitamos no aparece solo en el contacto.

Aparece cuando nos dejamos ver.

Cuando dejamos que alguien intuya nuestras grietas sin sentir que eso nos debilita.

Y el beso…

el beso no se justifica.

El beso ocurre cuando dos almas deciden, por un instante, dejar de defenderse.

Porque al final, construir nuestros propios abrazos no significa resignarse a la soledad.

Significa aprender a sostenerse lo suficiente como para poder sostener también a otros.

Y así, casi sin darnos cuenta, aquello que un día nos faltó

se convierte en lo que somos capaces de ofrecer.