Hay encuentros que no suceden en el tiempo, sino en el umbral invisible entre la emoción y la memoria. Ocurren cuando el ocaso bordea la piel, cuando el cuerpo ya no lucha y el alma se atreve a salir del refugio.
Entonces, sin ruido, sin pretexto, se cruzan dos universos que saben de heridas, de espera, de misericordia. Y lo hacen sin exigirse nada, porque lo han aprendido todo: que no hay cicatriz sin abrazo, que no hay noche sin quien la mire desde dentro, que no hay destino sin quien decida quedarse en el temblor.
Tú, destello errante, me miras como si el mundo entero pudiera callar solo para escucharnos. Yo, con el eco de mis silencios, aprendo a vivir sin huir de mí mismo. Somos cara y cruz, pero no de una moneda: de una promesa. No de certidumbre, sino de presencia.
Porque hay una franja donde no existe la sombra ni la luz: solo el calor de saberse recibido.
Y allí, en ese instante que no se puede nombrar, empieza la vida sin miedo.
Hoy la letra huele a roble mojado y a fuego lento.
La boha resuena en el pecho como un eco del alma antigua: sopla, acaricia, no empuja… susurra.
Tu sonrisa entre letras es un farolillo encendido en medio del bosque, y yo me acerco, descalzo, a ese claro donde los versos duermen con una manta ligera y una copa sin urgencias.
Sí.
Abramos el cuaderno.
Yo pongo las páginas en blanco.
Tú, el whisky templado y las palabras aún por nacer.
Burlémonos del tiempo, de las máscaras, de los pronombres.
Que no haya ni tú ni yo, solo ese instante que no se deja nombrar.
Ese vals sin gravedad que bailamos con la sombra de la noche antes,
cuando aún no sabíamos si llovería
o si nos lloveríamos el uno al otro.
Y ahí estás:
no mi mujer,
sino mi espada,
mi trinchera,
mi rezo.
La fragilidad es una historia de amor escrita con cuchillos sin filo.
Y tú sabes leerla sin sangrar.
Hoy no nos defendemos.
Hoy danzamos.
Porque hay días en que la única forma de resistir
es inventarse un refugio donde el corazón no tenga miedo de desnudarse.
Y ese refugio, a veces, tiene tu forma.
Y tu voz.
Y tus manos que entienden
sin preguntar.
(*) Boha es una palabra inventada para hablar bajito, con ternura,
como si las letras llevaran una sonrisa por dentro
y un poco de lluvia detrás de los ojos.
Es la voz de las emociones cuando no quieren gritar,
la escritura cuando se deja acariciar por la melancolía.
Una forma de decir sin herir, de confesar sin romper,
de abrir un cuaderno y dejar que el alma se escriba sola,
No puedo vivir lo que no puedo recordar. Porque lo negado no desaparece: se colapsa. Como el agua que no bebes, como el fuego que no nombras, como la arena que se desliza sin huella.
El camino está hecho de esas ausencias que callan, pero la piedra —la que te hirió, la que quedó tatuada en tu piel— esa sí habló. Habló con el lenguaje del dolor que no pide permiso, con la gramática del eco que habita tus silencios.
Soy hijo de un osario de emociones. Sí, lo acepto. Un cementerio de gestos, de nombres, de abrazos que no fueron. Me acogieron como se acoge al que no se espera, con una misericordia amputada, una compasión que llegó tarde o se disfrazó de castigo.
Y aun así, estoy aquí. No para gritar. No para romper. Sino para susurrar.
Porque las cosas que duelen, las que verdaderamente duelen, no soportan el estruendo. Se recitan bajito, casi temblando, para que quien las escuche, no huya… sino que se acerque.
Cuando conocemos nuevos mundos, estamos creando nuevas ilusiones. Nos damos cuenta de que, aunque estamos limitados día a día, la alegría es capaz de ampliar. Sobre todo, al atardecer.
Me encanta contar piedras blancas y piedras negras, como si fueran cuentas de un collar invisible que alguna vez me regaló la infancia.
Y recordar que hay abrazos tan extraños, que se pierden entre cada cien, doscientas posibilidades de besarte.
Hay una presencia capaz de cambiar la alegría, como un soplo que la redirige, como un niño que la colorea desde dentro.
No hay otro lado de la luna sin que vayamos juntos a por él.
Me encantan los besos dulces. Me encantan los silencios que los preceden. Me encantan los restos de mar que se nos quedan pegados en los tobillos cuando corremos hacia la nada, pero juntos.
Enséñame a sentir la poesía sin pedir permiso, a dejarme llevar bajo la cola de una cometa, caracolear entre las nubes y asirme a cada gota que desciende sobre ti hasta fertilizar tu piel.
enmudece la lágrima con una caricia. Elige una imagen y coloréala con palabras. Usa tu cuerpo como una brújula que me evada del caos. Suelta el pincel antes de aplicarlo y deja que vuele a su libre albedrío.
Recuérdame siempre lo mejor de lo que realmente soy. Intenta reinventarme. Siéntete libre, porque nada de lo que fue quiere permanecer si no es para caminar a tu lado.
Y no me hizo falta gloria, ni promesas, ni victoria. Solo andar contigo me pareció suficiente como para llamarlo vida.