Cuando otros levantaban fronteras, yo buscaba el lugar por donde podían derribarse. Cuando otros defendían banderas, yo ya estaba preguntándome qué había al otro lado del mapa.
Nunca entendí la vida como un refugio.
Siempre la entendí como una expedición.
He cruzado ejércitos y he caminado solo.
He conocido la luz que deslumbra y la sombra que obliga a afinar la mirada.
He probado el sabor del éxito y el hierro de la derrota.
He respirado el humo de los incendios que yo mismo ayudé a apagar.
Y cada vez que el polvo terminaba de caer, hacía siempre lo mismo.
Miraba el horizonte.
Porque detrás de cada línea aparecía otra.
Y detrás de cada mundo esperaba otro mundo.
Muchos creen que el poder consiste en ganar.
Nunca lo entendí así.
El poder consiste en elegir.
Elegir el siguiente paso.
Elegir el siguiente riesgo.
Elegir el siguiente juego.
No importa si el caballo se convierte en oso, el oso en león o el león en gacela.
Importa no dejar que nadie decida por ti cuál será el siguiente animal sobre el que cabalgar.
Ahí empieza la libertad.
No he querido acumular.
Nunca.
Acumular inmoviliza.
Pesa.
Te obliga a vigilar lo que posees por miedo a perderlo.
Yo prefiero sumar.
Porque cada suma no aumenta el equipaje.
Aumenta el horizonte.
Dos más dos nunca fueron cuatro.
Cuatro era simplemente la plataforma desde la que construir el seis.
Y el seis, la del diez.
Y el diez, la del infinito.
He aprendido que las respuestas solo valen cuando son capaces de sostener preguntas mejores.
Por eso jamás me interesó encontrarme a mí mismo.
Cuando me cruzo conmigo, me saludo.
Y sigo caminando.
No porque me falte algo.
Porque todavía queda un camino por recorrer.
Me preguntan si no me cansa vivir así.
Claro que cansa.
Después de cada batalla hay heridas.
Hay humo.
Hay un sabor metálico en la boca que recuerda el precio de haber cruzado una frontera más.
Pero nunca confundí el cansancio con el deseo de detenerme.
Descansar nunca fue mi destino.
Solo la pausa necesaria para recuperar el aliento antes del siguiente amanecer.
Porque el amanecer nunca fue una promesa de tranquilidad.
Fue siempre una invitación.
Una puerta abierta.
Un tablero vacío.
La posibilidad de inventar un juego que ayer todavía no existía.
Tal vez por eso nunca he perseguido la inmortalidad.
He perseguido otra cosa.
La capacidad de crear valor allí donde me encontrara.
Si un día me quitaran los proyectos, los cargos, las empresas, la responsabilidad y hasta la posibilidad de cruzar una sola frontera…
Ese día mi vida no valdría menos.
Valdría más.
Porque tendría que volver a crear desde la nada.
Y ese ha sido siempre el único territorio donde he querido ponerme a prueba.
Hoy soy el protagonista de mi vida.
En el próximo amanecer lo seré… o no.
Pero amanecerá.
Y esa es la forma más hermosa que tiene el mundo de recordarnos que la vida nunca nos perteneció del todo.
Solo nos fue prestada un día cada vez.
Por eso no temo al último amanecer.
Mientras exista uno más, habrá una línea esperando ser cruzada.
Y si un día no despierto para verla…
Que nadie escriba que terminé mi camino.
Escribid simplemente que iba de camino hacia la siguiente frontera.
Hay preguntas que sobreviven a quienes las formularon.
No buscan una respuesta. Buscan un lugar donde seguir respirando.
Desde la primera vez que escuché a Pedro Guerra cantar «¿Y sangraron los mocanes?» comprendí que aquella no era una imagen sobre unos árboles. Era una pregunta sobre nosotros.
Porque todos hemos sangrado alguna vez sin que nadie viera la herida.
Durante años creí que la vida consistía en acertar. En construir empresas, sostener una familia, no fallar, no decepcionar, demostrar que era buena persona. Había una voz silenciosa que me acompañaba siempre. No me pedía ser el mejor. Me pedía demostrar que era suficiente.
Qué extraño resulta descubrir, con el paso de los años, que las mentiras más difíciles de desmontar nunca las dijeron los demás. Las pronunciamos nosotros con nuestra propia voz.
Creí que era egoísta cuando solo estaba intentando sobrevivir.
Creí que era incapaz de mantener las cosas cuando, en realidad, tenía la valentía —o la necesidad— de abandonar aquello que ya no tenía vida.
Creí que el reconocimiento de los demás era la prueba de que había vivido bien.
Y ninguna de esas tres cosas era verdad.
La vida me enseñó mucho antes a resistir que a comprender.
Supe cerrar empresas antes de entender por qué me dolía haberlas cerrado.
Supe seguir adelante antes de comprender el peso de la incertidumbre de mirar a tu familia y preguntarte si serás capaz de sostenerla mañana.
Supe alejarme de personas que me hacían daño antes de descubrir que perdonar no siempre significa permanecer.
A veces creemos que hemos superado una etapa porque hemos dejado de llorarla.
No es cierto.
Muchas veces solo hemos aprendido a caminar con ella.
Comprender llega después.
A veces décadas después.
Y entonces descubres que la pregunta importante nunca fue por qué ocurrió aquello.
La verdadera pregunta era quién empezaste a ser desde aquel día.
Cuando era joven quería ser inmortal.
No lo decía con palabras, pero vivía como si el tiempo fuera un adversario al que pudiera vencer trabajando más, haciendo más, empezando más cosas.
Hoy ya no.
Hoy solo quiero conservar la dignidad suficiente para afrontar con serenidad todo lo que todavía no conozco.
No porque haya dejado de tener miedo.
Sino porque he dejado de creer que el miedo decide mi destino.
Hay un momento silencioso en toda vida en el que comprendemos que el azar puede escribir el primer capítulo de muchas historias.
Pero nunca el último.
Ese vuelve a pertenecer a nuestras decisiones.
Y quizá esa sea la diferencia entre sobrevivir y vivir.
Sobrevivir consiste en salir del incendio.
Vivir consiste en entender cómo empezó el fuego para que deje de gobernar la casa.
Durante mucho tiempo pensé que necesitaba dejar huella.
Ahora sospecho que las huellas nunca fueron lo importante.
Lo importante era aprender a caminar.
Porque llega un día en que dejas de mirar hacia atrás para comprobar si alguien sigue tus pasos.
Y descubres que el único al que debías convencer ya no existe.
Aquel hombre que necesitaba ser reconocido hizo su trabajo.
Gracias a él llegaste hasta aquí.
Ahora le toca descansar.
Quizá por eso sigo regresando a aquella pregunta.
No para responderla.
Sino para recordar que todos llevamos dentro algún mocán que sangró en silencio.
Y que la verdadera victoria nunca consistió en evitar la herida.
Consistió en que un día dejara de decidir quién éramos.
Porque hay una libertad que no concede el tiempo.
La concede la comprensión.
Y cuando por fin llega, el pasado deja de ser un destino.
Se convierte, simplemente, en el lugar desde el que empezamos a escribir el siguiente capítulo.
Hay un día extraño en la vida en el que dejas de hacer las cosas para que sepan que has sido tú quien las hizo.
No ocurre de golpe. Nadie lo anuncia. Simplemente sucede.
Al principio duele un poco. Después libera.
Porque descubres que has confundido durante demasiado tiempo el reconocimiento con el sentido.
Entonces cambias de lugar.
Ya no buscas que pronuncien tu nombre. Buscas que alguien encuentre el suyo.
Y, desde ese instante, algo empieza a desaparecer.
No tú.
Tu necesidad de estar delante.
Comprendes que un padre no triunfa cuando sus hijos hablan constantemente de él, sino cuando viven con valores que ya no necesitan recordar de dónde aprendieron. Que un maestro no deja huella porque repitan sus palabras, sino porque un día un alumno piensa por sí mismo. Que un artesano no alcanza la plenitud cuando admiran sus manos, sino cuando nadie piensa en ellas porque solo existe la belleza de la obra.
Quizá por eso la magia nunca estuvo en el truco.
La magia consistía en olvidar al mago.
En ese instante en que dejas de preguntarte cómo ha sido posible y simplemente sonríes, algo ha sucedido dentro de ti. No has entendido más. Has vivido más.
Y eso cambia también la manera de mirar la vida.
Porque empiezas a sospechar que las cosas verdaderamente importantes nunca piden protagonismo. El aire no reclama agradecimiento. La luz no exige que la mires. El corazón no necesita que pienses en él para seguir sosteniéndote.
Lo esencial trabaja en silencio.
Tal vez por eso la felicidad madura tiene tan poco ruido.
Ya no necesita demostrar.
Solo necesita crear.
Y llega un momento, casi al final del camino, en el que comprendes que el mayor privilegio no era dejar una obra que hablara de ti.
Era convertirte en una presencia tan profundamente sembrada en los demás que un día alguien hiciera algo hermoso sin saber que una pequeña parte de ese gesto nació contigo.
Hay días en los que creemos que la vida se rompe. Un fracaso, una ausencia, una traición o una enfermedad llegan sin pedir permiso y sentimos la tentación de pensar que todo ha terminado. Es entonces cuando miramos hacia atrás buscando el instante en que dejamos de ser quienes éramos, como si el pasado pudiera devolvernos una versión intacta de nosotros mismos.
Llamamos pasado a las figuras caprichosas que el humo dibuja cuando el tiempo ya ha apagado el fuego. Las contemplamos porque hablan de lo vivido, pero ninguna puede caminar por nosotros. Las cicatrices pueden convertirse en una carga o en un punto de apoyo. La resiliencia nos mantiene en pie cuando el viento arrecia; la superación transforma aquello que nos hizo caer en el lugar desde el que volvemos a impulsarnos.
Vivimos buscando la primera cerilla, aquella chispa irrepetible que nos descubrió el fuego. Y sufrimos porque sabemos que nunca volverá a ser la primera. Sin embargo, la vida nunca nos prometió repetir el milagro. Nos ofreció algo mucho más generoso: la posibilidad de seguir encontrando nuevos fuegos. No se trata de conservar el asombro. Se trata de vivir, emocionarse, ilusionarse, fracasar, levantarse y añadir cada experiencia al balance de una existencia que permanece abierta mientras respiramos.
La vida no nos garantiza balances siempre favorables. Habrá pérdidas que dolerán durante años y otras que jamás comprenderemos. Pero mientras el libro permanezca abierto, ninguna cifra tiene la última palabra. Siempre queda un asiento por escribir, una experiencia capaz de cambiar el valor del conjunto.
El mal existe. A veces llega desde las decisiones de otros; otras, desde el azar. Siempre hiere. Pero el mal tiene un límite que la luz no tiene: no sabe crear. Puede destruir un jardín, pero no hacer brotar una flor. Puede apagar una lámpara, pero no inventar el amanecer.
Entonces comprendemos algo que casi siempre confundimos: el precio y el valor no son la misma cosa. La vida nos hace pagar precios que nunca habríamos elegido. Pero también nos ofrece la posibilidad de descubrir un valor que ninguna pérdida puede comprar.
La vida comienza de verdad cuando dejamos de medir lo que cuesta y empezamos a descubrir lo que vale.
Y cuando eso sucede, algo cambia silenciosamente. Empezamos a dar valor a lo que nos rodea y, casi sin darnos cuenta, descubrimos que nosotros también formamos parte de ese valor.
Existe un instante imposible. Dura menos que un latido. Todo acaba de convertirse en pasado, el presente se desvanece mientras intentamos nombrarlo y el futuro todavía no ha tenido tiempo de nacer.
Nadie puede vivir allí. Pero quien ha rozado esa frontera escribe de otra manera. Ya no busca tener razón. Solo intenta dejar una verdad antes de que el tiempo vuelva a ponerse en marcha.
Quizá, al final, no contemos los años. Tal vez recordemos las veces que elegimos seguir caminando cuando detenerse parecía lo más fácil. Las veces que una piedra dejó de ser un obstáculo para convertirse en un punto de apoyo. Las veces que una primera vez volvió a aparecer disfrazada de algo completamente distinto.
Porque la luz nunca obliga.
Solo espera.
Y cada mañana, mientras el humo dibuja nuevas figuras sobre el recuerdo del fuego, vuelve a formular la misma pregunta:
Seguramente eres el amor de mi vida y yo no lo sé.
Seguramente tú tampoco.
Quizá aún no tienes un cuerpo materializado en mis días, pero me sé hasta las aristas de tu piel. Conozco la forma en que tu boca dudará antes de pronunciar mi nombre, el lugar exacto donde esconderás el miedo cuando empieces a quererme y esa manera tuya de apartar la mirada cuando sientas que alguien ha conseguido verte de verdad.
No sé quién eres.
No sé dónde estás ni qué vida estás viviendo mientras yo escribo estas palabras. Tal vez ahora mismo caminas por una calle en la que nunca he transitado. Quizá estás sentada frente a una ventana, tratando de comprender por qué algunas tardes pesan más que otras. Puede que ames a alguien, que acabes de dejar de hacerlo o que hayas decidido no volver a permitir que nadie entre demasiado dentro de ti.
No importa.
No he venido a buscarte.
He venido a dejarte una carta para que puedas reconocerme cuando la vida decida presentarnos.
No sabré que eres tú porque suene una música, se detenga el tiempo o el mundo se vuelva repentinamente más hermoso. Lo sabré porque contigo no necesitaré parecerme a nadie. Porque podré sentarme a tu lado sin tener nada extraordinario que decir y, aun así, sentir que la conversación continúa.
Lo sabré porque no tendré que explicarte mis silencios.
Tú tampoco los tuyos.
Habrá algo entre nosotros que no necesitará comprenderse para ser verdad.
Me gustaría prometerte que llegaré sin heridas, pero sería mentirte antes de conocerte. Llevaré conmigo las vidas que no fueron, las palabras que pronuncié demasiado pronto y las que no tuve valor para decir. Llegaré con mis certezas rotas, con algún miedo adormecido y con esa costumbre absurda de proteger precisamente aquello que más deseo entregar.
Tú también traerás lo tuyo.
No te pediré que lo dejes en la puerta.
Quiero conocerte entera. No solo en la parte luminosa con la que se recibe a las visitas, sino también en esas habitaciones que mantienes cerradas porque alguna vez alguien entró sin saber cuidar lo que había dentro.
No intentaré salvarte.
El amor no debería convertir a nadie en un rescate.
Me sentaré contigo entre las ruinas, si las hubiera, y esperaremos juntos hasta descubrir qué merece ser reconstruido y qué debe quedarse allí para recordarnos de dónde venimos.
Quizá eso sea amarse: no llegar a la vida del otro con un plano terminado, sino atreverse a construir una casa cuya arquitectura ninguno de los dos conoce todavía.
Una verdad por habitar.
Una intimidad sin testigos.
Un lugar donde podamos descansar de todo aquello que el mundo nos obliga a ser.
No sé cómo será tu risa, pero presiento que alguna vez conseguirás que me ría cuando no tenga ganas. No sé cómo serán tus manos, pero imagino que reconoceré en ellas una forma de tocarme que no consistirá únicamente en rozar mi cuerpo.
Porque hay caricias que no pasan por la piel.
Alguien puede acariciarte recordando una frase que dijiste meses atrás. Puede hacerlo respetando una tristeza que aún no estás preparado para contar. Puede acariciarte sirviéndote un vaso de agua, protegiendo tu sueño o permaneciendo cerca sin convertir su presencia en una exigencia.
Así quisiera quererte.
Sin invadirte.
Sin pedirte que renuncies a ti para demostrar que me has elegido.
Sin convertir el amor en una deuda que debas pagar cada mañana.
Quisiera aprender a quererte con libertad, pero no desde la distancia. Con la libertad de quien se queda porque quiere, no porque tema marcharse. Con la lealtad de quien podría elegir otro camino y, aun así, vuelve a escoger el lugar donde respiras.
Tal vez discutamos.
Quizá haya días en los que nuestras palabras no consigan encontrarse y tengamos que aprender a pedir perdón sin sentirnos derrotados. Habrá momentos en que tú no estés a la altura de lo que necesito y otros en que yo no sepa reconocer lo que necesitas de mí.
No quiero un amor perfecto.
Quiero uno verdadero.
Uno capaz de emborronar el lienzo, borrar lo que ya no nos represente y volver a empezar sin considerar cada error una despedida.
El riesgo será parte de nuestras reglas.
Porque amarte significará darte la posibilidad de herirme y confiar, aun así, en que cuidarás de aquello que ponga en tus manos. Y significará recibir de ti la misma fragilidad sin utilizarla nunca para vencerte.
Eso será sagrado.
No prometo quererte siempre de la misma manera. El amor que no cambia termina amando un recuerdo. Quiero aprender tus transformaciones, reconocer a la mujer que aparezca cuando hayas dejado atrás a la que conocí y permitirte hacer lo mismo conmigo.
Nos iremos perdiendo de vista algunas veces.
Pero ojalá sepamos volver.
No al lugar donde comenzamos, sino al lugar nuevo en el que podamos encontrarnos después de todo lo que hayamos vivido.
Quizá un día me preguntes cuándo supe que eras tú.
No sabré responderte. Ya te lo adelanto.
Tal vez fuera antes de conocerte, mientras escribía esta carta sin saber tu nombre. Tal vez ocurra la primera vez que te vea permanecer a mi lado cuando no tenga nada brillante que ofrecerte. O quizá lo descubra mucho después, una mañana cualquiera, al mirarte mientras haces algo insignificante y sentir que no existe nada insustancial cuando lo haces tú.
Puede que no seas el amor de mi vida.
Puede que la vida, con sus extrañas formas de ordenar el tiempo, nos entregue demasiado pronto, demasiado tarde o durante menos tiempo del que merezcamos.
Pero si algún día tengo que aceptar que no eras el amor de mi vida, diré que me equivoqué de vida.
No de amor.
Porque no mediré lo que sienta por su duración ni por el desenlace que otros puedan comprender. Lo mediré por la verdad con la que consiga mirarte, por la parte de mí que nazca cuando estés cerca y por todo aquello que, después de ti, ya no pueda volver a ser indiferente.
Hasta entonces, vive.
No me esperes.
Equivócate. Ríe. Ama, incluso si no soy yo. Aprende a marcharte de los lugares que te empequeñezcan y no permitas que ninguna decepción te convenza de que sentir menos es vivir mejor.
Yo haré lo mismo.
Seguiré construyéndome para que, si algún día apareces, no tengas que encontrar a un hombre terminado, sino a uno todavía dispuesto a cambiar. A alguien que conserve un espacio sin nombre en su vida, no porque estuviera incompleto, sino porque intuía que algunas estancias solo existen cuando dos personas deciden levantarlas juntas.
Y cuando llegues, si llegas, no te pediré que demuestres que eras tú.
Solo mírame.
Quizá entonces reconozca las aristas de esa piel que ya sabía antes de tocarla.
Quizá tú recuerdes haber leído estas palabras mucho antes de conocer mi voz.
Y quizá comprendamos que esta carta nunca trató de encontrarte.
Trataba de construir un lugar en el que, al encontrarnos, pudiéramos reconocernos.
El ser humano empieza a envejecer el día que deja de creer en la posibilidad. No cuando aparecen las arrugas, ni cuando el cuerpo protesta al levantarse. Envejece cuando deja de mirar una puerta cerrada preguntándose qué habrá detrás.
Yo quiero seguir viviendo de otra manera.
Quiero seguir creyendo que todavía queda una conversación capaz de cambiarme. Una mirada que aún no he aprendido a comprender. Una tarde cualquiera esperando enseñarme algo que llevaba toda la vida delante de mí y nunca había visto.
Porque observar nunca consistió en mirar.
Observar es permitir que el silencio y la mirada se reconozcan.
Solo entonces el mundo deja de enseñarte objetos y empieza, muy despacio, a confiarte su alma.
Quizá por eso nunca deberíamos renunciar a descubrir qué necesitan de nosotros quienes caminan a nuestro lado.
No lo que esperan.
No lo que piden.
Lo que necesitan.
Hay necesidades que jamás pronuncian una palabra. Se esconden en una sonrisa demasiado correcta, en una ironía repetida, en un cambio de tema o en un silencio que lleva demasiado tiempo esperando compañía.
Quien aprende a verlas deja de vivir rodeado de personas.
Empieza a vivir rodeado de universos.
…
La belleza nunca fue un lujo.
Es una forma de respirar.
Está en una mano que no reclama reconocimiento después de ayudar. En una silla vieja que todavía sostiene a quien se sienta. En una rosa que recuerda que para pincharte con ella primero tuviste que tener un jardín.
Renunciar a la belleza sería renunciar a la parte del mundo que todavía sabe hablar sin hacer ruido.
…
He comprendido que crear no consiste en inventar.
Consiste en quitarse una venda.
En descubrir que donde ayer había una piedra hoy puede existir una historia, y donde parecía no haber nada aparece un mundo que solo esperaba ser mirado de otra manera.
Quizá crear sea el intento más hermoso del ser humano de parecerse a Dios.
No por sentirse superior.
Sino por experimentar, durante un instante, el milagro de que donde no había nada…
Ahora haya algo.
Y ese algo lleve la huella de quien se atrevió a soñarlo.
…
No tengas miedo al riesgo.
El riesgo no es el precio de la vida.
Es una de sus reglas.
La zona de confort no protege.
Anestesia.
No conserva lo que eres.
Va apagando, poco a poco, todo aquello que todavía podrías llegar a ser.
La vida nunca fue una arquitectura de piedra.
Es un pincel y un lienzo.
Y la mayor libertad que poseemos consiste en volver sobre el cuadro, cambiar un color, cubrir una antigua certeza con una intuición nueva y descubrir que ninguna pincelada verdadera destruye la anterior: simplemente la convierte en el camino que hacía falta recorrer.
El gran juego no consiste en acertar.
Consiste en seguir pintando.
…
No traiciones tu capacidad de emocionarte.
Las emociones cambian.
Las personas llegan y se marchan.
Las ideas envejecen.
Pero mientras sigas siendo capaz de conmoverte ante una voz, una lluvia, una pieza de música o la forma en que alguien sostiene una taza de café mientras escucha a otro, todavía seguirás habitando el mundo.
No dejes nunca que la costumbre sustituya al asombro.
…
Y si un día dudas de quién eres, no busques una definición.
Pregúntate de qué sigues siendo capaz.
¿Todavía puedes amar sin calcular?
¿Todavía puedes observar sin juzgar?
¿Todavía puedes crear sin necesitar aplausos?
¿Todavía puedes cambiar de opinión cuando la verdad te invita a hacerlo?
¿Todavía puedes sentarte al lado de alguien sin querer parecer más importante que él?
Si la respuesta es sí…
Entonces todo lo importante sigue intacto.
Porque una vida no se reconoce por lo que consiguió.
Se reconoce por aquello a lo que nunca estuvo dispuesta a renunciar.
Y quizá llegue un día —ojalá muy tarde— en que puedas sentarte frente a tu propia historia sin sentir la necesidad de corregirla.
No porque todo saliera bien.
Sino porque nunca dejaste de coger el pincel cuando la vida te entregó un lienzo nuevo.
Entonces sonreirás.
No por orgullo.
Por gratitud.
Y pensarás, con la serenidad de quien ha vivido despierto:
O el silencio suficiente para volver a llamar a nuestra puerta.
Porque hay recuerdos que no regresan cuando los llamas.
Lo hacen cuando la vida vuelve a tener la misma temperatura que el día en que nacieron.
…
Hay una silla de madera en un jardín.
Lleva tantos años allí que el sol ya conoce cada una de sus vetas.
Ha soportado lluvias, perros, niños, conversaciones interminables y tardes en las que nadie se sentó en ella.
No se queja.
Sigue esperando.
Quizá un día deje de ser una silla.
Y, sin embargo, sospecho que todavía le quedará una última forma de acompañar a alguien.
Hay cosas que, incluso cuando dejan de ser lo que fueron, continúan dando calor.
…
Una mañana me pinché con una rosa.
Mientras miraba el dedo con esa absurda costumbre que tenemos de fijarnos primero en el dolor, un hombre que llevaba media vida trabajando con las manos levantó la vista y dijo:
—Para poder decir que se ha pinchado con una rosa, primero hay que tener una rosa… y un jardín.
Nunca volvió a hablar de aquello.
No hizo falta.
Desde entonces, cuando algo duele, antes de mirar la espina intento recordar el jardín.
…
Hay un niño caminando bajo la lluvia.
Lleva un chubasquero demasiado grande para su cuerpo.
No corre para resguardarse.
Corre porque al final del camino lo esperan sus amigos.
Todavía no sabe que un día echará de menos aquella lluvia.
Ni aquel camino.
Ni siquiera las ganas de llegar antes que nadie.
Solo vive.
Y eso basta.
…
Hay alguien que canta sin afinar y mira alrededor esperando un aplauso.
Alguien que aprieta una mano en una habitación de hospital porque ya no sabe ofrecer nada más.
Alguien que hoy no consiguió lo que esperaba y, aun así, mañana volverá a levantarse.
Un anciano que tarda unos segundos más en ponerse en pie.
Un perro dormido al sol.
Una ventana abierta una tarde cualquiera.
No sé por qué.
Pero algunas escenas parecen saber más de nosotros que nosotros mismos.
…
Quizá por eso nunca he buscado la perfección.
He buscado otra cosa.
Que la realidad se vuelva tan generosa que hasta lo imposible me parezca cotidiano.
No porque el mundo cambie.
Porque mi manera de mirarlo todavía sea capaz de hacerlo.
…
Si mientras leías estas líneas has sentido, aunque solo fuera durante un instante, el calor de una silla que ya no existe…
Si has vuelto a caminar bajo una lluvia que creías olvidada…
Si has recordado unas manos, una voz o una tarde que el tiempo había dejado en silencio…