Los cinco cielos
Hay cinco cielos habitando en cada cuerpo y pasamos buena parte de la vida fingiendo que solo existe uno.
Quizá por eso nos cuesta tanto comprendernos.
Porque intentamos ser una sola cosa cuando nacimos para albergar muchas.
Somos el cielo de lo que somos y el de lo que soñamos. El de nuestras certezas y el de nuestras dudas. El de lo que amamos y el de aquello que todavía no sabemos nombrar. Todos conviven bajo la misma piel, compartiendo espacio, contradiciéndose algunas veces y reconciliándose otras, como si la existencia entera fuera una conversación interminable entre distintas formas de mirar el mismo horizonte.
Nos enseñaron a desconfiar de la incoherencia.
A considerarla una debilidad.
Un defecto.
Una falta de carácter.
Y sin embargo sospecho que la incoherencia es una de las pruebas más honestas de que seguimos vivos.
Solo las piedras permanecen siempre iguales.
Solo las estatuas conservan eternamente la misma postura.
Los seres humanos cambiamos.
Nos contradecimos.
Rectificamos.
Volvemos sobre nuestros pasos.
Descubrimos paisajes nuevos donde antes defendíamos fronteras inamovibles.
La incoherencia no siempre es una traición.
A veces es una señal de crecimiento.
A veces es el precio de seguir buscando.
Vivimos además con una extraña obsesión por el otoño.
Lo invocamos antes de tiempo.
Lo convertimos en costumbre.
Nos preparamos para las pérdidas futuras mientras todavía estamos rodeados de abundancia.
Aprendemos demasiado pronto a despedirnos.
Demasiado pronto a renunciar.
Demasiado pronto a pensar que lo mejor ya ha sucedido.
Y quizá ese sea uno de los errores más silenciosos de nuestra época.
No el miedo al invierno.
Sino la costumbre de vivir anticipándolo.
No ignoro que llegará.
Nadie puede ignorarlo.
Toda vida conoce sus estaciones.
Toda historia conoce sus despedidas.
Toda existencia camina hacia un horizonte que no puede evitar.
Pero entre la primavera y el invierno existe un territorio inmenso.
Y es precisamente ahí donde ocurre la vida.
En las conversaciones que no estaban previstas.
En las personas que aparecen cuando parecía imposible.
En los proyectos que nacen sin permiso.
En las ideas que se niegan a rendirse.
En la capacidad de seguir sintiendo cuando la costumbre nos invita a endurecernos.
Por eso admiro a quienes inventan espacios para volar.
No porque huyan de la realidad.
Sino porque se niegan a entregarle toda la soberanía.
Hay personas que encuentran esos espacios.
Y hay otras que tienen que construirlos.
Para sí mismas.
Para quienes aman.
Para quienes vendrán después.
Pequeños territorios donde la imaginación sigue respirando.
Donde la belleza no necesita justificarse.
Donde la duda no es castigada.
Donde la alegría conserva derecho de ciudadanía.
Donde el espíritu todavía encuentra aire suficiente para desplegar las alas.
Quizá la verdadera madurez no consista en aceptar el peso de la gravedad.
Quizá consista en aprender a convivir con ella sin dejar de mirar el cielo.
En saber que existen raíces sin olvidar las alas.
En comprender que el ancla y el vuelo no son enemigos.
Que pertenecen a la misma travesía.
Por eso no quiero esculpir las vivencias en piedra.
Prefiero compartirlas mientras aún conservan movimiento.
Mientras respiran.
Mientras siguen cambiando conmigo.
Porque la vida no nos fue entregada para contemplarla desde la orilla.
Ni para sobrevivir a ella.
Ni para esperar resignadamente la llegada de las últimas estaciones.
Nos fue entregada para participar.
Para crear.
Para amar.
Para equivocarnos.
Para volver a empezar cuantas veces sea necesario.
Y sobre todo para recordar que dentro de nosotros habitan varios cielos, no uno solo.
Cinco cielos abiertos.
Cinco posibilidades.
Cinco formas distintas de libertad.
Y todas ellas esperan lo mismo.
Que encontremos el valor de abrir las alas.
Y volar.
