Todavía no te conozco
Si lees esta carta es que va dirigida a ti.
Seguramente eres el amor de mi vida y yo no lo sé.
Seguramente tú tampoco.
Quizá aún no tienes un cuerpo materializado en mis días, pero me sé hasta las aristas de tu piel. Conozco la forma en que tu boca dudará antes de pronunciar mi nombre, el lugar exacto donde esconderás el miedo cuando empieces a quererme y esa manera tuya de apartar la mirada cuando sientas que alguien ha conseguido verte de verdad.
No sé quién eres.
No sé dónde estás ni qué vida estás viviendo mientras yo escribo estas palabras. Tal vez ahora mismo caminas por una calle en la que nunca he transitado. Quizá estás sentada frente a una ventana, tratando de comprender por qué algunas tardes pesan más que otras. Puede que ames a alguien, que acabes de dejar de hacerlo o que hayas decidido no volver a permitir que nadie entre demasiado dentro de ti.
No importa.
No he venido a buscarte.
He venido a dejarte una carta para que puedas reconocerme cuando la vida decida presentarnos.
No sabré que eres tú porque suene una música, se detenga el tiempo o el mundo se vuelva repentinamente más hermoso. Lo sabré porque contigo no necesitaré parecerme a nadie. Porque podré sentarme a tu lado sin tener nada extraordinario que decir y, aun así, sentir que la conversación continúa.
Lo sabré porque no tendré que explicarte mis silencios.
Tú tampoco los tuyos.
Habrá algo entre nosotros que no necesitará comprenderse para ser verdad.
Me gustaría prometerte que llegaré sin heridas, pero sería mentirte antes de conocerte. Llevaré conmigo las vidas que no fueron, las palabras que pronuncié demasiado pronto y las que no tuve valor para decir. Llegaré con mis certezas rotas, con algún miedo adormecido y con esa costumbre absurda de proteger precisamente aquello que más deseo entregar.
Tú también traerás lo tuyo.
No te pediré que lo dejes en la puerta.
Quiero conocerte entera. No solo en la parte luminosa con la que se recibe a las visitas, sino también en esas habitaciones que mantienes cerradas porque alguna vez alguien entró sin saber cuidar lo que había dentro.
No intentaré salvarte.
El amor no debería convertir a nadie en un rescate.
Me sentaré contigo entre las ruinas, si las hubiera, y esperaremos juntos hasta descubrir qué merece ser reconstruido y qué debe quedarse allí para recordarnos de dónde venimos.
Quizá eso sea amarse: no llegar a la vida del otro con un plano terminado, sino atreverse a construir una casa cuya arquitectura ninguno de los dos conoce todavía.
Una verdad por habitar.
Una intimidad sin testigos.
Un lugar donde podamos descansar de todo aquello que el mundo nos obliga a ser.
No sé cómo será tu risa, pero presiento que alguna vez conseguirás que me ría cuando no tenga ganas. No sé cómo serán tus manos, pero imagino que reconoceré en ellas una forma de tocarme que no consistirá únicamente en rozar mi cuerpo.
Porque hay caricias que no pasan por la piel.
Alguien puede acariciarte recordando una frase que dijiste meses atrás. Puede hacerlo respetando una tristeza que aún no estás preparado para contar. Puede acariciarte sirviéndote un vaso de agua, protegiendo tu sueño o permaneciendo cerca sin convertir su presencia en una exigencia.
Así quisiera quererte.
Sin invadirte.
Sin pedirte que renuncies a ti para demostrar que me has elegido.
Sin convertir el amor en una deuda que debas pagar cada mañana.
Quisiera aprender a quererte con libertad, pero no desde la distancia. Con la libertad de quien se queda porque quiere, no porque tema marcharse. Con la lealtad de quien podría elegir otro camino y, aun así, vuelve a escoger el lugar donde respiras.
Tal vez discutamos.
Quizá haya días en los que nuestras palabras no consigan encontrarse y tengamos que aprender a pedir perdón sin sentirnos derrotados. Habrá momentos en que tú no estés a la altura de lo que necesito y otros en que yo no sepa reconocer lo que necesitas de mí.
No quiero un amor perfecto.
Quiero uno verdadero.
Uno capaz de emborronar el lienzo, borrar lo que ya no nos represente y volver a empezar sin considerar cada error una despedida.
El riesgo será parte de nuestras reglas.
Porque amarte significará darte la posibilidad de herirme y confiar, aun así, en que cuidarás de aquello que ponga en tus manos. Y significará recibir de ti la misma fragilidad sin utilizarla nunca para vencerte.
Eso será sagrado.
No prometo quererte siempre de la misma manera. El amor que no cambia termina amando un recuerdo. Quiero aprender tus transformaciones, reconocer a la mujer que aparezca cuando hayas dejado atrás a la que conocí y permitirte hacer lo mismo conmigo.
Nos iremos perdiendo de vista algunas veces.
Pero ojalá sepamos volver.
No al lugar donde comenzamos, sino al lugar nuevo en el que podamos encontrarnos después de todo lo que hayamos vivido.
Quizá un día me preguntes cuándo supe que eras tú.
No sabré responderte. Ya te lo adelanto.
Tal vez fuera antes de conocerte, mientras escribía esta carta sin saber tu nombre. Tal vez ocurra la primera vez que te vea permanecer a mi lado cuando no tenga nada brillante que ofrecerte. O quizá lo descubra mucho después, una mañana cualquiera, al mirarte mientras haces algo insignificante y sentir que no existe nada insustancial cuando lo haces tú.
Puede que no seas el amor de mi vida.
Puede que la vida, con sus extrañas formas de ordenar el tiempo, nos entregue demasiado pronto, demasiado tarde o durante menos tiempo del que merezcamos.
Pero si algún día tengo que aceptar que no eras el amor de mi vida, diré que me equivoqué de vida.
No de amor.
Porque no mediré lo que sienta por su duración ni por el desenlace que otros puedan comprender. Lo mediré por la verdad con la que consiga mirarte, por la parte de mí que nazca cuando estés cerca y por todo aquello que, después de ti, ya no pueda volver a ser indiferente.
Hasta entonces, vive.
No me esperes.
Equivócate. Ríe. Ama, incluso si no soy yo. Aprende a marcharte de los lugares que te empequeñezcan y no permitas que ninguna decepción te convenza de que sentir menos es vivir mejor.
Yo haré lo mismo.
Seguiré construyéndome para que, si algún día apareces, no tengas que encontrar a un hombre terminado, sino a uno todavía dispuesto a cambiar. A alguien que conserve un espacio sin nombre en su vida, no porque estuviera incompleto, sino porque intuía que algunas estancias solo existen cuando dos personas deciden levantarlas juntas.
Y cuando llegues, si llegas, no te pediré que demuestres que eras tú.
Solo mírame.
Quizá entonces reconozca las aristas de esa piel que ya sabía antes de tocarla.
Quizá tú recuerdes haber leído estas palabras mucho antes de conocer mi voz.
Y quizá comprendamos que esta carta nunca trató de encontrarte.
Trataba de construir un lugar en el que, al encontrarnos, pudiéramos reconocernos.
