Donde la piel aprendió a quedarse

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2012: DONDE LA PIEL APRENDIÓ A QUEDARSE

APERTURA

No empezó como empiezan las cosas importantes.

No hubo aviso.

Ni contexto.

Ni una historia previa que justificara lo que vino después.

Fue más simple.

Y más peligroso.

A veces la vida no entra despacio.

Irrumpe.

Cambia la temperatura de una habitación sin tocar nada.

Altera el ritmo de la respiración sin pedir permiso.

Hace que todo lo que antes tenía sentido deje de tenerlo.

Y no sabes por qué.

Recuerdo el efecto antes que el origen.

Recuerdo el instante en que el cuerpo entendió algo

que la cabeza todavía no sabía nombrar.

Una presencia.

Una forma de estar.

Un gesto que no se explicaba, pero se imponía.

A partir de ahí, todo fue distinto.

No mejor.

No peor.

Distinto.

El deseo llegó primero.

Directo.

Físico.

Inevitable.

Después vino lo demás.

La cercanía.

La costumbre.

La necesidad.

Y sin darme cuenta, empecé a construir algo

que no sabía si estaba preparado para sostener.

Hay relaciones que se viven.

Y hay otras que te atraviesan.

Esta no pasó por mí.

Se quedó.

Durante un tiempo pensé que aquello era el centro.

Pero nadie te explica esto:

que hay intensidades que no están hechas para durar,

pero sí para cambiarte.

Y que hay pieles

que no olvidas nunca…

aunque ya no estén.

DESARROLLO

Tacones púrpura.

Como único vestido al recibirme.

No había explicación.

Solo tú.

Labios de vino.

Cuello celestial.

Piel tersa.

Deseo intenso.

Cada momento era una vida.

Y como tal, irrepetible.

Confundir lo irrepetible con lo eterno.

Ahí empezó todo.

Sobre las sábanas aún quedaban restos de la noche.

Tus labios se rendían sin palabras.

Tu cuerpo hablaba en un idioma que no necesitaba traducción.

Pedí asilo en tu boca.

No por refugio, sino por incendio.

El mundo se volvió sencillo.

Cercano.

Habitable.

Y yo empecé a creer que aquello podía sostenerse.

Besarte era borrar lo anterior.

Era empezar sin historia.

Tu aroma se quedaba.

Tu presencia ordenaba.

Y sin darme cuenta, empecé a necesitarte.

No sé en qué momento dejé de buscarte

y empecé a depender de ti.

Cada sueño contigo me llevaba de vuelta a tus brazos.

Y fuera de ellos, todo parecía incompleto.

Recostada sobre la hierba,

el sol doraba tu piel con una calma imposible.

Yo me quedaba en los detalles.

En lo pequeño.

En lo que no se dice.

La fragilidad vive entre la mirada y el gesto.

Y nosotros estábamos ahí.

Me regía por tu luz.

Por tu forma de hacer sencillo lo complejo.

Tu cuerpo dejó de ser un lugar al que llegar

para convertirse en un sitio donde quedarse.

Y ahí —sin saberlo— crucé el límite.

Porque cuando aparece la calma,

cuando aparece la pertenencia…

ya no eliges.

Te quedas.

No hubo ruptura.

Hubo cambio.

Silencioso.

Incómodo.

Como cuando algo sigue…

pero ya no es igual.

¿Dónde se esconde lo que parecía eterno?

Aprendí a llorar sin querer hacerlo.

A sostener un vacío que no se explica.

La fe seguía ahí.

Pero ya no sostenía.

El tiempo dejó de avanzar.

Se acumulaba.

Y la distancia —mínima— se volvió insalvable.

Seguía sintiéndote en todo.

Pero ya no podía tocarte.

Y eso cambia todo.

No es la ausencia lo que más pesa.

Es la presencia que ya no puedes habitar.

Despertaba con tu recuerdo intacto.

Demasiado real para haber desaparecido.

Y sin embargo…

había desaparecido.

Tardé en entenderlo.

La vida no se había roto.

Había cambiado.

Y yo seguía mirando igual.

No se trataba de amarte.

Se trataba de comprender.

De dejar de construir cárceles con lo vivido.

De salir del miedo.

Respiré.

Y por primera vez, era consciente.

Volví a creer.

No en nosotros.

En algo más amplio.

En la vida con todo lo que trae.

Sin elegir solo lo que gusta.

Descubrí que lo intenso no es lo que quema.

Es lo que permanece.

Aprendí a atravesar.

No a evitar.

A mirar la oscuridad sin huir.

A entender que el cambio no mejora.

Transforma.

CIERRE

Durante mucho tiempo pensé

que lo importante era lo que había perdido.

Me equivoqué.

Lo importante era lo que permaneció

sin hacer ruido.

Porque hay cosas que no se quedan contigo,

pero te cambian la forma de estar en el mundo.

Aprendí que no todo lo que se vive

está hecho para durar.

Que algunas historias no terminan,

simplemente dejan de suceder.

Hoy ya no intento retener nada.

Lo vivido no necesita volver

para seguir siendo verdad.

A veces vuelve una sensación.

Un gesto.

Una forma de mirar.

Y entonces lo entiendo.

No era la historia.

No eras tú.

Era lo que despertó en mí.

La forma en que aprendí a sentir.

A caer.

A perder sin desaparecer.

Y, sobre todo,

a quedarme.

No contigo.

No en el pasado.

En mí.

Porque al final,

cuando todo se va…

lo único que permanece

es la forma en que has aprendido a habitarte.

Y ahí,

sin ruido,

sin urgencia…

la piel, por fin,

aprende a quedarse.

La religión que no se contiene

jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

Diciembre 2011: La religión que no se contiene

La religión de lo que no se contiene

Más que pensarte, te inmortalizo. No como recuerdo, sino como forma de habitarte sin límites, hasta rozar esa locura que no destruye… sino que revela. Te llevo a un lugar que no existe fuera de mí, donde la piel es fuego y la espalda juego, donde los labios son gloria y las manos treta. Un territorio sin normas donde lo que sentimos no pide permiso para ser.

Durante mucho tiempo miré hacia atrás, buscando entender. Pero ya no quedan reglas que saltar, ni aplausos que encandilen el viento. Solo esta certeza limpia que se impone sin ruido: es tiempo de amar de verdad. Con conciencia. Con alma. Con piel.

Y en esa decisión, algo despierta.

No como impulso ciego, sino como una llamada que no se puede ignorar. Te llamo porque te deseo, porque mis letras gritan lo que mis labios silencian. Porque cuando entras en mi espacio, todo cambia de estado. Haces lluvia. Y yo dejo de resistirme.

Me aferro a esa complicidad que no necesita explicarse. A esa alegría contenida en un instante que basta para sostenerlo todo. A ese impulso de desabrochar cada charco de lluvia, de romper lo que limita, de entrar… y no querer salir.

Hay días en los que todo se vuelve más ligero. Donde paseo recuerdos y sonrío sin esfuerzo, como si la infancia aún supiera encontrarme. Otros, en cambio, me pierdo en el magnetismo de lo que eres, en esa sensación de que no solo transformas… sino que abres mundos que no sabía que existían.

Y entonces entiendo que no necesito totalidad.

Me bastan chispazos.

Instantes lo suficientemente intensos como para quedarse. Como para dar sentido. Como para recordar que vivir no es acumular… sino sentir hasta el fondo aquello que toca.

Pensarte es avanzar. Un paso más hacia el centro de lo que eres, hacia ese lugar donde el deseo y la vida se entrelazan sin medida. Donde un beso y una caricia no compiten… se devoran.

Enloquecer, sí.

Pero no perderse.

Sino encontrarse en ese borde donde todo es real.

Porque después de todo, no se trata de poseer.

Se trata de elegir.

Y yo elijo esto:

la anarquía de tus sentimientos

como la única religión posible

de mis deseos.

Vulnerable pero aún en pie

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Noviembre 2011: Vulnerable pero aún el pie

Hay días en los que todo se vuelve más frágil de lo que estás dispuesto a reconocer. No porque falte fuerza, sino porque lo que sientes deja de protegerse. Se expone. Se vuelve blando, casi dulce… como si la vulnerabilidad no fuera una grieta, sino una forma de permanecer abierto aunque duela.

Persigues sombras sabiendo que no se dejan atrapar. Y aun así, las nombras. Las piensas. Las sostienes en ese lugar donde no necesitan existir para ser reales.

No quieres manos constantes sobre tu pecho. No quieres la seguridad impostada de lo que no vibra. Pero darías todo por un instante… por un recuerdo que arda lo suficiente como para quedarse grabado en tu sonrisa.

Amas desde ahí. Desde lo inmóvil. Desde lo abstracto. Desde una perfección que no necesita cuerpo para imponerse.

Hay una magia que no se busca. Aparece.

En lo pequeño. En lo cotidiano. En una lluvia que no incomoda, en un paseo donde el mundo parece alinearse sin esfuerzo. Dos ritmos que encajan sin necesidad de explicarse. Un silencio compartido que no pesa.

Y en medio de ese instante, algo se ordena.

No fuera. Dentro.

El deseo también cambia de forma.

Ya no es solo impulso. Es arquitectura. Es voz que se construye entre espacios invisibles, que se cuela entre costillas, que convierte una pausa en algo casi sagrado. Un gesto. Una respiración. Un roce que no necesita prisa.

Todo ocurre sin ruido… pero deja huella.

Hay días en los que te sientes extraño. Suspendido. Como si el mundo siguiera girando sin preguntarte si quieres ir con él.

El aire pesa distinto.

Las estrellas parecen lejanas.

Y tú… contenido.

No lloras. No por falta de dolor, sino por no perder nada de lo que aún te mantiene en pie.

Porque incluso en ese estado, lo sabes:

esto no es recto

nunca lo ha sido

Y aun así, sigues.

Porque hay algo que no se rompe del todo.

Una fe sin nombre.

Un impulso sin lógica.

Una necesidad de avanzar aunque no sepas exactamente hacia dónde.

Te desafía lo que no controlas.

Lo que no entiendes.

Lo que no puedes cerrar.

Y ahí, en ese límite, aparece el vértigo más limpio: el de querer volar… incluso cuando estás posado.

La vida no se ordena. Se mezcla.

Hay momentos donde lo sagrado y lo caótico conviven sin pedir permiso. Donde te sientes ungido y maldito al mismo tiempo. Donde el carisma no es otra cosa que la capacidad de sostener esa contradicción sin romperte.

Cuando todo parece ceder, haces algo sencillo.

Te acercas.

Buscas el calor de un abrazo. La verdad de una piel. La certeza de un latido que no miente. Y en ese contacto, aunque breve, algo vuelve a brotar.

No como antes.

No igual.

Pero suficiente.

Porque al final, cuando todo se tambalea, solo queda una decisión:

dejar de ser arrastrado

y empezar a sostenerte

Y en ese punto, casi sin darte cuenta, emerges.

No intacto.

Pero vivo.

Y con algo claro, muy claro:

todavía quedan cosas por hacer

y, sobre todo,

cosas por sentir.

Donde lo que sientes se vuelve sagrado

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Octubre 2011 — Donde lo que sientes se vuelve sagrado

Hay un punto en el camino en el que todo deja de ser solo experiencia… y empieza a tener peso.

No por lo que ocurre.

Por lo que significa.

Octubre no es intensidad como julio.

No es elección como agosto.

No es eco como septiembre.

Octubre es otra cosa.

Es cuando miras hacia dentro… y ya no te basta.

Empiezas a buscar sentido.

No en grandes ideas.

En lo concreto.

En una persona.

En un gesto.

En un recuerdo que no se va.

Y ahí aparece algo que no habías nombrado hasta ahora:

lo que sientes… empieza a rozar lo sagrado

No porque sea perfecto.

Porque es irremplazable.

Hay memoria.

No ligera.

No decorativa.

Memoria que pesa.

Recuerdos que no puedes rehacer, pero tampoco soltar. Momentos donde lo que ocurrió ya no se puede tocar… pero sigue influyendo en cómo miras el presente.

Y hay pérdida.

No siempre explícita.

Pero presente.

Como una ausencia que no grita, pero condiciona.

Entonces haces algo muy humano:

conviertes el recuerdo en refugio

No porque sea sano.

Porque es necesario.

Y en paralelo… el cuerpo sigue.

Siente.

Busca.

Se acerca.

Pero ya no es lo mismo.

Antes era impulso.

Ahora es reconocimiento.

Antes era deseo.

Ahora es significado.

Empiezas a tocar con otra intención.

A mirar distinto.

A escuchar incluso lo que no se dice.

Porque ya sabes algo:

no todo lo importante se puede explicar

pero sí se puede sostener

Y en medio de todo, aparece una tensión muy concreta:

entre lo que fue… y lo que aún deseas que sea

No se resuelve.

Se habita.

Octubre es eso:

un espacio donde lo íntimo deja de ser ligero

y empieza a convertirse en parte de tu estructura

No eliges sentirlo así.

Te ocurre.

Y lo aceptas.

Porque en el fondo sabes que hay cosas que no quieres superar.

Solo quieres aprender a llevarlas sin que te rompan.

Donde todo vuelve… distinto

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Septiembre 2011 — Donde todo vuelve… distinto

Hay algo en septiembre que no empuja. No arrastra. No rompe.

Regresa.

Pero no como antes.

Vuelven las voces.

Los lugares.

Los gestos.

Incluso tú.

Pero ya no encajan igual en el mismo sitio donde antes eran naturales. Como si la vida hubiese desplazado unos milímetros cada pieza, lo justo para que todo siga siendo reconocible… y al mismo tiempo extraño.

Hay días en los que necesitas creer en algo. No importa en qué. Solo sentir que hay un hilo que no se rompe del todo, aunque no sepas hacia dónde tira.

Y entonces aparece esa fe rara.

Sin nombre.

Sin forma.

Pero suficiente.

Te descubres hablando con lo que fuiste.

No con nostalgia dulce.

Con una mezcla más honesta.

Sabes que no fuiste plenamente feliz.

Pero tampoco dejaste de serlo.

Y eso, que antes parecía indefinición, ahora empieza a parecer verdad.

La infancia no vuelve.

Pero deja ecos.

Ruidos de fondo.

Olores que no existen ya.

Risas que se cuelan sin pedir permiso.

Y te preguntas en qué momento todo eso se volvió silencio. No dramático. Solo… contenido. Vigilado. Ordenado hasta perder el desorden que lo hacía vivo.

Hay rabia suave.

No explosiva.

Más bien una incomodidad que no termina de irse. Como cuando sabes que algo debería funcionar mejor y no lo hace. Como cuando el mundo se vuelve demasiado correcto para ser real.

Y en medio de todo eso… aparecen las personas.

No como salvación.

Como presencia.

Algunas se quedan en la memoria sin hacer ruido. Otras se resisten a irse, aunque tú ya no las busques. Y hay una que, sin saber muy bien por qué, sigue teniendo un lugar aunque no lo ocupe.

Empiezas a entender algo importante:

no todo lo que permanece… está vivo

y no todo lo que se va… desaparece

Hay noches largas.

Donde la voz no llega.

Donde el recuerdo ocupa más espacio del que debería.

Donde el alma parece quedarse en cualquier rincón y tú sigues adelante sin ella… o eso crees.

Pero no te rompes.

Te observas.

Te separas un poco de lo que sientes para no quedarte atrapado dentro. Como si aprendieras a convivir con tus propias grietas sin necesidad de cerrarlas.

Y aun así… hay belleza.

En lo imperfecto.

En lo incompleto.

En lo que no termina de resolverse.

Porque empieza a gustarte esa forma de estar: sin certezas absolutas, sin finales cerrados, sin necesidad de entenderlo todo.

Septiembre no es regreso.

Es reconocimiento.

Reconocer quién fuiste.

Quién eres.

Y quién ya no necesitas ser.

Y en ese espacio, entre lo que permanece y lo que cambia, aparece algo muy limpio:

no necesitas que todo encaje

solo que algo… sea verdad

Donde aún eliges cuidar

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Agosto 2011 — Donde aún eliges cuidar

Hay algo que cambia en agosto. No es brusco. No hace ruido. Pero se nota. Como cuando, después de mucho deambular, dejas de preguntarte por qué… y empiezas a decidir para quién.

Ya no todo gira en torno a lo que sientes.

Empieza a importar lo que das.

Te descubres observando una sonrisa como si fuera suficiente. No necesitas grandes certezas, ni promesas eternas, ni construcciones imposibles. Te basta con ese brillo leve en los ojos que no pide nada… pero lo cambia todo.

Y entonces lo entiendes sin decirlo:

quieres procurar felicidad

aunque no puedas garantizarla

Siguen existiendo caminos que no convergen. Lo sabes. Lo ves. No todos los encuentros están hechos para encontrarse del todo. Hay abrazos que nacen sabiendo que no llegarán lejos, miradas que contienen más distancia que cercanía.

Pero ya no te detienes ahí.

Porque incluso en lo que no encaja… hay vida.

Hay días en los que te sientes cansado. No de luchar, sino de sostener. Te pesan los pasos. Te pesan los recuerdos. Te pesan incluso las esquinas por las que pasas sin detenerte.

Y en ese cansancio aparece algo honesto:

necesitas que alguien te ayude a atarte los zapatos

No a salvarte.

No a rescatarte.

Solo a acompañarte lo justo para seguir.

También hay dureza.

Ya no idealizas tanto. Detectas la falsedad. La reconoces antes de que termine de desplegarse. Sabes cuándo algo no es real… y aun así, a veces, eliges acercarte.

No por ingenuidad.

Por necesidad de comprobar

que aún eres capaz de sentir

El riesgo vuelve a aparecer. Más afilado.

Hay momentos en los que todo se acelera, donde la intensidad se convierte en vértigo y la entrega roza el límite de no retorno. Y aun así… sigues.

Porque hay algo dentro de ti que ya ha aceptado esa posibilidad.

no todo lo que se vive vuelve

no todo lo que se da se recupera

Y sin embargo, no todo es tensión.

Hay una semilla.

Pequeña.

Casi invisible.

Pero firme.

Entre lo roto, entre lo cansado, entre lo que no encaja… aparece una forma de hogar que no necesita estructura. Un gesto, un aroma, un instante compartido que no pretende durar… pero sí sostener.

Empiezas a ver con claridad algo que antes se mezclaba:

nada es completamente triste

nada es completamente bello

Solo tiempo.

Solo ilusión.

Solo lo que haces con ello.

Y en medio de todo, el cuerpo recuerda.

Las manos.

La piel.

La cercanía.

No como exceso… sino como verdad. Como lenguaje que no miente. Como forma de estar donde no llegan las palabras.

Agosto no es ruptura.

Tampoco es calma.

Es elección.

Elegir quedarte un poco más.

Elegir dar aunque no tengas garantía.

Elegir sentir… aun sabiendo lo que cuesta.

Y quizá eso es lo más limpio que hay en todo este recorrido:

que después de todo

sigues siendo capaz

de hacer feliz sin decir “mío”

Donde arde lo que no se puede retener

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Julio 2011 — Donde arde lo que no se puede retener

Hay días en los que el tiempo deja de ser una línea y se convierte en una pendiente. Resbalas sin darte cuenta, sin caída brusca, pero sin posibilidad de detenerte. Y en ese descenso suave, casi imperceptible, empiezas a entender que no todo está hecho para durar… pero sí para ser vivido con una intensidad que lo justifique.

He aprendido a mirar así.

A través de los restos.

A través de lo que queda en el vidrio después del vino.

A través de lo que ya no está… pero aún impregna.

Y ahí, curiosamente, todo sabe más.

A veces lo llamo magia.

Otras veces, simplemente experiencia.

No hay diferencia real. Solo cambia el nombre con el que te explicas lo que no puedes controlar. Pero en el fondo es lo mismo: una forma de no volverte loco mientras todo se mueve.

Porque todo se mueve.

El deseo.

El recuerdo.

La certeza.

Nada permanece quieto el tiempo suficiente como para construir sobre ello sin riesgo. Y aun así… construyes. No porque sea seguro, sino porque necesitas hacerlo.

Entonces aparece lo pequeño.

Un instante.

No como concepto, sino como refugio.

Dejas de pensar en todo lo que podría ser y eliges lo que está ocurriendo ahora, aunque dure poco, aunque no tenga continuidad, aunque se consuma en sí mismo.

Porque hay algo que ya sabes:

un instante vivido… pesa más que una vida imaginada

Y contigo, eso se multiplica.

No hay medida. No hay proporción. No hay equilibrio. Solo una especie de corriente que te arrastra y te devuelve al mismo punto… distinto.

Te acercas y te pierdes.

Te entregas y te reconstruyes.

Veneno y antídoto en la misma piel.

Pero también hay preguntas.

No las resuelves.

No hace falta.

¿Por qué más cuando menos basta?

¿Por qué insistir cuando ya duele?

¿Por qué una vida… si no alcanza?

No buscas respuestas. Solo constatas que el exceso y la falta conviven en el mismo espacio.

Hay una urgencia.

No de posesión.

De existencia.

Como si amar fuera respirar bajo el agua el tiempo justo antes de ahogarte. No puedes quedarte ahí… pero tampoco quieres salir.

Y sin embargo, hay un punto donde todo se rompe.

No hacia fuera.

Hacia dentro.

Tienes palabras para todo. Mundos enteros construidos con ellas. Pero llega un momento en que no sirven. Donde el lenguaje se rinde y solo queda el silencio, cargado, denso, lleno.

Ahí es donde más dices.

Julio es eso:

explosión sin ruido

intensidad sin medida

presencia sin promesa

Nada se sostiene.

Pero todo deja huella.

Y quizá por eso sigues.

No por lo que permanece,

sino por lo que, aun deshaciéndose,

merece ser vivido hasta el último milímetro.

Aprender a sostener lo que no encaja

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Junio 2011 — Aprender a sostener lo que no encaja

Hay un momento en el que dejas de intentar entenderlo todo. No porque renuncies, sino porque comprendes que hay cosas que no se ordenan, que no encajan, que no terminan de definirse… y aun así siguen estando.

Junio es eso.

No es ruptura.

No es plenitud.

Es permanencia incómoda.

Aprendes a sobrevivir con poco. No en lo material, sino en lo emocional. Dos gestos. Apenas dos. Y con eso construyes un día entero. No porque te baste… sino porque te has adaptado.

Te apartas de la soledad y, al mismo tiempo, te sumerges en ella. Sin contradicción aparente. Como si ambas cosas ya no fueran opuestas, sino parte del mismo movimiento.

Empiezas a ver los límites con claridad.

Ya no es intuición.

Es evidencia.

Dos mundos no siempre pueden sostenerse dentro de uno solo. No porque no quieras, sino porque hay una línea invisible que, cuando la ves, ya no puedes ignorarla. Y entonces algo se rompe. No de forma estruendosa. Más bien como una grieta silenciosa que atraviesa lo que dabas por estable.

Hay dolor.

Pero no es dramático.

Es más frío.

Como aprender a sangrar sin sentido. Como vaciar principios que creías inamovibles y observar cómo caen sin hacer ruido. Eso descoloca más que cualquier golpe.

Y aun así… sigues deseando.

El deseo no desaparece. Se transforma. Se vuelve más peligroso incluso, porque ya no es ingenuo. Sabes lo que implica. Sabes lo que puede costar. Y aun así lo sostienes.

Hay algo casi adictivo en ese modo de vivir. En buscar lo invisible, en perseguir lo que no se deja atrapar del todo. En caminar sobre una línea que no promete estabilidad, pero sí intensidad.

También aparece la lucidez.

No todo es oscuridad.

Hay momentos de una claridad casi brutal en los que te defines sin adornos:

soy deseo

soy ternura

soy infinito y destello

soy vulnerable bajo lo inmenso

No necesitas explicarlo.

Solo reconocerlo.

Y en medio de todo, hay algo que se mantiene:

la necesidad de contacto.

Aunque sea mínima.

Aunque sea breve.

Aunque sean solo dos gotas.

Porque a veces no necesitas más para reconstruir un mundo entero. No desde la grandeza, sino desde lo esencial.

Empiezas a aceptar algo que antes evitabas:

no todo lo que sientes está hecho para quedarse

no todo lo que deseas está hecho para cumplirse

Pero eso no te detiene.

Te define.

Así que sigues.

Sin resolver del todo.

Sin cerrar del todo.

Sin renunciar del todo.

Sembrando huella.

Aunque no sepas exactamente dónde termina el camino.

Aunque no tengas certeza de que alguien lo siga.

Aunque a veces ni siquiera tengas claro por qué empezaste.

Porque hay algo más fuerte que la duda:

la necesidad de vivirlo.

Y eso…

aunque no encaje,

aunque duela,

aunque no tenga forma…

es suficiente para seguir.

Lo que no se alcanza

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Mayo 2011 — Lo que no se alcanza

Hay etapas en las que uno deja de pertenecer. No a un lugar, ni a una persona… sino a una sensación. Como si aquello que antes te sostenía ahora se hubiese desplazado apenas unos centímetros, lo justo para que no puedas alcanzarlo del todo.

Te conviertes en eso:

un emigrante de lo que sentías

un apátrida del consuelo

No porque no exista…

sino porque ya no encaja igual en ti.

Sigues deseando.

Pero el deseo cambia.

Antes era impulso.

Ahora es conciencia.

Sabes lo que buscas, lo reconoces cuando aparece, incluso sabes describirlo con precisión… pero no siempre puedes tocarlo. Y ahí hay algo duro: tener la capacidad de ver la belleza… y no alcanzarla.

Eso pesa más que no verla.

Empiezas a entender que el tiempo no es lineal.

Que puedes haber vivido tarde lo que otros vivieron pronto.

Y envejecido antes en cosas que aún deberían ser ligeras.

No es una queja.

Es una constatación.

Has comprimido etapas.

Y ahora pagas el ajuste.

Aun así, no te detienes.

Hay algo en ti que no acepta orillas claras. Que no necesita certezas para avanzar. Te mueves en lo incierto con una naturalidad que desconcierta, incluso a ti mismo.

No sabes exactamente hacia dónde.

Pero sabes que no es atrás.

Y en medio de todo eso… aparece la contradicción.

Porque puedes sentirte fuerte al tener cerca a alguien…

y al mismo tiempo completamente expuesto.

Puedes encontrar refugio…

y seguir sintiendo frío.

Puedes amar…

y no terminar de descansar.

Aquí entra una de las verdades más limpias del mes:

👉 hay magia en lo que no está entero

En lo roto.

En lo que ha sido atravesado.

En lo que ya no es perfecto.

Porque lo perfecto protege… pero también oculta.

Y tú empiezas a desconfiar de esa superficie limpia.

El deseo se vuelve más directo.

Menos discurso.

Más presencia.

Beso por beso.

Sin rodeos.

Sin explicaciones innecesarias.

Porque cuando algo es real, no necesita ser defendido.

Pero hay cansancio.

Y no lo escondes del todo.

Aparece en preguntas que no respondes.

En recuerdos que convocas sin ganas.

En la sensación de que algo que antes brotaba solo… ahora hay que buscarlo.

Y eso incomoda.

Entonces surge el punto clave del mes:

👉 los ciclos también se agotan

No como fracaso.

Como ley.

Todo lo que crece…

también se desplaza, se transforma o se apaga.

Y resistirse a eso desgasta más que aceptarlo.

Así que te mantienes en una posición difícil:

ni te rindes

ni fuerzas lo que ya no fluye igual

Observas.

Sostienes.

Sigues.

Porque aunque no alcances todo lo que ves…

aunque no puedas retener todo lo que sientes…

sigues teniendo algo que no se ha roto:

👉 la capacidad de reconocerlo

Y eso…

aunque no lo parezca,

también es una forma de pertenecer.

Al borde sin caer

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Abril 2011 — Al borde sin caer

Hay un lugar donde todo ocurre justo antes de suceder. Un instante suspendido en el que el deseo aún no se consuma, pero ya ha tomado forma. Ahí es donde me gusta vivir. A dos milímetros del cielo. Lo suficiente cerca para sentirlo, lo bastante lejos para no agotarlo.

No busco la culminación. Busco ese punto exacto donde lo deseado y lo conseguido se rozan sin anularse. Donde el abrazo aún no se ha cerrado y, sin embargo, ya lo estás sintiendo. Ese aroma previo, esa tensión que no pide resolverse porque en ella misma ya existe plenitud.

Y tú… apareces ahí.

Sin necesidad de imponerte. Sin esfuerzo. Sin artificio. Hay algo en tu presencia que no compite, que no exige, que simplemente es. Y en ese ser, desplazas todo lo demás. No por intensidad, sino por verdad.

Pero no todo es equilibrio.

Hay días en los que el límite se vuelve real. En los que sientes que estás caminando sobre algo que podría quebrarse en cualquier momento. No por debilidad, sino por exceso. Demasiado sentir, demasiado pensar, demasiado sostener.

Me llevas ahí.

Al borde.

Donde todo vibra más de lo que debería. Donde el control se diluye y la certeza deja de ser necesaria. Y sin embargo, no caigo. No porque no pueda, sino porque he aprendido a sostenerme en ese filo sin necesidad de dar un paso atrás.

Mi mundo no tiene patria. No se define por límites ni por pertenencias. Se construye donde decido estar, no donde me colocan. No sigo banderas, sigo impulsos. Y en ese movimiento hay una coherencia que no necesita explicación.

No soy errante.

Pero tampoco soy estático.

Avanzo.

A veces con claridad.

A veces a ciegas.

Y aun así, hay momentos de pausa.

Momentos en los que dejo de empujar y observo. Donde permito que el tiempo actúe sin intervenir. No como rendición, sino como respeto. Porque no todo se conquista. Hay cosas que solo se revelan cuando dejas de forzarlas.

He conocido lugares que no existen.

Espacios donde las reglas no aplican, donde las distancias se acortan sin recorrerlas, donde el tiempo no pesa. Un planeta sin nombre donde todo parece posible porque nada necesita justificarse.

Ahí también estás.

No como figura, sino como sensación. Como algo que no se puede retener, pero tampoco olvidar. Un eco que no desaparece aunque cambie el sonido.

Y sin embargo, sigo aquí.

Con los pies en lo real.

Con el cuerpo sujeto al tiempo.

Con la conciencia de que todo lo que siento tiene un límite, aunque no lo quiera.

Hay días en los que me reconozco vulnerable.

No desde la debilidad, sino desde la exposición. Desde el hecho de saber que hay partes de mí que no controlo, que no domestico, que simplemente… aparecen. Y cuando lo hacen, no lucho contra ellas.

Las observo.

Las dejo ser.

Porque he entendido algo que antes evitaba:

no todo lo que eleva… protege

y no todo lo que duele… destruye

Así que me quedo.

En ese borde.

En esa tensión.

En ese equilibrio inestable que, lejos de romperme, me define.

No quiero más control.

No quiero más distancia.

No quiero más explicación.

Quiero esto.

Tal y como es.

Sin adorno.

Sin red.

Sin garantías.

Porque al final, lo único que importa no es cuánto te acercas al límite…

sino si eres capaz de vivir ahí

sin dejar de ser tú.