En tu dirección
No es mi final.
Hay pasos en la niebla.
Vamos juntos.
No sé cuándo empecé a caminar hacia ti.
Recuerdo haber levantado alguna vez la vista y descubrir que estaba un poco más cerca. Nada extraordinario. Unos pasos que no recordaba haber decidido, como cuando uno regresa a casa pensando en otra cosa y, de pronto, reconoce su calle.
Supongo que hay caminos que empiezan así.
Sin cartel.
Sin mapa.
Sin esa voz que nos asegura que vamos bien.
Simplemente un día descubrimos que nuestros pies llevan algún tiempo insistiendo en la misma dirección.
Durante años pensé que prepararse para la vida consistía en intentar verla venir.
Mirar un poco más lejos.
Escuchar antes de hablar.
Aprender de cada caída dónde estaba la piedra.
Recordar quién había movido primero la última vez.
Con los años uno termina reuniendo una pequeña colección de señales. Aprende a distinguir algunas nubes, determinados silencios, esa forma que tienen ciertas palabras de esconder otra cosa detrás.
Y funciona.
Hasta que deja de funcionar.
Porque siempre aparece algo que no estaba cuando dibujamos el mapa.
A veces entra haciendo ruido.
Otras se sienta discretamente a nuestro lado y tardamos meses en comprender que desde aquel momento ya nada volvió a estar exactamente en el mismo sitio.
Quizá por eso ya no me preocupa tanto no verlo todo.
Me basta con estar.
Preparado no para aquello que espero, sino para levantar la cabeza cuando ocurra lo que jamás había esperado.
Puede que por eso me acerque a ti.
Todavía no sé si vienes hacia mí.
Desde aquí es difícil saberlo.
A veces me parece que sí.
Otras pienso que simplemente nuestros caminos están coincidiendo durante un rato y que cualquiera de los dos podría doblar una esquina y desaparecer.
No pasa nada.
Continúo.
Hay algo tranquilizador en aceptar que vemos muy poco.
La superficie engaña.
Debajo de un trozo de hielo que apenas asoma puede esconderse suficiente peso para abrir un barco en dos. Pero también existen tierras que durante siglos estuvieron detrás de una línea de horizonte que alguien confundió con el final del mundo.
Quizá la infinitud sea precisamente eso.
No un lugar enorme.
Sino todo lo que existe un centímetro después de donde alcanza nuestra mirada.
He tenido miedo de ese centímetro.
Alguna vez todavía lo tengo.
Pero he vivido suficiente para saber que algunas de las cosas que más cambiaron mi vida llegaron desde allí.
Personas que no esperaba.
Puertas que no estaba buscando.
Golpes que me obligaron a sentarme durante un rato.
Y alguna mano que apareció cuando estaba demasiado ocupado mirando la herida para darme cuenta de quién me la estaba ofreciendo.
También ocurrió al contrario.
Alguna vez fui yo quien tendió la mano.
Y hubo ocasiones en las que no habría sabido decir quién estaba ayudando a quién.
Hace poco vi a un chico caminando con su madre.
Ella iba unos pasos detrás.
Después se acercó.
Durante un momento caminaron juntos y algo en aquella escena me hizo preguntarme quién cuidaba a quién.
Seguí andando.
La pregunta vino conmigo.
Quizá porque con las personas sucede eso.
Nos empeñamos en asignar papeles.
El fuerte.
El débil.
El que protege.
El protegido.
El que sabe.
El que necesita aprender.
Y después llega una mala noche y quien ayer necesitaba nuestro hombro es quien esta mañana nos prepara café mientras nosotros intentamos recordar cómo se empezaba el día.
Llévame contigo.
O yo te llevo.
Da igual.
Ya cambiaremos cuando haga falta.
Ni siquiera necesito que hayamos comenzado del mismo lado.
He visto personas que llegaron hacia mí con los puños cerrados y terminaron sentándose a mi mesa.
También algunas que se sentaron primero y un día descubrí al otro lado.
La vida tiene poco respeto por nuestras alineaciones.
Quizá por eso intento no confundir nunca una posición con una persona.
Hay adversarios que nos enseñan cosas que ningún amigo se habría atrevido a decirnos.
Y amigos que alguna vez tienen que marcharse por un camino que nosotros no podemos recorrer.
No todos los que entran con nosotros salen.
Y algunos de los que salen a nuestro lado entraron por otra puerta.
Con los años, además, el camino parece estrecharse.
No porque haya menos gente en el mundo.
Quizá porque uno aprende a distinguir mejor las miradas.
Hay quien nos mira a los ojos.
Hay quien mira la silla en la que estamos sentados.
Desde lejos parecen la misma mirada.
De cerca, no.
Por eso algunas alturas tienen habitaciones demasiado grandes.
Sobran sillas.
Y uno empieza a valorar de otra manera a quien entra, se sienta donde encuentra sitio y sigue hablando exactamente igual que cuando nuestra mesa era mucho más pequeña.
A esas personas conviene reconocerlas.
Quizá alguna seas tú.
Sigo sin saberlo.
Por eso me acerco.
Hay otra cosa que tampoco he conseguido comprender del todo.
En algún lugar dentro de nosotros parece vivir alguien que apenas conocemos.
No suele intervenir cuando todo va bien.
Entonces hablamos nosotros.
Decidimos.
Hacemos planes.
Nos permitimos incluso esa pequeña arrogancia de creer que sabemos quiénes somos.
Pero alguna vez todo se queda en silencio.
La habitación conocida desaparece.
Aquello que pensábamos que nunca perderíamos ya no está.
Y entonces, desde algún sitio al que no sabíamos llegar, aparece un movimiento pequeño.
No una voz.
Ni una revelación.
Un movimiento.
Como una mano buscando a oscuras el borde de la cama.
Un pie encontrando el suelo.
El otro tardando un poco más.
Después la cocina.
Un vaso.
Agua.
Y una ventana todavía negra.
Nada ha cambiado.
Pero estamos de pie.
Nunca he sabido quién se levantó primero aquella mañana.
Quizá llevemos dentro a alguien esperando su turno.
Alguien que solo puede aparecer cuando el que éramos ya no sabe continuar.
Porque algunas cosas nos matan sin conseguir enterrarnos.
Un lugar que desaparece.
Una persona que se va.
Aquello por lo que habíamos trabajado durante años y que una mañana deja de pertenecernos.
Una vida imaginada que nunca ocurre.
Después seguimos respirando con cierta incredulidad.
Al principio casi por educación.
Más tarde porque entra hambre.
Un día porque alguien cuenta una estupidez y se nos escapa una risa que inmediatamente parece fuera de lugar.
Hasta que dejamos de pedirle permiso a lo perdido para continuar.
Entonces comprendemos que aquello sí terminó.
Lo que no terminó fuimos nosotros.
Este no es mi final.
Nunca lo ha sido.
Quizá por eso tampoco consigo mirar la muerte como una pared.
Me parece demasiado rotunda para todo lo que desconozco.
Prefiero imaginar una puerta.
No sé qué hay detrás.
Y no pienso inventármelo para tranquilizarme.
Tal vez haya algo.
Tal vez aquello que llamamos alma encuentre una forma que desde aquí no sabemos reconocer.
Quizá solo quede lo que dejamos en otros.
O puede que exista una respuesta tan distinta de nuestras preguntas que ni siquiera sepamos formularla todavía.
No lo sé.
Pero una puerta me basta.
He atravesado muchas.
Algunas las abrí yo.
Otras se cerraron detrás de mí antes de que pudiera decidir si quería marcharme.
Más de una vez pensé que allí terminaba algo demasiado importante.
Y era verdad.
Terminaba.
Solo que después empezaba otra cosa.
Casi nunca inmediatamente.
Primero suele venir la noche.
Hay noches que parecen tener peso.
Se apoyan sobre los muebles, llenan los rincones y consiguen que incluso nuestra propia casa parezca un lugar desconocido.
Entonces uno espera.
No siempre con esperanza.
A veces simplemente porque no sabe hacer otra cosa.
Hasta que debajo de una puerta aparece una línea muy fina.
No ilumina la habitación.
Ni falta que hace.
Basta para saber que al otro lado la oscuridad ya ha empezado a perder terreno.
Quizá vivir sea aprender a reconocer esas rendijas.
Y seguir.
Con todo lo que llevamos dentro.
Con aquello que aprendimos.
Con lo que amamos.
También con lo que alguna vez odiamos.
Con las cicatrices que ya no recordamos cómo nos hicimos y con alguna herida que todavía protesta cuando cambia el tiempo.
Nada sobra del todo.
Todo eso ha venido caminando con nosotros.
Pero sospecho que no avanzamos únicamente empujados por lo que dejamos atrás.
Hay algo delante.
Algo que todavía no tiene rostro.
Y algunas veces siento que tira suavemente de mí.
Quizá seas tú.
Quizá sea quien seré después de encontrarte.
Tal vez seas una persona que aún no conozco, una conversación que todavía no ha sucedido, un lugar, una idea, una última puerta.
O quizá seas simplemente una parte de mí que lleva años esperando a que me acerque lo suficiente para reconocerla.
No necesito saberlo.
Esta vez puedo caminar sin mapa.
Si tienes miedo, dame la mano.
Si soy yo quien lo tiene, espero que me dejes buscar la tuya.
Y si alguna vez nos encontramos frente a frente creyendo que veníamos de lugares distintos, antes de decidir qué hacer podríamos preguntarnos hacia dónde íbamos.
A lo mejor nos llevamos una sorpresa.
Todavía queda mucho que no vemos.
Por fortuna.
Porque empiezo a pensar que una vida completamente previsible sería una habitación sin puertas.
Y yo aún escucho algo al otro lado.
No sé qué dice.
Ni siquiera estoy seguro de que me esté llamando.
Pero llevo un rato caminando.
Y cuando levanto la vista descubro que, otra vez,
estoy un poco más cerca de ti.
