Que la vida nos encuentre dentro de ella
Hay días en los que uno se siente como un niño con zapatos nuevos.
No ha cambiado el mundo. Probablemente tampoco haya cambiado nada verdaderamente importante. Y, sin embargo, caminamos de otra manera. Miramos nuestros pies, sonreímos, aceleramos el paso. Quizá hasta buscamos a alguien para enseñárselos.
Durante unos minutos no intentamos comprender la alegría.
La vivimos.
Después crecemos.
Y aprendemos tantas cosas útiles que alguna vez corremos el riesgo de olvidar aquella.
Aprendemos a protegernos, a anticiparnos, a calcular, a interpretar gestos, a distinguir amenazas, a esconder inseguridades. Construimos una apariencia que nos permite caminar entre los demás con cierta solvencia y aprendemos incluso a parecer seguros cuando no lo estamos.
No necesariamente mentimos.
A veces simplemente nos protegemos.
Una sonrisa puede ser simpatía.
O simpatía superficial.
Una apariencia impecable puede expresar quiénes somos.
O convertirse en escudo.
Y no pasa nada.
Los escudos existen porque alguna vez hubo flechas.
El problema empieza cuando deja de haberlas y seguimos caminando con el escudo levantado.
Quizá vivir consista, entre otras cosas, en aprender a leer el entorno.
Lo hacen los animales desde mucho antes que nosotros.
Interpretan el viento, el peligro, el territorio, la oportunidad. Nosotros añadimos a ese instinto algo extraordinario: memoria, imaginación, experiencia, empatía, razón.
Podemos mirar lo que ocurre y preguntarnos qué significa.
Podemos decidir.
Podemos cambiar.
Eso nos convierte en magníficos supervivientes.
Pero sobrevivir no basta.
Porque uno podría construir una existencia tan protegida que nada consiguiera herirlo y descubrir, demasiado tarde, que tampoco nada consiguió tocarlo.
Y entonces habría que hacerse una pregunta incómoda:
¿de qué sirve conservar extraordinariamente bien una vida que apenas estamos viviendo?
Quizá por eso confundimos con tanta facilidad control y pericia.
Cuando el mar está en calma es sencillo sentirse capitán.
El barco responde.
El horizonte permanece quieto.
El viento parece obedecer.
Y durante un rato podemos cometer la ingenuidad de pensar que somos nosotros quienes controlamos el océano.
Hasta que llega la marejada.
Entonces descubrimos la diferencia.
El buen navegante no es quien domina el mar.
Es quien sabe leerlo.
Agarra el timón cuando debe hacerlo.
Recoge vela.
Corrige.
Espera.
Avanza.
Retrocede.
Y alguna vez comprende que la decisión más inteligente consiste en dejar que una ola pase debajo del barco sin enfrentarse a ella.
Eso no es pasividad.
Es oficio.
Porque hay algo todavía más importante que aprender a navegar:
comprender que también somos parte del mar.
Unas veces timón.
Otras vela.
Alguna vez ola en la vida de alguien.
Puerto.
Marejada.
Incluso naufragio.
No estamos frente a la vida intentando someterla.
Estamos dentro.
Y pertenecer cambia completamente las reglas.
También obliga a reconciliar dos viejos adversarios.
La mente y el corazón llevan siglos soportando un matrimonio de conveniencia.
Uno presume de sensato.
El otro, de auténtico.
La mente acusa al corazón de imprudente.
El corazón acusa a la mente de cobarde.
Y mientras discuten sobre quién debería gobernarnos, la vida continúa sucediendo.
Quizá ninguno deba ganar.
La mente puede enseñarnos dónde estamos.
El corazón puede recordarnos por qué merece la pena ir.
Y entre ambos tendremos que decidir el rumbo.
Sin garantías.
Porque no siempre estamos tan seguros como aparentamos.
Y menos mal.
La duda nos obliga a seguir mirando.
La certeza absoluta deja de hacer preguntas.
También por eso necesitamos misericordia.
En el Quijote encontramos una recomendación formidable: si alguna vez hemos de doblar la vara de la justicia, que no sea por la dádiva, sino por la misericordia.
Qué difícil resulta aplicarla.
Especialmente con nosotros mismos.
Nos juzgamos por decisiones tomadas con información que entonces no teníamos.
Nos reprochamos no haber sabido aquello que todavía estábamos aprendiendo.
Convertimos errores en condenas y equivocaciones en identidad.
Quizá haya llegado el momento de doblar un poco esa vara.
No para absolvernos de todo.
No para convertir la misericordia en complacencia.
Sino para reconocer algo elemental:
vivir también consiste en aprender mientras vivimos.
No existe ensayo general.
Y eso significa que alguna vez nos equivocaremos durante la función.
No pasa nada.
No todo lo que duele resta.
No todo lo que termina fue una pérdida.
No toda equivocación merece llamarse fracaso.
Hay experiencias cuyo valor solo comprendemos años después.
Y algunas quizá nunca podamos calcularlo.
Porque la vida no es una cuenta de resultados.
Una marejada atravesada suma mar.
Una equivocación puede sumar criterio.
Una decepción puede sumar discernimiento.
Una cicatriz suma historia.
Una persona que pasó por nuestra vida puede seguir formando parte de ella aunque ya no esté.
Incluso el miedo, cuando conseguimos atravesarlo, puede terminar convirtiéndose en territorio conocido.
No necesitamos romantizar lo malo.
Hay cosas que duelen y punto.
Pero tampoco necesitamos concederles el derecho de decidir qué hacemos después.
Que nos afecten.
Que nos conmuevan.
Que alguna vez nos derriben.
Pero que no nos gobiernen.
Eso también es fortaleza.
No sentir menos.
Sentir y conservar la libertad de elegir el siguiente movimiento.
Quizá por eso deberíamos dejar de preguntarnos continuamente cuánto podemos perder.
La supervivencia hace inventario.
La vida incorpora.
Personas.
Lugares.
Errores.
Carcajadas.
Despedidas.
Conocimiento.
Miedos.
Deseos.
Marejadas.
Calmas.
Todo puede ensanchar el territorio.
Hasta las manchas.
Porque algún día aquellos zapatos nuevos acabarán sucios.
Y sería absurdo pensar que la mancha fue el precio de haber corrido.
La mancha demuestra que corrimos.
Que estuvimos allí.
Que entramos en el charco.
Que durante unos segundos nos importó bastante más vivir que conservar impecables los zapatos.
Tal vez necesitemos recuperar algo de aquel niño.
No su ingenuidad.
Su disponibilidad.
La capacidad de permitir que algo nos sorprenda sin preguntarnos inmediatamente cuánto durará.
De disfrutar un buen momento sin convertirlo en algo que debemos controlar.
De aceptar que no toda alegría necesita explicación ni todo instante hermoso un plan para repetirse.
Porque también podemos estropear la calma intentando gobernarla.
Hay un viejo dicho que asegura que el diablo, cuando se aburre, mata moscas con el rabo.
Quizá nosotros hagamos algo parecido.
Cuando todo marcha bien, buscamos qué corregir.
Analizamos demasiado.
Anticipamos peligros.
Tocamos innecesariamente los mandos.
A veces hasta inventamos tormentas para demostrar que sabemos navegar.
Dejemos tranquilas a las moscas.
Cuando haya calma, vivamos la calma.
Cuando llegue la marejada, tendremos oficio.
Y cuando aparezca una oportunidad, procuremos no recibirla únicamente con la lista de todo cuanto podría salir mal.
Porque la vida no nos pide que salgamos indemnes de ella.
Nos pide algo bastante más hermoso:
que estemos dentro.
Que participemos.
Que sintamos.
Que aprendamos.
Que alguna vez agarremos con fuerza el timón.
Y que otras tengamos suficiente confianza para soltarlo.
Que sepamos protegernos sin convertirnos en nuestra armadura.
Que tengamos criterio sin perder espontaneidad.
Que la mente y el corazón dejen de competir y aprendan a mirar juntos hacia el horizonte.
Que cuando sea necesario sepamos sobrevivir.
Pero que nunca confundamos sobrevivir con vivir.
Y quizá, si somos capaces de hacerlo, ocurra algo inesperado.
Dejaremos de contemplar la vida como algo que debemos conservar y empezaremos a descubrirla como algo que podemos ensanchar.
Entonces cambia la pregunta.
Ya no es:
¿Qué puedo perder?
Es:
¿Qué puedo incorporar?
Qué persona.
Qué conversación.
Qué aprendizaje.
Qué viaje.
Qué error.
Qué abrazo.
Qué miedo atravesado.
Qué instante absurdo.
Qué zapatos nuevos.
Qué mar.
No necesitamos esperar a estar preparados.
Nunca lo estaremos completamente.
No necesitamos tener todas las respuestas.
Ni controlar el océano.
Ni sentirnos permanentemente seguros.
Necesitamos estar.
Aquí.
Ahora.
Dentro.
Así que, si alguna vez dudas entre conservar impecables los zapatos o entrar en el charco, recuerda algo.
Siempre habrá tiempo para limpiarlos.
Pero ese charco, esa persona, esa oportunidad, esa conversación, ese instante…
quizá no vuelva.
Que la vida nos encuentre dentro.
Con la mente despierta.
El corazón disponible.
Las manos preparadas para el timón.
Y los zapatos, si hace falta,
llenos de barro.
