¿Porqué sangraban los mocanes?
Hay preguntas que sobreviven a quienes las formularon.
No buscan una respuesta. Buscan un lugar donde seguir respirando.
Desde la primera vez que escuché a Pedro Guerra cantar «¿Y sangraron los mocanes?» comprendí que aquella no era una imagen sobre unos árboles. Era una pregunta sobre nosotros.
Porque todos hemos sangrado alguna vez sin que nadie viera la herida.
Durante años creí que la vida consistía en acertar. En construir empresas, sostener una familia, no fallar, no decepcionar, demostrar que era buena persona. Había una voz silenciosa que me acompañaba siempre. No me pedía ser el mejor. Me pedía demostrar que era suficiente.
Qué extraño resulta descubrir, con el paso de los años, que las mentiras más difíciles de desmontar nunca las dijeron los demás. Las pronunciamos nosotros con nuestra propia voz.
Creí que era egoísta cuando solo estaba intentando sobrevivir.
Creí que era incapaz de mantener las cosas cuando, en realidad, tenía la valentía —o la necesidad— de abandonar aquello que ya no tenía vida.
Creí que el reconocimiento de los demás era la prueba de que había vivido bien.
Y ninguna de esas tres cosas era verdad.
La vida me enseñó mucho antes a resistir que a comprender.
Supe cerrar empresas antes de entender por qué me dolía haberlas cerrado.
Supe seguir adelante antes de comprender el peso de la incertidumbre de mirar a tu familia y preguntarte si serás capaz de sostenerla mañana.
Supe alejarme de personas que me hacían daño antes de descubrir que perdonar no siempre significa permanecer.
A veces creemos que hemos superado una etapa porque hemos dejado de llorarla.
No es cierto.
Muchas veces solo hemos aprendido a caminar con ella.
Comprender llega después.
A veces décadas después.
Y entonces descubres que la pregunta importante nunca fue por qué ocurrió aquello.
La verdadera pregunta era quién empezaste a ser desde aquel día.
Cuando era joven quería ser inmortal.
No lo decía con palabras, pero vivía como si el tiempo fuera un adversario al que pudiera vencer trabajando más, haciendo más, empezando más cosas.
Hoy ya no.
Hoy solo quiero conservar la dignidad suficiente para afrontar con serenidad todo lo que todavía no conozco.
No porque haya dejado de tener miedo.
Sino porque he dejado de creer que el miedo decide mi destino.
Hay un momento silencioso en toda vida en el que comprendemos que el azar puede escribir el primer capítulo de muchas historias.
Pero nunca el último.
Ese vuelve a pertenecer a nuestras decisiones.
Y quizá esa sea la diferencia entre sobrevivir y vivir.
Sobrevivir consiste en salir del incendio.
Vivir consiste en entender cómo empezó el fuego para que deje de gobernar la casa.
Durante mucho tiempo pensé que necesitaba dejar huella.
Ahora sospecho que las huellas nunca fueron lo importante.
Lo importante era aprender a caminar.
Porque llega un día en que dejas de mirar hacia atrás para comprobar si alguien sigue tus pasos.
Y descubres que el único al que debías convencer ya no existe.
Aquel hombre que necesitaba ser reconocido hizo su trabajo.
Gracias a él llegaste hasta aquí.
Ahora le toca descansar.
Quizá por eso sigo regresando a aquella pregunta.
No para responderla.
Sino para recordar que todos llevamos dentro algún mocán que sangró en silencio.
Y que la verdadera victoria nunca consistió en evitar la herida.
Consistió en que un día dejara de decidir quién éramos.
Porque hay una libertad que no concede el tiempo.
La concede la comprensión.
Y cuando por fin llega, el pasado deja de ser un destino.
Se convierte, simplemente, en el lugar desde el que empezamos a escribir el siguiente capítulo.
