Donde la emoción aprende a quedarse

sábado, abril 25, 2026 Permalink 0

2020 Donde la emoción aprende a quedarse

Hubo un tiempo en que todo ardía sin medida.
En que cada palabra era una huida hacia adelante
y cada abrazo, una forma de no caer.

Vivía como quien se lanza al mar
sin saber si hay fondo,
sin preguntarse siquiera si quiere volver.

Amaba así.
Pensaba así.
Escribía así.

Y, sin embargo, algo empezó a cambiar.

No fue un golpe.
No fue una pérdida concreta.
Fue más sutil… más incómodo.

Empecé a quedarme.

A quedarme en las preguntas que antes evitaba.
A sostener el silencio sin llenarlo de metáforas.
A mirar lo que sentía sin necesidad de embellecerlo.

Descubrí que la emoción no necesita gritar
para ser verdad.
Que el deseo no pierde fuerza por ser comprendido.
Que el dolor, cuando no se disfraza,
deja de ser enemigo.

Aprendí que no todo lo intenso es profundo.
Y que lo profundo, casi siempre,
es más sencillo de lo que uno quiere admitir.

Dejé de acumular imágenes
y empecé a elegirlas.
Dejé de escribir para impresionar
y empecé a escribir para no mentirme.

Y en ese tránsito —incómodo, lento, necesario—
algo se ordenó.

No dejé de sentir.
Pero dejé de desbordarme.

No dejé de buscar.
Pero entendí que no todo merece ser perseguido.

No dejé de amar.
Pero dejé de hacerlo como quien se pierde.

Ahora, cuando escribo,
no intento salvar nada.
No intento retener a nadie.
No intento demostrar.

Solo dejo que lo vivido
ocupe su lugar exacto.

Ni más grande.
Ni más pequeño.

Porque al final,
después del fuego,
después del ruido,
después de todas las versiones de uno mismo…

queda esto:

una emoción que ya no huye,
una verdad que no necesita adornos,
y una forma de estar en el mundo
que, por primera vez,
no pide permiso para quedarse.

2019 Lo que queda cuando dejas de arder

sábado, abril 25, 2026 Permalink 0

Lo que queda cuando dejas de arder

Hubo un tiempo en que todo era impulso.
No había medida, ni cálculo, ni descanso.
Sentía como quien cae: sin preguntarse por la altura, sin prever el impacto.
Amar era avanzar.
Desear era suficiente.
Y perder… apenas una posibilidad remota que no merecía atención.

Pero el tiempo no negocia con la intensidad.
La observa. La deja expandirse. Y después, la recoge.

Fueron llegando los cortes sin anuncio.
Las decisiones que no tomé y también las que tomé mal.
Los silencios que no supe interpretar.
Las manos que solté antes de tiempo.
Las que retuve cuando ya no había nada que sostener.

Y entonces, sin épica, sin ruido,
empecé a apagarme.

No de golpe.
No como quien se rinde.
Sino como quien entiende.

Entiende que no todo lo que arde ilumina.
Que hay fuegos que solo consumen.
Que hay pasiones que no construyen nada más allá de su propio estallido.

Me vi desde fuera.
Cansado de repetir la misma intensidad con distintos nombres.
De llamar destino a lo que era inercia.
De confundir profundidad con exceso.

Y dolió.
No el golpe.
Sino la claridad.

Porque cuando dejas de arder,
desaparece la excusa.

Ya no puedes esconderte en la intensidad.
Ni justificarte en el impulso.
Ni disfrazar de verdad lo que solo era necesidad.

Te quedas ahí.
Con lo que realmente eres cuando nadie te empuja.
Cuando nadie te salva.
Cuando nadie te sostiene.

Y entonces aparece lo importante.

No lo brillante.
No lo urgente.
No lo que deslumbra.

Lo que queda.

Una forma distinta de mirar.
Más lenta.
Más precisa.
Menos ingenua.

Aprendes que el amor no siempre incendia.
A veces permanece.
A veces cuida.
A veces simplemente está.

Aprendes que la ausencia no siempre destruye.
A veces ordena.
A veces limpia.
A veces te devuelve a ti.

Aprendes que el dolor, si no lo dramatizas,
termina hablando en voz baja.
Y cuando baja la voz,
empieza a decir la verdad.

No soy quien era cuando todo ardía.
Tampoco soy alguien nuevo.

Soy lo que ha sobrevivido a ese fuego.

Las partes que no pudieron quemarse.
Las decisiones que, por fin, no dependen del impulso.
Las cicatrices que ya no explico, pero tampoco escondo.

Queda menos ruido.
Menos urgencia.
Menos necesidad de demostrar.

Pero hay algo que antes no estaba.

Hay dirección.
Hay criterio.
Hay una calma que no es ausencia de conflicto,
sino dominio de él.

Y en ese lugar, sin espectáculo,
sin promesas grandilocuentes,
sin fuegos que deslumbren…

empieza algo más difícil.

Algo más real.

Vivir sin arder.

La inspirada victoria

sábado, abril 25, 2026 Permalink 0

2018 — La insípida victoria

Hay un punto en el que dejas de escribir para conquistar el mundo…
y empiezas a escribir para no perderte dentro de él.

No gritas.
Aprietas los dientes.

Todavía hay deseo, pero ya no es ingenuo.
Todavía hay esperanza, pero ha aprendido a negociar con el desgaste.

Has peleado. Mucho.
Y lo peor no ha sido perder,
sino ganar cosas que no eran tuyas.

Te rodea una victoria que no te pertenece,
una lealtad que pesa,
y un silencio que ya no es refugio…
es síntoma.

Empiezas a entender que crecer no era avanzar,
sino renunciar sin hacer ruido.

Que la madurez no es claridad,
es aceptar que no todo se resuelve.

Y aun así, hay algo que no cede.

Un gesto mínimo.
Una línea recta dentro del caos.

Seguir.

Aunque no recuerdes cómo se hacía.
Aunque el mundo se haya vuelto más áspero.
Aunque la épica se haya roto.

Seguir.

Porque en medio del polvo,
de la traición,
de la fatiga de sostenerlo todo,

todavía eliges.

Y esa elección,
seca, imperfecta, sin aplausos,

es lo único que sigue siendo verdad.

Lo que queda después del ruido

sábado, abril 25, 2026 Permalink 0

2017 “Lo que queda después del ruido”

Después del golpe,
no vino el silencio.

Vino algo más incómodo:
la necesidad de seguir.

Sin épica.
Sin relato.

Solo con lo que quedaba.

Aprendí a decir menos
porque ya no podía sostenerlo todo.

A quedarme en una frase
cuando antes necesitaba veinte.

A aceptar que hay victorias
que no se celebran,
porque el precio
aún respira dentro.

Casi muerto.
Apenas vivo.

Y aun así, de pie.

No por fuerza,
sino por inercia.

Me descubrí contradictorio
sin intentar corregirme.

Capaz de querer
y al mismo tiempo retirarme.

De acercarme
solo hasta donde no doliera demasiado.

De no elegir…
porque elegir implicaba perder.

Y todavía no estaba listo.

Empecé a entender
que no todo lo que siento
merece quedarse.

Que hay partes de mí
que sobran
aunque me definan.

Y que crecer
no es añadir,

es recortar.

Me vi por dentro.

Sin relato.
Sin excusas.

Complicado.
Inestable.
Real.

Y por primera vez,
no intenté arreglarlo.

Porque quizá vivir
no era encontrar equilibrio,

sino sostener el desequilibrio
sin romperme.

O romperme…
y seguir igual.

La forma de seguir

sábado, abril 25, 2026 Permalink 0

2016 “La forma de seguir”

Hubo un momento en que todo era impulso.
Sentir era suficiente. Amar, también.

Después llegó el ruido.

No el de fuera, sino el que se instala cuando entiendes que lo vivido no vuelve,
y que lo que duele no desaparece, solo aprende a quedarse en otro sitio.

Empecé a hablar menos de lo que sentía…
y a escuchar más lo que me rompía.

Porque no era ausencia.
Era memoria.

No era amor.
Era todo lo que quedaba después.

Aprendí que se puede echar de menos sin querer volver,
y que se puede querer sin saber sostener.

Que hay nombres que no se pronuncian
porque todavía pesan.

Y que hay días en los que uno no está triste,
solo cansado de sostenerse.

Intenté ordenar el caos.
Nombrarlo. Reducirlo. Entenderlo.

Pero la vida no se simplifica.
Se atraviesa.

Entre lo que fui y lo que aún no soy,
apareció algo nuevo:

la necesidad de elegir.

De dejar de repetir.
De no construir sobre ruinas que aún humean.

No todo se puede salvar.
No todo se debe.

Algunas historias no terminan:
se abandonan.

Y en ese abandono,
empieza una forma distinta de vivir.

Más consciente.
Menos brillante.
Pero real.

Porque al final,
no se trata de sentir más.

Se trata de no mentirse mientras se siente.

El año en que dejé de reconocerme

sábado, abril 11, 2026 Permalink 0

2015 — El año en que dejé de reconocerme

No recuerdo exactamente cuándo empezó a cambiar todo.

Estas cosas no hacen ruido al llegar. Se instalan.

Al principio, la vida era ligera. Caminaba con los bolsillos llenos de pequeñas certezas: sueños simples, ganas intactas, una forma de amar que no necesitaba explicación. Todo parecía tener sentido sin necesidad de buscarlo. Amar era suficiente.

Había presencia. Había verdad.

Y, sobre todo, había calma.

Pero el tiempo no rompe de golpe. Desgasta.

Lo que antes era natural empezó a requerir esfuerzo. Lo que fluía, comenzó a tensarse. Y sin darme cuenta, empecé a vivir más pendiente de sostener lo que tenía que de disfrutarlo.

Ahí empezó la grieta.

No fue una caída. Fue algo más sutil. Más peligroso.

La pérdida progresiva de lo que daba sentido a todo.

Las palabras dejaron de encontrarse. Los gestos empezaron a llegar tarde. Y el silencio, ese que antes acompañaba, empezó a pesar.

Intenté resistir.

Intenté amar como antes, incluso cuando ya no era lo mismo. Intenté creer que todo podía volver a su lugar. Pero hay momentos en los que insistir no es sostener, es desgastarse.

Y lo hice.

Hasta que un día entendí que no estaba perdiendo solo algo externo.

Me estaba perdiendo a mí.

Ese fue el verdadero golpe.

No el desamor. No la distancia.

Sino el instante en que me miré y no supe exactamente quién era.

A partir de ahí, todo cambió de naturaleza.

El dolor dejó de ser emoción para convertirse en conciencia. Empecé a observarme. A cuestionarme. A reconstruir cada idea que había dado por válida.

¿Era amor lo que viví?

¿Era necesidad?

¿Era costumbre?

Las respuestas no llegaron. Pero dejaron de ser urgentes.

Porque algo empezó a tomar forma en medio del desconcierto:

la aceptación de que no todo lo que termina fracasa.

Que hay historias que no están hechas para durar, sino para transformarte.

Y 2015 fue eso.

Un año de tránsito.

Un año en el que convivieron la plenitud y la pérdida. El deseo y el vacío. La esperanza y la resignación. Todo al mismo tiempo, sin orden, sin aviso.

Un año en el que amé de verdad…

y también entendí lo que cuesta sostenerlo.

No salí de ese año siendo mejor.

Salí siendo distinto.

Más consciente.

Más incómodo.

Más real.

Aprendí que la vida no es una línea que avanza, sino un territorio que se atraviesa. Que no hay equilibrio permanente, solo momentos en los que todo parece encajar antes de volver a romperse.

Y, aun así, seguimos.

Con menos certezas, pero con más verdad.

Con menos ruido, pero con más profundidad.

Si algo me dejó 2015 no fue una respuesta.

Fue una forma de mirar.

Y una certeza silenciosa que no me ha abandonado desde entonces:

Que incluso cuando todo se desordena,

hay algo dentro de nosotros que sigue avanzando…

aunque todavía no sepamos hacia dónde.

Donde la esperanza aprende a doler

viernes, abril 10, 2026 Permalink 0

2014 Donde la esperanza aprende a doler

Hay un momento —no sabes exactamente cuándo— en el que dejas de perseguir la vida… y empiezas a sostenerla con las manos abiertas, como si en cualquier instante pudiera romperse sin hacer ruido.

Venías de la intensidad, del fuego que no preguntaba, del cuerpo que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. De besos que abrían puertas que creías selladas para siempre. De noches donde la piel no era frontera, sino lenguaje. De esa forma de amar en la que no se mide nada, porque todo parece infinito mientras ocurre.

Y, sin embargo, algo cambió.

No fue de golpe. Nunca lo es.

Fue un desgaste lento, casi imperceptible. Una grieta en la certeza. Una duda que no se decía en voz alta. Un silencio que empezó a ocupar más espacio que las palabras.

Seguías deseando. Seguías buscando. Seguías tocando.

Pero ya no era lo mismo.

Porque ahora sabías.

Sabías que el deseo no siempre salva.

Que el amor no siempre sostiene.

Que la entrega no garantiza permanencia.

Y aun así… volvías.

Volvías a esa piel.

A ese recuerdo.

A esa idea de lo que pudo ser y no fue del todo, pero tampoco dejó de ser.

Vivías en ese punto intermedio donde nada termina de irse y nada termina de quedarse.

Y eso… desgasta más que cualquier pérdida.

Porque no puedes cerrar lo que nunca se cerró.

Te hiciste fuerte en lo frágil.

Aprendiste a caminar con el peso de lo que no encaja.

A convivir con la nostalgia sin convertirla en excusa.

A mirarte al espejo sin culpar a nadie.

Ahí empezó otra verdad.

Más incómoda. Más limpia.

Entendiste que no eras víctima.

Pero tampoco eras invencible.

Que habías amado desde la intensidad…

y también desde la necesidad.

Que confundiste cercanía con destino.

Y permanencia con verdad.

Y eso no te rompe.

Te redefine.

A partir de ahí, todo se vuelve más real.

El deseo ya no es urgencia: es elección.

La soledad ya no es vacío: es espejo.

La memoria ya no es refugio: es archivo.

Y duele.

Duele porque ya no puedes volver a no saber.

Duele porque empiezas a entender que muchas de las cosas que más has amado… no estaban hechas para quedarse, sino para enseñarte a mirar de otra forma.

Y aun así, hay algo que no desaparece.

Algo que resiste.

Una forma de fe que no tiene que ver con creer en otros… sino en la posibilidad de volver a sentir sin perderte.

Porque, aunque lo niegues a veces,

aunque te canses,

aunque te refugies en la distancia…

sigues esperando.

Pero ya no como antes.

Ya no esperas que alguien te salve.

Ni que algo encaje por arte de magia.

Ni que el amor venga a resolver lo que no has resuelto tú.

Ahora esperas desde otro lugar.

Más silencioso.

Más exigente.

Más tuyo.

Esperas algo que no te quite nada.

Algo que no te haga retroceder.

Algo que no te obligue a elegir entre lo que sientes y lo que eres.

Y ahí está el punto.

Ahí es donde 2014 se vuelve importante.

Porque no es el año en el que amas más.

Ni el año en el que pierdes más.

Es el año en el que empiezas a entender

que no todo lo que sientes merece quedarse

y que no todo lo que se va

merece ser retenido.

Es el año en el que la esperanza deja de ser inocente…

y aprende a doler sin romperse.

Arder sin saber permanecer

viernes, abril 10, 2026 Permalink 0

2013: “Arder sin saber permanecer”

Hay años que no pasan. Se quedan adheridos a la piel como el olor de una noche que no termina de irse. No sabes exactamente cuándo empezaron, pero sí reconoces el momento en el que dejaste de ser quien eras antes de vivirlos.

2013 no fue un año. Fue una forma de arder.

Arder en la piel de otro.

En el temblor de unas manos que no sabían si acariciar o retener.

En la necesidad casi animal de fundirse sin preguntar demasiado por las consecuencias.

Había hambre.

Hambre de cuerpo, de presencia, de voz.

Hambre de creer que el amor podía sostenerlo todo, incluso lo que ya venía roto de antes.

Y durante un tiempo, lo sostuvo.

Las noches tenían sentido.

El aire se volvía respirable solo si venía acompañado de un aliento cercano.

El mundo se reducía a una espalda, a una curva, a un gesto mínimo que justificaba todo lo demás.

Pero incluso en medio de ese incendio, algo crujía.

No al principio.

Al principio todo es limpio, incluso el exceso.

Pero poco a poco, sin hacer ruido, se cuela el desgaste.

Las palabras empiezan a sobrar.

Los silencios a pesar.

La distancia a instalarse sin pedir permiso.

Y entonces ya no sabes si lo que queda es amor o es costumbre de amar.

Hay momentos en los que uno intenta sostener lo insostenible con una fe que ya no tiene raíces.

Se repiten gestos, se invocan recuerdos, se busca en el otro lo que ya no está… como si insistir fuera suficiente para devolver la vida a algo que se ha ido apagando sin aviso.

Pero no vuelve.

Lo que queda es otra cosa.

Un eco.

Una habitación con olor a lo que fue.

Una memoria que se resiste a aceptar que incluso lo intenso también termina.

Y duele.

Duele en el cuerpo, pero más en lo que no se ve.

En la certeza de que hubo verdad… y aun así no bastó.

Ahí es donde empieza el descenso.

El alcohol ya no es celebración, es refugio.

Las noches dejan de ser encuentro y se convierten en escondite.

Uno bebe recuerdos con cuidado de no desangrarse, como si pudiera dosificar el dolor para hacerlo soportable.

Pero el dolor no se negocia.

Se instala.

Se queda en la espalda al despertar.

En la forma de mirar el espejo.

En esa sensación extraña de no saber muy bien hacia dónde se está caminando, aunque se siga caminando.

Y sin embargo… algo no se rompe del todo.

Porque incluso en el fondo aparece una lucidez incómoda.

Empiezas a entender.

A verte.

A asumir sin dramatismo lo que fue, lo que no fue, y lo que ya no será.

Dejas de culpar.

Dejas de esperar.

Y, poco a poco, empiezas a elegir.

Elegir no siempre es avanzar.

A veces es simplemente no volver atrás.

Y ahí cambia algo.

La vida deja de ser una persecución constante y empieza a parecerse más a una observación.

A una tarde de lluvia.

A un jardín que respira sin pedir nada.

A un café que sabe siempre igual, pero ya no molesta.

Empiezas a habitarte.

Sin grandes gestos.

Sin necesidad de demostrar nada.

Solo estando.

Y entonces el amor vuelve a aparecer… pero distinto.

Más sereno.

Más consciente.

Menos urgente.

Ya no es solo deseo.

Es también gratitud, presencia, cuidado.

Es reconocer en el otro no una salvación, sino un lugar donde quedarse sin perderse.

Y aun así, no todo se calma.

Siguen las dudas.

Las guerras silenciosas.

Las conversaciones que no se tuvieron.

Las versiones de uno mismo que se quedaron por el camino.

El tiempo pasa, y con él una sensación inevitable: algo se escapa.

Pero también otra, más sutil: algo se construye.

Porque ya no eres el mismo que empezó el año.

Ahora sabes que el amor no siempre salva.

Que el deseo no siempre sostiene.

Que la memoria puede ser refugio… o condena.

Pero también sabes otra cosa.

Que puedes seguir.

Seguir sintiendo sin romperte del todo.

Seguir recordando sin quedarte atrapado.

Seguir avanzando, aunque no tengas claro hacia dónde.

Y en medio de todo eso, casi sin darte cuenta, aparece una certeza que no necesita explicarse:

Lo mejor no ha pasado.

Y no porque falte algo fuera,

sino porque dentro…

todavía queda vida suficiente para volver a arder.

Donde la piel aprendió a quedarse

jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

2012: DONDE LA PIEL APRENDIÓ A QUEDARSE

APERTURA

No empezó como empiezan las cosas importantes.

No hubo aviso.

Ni contexto.

Ni una historia previa que justificara lo que vino después.

Fue más simple.

Y más peligroso.

A veces la vida no entra despacio.

Irrumpe.

Cambia la temperatura de una habitación sin tocar nada.

Altera el ritmo de la respiración sin pedir permiso.

Hace que todo lo que antes tenía sentido deje de tenerlo.

Y no sabes por qué.

Recuerdo el efecto antes que el origen.

Recuerdo el instante en que el cuerpo entendió algo

que la cabeza todavía no sabía nombrar.

Una presencia.

Una forma de estar.

Un gesto que no se explicaba, pero se imponía.

A partir de ahí, todo fue distinto.

No mejor.

No peor.

Distinto.

El deseo llegó primero.

Directo.

Físico.

Inevitable.

Después vino lo demás.

La cercanía.

La costumbre.

La necesidad.

Y sin darme cuenta, empecé a construir algo

que no sabía si estaba preparado para sostener.

Hay relaciones que se viven.

Y hay otras que te atraviesan.

Esta no pasó por mí.

Se quedó.

Durante un tiempo pensé que aquello era el centro.

Pero nadie te explica esto:

que hay intensidades que no están hechas para durar,

pero sí para cambiarte.

Y que hay pieles

que no olvidas nunca…

aunque ya no estén.

DESARROLLO

Tacones púrpura.

Como único vestido al recibirme.

No había explicación.

Solo tú.

Labios de vino.

Cuello celestial.

Piel tersa.

Deseo intenso.

Cada momento era una vida.

Y como tal, irrepetible.

Confundir lo irrepetible con lo eterno.

Ahí empezó todo.

Sobre las sábanas aún quedaban restos de la noche.

Tus labios se rendían sin palabras.

Tu cuerpo hablaba en un idioma que no necesitaba traducción.

Pedí asilo en tu boca.

No por refugio, sino por incendio.

El mundo se volvió sencillo.

Cercano.

Habitable.

Y yo empecé a creer que aquello podía sostenerse.

Besarte era borrar lo anterior.

Era empezar sin historia.

Tu aroma se quedaba.

Tu presencia ordenaba.

Y sin darme cuenta, empecé a necesitarte.

No sé en qué momento dejé de buscarte

y empecé a depender de ti.

Cada sueño contigo me llevaba de vuelta a tus brazos.

Y fuera de ellos, todo parecía incompleto.

Recostada sobre la hierba,

el sol doraba tu piel con una calma imposible.

Yo me quedaba en los detalles.

En lo pequeño.

En lo que no se dice.

La fragilidad vive entre la mirada y el gesto.

Y nosotros estábamos ahí.

Me regía por tu luz.

Por tu forma de hacer sencillo lo complejo.

Tu cuerpo dejó de ser un lugar al que llegar

para convertirse en un sitio donde quedarse.

Y ahí —sin saberlo— crucé el límite.

Porque cuando aparece la calma,

cuando aparece la pertenencia…

ya no eliges.

Te quedas.

No hubo ruptura.

Hubo cambio.

Silencioso.

Incómodo.

Como cuando algo sigue…

pero ya no es igual.

¿Dónde se esconde lo que parecía eterno?

Aprendí a llorar sin querer hacerlo.

A sostener un vacío que no se explica.

La fe seguía ahí.

Pero ya no sostenía.

El tiempo dejó de avanzar.

Se acumulaba.

Y la distancia —mínima— se volvió insalvable.

Seguía sintiéndote en todo.

Pero ya no podía tocarte.

Y eso cambia todo.

No es la ausencia lo que más pesa.

Es la presencia que ya no puedes habitar.

Despertaba con tu recuerdo intacto.

Demasiado real para haber desaparecido.

Y sin embargo…

había desaparecido.

Tardé en entenderlo.

La vida no se había roto.

Había cambiado.

Y yo seguía mirando igual.

No se trataba de amarte.

Se trataba de comprender.

De dejar de construir cárceles con lo vivido.

De salir del miedo.

Respiré.

Y por primera vez, era consciente.

Volví a creer.

No en nosotros.

En algo más amplio.

En la vida con todo lo que trae.

Sin elegir solo lo que gusta.

Descubrí que lo intenso no es lo que quema.

Es lo que permanece.

Aprendí a atravesar.

No a evitar.

A mirar la oscuridad sin huir.

A entender que el cambio no mejora.

Transforma.

CIERRE

Durante mucho tiempo pensé

que lo importante era lo que había perdido.

Me equivoqué.

Lo importante era lo que permaneció

sin hacer ruido.

Porque hay cosas que no se quedan contigo,

pero te cambian la forma de estar en el mundo.

Aprendí que no todo lo que se vive

está hecho para durar.

Que algunas historias no terminan,

simplemente dejan de suceder.

Hoy ya no intento retener nada.

Lo vivido no necesita volver

para seguir siendo verdad.

A veces vuelve una sensación.

Un gesto.

Una forma de mirar.

Y entonces lo entiendo.

No era la historia.

No eras tú.

Era lo que despertó en mí.

La forma en que aprendí a sentir.

A caer.

A perder sin desaparecer.

Y, sobre todo,

a quedarme.

No contigo.

No en el pasado.

En mí.

Porque al final,

cuando todo se va…

lo único que permanece

es la forma en que has aprendido a habitarte.

Y ahí,

sin ruido,

sin urgencia…

la piel, por fin,

aprende a quedarse.

La religión que no se contiene

jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

Diciembre 2011: La religión que no se contiene

La religión de lo que no se contiene

Más que pensarte, te inmortalizo. No como recuerdo, sino como forma de habitarte sin límites, hasta rozar esa locura que no destruye… sino que revela. Te llevo a un lugar que no existe fuera de mí, donde la piel es fuego y la espalda juego, donde los labios son gloria y las manos treta. Un territorio sin normas donde lo que sentimos no pide permiso para ser.

Durante mucho tiempo miré hacia atrás, buscando entender. Pero ya no quedan reglas que saltar, ni aplausos que encandilen el viento. Solo esta certeza limpia que se impone sin ruido: es tiempo de amar de verdad. Con conciencia. Con alma. Con piel.

Y en esa decisión, algo despierta.

No como impulso ciego, sino como una llamada que no se puede ignorar. Te llamo porque te deseo, porque mis letras gritan lo que mis labios silencian. Porque cuando entras en mi espacio, todo cambia de estado. Haces lluvia. Y yo dejo de resistirme.

Me aferro a esa complicidad que no necesita explicarse. A esa alegría contenida en un instante que basta para sostenerlo todo. A ese impulso de desabrochar cada charco de lluvia, de romper lo que limita, de entrar… y no querer salir.

Hay días en los que todo se vuelve más ligero. Donde paseo recuerdos y sonrío sin esfuerzo, como si la infancia aún supiera encontrarme. Otros, en cambio, me pierdo en el magnetismo de lo que eres, en esa sensación de que no solo transformas… sino que abres mundos que no sabía que existían.

Y entonces entiendo que no necesito totalidad.

Me bastan chispazos.

Instantes lo suficientemente intensos como para quedarse. Como para dar sentido. Como para recordar que vivir no es acumular… sino sentir hasta el fondo aquello que toca.

Pensarte es avanzar. Un paso más hacia el centro de lo que eres, hacia ese lugar donde el deseo y la vida se entrelazan sin medida. Donde un beso y una caricia no compiten… se devoran.

Enloquecer, sí.

Pero no perderse.

Sino encontrarse en ese borde donde todo es real.

Porque después de todo, no se trata de poseer.

Se trata de elegir.

Y yo elijo esto:

la anarquía de tus sentimientos

como la única religión posible

de mis deseos.