• Donde la piel aprendió a quedarse

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    2012: DONDE LA PIEL APRENDIÓ A QUEDARSE

    APERTURA

    No empezó como empiezan las cosas importantes.

    No hubo aviso.

    Ni contexto.

    Ni una historia previa que justificara lo que vino después.

    Fue más simple.

    Y más peligroso.

    A veces la vida no entra despacio.

    Irrumpe.

    Cambia la temperatura de una habitación sin tocar nada.

    Altera el ritmo de la respiración sin pedir permiso.

    Hace que todo lo que antes tenía sentido deje de tenerlo.

    Y no sabes por qué.

    Recuerdo el efecto antes que el origen.

    Recuerdo el instante en que el cuerpo entendió algo

    que la cabeza todavía no sabía nombrar.

    Una presencia.

    Una forma de estar.

    Un gesto que no se explicaba, pero se imponía.

    A partir de ahí, todo fue distinto.

    No mejor.

    No peor.

    Distinto.

    El deseo llegó primero.

    Directo.

    Físico.

    Inevitable.

    Después vino lo demás.

    La cercanía.

    La costumbre.

    La necesidad.

    Y sin darme cuenta, empecé a construir algo

    que no sabía si estaba preparado para sostener.

    Hay relaciones que se viven.

    Y hay otras que te atraviesan.

    Esta no pasó por mí.

    Se quedó.

    Durante un tiempo pensé que aquello era el centro.

    Pero nadie te explica esto:

    que hay intensidades que no están hechas para durar,

    pero sí para cambiarte.

    Y que hay pieles

    que no olvidas nunca…

    aunque ya no estén.

    DESARROLLO

    Tacones púrpura.

    Como único vestido al recibirme.

    No había explicación.

    Solo tú.

    Labios de vino.

    Cuello celestial.

    Piel tersa.

    Deseo intenso.

    Cada momento era una vida.

    Y como tal, irrepetible.

    Confundir lo irrepetible con lo eterno.

    Ahí empezó todo.

    Sobre las sábanas aún quedaban restos de la noche.

    Tus labios se rendían sin palabras.

    Tu cuerpo hablaba en un idioma que no necesitaba traducción.

    Pedí asilo en tu boca.

    No por refugio, sino por incendio.

    El mundo se volvió sencillo.

    Cercano.

    Habitable.

    Y yo empecé a creer que aquello podía sostenerse.

    Besarte era borrar lo anterior.

    Era empezar sin historia.

    Tu aroma se quedaba.

    Tu presencia ordenaba.

    Y sin darme cuenta, empecé a necesitarte.

    No sé en qué momento dejé de buscarte

    y empecé a depender de ti.

    Cada sueño contigo me llevaba de vuelta a tus brazos.

    Y fuera de ellos, todo parecía incompleto.

    Recostada sobre la hierba,

    el sol doraba tu piel con una calma imposible.

    Yo me quedaba en los detalles.

    En lo pequeño.

    En lo que no se dice.

    La fragilidad vive entre la mirada y el gesto.

    Y nosotros estábamos ahí.

    Me regía por tu luz.

    Por tu forma de hacer sencillo lo complejo.

    Tu cuerpo dejó de ser un lugar al que llegar

    para convertirse en un sitio donde quedarse.

    Y ahí —sin saberlo— crucé el límite.

    Porque cuando aparece la calma,

    cuando aparece la pertenencia…

    ya no eliges.

    Te quedas.

    No hubo ruptura.

    Hubo cambio.

    Silencioso.

    Incómodo.

    Como cuando algo sigue…

    pero ya no es igual.

    ¿Dónde se esconde lo que parecía eterno?

    Aprendí a llorar sin querer hacerlo.

    A sostener un vacío que no se explica.

    La fe seguía ahí.

    Pero ya no sostenía.

    El tiempo dejó de avanzar.

    Se acumulaba.

    Y la distancia —mínima— se volvió insalvable.

    Seguía sintiéndote en todo.

    Pero ya no podía tocarte.

    Y eso cambia todo.

    No es la ausencia lo que más pesa.

    Es la presencia que ya no puedes habitar.

    Despertaba con tu recuerdo intacto.

    Demasiado real para haber desaparecido.

    Y sin embargo…

    había desaparecido.

    Tardé en entenderlo.

    La vida no se había roto.

    Había cambiado.

    Y yo seguía mirando igual.

    No se trataba de amarte.

    Se trataba de comprender.

    De dejar de construir cárceles con lo vivido.

    De salir del miedo.

    Respiré.

    Y por primera vez, era consciente.

    Volví a creer.

    No en nosotros.

    En algo más amplio.

    En la vida con todo lo que trae.

    Sin elegir solo lo que gusta.

    Descubrí que lo intenso no es lo que quema.

    Es lo que permanece.

    Aprendí a atravesar.

    No a evitar.

    A mirar la oscuridad sin huir.

    A entender que el cambio no mejora.

    Transforma.

    CIERRE

    Durante mucho tiempo pensé

    que lo importante era lo que había perdido.

    Me equivoqué.

    Lo importante era lo que permaneció

    sin hacer ruido.

    Porque hay cosas que no se quedan contigo,

    pero te cambian la forma de estar en el mundo.

    Aprendí que no todo lo que se vive

    está hecho para durar.

    Que algunas historias no terminan,

    simplemente dejan de suceder.

    Hoy ya no intento retener nada.

    Lo vivido no necesita volver

    para seguir siendo verdad.

    A veces vuelve una sensación.

    Un gesto.

    Una forma de mirar.

    Y entonces lo entiendo.

    No era la historia.

    No eras tú.

    Era lo que despertó en mí.

    La forma en que aprendí a sentir.

    A caer.

    A perder sin desaparecer.

    Y, sobre todo,

    a quedarme.

    No contigo.

    No en el pasado.

    En mí.

    Porque al final,

    cuando todo se va…

    lo único que permanece

    es la forma en que has aprendido a habitarte.

    Y ahí,

    sin ruido,

    sin urgencia…

    la piel, por fin,

    aprende a quedarse.

  • La religión que no se contiene

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Diciembre 2011: La religión que no se contiene

    La religión de lo que no se contiene

    Más que pensarte, te inmortalizo. No como recuerdo, sino como forma de habitarte sin límites, hasta rozar esa locura que no destruye… sino que revela. Te llevo a un lugar que no existe fuera de mí, donde la piel es fuego y la espalda juego, donde los labios son gloria y las manos treta. Un territorio sin normas donde lo que sentimos no pide permiso para ser.

    Durante mucho tiempo miré hacia atrás, buscando entender. Pero ya no quedan reglas que saltar, ni aplausos que encandilen el viento. Solo esta certeza limpia que se impone sin ruido: es tiempo de amar de verdad. Con conciencia. Con alma. Con piel.

    Y en esa decisión, algo despierta.

    No como impulso ciego, sino como una llamada que no se puede ignorar. Te llamo porque te deseo, porque mis letras gritan lo que mis labios silencian. Porque cuando entras en mi espacio, todo cambia de estado. Haces lluvia. Y yo dejo de resistirme.

    Me aferro a esa complicidad que no necesita explicarse. A esa alegría contenida en un instante que basta para sostenerlo todo. A ese impulso de desabrochar cada charco de lluvia, de romper lo que limita, de entrar… y no querer salir.

    Hay días en los que todo se vuelve más ligero. Donde paseo recuerdos y sonrío sin esfuerzo, como si la infancia aún supiera encontrarme. Otros, en cambio, me pierdo en el magnetismo de lo que eres, en esa sensación de que no solo transformas… sino que abres mundos que no sabía que existían.

    Y entonces entiendo que no necesito totalidad.

    Me bastan chispazos.

    Instantes lo suficientemente intensos como para quedarse. Como para dar sentido. Como para recordar que vivir no es acumular… sino sentir hasta el fondo aquello que toca.

    Pensarte es avanzar. Un paso más hacia el centro de lo que eres, hacia ese lugar donde el deseo y la vida se entrelazan sin medida. Donde un beso y una caricia no compiten… se devoran.

    Enloquecer, sí.

    Pero no perderse.

    Sino encontrarse en ese borde donde todo es real.

    Porque después de todo, no se trata de poseer.

    Se trata de elegir.

    Y yo elijo esto:

    la anarquía de tus sentimientos

    como la única religión posible

    de mis deseos.

  • Vulnerable pero aún en pie

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Noviembre 2011: Vulnerable pero aún el pie

    Hay días en los que todo se vuelve más frágil de lo que estás dispuesto a reconocer. No porque falte fuerza, sino porque lo que sientes deja de protegerse. Se expone. Se vuelve blando, casi dulce… como si la vulnerabilidad no fuera una grieta, sino una forma de permanecer abierto aunque duela.

    Persigues sombras sabiendo que no se dejan atrapar. Y aun así, las nombras. Las piensas. Las sostienes en ese lugar donde no necesitan existir para ser reales.

    No quieres manos constantes sobre tu pecho. No quieres la seguridad impostada de lo que no vibra. Pero darías todo por un instante… por un recuerdo que arda lo suficiente como para quedarse grabado en tu sonrisa.

    Amas desde ahí. Desde lo inmóvil. Desde lo abstracto. Desde una perfección que no necesita cuerpo para imponerse.

    Hay una magia que no se busca. Aparece.

    En lo pequeño. En lo cotidiano. En una lluvia que no incomoda, en un paseo donde el mundo parece alinearse sin esfuerzo. Dos ritmos que encajan sin necesidad de explicarse. Un silencio compartido que no pesa.

    Y en medio de ese instante, algo se ordena.

    No fuera. Dentro.

    El deseo también cambia de forma.

    Ya no es solo impulso. Es arquitectura. Es voz que se construye entre espacios invisibles, que se cuela entre costillas, que convierte una pausa en algo casi sagrado. Un gesto. Una respiración. Un roce que no necesita prisa.

    Todo ocurre sin ruido… pero deja huella.

    Hay días en los que te sientes extraño. Suspendido. Como si el mundo siguiera girando sin preguntarte si quieres ir con él.

    El aire pesa distinto.

    Las estrellas parecen lejanas.

    Y tú… contenido.

    No lloras. No por falta de dolor, sino por no perder nada de lo que aún te mantiene en pie.

    Porque incluso en ese estado, lo sabes:

    esto no es recto

    nunca lo ha sido

    Y aun así, sigues.

    Porque hay algo que no se rompe del todo.

    Una fe sin nombre.

    Un impulso sin lógica.

    Una necesidad de avanzar aunque no sepas exactamente hacia dónde.

    Te desafía lo que no controlas.

    Lo que no entiendes.

    Lo que no puedes cerrar.

    Y ahí, en ese límite, aparece el vértigo más limpio: el de querer volar… incluso cuando estás posado.

    La vida no se ordena. Se mezcla.

    Hay momentos donde lo sagrado y lo caótico conviven sin pedir permiso. Donde te sientes ungido y maldito al mismo tiempo. Donde el carisma no es otra cosa que la capacidad de sostener esa contradicción sin romperte.

    Cuando todo parece ceder, haces algo sencillo.

    Te acercas.

    Buscas el calor de un abrazo. La verdad de una piel. La certeza de un latido que no miente. Y en ese contacto, aunque breve, algo vuelve a brotar.

    No como antes.

    No igual.

    Pero suficiente.

    Porque al final, cuando todo se tambalea, solo queda una decisión:

    dejar de ser arrastrado

    y empezar a sostenerte

    Y en ese punto, casi sin darte cuenta, emerges.

    No intacto.

    Pero vivo.

    Y con algo claro, muy claro:

    todavía quedan cosas por hacer

    y, sobre todo,

    cosas por sentir.

  • Donde lo que sientes se vuelve sagrado

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Octubre 2011 — Donde lo que sientes se vuelve sagrado

    Hay un punto en el camino en el que todo deja de ser solo experiencia… y empieza a tener peso.

    No por lo que ocurre.

    Por lo que significa.

    Octubre no es intensidad como julio.

    No es elección como agosto.

    No es eco como septiembre.

    Octubre es otra cosa.

    Es cuando miras hacia dentro… y ya no te basta.

    Empiezas a buscar sentido.

    No en grandes ideas.

    En lo concreto.

    En una persona.

    En un gesto.

    En un recuerdo que no se va.

    Y ahí aparece algo que no habías nombrado hasta ahora:

    lo que sientes… empieza a rozar lo sagrado

    No porque sea perfecto.

    Porque es irremplazable.

    Hay memoria.

    No ligera.

    No decorativa.

    Memoria que pesa.

    Recuerdos que no puedes rehacer, pero tampoco soltar. Momentos donde lo que ocurrió ya no se puede tocar… pero sigue influyendo en cómo miras el presente.

    Y hay pérdida.

    No siempre explícita.

    Pero presente.

    Como una ausencia que no grita, pero condiciona.

    Entonces haces algo muy humano:

    conviertes el recuerdo en refugio

    No porque sea sano.

    Porque es necesario.

    Y en paralelo… el cuerpo sigue.

    Siente.

    Busca.

    Se acerca.

    Pero ya no es lo mismo.

    Antes era impulso.

    Ahora es reconocimiento.

    Antes era deseo.

    Ahora es significado.

    Empiezas a tocar con otra intención.

    A mirar distinto.

    A escuchar incluso lo que no se dice.

    Porque ya sabes algo:

    no todo lo importante se puede explicar

    pero sí se puede sostener

    Y en medio de todo, aparece una tensión muy concreta:

    entre lo que fue… y lo que aún deseas que sea

    No se resuelve.

    Se habita.

    Octubre es eso:

    un espacio donde lo íntimo deja de ser ligero

    y empieza a convertirse en parte de tu estructura

    No eliges sentirlo así.

    Te ocurre.

    Y lo aceptas.

    Porque en el fondo sabes que hay cosas que no quieres superar.

    Solo quieres aprender a llevarlas sin que te rompan.

  • Donde todo vuelve… distinto

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Septiembre 2011 — Donde todo vuelve… distinto

    Hay algo en septiembre que no empuja. No arrastra. No rompe.

    Regresa.

    Pero no como antes.

    Vuelven las voces.

    Los lugares.

    Los gestos.

    Incluso tú.

    Pero ya no encajan igual en el mismo sitio donde antes eran naturales. Como si la vida hubiese desplazado unos milímetros cada pieza, lo justo para que todo siga siendo reconocible… y al mismo tiempo extraño.

    Hay días en los que necesitas creer en algo. No importa en qué. Solo sentir que hay un hilo que no se rompe del todo, aunque no sepas hacia dónde tira.

    Y entonces aparece esa fe rara.

    Sin nombre.

    Sin forma.

    Pero suficiente.

    Te descubres hablando con lo que fuiste.

    No con nostalgia dulce.

    Con una mezcla más honesta.

    Sabes que no fuiste plenamente feliz.

    Pero tampoco dejaste de serlo.

    Y eso, que antes parecía indefinición, ahora empieza a parecer verdad.

    La infancia no vuelve.

    Pero deja ecos.

    Ruidos de fondo.

    Olores que no existen ya.

    Risas que se cuelan sin pedir permiso.

    Y te preguntas en qué momento todo eso se volvió silencio. No dramático. Solo… contenido. Vigilado. Ordenado hasta perder el desorden que lo hacía vivo.

    Hay rabia suave.

    No explosiva.

    Más bien una incomodidad que no termina de irse. Como cuando sabes que algo debería funcionar mejor y no lo hace. Como cuando el mundo se vuelve demasiado correcto para ser real.

    Y en medio de todo eso… aparecen las personas.

    No como salvación.

    Como presencia.

    Algunas se quedan en la memoria sin hacer ruido. Otras se resisten a irse, aunque tú ya no las busques. Y hay una que, sin saber muy bien por qué, sigue teniendo un lugar aunque no lo ocupe.

    Empiezas a entender algo importante:

    no todo lo que permanece… está vivo

    y no todo lo que se va… desaparece

    Hay noches largas.

    Donde la voz no llega.

    Donde el recuerdo ocupa más espacio del que debería.

    Donde el alma parece quedarse en cualquier rincón y tú sigues adelante sin ella… o eso crees.

    Pero no te rompes.

    Te observas.

    Te separas un poco de lo que sientes para no quedarte atrapado dentro. Como si aprendieras a convivir con tus propias grietas sin necesidad de cerrarlas.

    Y aun así… hay belleza.

    En lo imperfecto.

    En lo incompleto.

    En lo que no termina de resolverse.

    Porque empieza a gustarte esa forma de estar: sin certezas absolutas, sin finales cerrados, sin necesidad de entenderlo todo.

    Septiembre no es regreso.

    Es reconocimiento.

    Reconocer quién fuiste.

    Quién eres.

    Y quién ya no necesitas ser.

    Y en ese espacio, entre lo que permanece y lo que cambia, aparece algo muy limpio:

    no necesitas que todo encaje

    solo que algo… sea verdad

  • Donde aún eliges cuidar

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Agosto 2011 — Donde aún eliges cuidar

    Hay algo que cambia en agosto. No es brusco. No hace ruido. Pero se nota. Como cuando, después de mucho deambular, dejas de preguntarte por qué… y empiezas a decidir para quién.

    Ya no todo gira en torno a lo que sientes.

    Empieza a importar lo que das.

    Te descubres observando una sonrisa como si fuera suficiente. No necesitas grandes certezas, ni promesas eternas, ni construcciones imposibles. Te basta con ese brillo leve en los ojos que no pide nada… pero lo cambia todo.

    Y entonces lo entiendes sin decirlo:

    quieres procurar felicidad

    aunque no puedas garantizarla

    Siguen existiendo caminos que no convergen. Lo sabes. Lo ves. No todos los encuentros están hechos para encontrarse del todo. Hay abrazos que nacen sabiendo que no llegarán lejos, miradas que contienen más distancia que cercanía.

    Pero ya no te detienes ahí.

    Porque incluso en lo que no encaja… hay vida.

    Hay días en los que te sientes cansado. No de luchar, sino de sostener. Te pesan los pasos. Te pesan los recuerdos. Te pesan incluso las esquinas por las que pasas sin detenerte.

    Y en ese cansancio aparece algo honesto:

    necesitas que alguien te ayude a atarte los zapatos

    No a salvarte.

    No a rescatarte.

    Solo a acompañarte lo justo para seguir.

    También hay dureza.

    Ya no idealizas tanto. Detectas la falsedad. La reconoces antes de que termine de desplegarse. Sabes cuándo algo no es real… y aun así, a veces, eliges acercarte.

    No por ingenuidad.

    Por necesidad de comprobar

    que aún eres capaz de sentir

    El riesgo vuelve a aparecer. Más afilado.

    Hay momentos en los que todo se acelera, donde la intensidad se convierte en vértigo y la entrega roza el límite de no retorno. Y aun así… sigues.

    Porque hay algo dentro de ti que ya ha aceptado esa posibilidad.

    no todo lo que se vive vuelve

    no todo lo que se da se recupera

    Y sin embargo, no todo es tensión.

    Hay una semilla.

    Pequeña.

    Casi invisible.

    Pero firme.

    Entre lo roto, entre lo cansado, entre lo que no encaja… aparece una forma de hogar que no necesita estructura. Un gesto, un aroma, un instante compartido que no pretende durar… pero sí sostener.

    Empiezas a ver con claridad algo que antes se mezclaba:

    nada es completamente triste

    nada es completamente bello

    Solo tiempo.

    Solo ilusión.

    Solo lo que haces con ello.

    Y en medio de todo, el cuerpo recuerda.

    Las manos.

    La piel.

    La cercanía.

    No como exceso… sino como verdad. Como lenguaje que no miente. Como forma de estar donde no llegan las palabras.

    Agosto no es ruptura.

    Tampoco es calma.

    Es elección.

    Elegir quedarte un poco más.

    Elegir dar aunque no tengas garantía.

    Elegir sentir… aun sabiendo lo que cuesta.

    Y quizá eso es lo más limpio que hay en todo este recorrido:

    que después de todo

    sigues siendo capaz

    de hacer feliz sin decir “mío”

  • Donde arde lo que no se puede retener

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Julio 2011 — Donde arde lo que no se puede retener

    Hay días en los que el tiempo deja de ser una línea y se convierte en una pendiente. Resbalas sin darte cuenta, sin caída brusca, pero sin posibilidad de detenerte. Y en ese descenso suave, casi imperceptible, empiezas a entender que no todo está hecho para durar… pero sí para ser vivido con una intensidad que lo justifique.

    He aprendido a mirar así.

    A través de los restos.

    A través de lo que queda en el vidrio después del vino.

    A través de lo que ya no está… pero aún impregna.

    Y ahí, curiosamente, todo sabe más.

    A veces lo llamo magia.

    Otras veces, simplemente experiencia.

    No hay diferencia real. Solo cambia el nombre con el que te explicas lo que no puedes controlar. Pero en el fondo es lo mismo: una forma de no volverte loco mientras todo se mueve.

    Porque todo se mueve.

    El deseo.

    El recuerdo.

    La certeza.

    Nada permanece quieto el tiempo suficiente como para construir sobre ello sin riesgo. Y aun así… construyes. No porque sea seguro, sino porque necesitas hacerlo.

    Entonces aparece lo pequeño.

    Un instante.

    No como concepto, sino como refugio.

    Dejas de pensar en todo lo que podría ser y eliges lo que está ocurriendo ahora, aunque dure poco, aunque no tenga continuidad, aunque se consuma en sí mismo.

    Porque hay algo que ya sabes:

    un instante vivido… pesa más que una vida imaginada

    Y contigo, eso se multiplica.

    No hay medida. No hay proporción. No hay equilibrio. Solo una especie de corriente que te arrastra y te devuelve al mismo punto… distinto.

    Te acercas y te pierdes.

    Te entregas y te reconstruyes.

    Veneno y antídoto en la misma piel.

    Pero también hay preguntas.

    No las resuelves.

    No hace falta.

    ¿Por qué más cuando menos basta?

    ¿Por qué insistir cuando ya duele?

    ¿Por qué una vida… si no alcanza?

    No buscas respuestas. Solo constatas que el exceso y la falta conviven en el mismo espacio.

    Hay una urgencia.

    No de posesión.

    De existencia.

    Como si amar fuera respirar bajo el agua el tiempo justo antes de ahogarte. No puedes quedarte ahí… pero tampoco quieres salir.

    Y sin embargo, hay un punto donde todo se rompe.

    No hacia fuera.

    Hacia dentro.

    Tienes palabras para todo. Mundos enteros construidos con ellas. Pero llega un momento en que no sirven. Donde el lenguaje se rinde y solo queda el silencio, cargado, denso, lleno.

    Ahí es donde más dices.

    Julio es eso:

    explosión sin ruido

    intensidad sin medida

    presencia sin promesa

    Nada se sostiene.

    Pero todo deja huella.

    Y quizá por eso sigues.

    No por lo que permanece,

    sino por lo que, aun deshaciéndose,

    merece ser vivido hasta el último milímetro.

  • Aprender a sostener lo que no encaja

    jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

    Junio 2011 — Aprender a sostener lo que no encaja

    Hay un momento en el que dejas de intentar entenderlo todo. No porque renuncies, sino porque comprendes que hay cosas que no se ordenan, que no encajan, que no terminan de definirse… y aun así siguen estando.

    Junio es eso.

    No es ruptura.

    No es plenitud.

    Es permanencia incómoda.

    Aprendes a sobrevivir con poco. No en lo material, sino en lo emocional. Dos gestos. Apenas dos. Y con eso construyes un día entero. No porque te baste… sino porque te has adaptado.

    Te apartas de la soledad y, al mismo tiempo, te sumerges en ella. Sin contradicción aparente. Como si ambas cosas ya no fueran opuestas, sino parte del mismo movimiento.

    Empiezas a ver los límites con claridad.

    Ya no es intuición.

    Es evidencia.

    Dos mundos no siempre pueden sostenerse dentro de uno solo. No porque no quieras, sino porque hay una línea invisible que, cuando la ves, ya no puedes ignorarla. Y entonces algo se rompe. No de forma estruendosa. Más bien como una grieta silenciosa que atraviesa lo que dabas por estable.

    Hay dolor.

    Pero no es dramático.

    Es más frío.

    Como aprender a sangrar sin sentido. Como vaciar principios que creías inamovibles y observar cómo caen sin hacer ruido. Eso descoloca más que cualquier golpe.

    Y aun así… sigues deseando.

    El deseo no desaparece. Se transforma. Se vuelve más peligroso incluso, porque ya no es ingenuo. Sabes lo que implica. Sabes lo que puede costar. Y aun así lo sostienes.

    Hay algo casi adictivo en ese modo de vivir. En buscar lo invisible, en perseguir lo que no se deja atrapar del todo. En caminar sobre una línea que no promete estabilidad, pero sí intensidad.

    También aparece la lucidez.

    No todo es oscuridad.

    Hay momentos de una claridad casi brutal en los que te defines sin adornos:

    soy deseo

    soy ternura

    soy infinito y destello

    soy vulnerable bajo lo inmenso

    No necesitas explicarlo.

    Solo reconocerlo.

    Y en medio de todo, hay algo que se mantiene:

    la necesidad de contacto.

    Aunque sea mínima.

    Aunque sea breve.

    Aunque sean solo dos gotas.

    Porque a veces no necesitas más para reconstruir un mundo entero. No desde la grandeza, sino desde lo esencial.

    Empiezas a aceptar algo que antes evitabas:

    no todo lo que sientes está hecho para quedarse

    no todo lo que deseas está hecho para cumplirse

    Pero eso no te detiene.

    Te define.

    Así que sigues.

    Sin resolver del todo.

    Sin cerrar del todo.

    Sin renunciar del todo.

    Sembrando huella.

    Aunque no sepas exactamente dónde termina el camino.

    Aunque no tengas certeza de que alguien lo siga.

    Aunque a veces ni siquiera tengas claro por qué empezaste.

    Porque hay algo más fuerte que la duda:

    la necesidad de vivirlo.

    Y eso…

    aunque no encaje,

    aunque duela,

    aunque no tenga forma…

    es suficiente para seguir.

  • Donde ya no eliges entre lo que sientes y lo que eres

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Octubre 2010 — Donde ya no eliges entre lo que sientes y lo que eres

    Hay un punto en el que dejas de intentar simplificarte. Durante mucho tiempo has tratado de ordenar lo que sientes, de clasificarlo, de entender qué parte de ti debía quedarse y cuál debía desaparecer para poder avanzar sin ruido. Pero llega un momento en el que esa estrategia deja de tener sentido.

    Porque no eres una sola cosa.

    Y ya no quieres serlo.

    Empiezas a aceptar que dentro de ti conviven impulsos que no siempre encajan, emociones que no siempre se explican y recuerdos que no siempre encuentran su lugar. Y en lugar de combatirlos, haces algo distinto: los integras.

    No desde la resignación.

    Desde la conciencia.

    El deseo sigue estando ahí, con la misma intensidad de siempre, pero ya no te arrastra. Lo reconoces, lo recorres, lo utilizas como lenguaje, no como necesidad. El cuerpo deja de ser solo impulso y se convierte en territorio donde sucede algo más profundo, más difícil de nombrar, pero también más verdadero.

    Y en paralelo, aparece algo firme.

    Una versión de ti que no necesita justificarse.

    Sabes quién eres hoy, aunque no seas exactamente quien fuiste ayer. Y no te preocupa. Porque entiendes que la evolución no siempre es una ruptura, a veces es simplemente una forma distinta de habitar lo mismo.

    El tiempo deja de ser una amenaza.

    Se convierte en perspectiva.

    Miras atrás y no necesitas idealizar nada. Hubo momentos, hubo errores, hubo aciertos… y todo eso te ha traído aquí. No como una suma perfecta, sino como una construcción real, con grietas, con matices, con zonas que aún no terminas de comprender.

    Y eso está bien.

    Porque ya no necesitas tener todas las respuestas.

    Te basta con sostener las preguntas.

    Y en medio de todo, descubres algo que antes pasaba desapercibido.

    La épica no está en los grandes momentos.

    Está en lo cotidiano.

    En seguir adelante cuando no apetece. En sostener una duda sin huir de ella. En mantener la ilusión en un mundo que no siempre la devuelve. En elegir, una y otra vez, ser quien eres, incluso cuando sería más fácil volver atrás.

    Octubre no te pide que cambies.

    Te pide que te sostengas.

    Con todo.

    Sin recortes.

    Sin excusas.

    Porque por primera vez…

    ya no necesitas ser menos para poder ser.

  • Donde lo vivido empieza a tener dirección

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

     

    Septiembre 2010 — Donde lo vivido empieza a tener dirección

    Hay un momento en el que todo lo que has atravesado deja de girar sin sentido y empieza a colocarse, no de forma perfecta, pero sí suficiente como para poder avanzar sin arrastrarlo todo. No es un cierre. Es una reorganización. Como si las piezas, sin encajar del todo, al menos dejaran de estorbar.

    Empiezas a ver con más claridad.

    No porque el mundo haya cambiado, sino porque tú ya no miras igual.

    Las heridas siguen ahí, pero ya no dictan cada paso. Los errores no desaparecen, pero pierden su capacidad de definirte. Te das cuenta de que has pasado demasiado tiempo intentando corregir lo irreparable, buscando en el perdón una especie de salvación que nunca termina de llegar.

    Y entonces haces algo distinto.

    Dejas de necesitarlo.

    No desde la dureza.

    Desde la comprensión.

    Entiendes que no todo se soluciona, pero sí puede integrarse. Que no todo se repara, pero sí puede dejar de doler como antes. Y en ese punto, sin darte cuenta, recuperas algo que habías cedido: la capacidad de elegir.

    Porque ya no todo vale.

    Ya no te sirve cualquier vínculo, cualquier gesto, cualquier promesa. Empiezas a mirar con más precisión lo que tienes delante. A aceptar las imperfecciones, sí, pero no como excusa, sino como materia real con la que construir algo que no dependa de la fantasía.

    Y eso cambia la forma de relacionarte.

    El amor deja de ser un impulso desordenado y empieza a ser un espacio donde quieres estar sin perderte. Donde no necesitas invadir ni ser invadido. Donde acompañar no significa desaparecer.

    Pero no todo es presente.

    El pasado vuelve.

    Y esta vez no lo idealizas.

    Lo miras de frente.

    Reconoces que hubo momentos que te construyeron… y otros que simplemente ocurrieron. Que no todo fue épico, ni todo fue justo, ni todo fue necesario. Y aun así, todo forma parte de lo que eres.

    Y lo aceptas.

    Sin nostalgia innecesaria.

    Sin rechazo.

    Con una especie de orgullo tranquilo.

    Porque entiendes algo fundamental:

    no eres solo de dónde vienes

    eres lo que haces con eso

    Y desde ahí, empiezas a orientar.

    A darle sentido a lo que antes era solo impulso. A canalizar la fuerza que has ido acumulando. A preguntarte para qué sirve todo esto si no es para construir algo más sólido, más real, más tuyo.

    No necesitas respuestas definitivas.

    Pero sí dirección.

    Y la empiezas a encontrar.

    No en grandes decisiones.

    En pequeños gestos sostenidos.

    En una forma distinta de estar.

    En una manera más consciente de elegir.

    Septiembre no cierra nada.

    Pero por primera vez…

    empieza a ordenar.