• Donde aceptar también es una forma de amar

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Agosto 2010 — Donde aceptar también es una forma de amar

    Hay un momento en el que dejas de intentar encajar las piezas como si todo tuviera que tener una forma perfecta. No es resignación. Es otra cosa. Es entender que hay historias que no se completan, vínculos que no terminan de definirse, caminos que no llegan a cruzarse del todo… y aun así, siguen teniendo sentido.

    Y en ese punto, algo cambia.

    Ya no buscas poseer. Buscas compartir.

    Te acercas no para llenar un vacío, sino para sostener lo que hay, con sus luces y sus grietas. Entiendes que acompañar no es resolver, que estar no es corregir, que a veces la mayor forma de amor es simplemente no cerrar lo que el otro no puede abrir todavía.

    Pero no todo es sereno.

    Porque aceptar también tiene su filo.

    Hay recuerdos que regresan sin aviso. Momentos que no llegaron a ser y que, precisamente por eso, se quedan suspendidos en un lugar difícil de nombrar. No duelen como una pérdida clara. Duelen como algo que pudo haber sido distinto.

    Y eso pesa de otra manera.

    Sin embargo, no te detienes.

    Empiezas a mirar lo pequeño.

    Un gesto, una mirada, un detalle casi insignificante adquiere un valor que antes pasaba desapercibido. Descubres que la vida no se sostiene en grandes declaraciones, sino en instantes mínimos que, cuando se encadenan, construyen algo mucho más real.

    Y en paralelo, tu mente se expande.

    Demasiado, a veces.

    Las imágenes se atropellan, se mezclan, se distorsionan. Lo creativo se vuelve casi incontrolable. Hay belleza en ese caos, pero también agotamiento. Como si tu cabeza intentara procesar demasiado al mismo tiempo, buscando una forma que no termina de aparecer.

    Y entonces decides algo importante.

    Soltar.

    No desde la derrota.

    Desde la comprensión.

    Plantas una semilla… y eliges no poseer su resultado. Dejas que lo que has vivido tenga su propio recorrido, sin necesidad de controlarlo, sin exigirle un desenlace concreto.

    Y ahí, sin hacer ruido, ocurre algo.

    Renaces.

    No como alguien nuevo.

    Como alguien más ligero.

    Más consciente.

    Más libre.

    Porque entiendes que no todo lo que amas tiene que quedarse. Que no todo lo que compartes tiene que durar. Que no todo lo que sientes tiene que resolverse.

    Y aun así…

    merece la pena.

  • Donde lo invisible empieza a ser lo único importante

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Julio 2010 — Donde lo invisible empieza a ser lo único importante

    Hay un momento en el que dejas de mirar a alguien como un todo y empiezas a detenerte en lo que casi no se ve. No es una decisión consciente. Es una deriva. Como si la superficie ya no fuera suficiente y necesitaras entrar en los pliegues, en los gestos mínimos, en aquello que no se muestra pero sostiene todo lo demás. Descubres entonces que no estás observando, estás atravesando.

    Y en ese tránsito aparece algo inesperado. Lo que parecía firme empieza a desprender capas. No de forma brusca, sino como quien retira con paciencia lo que sobra. El hielo cede. La dureza se disuelve. Y debajo no hay una estructura perfecta, sino algo mucho más valioso: lo primitivo, lo que aún no ha sido corregido, lo que todavía late sin defensa.

    Ahí conectas.

    Porque no buscas perfección. Buscas verdad.

    Y sin darte cuenta, empiezas a intervenir. A aliviar, a sostener, a intentar comprender aquello que el otro no siempre sabe explicar. No desde la superioridad. Desde la necesidad de que eso exista sin romperse.

    Pero no todo es limpio.

    Porque cuanto más profundizas, más evidente se vuelve la distancia entre lo que se muestra y lo que realmente es. Hay cuerpos trabajados, gestos aprendidos, sonrisas diseñadas para encajar… y sin embargo, falta algo. Falta alma. Falta grieta. Falta imperfección real.

    Y eso te incomoda.

    Porque tú ya no puedes volver atrás.

    Ya no puedes quedarte en lo decorativo.

    Necesitas atravesar.

    Necesitas entender qué hay debajo de ese marfil pulido, de ese ébano quebradizo que se esconde tras la forma.

    Y en ese proceso, también te encuentras contigo.

    Con tus propias paredes vacías.

    Con la rutina que asfixia.

    Con la ausencia que pesa más cuando todo lo demás se detiene.

    No hay distracción posible ahí.

    Solo silencio.

    Solo evidencia.

    Y sin embargo, no todo se oscurece.

    Porque en paralelo, algo en ti sigue creando.

    Sigues viendo belleza en lo mínimo. En un reflejo, en un color, en un instante detenido. Sigues componiendo, aunque nadie escuche. Sigues escribiendo, aunque no haya respuesta. Sigues sintiendo, incluso cuando lo fácil sería cerrarte.

    Y eso marca la diferencia.

    Porque ya no buscas solo vivir.

    Buscas comprender.

    Buscas descifrar.

    Buscas sostener lo que no se ve.

    Julio no es un mes de certezas.

    Es un mes de aproximación.

    De entrar sin saber exactamente qué vas a encontrar.

    De aceptar que no todo se revela.

    Pero aun así, seguir.

    Porque hay algo que ya no puedes negar.

    Que lo importante…

    no está en lo que se muestra.

    Está en lo que resiste cuando todo lo demás cae.

  • Donde volver a sentir ya no es inocente

    miércoles, abril 1, 2026 Permalink 0

    Junio 2010 — Donde volver a sentir ya no es inocente

    Hay un momento en el que algo dentro de ti vuelve a moverse. No es una explosión, no es un renacer épico. Es más sutil. Como si el cuerpo recordara antes que la mente que sigue vivo. Vuelves a sentir el impulso, el deseo, la necesidad de acercarte, de tocar, de recorrer lo que antes te era natural y ahora se presenta como un territorio que reconoces… pero no habitas igual.

    La libertad aparece como una palabra que ya no es ingenua. No es correr sin dirección, no es perderse sin consecuencias. Es otra cosa. Es saber que puedes empezar de nuevo, pero también saber lo que implica hacerlo. Has aprendido a volar, sí, pero ya conoces el peso del viento cuando cambia.

    Y aun así, te entregas.

    Te deslizas otra vez hacia el cuerpo, hacia el gesto, hacia la piel. Buscas esa intensidad que no se puede fingir, ese instante en el que todo se ordena sin necesidad de explicarlo. La noche vuelve a tener sentido, el deseo deja de ser recuerdo y se convierte en presente. Hay vida ahí. Hay verdad.

    Pero no todo es limpio.

    Porque en paralelo, algo no termina de encajar.

    La distancia sigue existiendo, incluso cuando estás cerca. Hay palabras que no llegan, decisiones que no dependen de ti, promesas que no terminan de cumplirse. Y en ese espacio, aparece la tensión. No como drama, sino como un pulso constante que no se resuelve.

    Luchas.

    No contra alguien.

    Contra lo que sabes.

    Porque hay momentos en los que entiendes demasiado bien lo que está pasando, y aun así decides avanzar. No por ignorancia. Por elección.

    Y eso pesa.

    Empiezas a exigirte más. A no conformarte con la superficie. A entender que ganar no es suficiente si no sabes sostener lo que consigues. Que el deseo, por sí solo, no construye nada si no tiene un lugar donde quedarse.

    Y ahí aparece algo nuevo en ti.

    No es dureza.

    Es estructura.

    Empiezas a mirarte con más claridad. A reconocer de dónde vienes. La infancia, los días puros, las pérdidas, los golpes… todo eso deja de ser pasado y empieza a formar parte de lo que eres ahora. No como carga. Como base.

    Y desde ahí decides.

    No rendirte.

    Aunque sientas que el otro lado ya ha soltado.

    Aunque percibas que hay decisiones tomadas que no pasan por ti.

    Aunque duela.

    Porque hay algo que no ha cambiado.

    Nunca has luchado para perder.

    Y eso no es orgullo.

    Es identidad.

    Pero también aprendes algo incómodo:

    no todo se gana luchando.

    Y aun así…

    no te retiras.

    No porque esperes un final distinto.

    Sino porque entiendes que hay batallas que no se libran para vencer, sino para no dejar de ser quien eres.

    Y en medio de todo, sigues sintiendo.

    Sigues deseando.

    Sigues buscando esa conexión que, aunque no se estabilice, te recuerda que estás vivo.

    Junio no te devuelve a quien eras.

    Te coloca en otro lugar.

    Uno donde la vida sigue.

    Pero tú ya sabes demasiado para vivirla igual.

  • Algo verdadero

    lunes, febrero 16, 2026 Permalink 0

    A veces un mismo pensamiento admite más de una forma.

    Más emoción o más reflexión.

    Más piel o más estructura.

    He escrito este texto en dos versiones distintas.

    No porque una sea mejor que la otra, sino porque ambas dicen algo verdadero desde lugares diferentes.

    Te invito a leerlas sin prisa.

    Y después, si quieres, dime:

    ¿cuál te toca más… y por qué?

    (Versión 1) Emoción

    Las relaciones humanas no empiezan cuando dos personas se conocen, sino cuando deciden no destruirse al descubrirse. Porque conocerse es fácil; lo difícil es soportar lo que vemos sin convertirlo en arma.

    Relacionarse es aceptar que el otro no es una prolongación de mi deseo, sino un territorio con leyes propias. Ahí nace el respeto. No como cortesía educada, sino como contención consciente. Respetar es no invadir cuando podría hacerlo. Es sostener la diferencia sin convertirla en amenaza.

    Y en ese espacio donde no invado, empieza el cariño. El cariño no necesita fuegos artificiales; necesita presencia. Es la mano que se ofrece sin aplauso, la mirada que baja la intensidad cuando el otro tiembla. Es una forma silenciosa de decir: no te voy a utilizar para completar mis vacíos.

    Pero el amor… el amor es otra cosa. El amor no es emoción continua ni entusiasmo perpetuo. Es una decisión que atraviesa estaciones. Amar es elegir cuando la emoción fluctúa. Es permanecer cuando el impulso inicial ya no nos protege. Es comprender que el otro no está para cumplir mi guion secreto, sino para escribir uno propio al lado del mío.

    Ahí surgen las frustraciones. Porque todos llevamos dentro una versión ideal del otro. Y cuando esa versión se desmorona, el ego reclama justicia. Pero la madurez nos enseña que frustrarse no es traición, es expectativa no revisada. Y la expectativa solo se sana cuando se mira de frente y se reduce al tamaño de la realidad.

    Entonces aparecen los sueños. Algunos compartidos, otros divergentes. Y comprendemos que amar no es soñar lo mismo, sino caminar sin impedir que el otro sueñe diferente. El vínculo no exige uniformidad, exige lealtad en el movimiento.

    El ansia, sin embargo, es el riesgo permanente. Ansia de intensidad, de plenitud inmediata, de certeza absoluta. Queremos ahora lo que necesita tiempo. Y en esa prisa podemos incendiar lo que apenas comenzaba a arder. El fuego no es el problema; lo es la incapacidad de administrarlo.

    La pasión madura no desaparece. Se transforma. Pasa del arrebato al pulso profundo. Ya no es vértigo, es gravedad compartida. No necesita demostrarse; simplemente se reconoce.

    Y todo cambia. Siempre. La dinámica de una relación no es estabilidad, es adaptación. Somos organismos en movimiento. Si no aceptamos esa transformación, nos aferramos a una versión del pasado y culpamos al presente por no parecerse a lo que fue.

    Por eso, al final, lo único verdadero es caminar juntos sabiendo que el suelo no es firme. Como cuando paseamos descalzos por la orilla del mar. La arena se hunde bajo los pies, el agua avanza sin pedir permiso, el salitre se adhiere a la piel y el viento nos despeina sin preguntar si estamos preparados.

    Nos miramos. Nos cogemos de la mano. El mar nos salpica y entendemos que no podemos dominar las olas, pero sí decidir no soltarnos.

    Y es ahí donde descubrimos algo profundamente humano: lo más profundo que podemos tocar no es una idea ni una promesa. Es la piel. Porque la piel es límite y es encuentro. Es frontera y es puente. Es la prueba de que estamos aquí, vulnerables y reales.

    La vida no se detiene para que la comprendamos. Pero podemos caminarla descalzos, conscientes de que el respeto sostiene, el cariño acompaña, el amor elige, la frustración enseña, los sueños orientan, el ansia advierte, la pasión madura y la dinámica nos obliga a evolucionar.

    Y si logramos todo eso, aunque sea por instantes, entonces sí…

    habremos tocado algo verdadero.

    (Versión 2) Conciencia

    Las relaciones humanas no nacen del encuentro, sino del consentimiento tácito de no devastarnos al descubrirnos. Porque descubrir al otro es inevitable; respetarlo cuando deja de coincidir con nuestra expectativa, es elección.

    Nos vinculamos buscando espejo, y olvidamos que el espejo no solo devuelve belleza: devuelve fisuras. Ahí comienza el respeto. No como gesto educado, sino como disciplina interior. Respetar es contener la invasión posible. Es aceptar que el otro es un territorio soberano, no una prolongación de mi voluntad. Es comprender que amar no otorga derechos de ocupación.

    De esa contención brota el cariño. No el afecto exhibido, sino el que se posa como luz tenue sobre la superficie del día. El cariño es la atención sin cálculo, la mano que acompaña sin apropiarse, la mirada que se suaviza cuando el otro flaquea. Es una forma de presencia que no reclama protagonismo.

    El amor, en cambio, exige una arquitectura más compleja. No es entusiasmo continuo ni exaltación perpetua. Es una voluntad sostenida que atraviesa estaciones. Amar es elegir cuando la emoción no garantiza el impulso. Es asumir que el otro no ha sido creado para completar nuestras carencias, sino para compartir nuestras transformaciones.

    Y sin embargo, toda relación se ve atravesada por la fractura de la frustración. Frustración es la distancia entre el ideal que proyectamos y la realidad que respira frente a nosotros. El conflicto no surge porque el otro falle; surge porque nuestra expectativa no fue revisada. La madurez consiste en reducir el tamaño del reproche y aumentar el de la comprensión.

    En ese terreno se despliegan los sueños. Algunos convergen, otros divergen. El desafío no está en soñar lo mismo, sino en caminar sin sabotear el sueño ajeno. Porque amar no es uniformar horizontes, sino aprender a sostener diferencias sin erosionar el vínculo.

    El ansia introduce el riesgo. Ansia de intensidad constante, de certeza absoluta, de plenitud inmediata. Queremos que el fuego arda sin pausa, ignorando que todo incendio descontrolado termina por consumir su propio combustible. El ansia no es enemiga del amor; lo es su impaciencia.

    La pasión madura no desaparece: se depura. Deja de ser vértigo para convertirse en gravedad compartida. Ya no necesita proclamarse; se reconoce en la calma densa de dos cuerpos que han aprendido a escucharse sin ruido.

    Y todo se transforma. Siempre. La dinámica del vínculo no es estabilidad estática, sino ajuste continuo. Somos organismos en evolución. Pretender que el otro permanezca idéntico es exigirle que deje de vivir. La relación que no acepta el cambio se convierte en museo; la que lo integra se convierte en viaje.

    Entonces, al final del trayecto, caminamos descalzos por la orilla del mar. La arena cede bajo el peso, el agua avanza y retrocede con indiferencia majestuosa, el viento arrastra sal y memoria. Nos cogemos de la mano no para detener las olas, sino para no soltarnos en medio de ellas.

    El mar nos salpica y comprendemos que la vida no se domina; se atraviesa. Que el respeto sostiene, el cariño acompaña, el amor decide, la frustración enseña, los sueños orientan, el ansia advierte, la pasión madura y la dinámica obliga a evolucionar.

    Y mientras el horizonte se diluye en una línea incierta, descubrimos algo esencial:

    Lo más profundo que podemos tocar no es una promesa ni una idea.

    Es la piel.

    Porque la piel es límite y es encuentro. Es frontera y es umbral. Es la prueba tangible de que estamos aquí, vulnerables y reales.

    Si logramos caminar así —sin poseer, sin imponer, sin huir— aunque sea durante un tramo breve de la marea, entonces sí…

    habremos tocado algo verdadero.

  • Oda a la mujer que ya no espera

    miércoles, febrero 11, 2026 Permalink 0

    —ni permiso, ni milagro—

    La madurez de una mujer es una verdad desnuda.

    No busca decorados, ni luces añadidas.

    Camina con la serenidad del fuego lento, ese que no arde para exhibirse,

    sino para mantener vivo lo que de verdad importa.

    Su belleza ya no necesita explicaciones.

    Porque no pregunta, afirma.

    Porque cada línea en su piel es una palabra escrita en un idioma que no todos merecen leer.

    Ya no hay prisa.

    No en su voz.

    No en su cama.

    No en sus ganas.

    Todo lo que hace es desde la intensidad,

    pero sin urgencia.

    Es el arte de vivir cuando ya no se mendigan certezas,

    sino que se construyen a pulso.

    Ella susurra pensamientos, sí.

    Como una caricia furtiva en medio del caos.

    Sabe que el optimismo no es ingenuidad,

    sino deber.

    Que hay que encardinar cuerpo, mente y alma

    para no convertirse en estatua,

    sino en volcán que elige cuándo despertar.

    Cuando camina, las miradas se pierden.

    Pero ella no se detiene.

    Porque sabe que ya no envejece,

    evoluciona.

    Tus dudas —le dice la vida— se esculpen sobre mis emociones.

    Y ella, que aprendió a no dominarlo todo,

    te ofrece adaptación,

    no sumisión.

    Entrega,

    no obediencia.

    Ya no se valora por lo que da.

    Se reconoce por lo que es.

    Y no acepta que la midan por lo que fue.

    Porque aún tiene mucho que presentar a la vida.

    Ella ha aprendido a rodearse de lo que suma.

    De lo que la nutre.

    Y cada pliegue en su piel no es cansancio,

    es mapa,

    es dirección,

    es deseo en forma de trinchera.

    La intensidad baja un punto.

    Sí.

    Pero la profundidad gana océanos.

    Ahí es donde nos vemos.

    Ahí es donde nos buscamos.

    Tal vez…

    ahí es donde por fin,

    nos encontremos.

    Y si llego hasta ella, hasta su ahora, hasta su verdad…

    No te atrevas a prometerle eternidad.

    Atrévete, simplemente, a no fallarle en el presente.

  • La canción más bella del mundo

    jueves, diciembre 25, 2025 Permalink 0

    La canción más bella del mundo tiene tu nombre

    aun sin poder pronunciarlo.

    No tiene partitura ni melodía fija.

    No suena en los teatros, ni en las radios, ni en las galas de premios.

    Y sin embargo, la escribimos cada día.

    Con cada verso de silencio, con cada susurro no dicho,

    con cada instante que roza lo invisible y se queda a vivir en nosotros.

    La canción más bella del mundo suena

    cuando se ríen los niños sin saber por qué,

    cuando la lluvia no moja, sino acaricia,

    cuando el verde no es solo color, sino estado del alma,

    cuando el rojo no arde, pero avisa.

    Suena cuando el rostro está lavado,

    pero aún guarda cicatrices invisibles que ya no duelen.

    Cuando el humo de un puro no ahoga,

    sino acompaña en la contemplación.

    Cuando la luz cambia y con ella, nosotros.

    Cuando las hojas de las palmeras se inclinan sin rendirse,

    cuando un farolillo moribundo aún insiste en alumbrar

    como si supiera que su final también ilumina.

    La canción más bella del mundo se escribe

    en lo que no se mueve, pero contiene la historia:

    un barco inmóvil con velas desplegadas

    sobre una encimera que ya es océano.

    Un reloj de arena detenido que sólo espera una mano.

    Una piedra que no quiere ser joya,

    solo estar, solo ser.

    Un caballo de jade que galopa inmóvil

    sobre una pradera de papeles escritos a medias,

    sobre la pátina verde de lo vivido,

    como si el tiempo le hubiera perdonado la prisa.

    Un gramófono que ya no gira,

    pero guarda la memoria del primer baile,

    de la voz que cantó antes de que supiéramos llorar con la música.

    Y ahí, justo ahí, en ese instante suspendido,

    cuando todo te rodea sin exigirte nada,

    cuando el silencio te arropa sin juicio,

    cuando no buscas el límite de las cosas

    porque estás demasiado ocupado en sentirlas…

    Ahí es cuando la canción se completa.

    No porque tenga un final.

    Sino porque no lo necesita.

  • Contar piedras, bailar lunas

    lunes, noviembre 10, 2025 Permalink 1

    Cuando conocemos nuevos mundos,
    estamos creando nuevas ilusiones.
    Nos damos cuenta de que, aunque estamos limitados día a día,
    la alegría es capaz de ampliar.
    Sobre todo, al atardecer.

    Me encanta contar piedras blancas y piedras negras,
    como si fueran cuentas de un collar invisible
    que alguna vez me regaló la infancia.

    Y recordar que hay abrazos tan extraños,
    que se pierden entre cada cien, doscientas posibilidades de besarte.

    Hay una presencia capaz de cambiar la alegría,
    como un soplo que la redirige,
    como un niño que la colorea desde dentro.

    No hay otro lado de la luna
    sin que vayamos juntos a por él.


    Me encantan los besos dulces.
    Me encantan los silencios que los preceden.
    Me encantan los restos de mar
    que se nos quedan pegados en los tobillos
    cuando corremos hacia la nada,
    pero juntos.

    Enséñame a sentir la poesía sin pedir permiso,
    a dejarme llevar bajo la cola de una cometa,
    caracolear entre las nubes
    y asirme a cada gota que desciende sobre ti
    hasta fertilizar tu piel.

    enmudece la lágrima con una caricia.
    Elige una imagen y coloréala con palabras.
    Usa tu cuerpo como una brújula
    que me evada del caos.
    Suelta el pincel antes de aplicarlo
    y deja que vuele a su libre albedrío.

    Recuérdame siempre lo mejor de lo que realmente soy.
    Intenta reinventarme.
    Siéntete libre,
    porque nada de lo que fue
    quiere permanecer si no es para caminar a tu lado.

    Y no me hizo falta gloria,
    ni promesas, ni victoria.
    Solo andar contigo
    me pareció suficiente
    como para llamarlo vida.

  • Mi barrio…mi vida. Mi nada… mi todo

    miércoles, octubre 22, 2025 Permalink 1

    ¿Había nubes en nuestra infancia?No lo recuerdo con nitidez, pero recuerdo el camino.

    La calle asfaltada, los edificios inertes, el barrio dormido.

    Algunos restos de platanera, un lagarto al sol, un juego a medias y una locura siempre sana: competir.

    Competíamos por todo. Al fútbol, en la charca, al robo de algarrobas, a las construcciones a medias que eran fortalezas, castillos o el lejano oeste.

    Aquel campo de fútbol era aparcamiento y estadio. Aquel cubo oxidado era armadura.

    Y nosotros, insurrectos y centuriones, cowboys y romanos, todos en uno, todos a la vez.

    Las conversaciones, llenas de nada y de todo, como las de un rebaño engalanado de campanas.

    Las películas eran viejas, de vaqueros, de romanos, de historias macabras, a veces truculentas.

    Y un coche pasaba cada media hora.

    Los días de Reyes eran epopeyas.

    Las fiestas de cumpleaños eran íntimas: pocos amigos, algo de familia, una tarta de galletas.

    Y la cocina olía a madre, tía, a primo, a hermano, a vida.

    Hacíamos arcos con ramas de palmera y cuerda de embalar.

    Construíamos carros con rodamientos.

    Jugábamos al trompo hasta astillarnos los dedos.

    Las chicas del barrio saltaban a la comba mientras mi madre nos miraba desde el balcón.

    Jugábamos con grandes cubos de aluminio como si fueran naves espaciales.

    Los boliches eran trofeos, los listados, joyas de colores.

    La música del circo sonaba baja, lejana, muchas veces con animales, otras con trapecistas.

    Y siempre, siempre, los ojos abiertos como paréntesis, esperando algo mágico.

    Las primeras máquinas de pinball eran universos.

    La dulcería del barrio era la embajada de la felicidad.

    Todo aquello fue cimiento de lo que soy.

    Y lo anhelo. En el último de mis recuerdos.

    Aquellos tiempos que tal vez nunca debieron irse.

    O tal vez nunca debieron existir.

    Quizá esa es la maldición que todos cargamos:

    no poder elegir qué parte del futuro vivimos,

    ni qué parte del pasado debimos evitar.

    Pero aquí estamos.

    Valientes.

    Resistentes.

    Armados de nostalgia y de ternura.

    Confusos, pero animados.

    Ilusionados, aunque reinterpretados.

    Dictando.

    Escribiendo.

    Intentando rememorar,

    con la poca clarividencia desgastada que aun nos queda,

    esto soy hoy.

    Con esto.

    Con aquello.

    También fui.

  • Nunca supe odiar

    lunes, agosto 11, 2025 Permalink 0

    Nunca supe odiar,

    y tal vez cuando me prometiste la eternidad

    ya sabía que jugabas con el azar.

    Por un instante me quedé sin nada,

    y sin embargo,

    me diste el poder de la resurrección.

    Faltaba mucho por vivir

    para aceptar una despedida de la vida.

    Aprendí a ser feliz con los pequeños detalles efímeros,

    esos que, aun siendo tan frágiles,

    pueden dibujar una sonrisa.

    Abrigarme en abrazos,

    colgarme de tu risa

    como un columpio

    sobre ese ratito de más que te hace feliz.

    Ser parte de ti sin invadirte,

    añadiendo capas de sueños.

    Aún espero que vuelvas a mirarme así:

    una descarga eléctrica

    en el fondo de mi pupila.

    Me gusta que me veas

    como un sentimiento que te complementa,

    volver a sentirnos suficientes,

    el uno para el otro.

    Cambiarte el vestido por un pijama,

    conjurar suelos con caricias,

    reparar tu piel rota,

    soplar sobre ella

    mientras te proyectas fuera de tu cuerpo.

    Y en ese instante,

    como quien roza la eternidad

    sin pronunciar su nombre,

    volver a vivir.

  • El tiempo no siempre cura. A veces, enseña. A veces, castiga. A veces, corona.

    viernes, julio 11, 2025 Permalink 1

    Hay quienes creen que el tiempo es un bálsamo.

    Otros, que es juez imparcial, que dicta sin pasión,

    que todo lo olvida y todo lo arregla.

    Pero nosotros —los que escuchamos al viento en los pasillos del alma—

    sabemos que el tiempo no siempre cura.

    A veces, enseña…

    con la lentitud de un amanecer que no llega,

    con la persistencia de una gota que horada la piedra.

    Otras veces, castiga…

    como el eco de una palabra no dicha,

    como el silencio que se quedó esperando en una despedida.

    Y, en ocasiones, corona…

    como si el sufrimiento fuera la fragua de los elegidos,

    como si la paciencia tuviera un trono de fuego y cicatriz.

    No es lineal, ni justo.

    El tiempo no es aliado de todos.

    Pero es arma.

    Una que puede esculpir imperios o arrasar convicciones.

    Una que separa a quienes solo viven…

    de quienes comprenden lo que significa haber vivido.

    Este escrito es para los que se arman con el calendario,

    que no lo temen ni lo endiosan,

    sino que lo usan como espejo y como mapa.

    Para los que han aprendido que el tiempo no te da…

    sino que te revela.

    Y que, llegado el momento, puede ofrecerte un cetro…

    o un abismo.

    Porque aquí, en este Génesis sin fecha,

    comienza una nueva forma de mirar los relojes:

    como símbolos, como amenazas,

    como promesas.