Y te tengo.
Y te sueño.
Como dios menor
por tí bendecido.
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Al socaire de tu espalda
Sentirte a dos milímetros
es el primer mandamiento
de mi arcana expiación
…
Una explosión desbocada
que me impide reinventar
ese momento con palabras.
…
¿Cuantas palabras hay detrás de cada sentimiento?
¿Cuántas se ruborizan por su fuerza en torrente?
¿Cuántas se electrifican en emotivas lágrimas nonatas?
¿Cuántas te echan de menos mientras te desean?
…
Al final solo entiendo de momentos.
De frases impronunciables.
De piel frágil, fragante y erizada.
De silencios al socaire de tu espalda.
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Nostalgia de ingenuidad
En los límites de la realidad
se extiende la frontera de la ilusión.
Esa que traspasábamos a diario
cuando no levantábamos un metro del suelo.
…
Un calidoscopio se convertía en cañón de luz.
Una nube perdida en la cuadriga de Ben-Hur.
El sonido de una gaviota en un dragón volador.
Y las olas el mar en temibles vikingos.
…
Un puñado de diez amigos del barrio
hacíamos incursiones a diario
invadiendo un mundo vedado
y a la vez deseado.
…
Atacábamos incesantemente.
Cambiando escudos por espejismos.
Y afiladas espadas
por globos repletos de agua.
…
Estaba prohibido pasar
sin una sonora sonrisa.
Nunca hacíamos prisioneros.
Y siempre prometíamos regresar.
…
Hoy en día sigo con mis incursiones.
En silencio y observando.
Con la prudencia de la edad
y la nostalgia de la ingenuidad.
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Cuando la mente porta alas
Como el aire forma parte de las nubes
mi deseo cimbrea sobre tu piel.
No es posible imaginar tus curvas
sin sumergirse en el siguiente nivel.
No son suficientes las manos.
Ni la noche se acaba en tus labios.
Es tal la intensidad de tu presencia,
que no me sorprende ronronear.
Cuando la mente porta alas,
y el corazón es su motor,
Pocas noches pasan en blanco
sin que me impregne tu olor.
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Nací libre
Nací libre.
Sobre la sal del mar.
Y el viento del sur.
La fuerza necesaria
para reiniciar mi vida
de cada rescoldo.
La conciencia suficiente
para elegir tu alma
y pasearla junto a la mía.
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Bajo el cielo
A veces te pienso.
Escribo bajo el cielo
una explosión de sonetos
a modo de lienzo.
Luego las combino.
con alguna estrella fugaz.
Un limbo perdido
O simplemente les otorgo libertad.
Nunca me defraudan.
De vez en cuando, incluso
coincide con el atardecer
y tan solo les dejo hacer.
Cuando todo encaja,
y la armonía impera
en la cadencia de la tarde,
casi consigo que estés presente.
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Ganar solo es el principio
Ganar solo es el principio.
En caso contrario nos aprieta la garganta
hasta que la desesperación por mantenerla
nos obliga a soltar el premio que nos ha vencido.
Por eso, ganar no es ambicionar.
Hay un punto más.
Una sensación de conseguir
para disfrutar.
Somos exigentes.
Y por ello debemos valorar
lo que consigues
como una parte de ti.
Si el destino me tiene en movimiento,
día tras día buscándote.
¿Crees que solo anhelo
deslizarme una vez sobre tu piel?
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La noche se vuelve salvaje
Cuando la noche se vuelve salvaje
y el deseo ahoga impío la razón.
Es el momento perfecto para disfrutarte
y terminar redecorando la habitación.
Buscar los pliegues donde la noche
fue dejando rastro entre los sueños.
Abrir esa preciosa caja de Pandora
para que vuelva a explotar una vez más.
A veces me despierto contando días.
Añorando noches sublimadas
entre palabras no pronunciadas
y un amargo sabor a letanía.
Es cuando me aferro a la almohada,
y maldigo la eterna distancia
que el olimpo puso entre ambos
por una promesa no consumada.
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Metáfora envolvente
Si mis ojos no ven,
y mis manos no sienten.
¿Cómo glorificaré
esta metáfora envolvente?
Se emancipan mis sueños
como lluvia de invierno.
Sin marcha triunfal.
Y sin posible consuelo.
No quiero abandonarme
a una piel desacostumbrada.
Ni a peregrinar por vitrinas
de neón impersonal y fluorescente.
Este es el desafío:
Conjugar verso y piel
para consolidar deseos
como obra maestra de tus días.
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A modo de frontera
Me deslizo entre las sábanas.
Siempre encuentro el calor
que necesitaron mis sueños
Para desplegar sus alas.
La mezcla perfecta
entre aroma y terciopelo.
Espacios inexplorados
y una delirante necesidad.
No tengo capacidad
para sintetizar como haces
que unas horas de complicidad
pueden hacerme estremecer.
Luego, mientras recuperas el sueño,
contar con la yemas de mis dedos
los huecos que tus vertebras ofrecen
a modo de frontera que entregar.
