Hablemos en presente mientras podamos.
El cuerpo envejece y el alma languidece.
Hablemos en presente mientras podamos.
El cuerpo envejece y el alma languidece.
Esta tierra conoce las viejas historias, y las nuevas.
Sabe de sueños. De hijos. De cada vez que te defraudé.
De las veces en que saltamos al vacío de la aventura.
Nunca hubo oscuridad porque fuiste posible. Y creí.
Te soy infiel en minúsculas.
A veces, me enamoro de tus ojos.
Otras de tus delicadas pestañas.
O me quedo prendado
de la curva de tu espalda.
Eres diosa
y eres tierra.
Fértil tierra,
diría.
En ti planto la esperanza
y recojo, religiosamente,
fruto de cada simiente.
Humildemente te adoro.
Me abono a los perlados relatos de tu infancia.
Al crujiente color de tus mareantes medidas.
Al exceso de tu ribera de sal que lamo con ansia.
A la pereza de tus meditaciones y titubeos.
Aun duerme mi lengua tras la última incursión.
Envuelto en aroma y recuerdo.
Despierto sin pasado,
y tendido al sol.
Los cuerpos desaparecen en el abismo intemporal de la vida.
Huérfanos de selección, se diezman las oportunidades.
Pasamos de ser guardianes de la belleza a víctimas de su pérdida.
Tan solo las apariencias nos unen el cansancio de nuestra pareja.
La sustancia del tacto ya no es más que un absoluto espectro.
El viaje compartiendo alforjas se trueca en una carga de dos.
Añoras el gusto del fruto de la higuera recién cortada.
La vista se te nubla mas allá de que puedas disimularlo.
Renuncias al desacuerdo a cambio de libar vacío y rencor.
Hasta los tendones de tu hombría se afinan cual cuchilla.
Debí dejarme tentar a menudo, y no guardar para el invierno.
O frecuentar mas bares donde los asesinos acortan el camino.
Debí hacer más caso de mi sed, y menos de mi conciencia.
Desobedecer al anillo de la felicidad y moldear arcilla.
Sin quererlo, llevamos una máscara de pavor a modo de defensa.
No está bien visto poder vivir con placidez, en un entorno gris.
Sin embargo nos olvidamos que la tristeza se contagia por el aire.
Bailamos danzas de guerra sobre el papel como dardos hirientes.
La presencia sofoca. Las risas y los abrazos se encaraman al techo.
La rutina y el miedo nos han llevado a la uniformidad extrema.
La piedad es una amable sonrisa que se ejecuta con virtuosismo.
No pronunciaré mis últimas palabras si no es frente a un ser amado.
Ni dejare de amar a quien me devuelva una mirada dulce.
Me sublevo ante la idea de comenzar a morir en los inicios.
Amar permutando gracia y deseo.
Abro los ojos, y sueño contigo.
Esta vida es un calvario.
Un bucle de resurrección,
donde el renacimiento
se torna doloroso y cruel.
El absoluto protagonista,
de tu propia historia,
es un dolor ancestral,
a veces, irrespirable.
Inmortalidad absoluta
de una vida trivial
que sólo sobrevive,
y olvidó disfrutar.
Seducimos a la muerte
hasta que su fría mirada
congeló nuestros sentidos
criminalizando la vida.
Inspirados en la soledad
mi generación se evapora
bajo una hipótesis cíclica
que ha perdido su magia.
Mi patria es tu voz.
La escuela de los sentidos.
El huésped del diluvio.
El color juramentado.
La comicidad de la tierra libre.
La gloria insomne.
La conciencia de universalidad.
La rendición a tus pecados.
La geometría de tus ángulos.
La exactitud razonable.
Hablemos de hermosura.
De amor sin puertas ni ventanas.
De cuerpos apreciados.
De resurrección y sonrisas.
De gemidos y rugidos.
De lo transitorio.
De lo eterno.
De esculpir alcobas.
De secretos censurados.
De besos infalibles.
De fervor y languidez.
De errores y utopía.
De águilas y viento.
Del derecho y del revés.
De éxtasis y abstracción.
Llevo tu sabor en mis labios.
Las renuncias inconfesables.
Y las explícitas, también.
Me bebí tu coraje,
hasta su última gota.
Mi criatura perfecta.
El palacio de piel y sangre.
La sintaxis de la belleza.
Lo estético de la vida.
La almohada de mi orgullo.
Prisioneros del amor.
Cantantes de blues,
con nombre de mujer.
Aulladores a la luna nueva.
Lobos, cuando está llena.
Mentes inquietas.
Mendigantes de un guiño.
Bebemos de los viejos tiempos,
de seda y algodón
Siempre soñando con volver,
como las viejas rancheras.
Empapados de lluvia.
Escuchamos hasta el eco
de una sonrisa perdida.
Soñamos con lo eterno,
sentados sobre la esperanza.
Diseñamos color y damos vida,
sobre lunas inertes.
La noche es el punto y seguido
de un otoño que palidece.
Errores y palabras huecas,
a la búsqueda del gran amor.
Hábitos de infancia
en un cuerpo angosto.
Trenes de larga distancia,
sin estación cercana.
Puentes entre boda y baile.
Miel con sabor a rendición.
Al fin y al cabo, la vida
es un té para dos,
al que no sueles asistir.
Palabras anticuadas recubiertas de inocencia.
Gargantas apiñadas con un eco minúsculo.
Labios mordidos bajo la anarquía de un sueño.
Un rastro a cambio de una certeza.
Mi vida se acorta y mi esperanza se oxida.
Sobre los hombros cargamos rostros de mármol.
Lo transitorio y longevo gotea bajo tus ojos.
La tremenda inmortalidad del recuerdo pueril.
La rodilla hincada en la arena del mar.
Un mundo que adolece de hombres de verdad.
Me balanceo en el regazo de tu perdón.
Preguntas complejas exigen respuestas sencillas.
Eres metáfora y piedra. Mesura y crisálida.
Alejo silencios y despedidas.
Habito tu cuerpo y te mantengo cerca.
La inmutable eternidad.
Mi desesperación.
Mi principio.
Mi fin.
Huellas huérfanas de estrellas.
Duendes a la deriva del deseo,
privaron del color a mi sangre.
Me doctoré en desiertos de silencio,
amontonando verdades oxidadas,
y un puñado de caramelos de menta.
Esperanzas roídas por el olvido,
me han convertido en un poeta,
cuya capa no protege del viento.
Malherido a base de ráfagas,
donde me refugiaba del estío,
aprendí a venerar mi mortalidad.
Amando tu sombra sobre mi cama,
Intimé, toscamente, con mi soledad.
No sé si sonrojarme y pedir disculpas,
o invitarte a participar de esta conjura.
Comenzó con el deterioro de un poema,
y una cortina de halagos efímeros y sublimes.
Melancolía banal que se infiltra en mi sangre.
Mármol cincelado con la precisión del verbo.
Hay un destino para cada historia que vivimos.
Aunque no tengo tan claro que, en el momento
en que iniciamos una segunda, o tercera,
no estemos lastrando nuestro propio destino.
Tenemos pánico a las cartas sin remite.
Temblamos ante la pérdida de la llave
que nos encierra entre cuatro paredes.
A que los muertos vuelvan o desaparezcan.
A que mis memorias sean comedia, y no prosa.
A que una flecha quite la vida en vez de darla.
A que una fotografía se vuelva anónima.
A que las alas batan y el mundo no cambie.
Debe existir un mundo mejor, pero,
lamentablemente, no es mi mundo.
Soy un ingenuo perseverante.
El sereno de una oscuridad plañidera.
La costumbre que se convierte en habilidad.
La contemplación juiciosa que observa.
El yermo campo de batalla dejó de ser inexpugnable
La felicidad exige insignias y víctimas, a partes iguales.
Mientras progresa la humanidad el celeste se vuelve gris.
La igualdad es una tabla rasa por lo bajo de las emociones.
Perdemos infinidad de vagones.
Las ciudades ya no son hogar.
La vida es arqueología cotidiana.
El silencio no abraza. Si acaso llueve.
Los muros caen en silencio y sin vítores.
Los truenos cabalgan sobre las nubes.
Quiero entregarme y no adivino a quien.
Vendemos remedios envueltos en periódicos.
La mirada brilla sin lágrima a la vista.
La sonrisa, opaca de uso,
reverdece un instante.
La esperanza, simplemente, languidece.