Sofoquemos la ignorancia con lo cercano.
Envejezcamos de manera pausada y atenta.
Tratemos de superar lo escrito por nuestros ancestros.
Desertemos del hambre como de la autocomplacencia.
Seamos espiga e incienso.
Abrazos y sentida felicidad.
Sofoquemos la ignorancia con lo cercano.
Envejezcamos de manera pausada y atenta.
Tratemos de superar lo escrito por nuestros ancestros.
Desertemos del hambre como de la autocomplacencia.
Seamos espiga e incienso.
Abrazos y sentida felicidad.
Las ventanas del coche despiertan jaspeadas de noche.
En el poste de teléfonos, otea un cernícalo su primera presa.
Me hundo en el aroma del café y vuelo lejos.
En el borde de la niebla del pasado, donde mora la nostalgia,
estarás enroscada bajo la manta. Allá lejos, en tu casa.
Tus sueños y deseos, absortos, juegan bajo las sábanas.
Tu almohada sostiene un suspiro entrecortado.
Tu mente descansa.
Tu cuerpo emerge del submundo de la nostalgia.
Se insensata y disfruta de todo.
Deja que las palabras se arremolinen
Bajo el abrigo del viento de otoño.
No intentes decirme que alguien te espera cuando te sientes sola.
Tus barreras se abaten con un golpe de viento, y trazas de locura.
Bésame. Lo que se lleva el viento, no infunde miedo, ni explicación.
Fui sangre y fui piedra.
Inerte y helada.
Helada e inerte.
Casi caduca.
Das coherencia
al lejano tañido
tras la desolación.
Reduces a una coma
la encíclica que desbasta
el instante desnudo.
Una incontable constelación
conjura el pavor de mi llanto.
Llueve una banda sonora indescifrable
El otoño viene a morar sus tres meses y un día.
Las piedras del jardín se resisten a evaporar
los últimos rayos atesorados del verano.
Una etérea flor de buganvilla se suicida,
salpicando sonrisas sobre los charcos.
Las vasijas abren, aun más, sus bocas
en busca de un hálito de agua.
El silencio ha emigrado.
Las tejas ejecutan su cacofonía otoñal.
El olivo gotea con la parsimonia de su aceite.
Las macetas se inundan y todo el jardín
toma un color intenso y brillante ,
mientras la luz de la tarde agoniza.
Me doy cuenta que me agrada
el hecho de sincronizar mis años
mientras jugueteo con tu recuerdo.
Acontecerá la esperanza.
Y con ella, tu presencia.
Gracias.
Por impedir que me ahogue con mi propia vida.
Por escuchar pacientemente cuando ni yo sé lo que quiero.
Cuando los botones se desordenan y sonríes mientras te acercas.
Por esperar por mis papeles garabateados de vida y locura.
Gracias.
Por las minucias que dan fruto al despertarme, aun de noche.
Por cambiar tu respiración por la mía hasta que se acompasa.
Por tus manos mansas y cálidas que contienen, al menos, dos mundos.
Por ser mi centro de gravedad y el reflejo nítido de mis oraciones.
Gracias.
Por la satisfacción del perdón recibido y nunca solicitado.
Por cerrarme en tu círculo al borde del mar con el pliegue de sus olas.
Por la ausencia de secretos y la memoria henchida de felicidad.
Gracias.
Me atormenta la nostalgia.
Nada concreto.
Tan solo el tiempo
que ya no respiro.
Las frases olvidadas.
Los actos no perpetrados.
El lento quejido.
Los gritos imperceptibles.
La distancia milimétrica.
Lo obsceno de la calma.
La pérdida de entusiasmo.
El exceso de conocimiento.
Las guerras. Las malditas guerras.
Las sanguinarias y las incruentas.
Esas que que no matan,
pero horadan la autoestima.
He olvidado músicas enteras.
Hago esfuerzos redoblados
para seguir hablándome
cuando me enfrento al espejo.
Caminamos juntos,
y seguimos en soledad.
Sobreviviendo.
Respirando ecos.
Sin valorar que,
con un chasquido de tus dedos,
estaría dispuesto a colgar
mi gabardina en tu perchero.
Llevo cambiados
mis pasos de baile.
Mi mente vuela sola
y no sabe asirse a tu mano.
Un espejo me presenta
la curva de tu espalda
y me quedo sin opciones:
Quiero aprender a amarte.
Sin dejar de caminar.
Sobre los raíles del tren.
Sin estaciones.
Juntos.
No hace falta que tus manos se posen en mi cuerpo.
Pues eres fuente inagotable de sueños y deseo.
Y aunque mi apetito por ti siempre superó mi juicio
No dejo de guardar una bala que siembre el silencio.
Mi silencio.
Eres la infinita cintura bajo tu sombrero al viento.
La arcilla resbaladiza que alberga entre los dedos.
La lumbre que da la espalda al frio de la noche.
El deseo criado en el aire que anida en tu pecho.
Nací errante hasta que tu presencia se convirtió en mi estrella de referencia.
Hoy reinas en el espacio donde aspiro a ser príncipe de la gracia que emanas.
Tan solo quiero dormir al ritmo de tu respiración, al leve contacto de tu pecho.
El alba va orquestando la mañana y aun mi mente vuela dispersa entre tu pelo.
Ladeo mi cabeza como un depredador que enfoca el cuerpo que quiere devorar.
Me dejo llevar para recibir una intensa respuesta a mi ancestral embestida.
Y sonrío feliz. Lejano en la distancia. Y tan cercano a tu piel, como un escalofrío.
Un espejismo excitable que me posee y aviva la compulsiva locura que me corroe.
Un poema de suerte alterna. Un circo sobre hielo que regresa cada invierno.
Pasan los años y aun celebro nuestro primer día.
Aspiro la habitación y huele a hierba recién cortada.
Incrusto la cara en la almohada y siento tu esencia.
Desde ese día, nunca han habido ausencias en mi fe.
Nos deslizábamos entre riberas lejanas y olvidadas.
Sin velas que desplegar o con viento impracticable.
Nunca necesitamos estrellas que nos guiasen.
Ni proyectamos sombra donde no nos convenía.
Todo ha sido crédulo y sencillo al albor del amanecer.
Nunca tragamos arena ni aspiramos ceniza de naufragio.
Las páginas de los libros abanicaron nuestros ideales.
Hemos vivido sin grandes penas y sin hacer mucho ruido.
Sigues siendo el proyecto y el galardón de mi destino.
Fue tan importante conseguirte de entre tus sueños
que aun sigues gustándome después de conseguirlo.
Algunas veces siento miedo.
Cruzo la línea de la vulnerabilidad .
Roto en fragmentos de fragilidad.
Tan solo sientes un sereno rocío.
Llamaradas, aun en silencio.
Una existencia torpe y cruel.
Aprendes a tirar de tu historia y a recordar.
No culpas a nadie al mirarte al espejo.
Y como ley natural, lo mejor está por vivir.
Te perdí de vista, aunque siento que sigues ahí.
Así fluyen las noches entre la culpa y la tristeza.
No desaparecen los sentimientos, y sin embargo,
el hecho de no disfrutarlos, enmohece el vacío.
Una ley inexorable a la que no me acostumbro.
La distancia es terca, pero el recuerdo lo es más.
No hubo palabras de despedida. Solo silencio.
Demasiado silencio.
Historias de un pasado imperfecto.
Tristezas incomprensibles.
Reencuentros con sombras.
Ecos, inevitables y boscosos.
La confusión entre el perfume
y el aire indiferente del otoño.
Noches de cereza y viento.
Manos ungidas de silencio.
Hablemos en presente mientras podamos.
El cuerpo envejece y el alma languidece.