En el vasto lienzo de la existencia,
donde las estrellas susurran secretos
y el viento arrastra memorias de tiempos pretéritos,
dos almas se descubren.
Sus corazones laten acompasados,
como si desde siempre hubieran vibrado
en una frecuencia antigua, imposible de fingir.
En la quietud donde la noche aún no decide ser sombra,
ella pronuncia versos que evocan un amor que no se construye, sino que se recuerda,
como si ya lo hubieran vivido bajo otro cielo.
Él, con la mirada de quien ha comprendido demasiado,
responde con silencios que contienen más verdad
que mil palabras bien dichas.
Fluyen a través de caminos que no pisan, sino que intuyen.
La tierra no los sostiene:
los reconoce.
El cauce del río retoza entre ritos ancestrales,
como si el agua celebrara cada paso dado sin miedo.
En cada gesto, sienten la sagrada conjunción de lo humano y lo eterno.
Porque el amor que comparten no se sacia,
se expande.
No pide, revela.
Y donde muchos buscan certeza,
ellos se abrazan a la paradoja:
lo invisible es lo más real.
La mente es su campo de batalla,
pero también su altar,
la balsa de aceite sobre la que navegan sueños con nombres imposibles.
Y basta una palabra —a veces ni siquiera pronunciada—
para que todo el universo se incline un segundo hacia su centro.
Por eso, más que hablar, conversan.
Más que caminar, permanecen en tránsito.
Más que amar, se reconocen.
Y si alguien preguntara cómo logran habitar ese misterio,
responderían con una sonrisa apenas insinuada:
“Cabalgamos sobre el silencio.
Y ahí, todo encuentra sentido.”