Hay adioses que pesan como piedras, que se clavan en el pecho y laten como un eco de lo que ya no será. Se van con la sombra de lo que fuimos, con promesas que nunca encontraron su puerto, con palabras que murieron en los labios antes de hacerse verdad.
Pero hay otros adioses que liberan, que son aire después de la tormenta, la puerta que se abre hacia el vacío y nos deja, por fin, respirar. Se llevan el peso de lo que ya no encajaba, de lo que fue demasiado tiempo una cárcel, de lo que insistimos en retener cuando ya solo era ruina disfrazada de refugio.
Dolor y alivio caminan juntos, como dos sombras que se miran desde lados opuestos del mismo abismo. Porque un adiós es siempre un quiebre, pero a veces, en la grieta, es donde entra la luz.
Cuando la sombra se alarga y la noche extiende su manto, el alma vacila entre la memoria y el olvido, atrapado entre la grandeza del pensamiento y el peso de su propia desesperanza. Pero la verdad que se desliza entre los versos no es la rendición, sino la lucha: la pugna constante entre la belleza y la desolación, entre la luz y la penumbra de la existencia.
Porque la desesperanza es un eco que resuena en los vacíos del corazón, pero no es la única voz. Hay otra, más firme, más honda, más verdadera. Es la voz de la certeza silenciosa, de la vida que persiste incluso cuando la fe se resquebraja. Es la voz que susurra que no todo está perdido, que la belleza no es solo un recuerdo, sino una promesa aún en pie.
Arrecia la tormenta y la fuerza del viento. Y es ahí donde radica el giro, donde la desesperanza no encuentra su victoria, sino su límite. Porque la clave no está en negar la sombra, sino en encontrar el modo de atravesarla.
¿Y cuál es ese modo?
La voluntad de sostenerse, de crear en el abismo, de asumir la herida sin convertirla en destino. La fe no es un acto ingenuo, sino un desafío al vacío, un golpe firme sobre la mesa del destino. No se trata de esperar que la luz regrese, sino de encenderla con las propias manos.
Y así, cuando la desesperanza murmure su letanía, cuando el mundo parezca un terreno marchito, recordaremos que la esperanza no es un refugio para los débiles, sino el fuego de los que eligen arder en lugar de apagarse.
Querer de verdad es un acto de valentía, de entrega sin garantías, de andar sin mapas y aun así seguir adelante. Es sostener la luz cuando todo oscurece, es dar sin medir y recibir sin exigir. Fácil no es. Pero cuando es real, pesa menos que la duda y vale más que cualquier certeza.
Así que no escribimos, esculpimos. No argumentamos, pintamos. Y no respondemos, elevamos.
Porque si solo buscamos un suelo, nos olvidaremos de que existen las estrellas.
No todo está perdido. Porque seguimos aquí. Porque seguimos creando.