Ilumina la madrugada

martes, agosto 26, 2025 Permalink 0

(Léelo con el ritmo de salsa o la canción que le acompaña)

Amo tanto tu piel curtida,

que me resulta fácil caer,

si me das tu último abrazo,

aprenderé a vivir en él.

Bajo el manto de la noche cálida,

juego con tu pelo otra vez,

y en la brisa de tu clemencia

se enciende mi amanecer.

🎶 Ilumina, ilumina la madrugada,

con el destello de tu mirada.

🎶 Ilumina, ilumina la madrugada,

cógeme la mano y ven a bailar.

Nos aprendemos palmo a palmo,

como mapa de pasión,

y en cada silencio compartido

se dibuja una canción.

Tu risa suena como campana,

tu pecho marca la percusión,

y en cada paso de la pista

se desata la emoción.

🎶 Ilumina, ilumina la madrugada…

(¡Mírala cómo brilla!)

🎶 Con el destello de tu mirada…

(Se prende la vida mía.)

🎶 Ilumina, ilumina la madrugada…

(Ven, que la rumba no termina.)

🎶 Cógeme la mano y ven a bailar…

(Que la salsa nos domina.)

Baila conmigo, que la vida es corta,

sueña conmigo, que la noche explota.

Baila conmigo, que la vida es corta,

sueña conmigo, que la salsa brota.

🎶 Ilumina, ilumina la madrugada,

que el amor nos lleva en oleadas…

🎶 Ilumina, ilumina la madrugada,

cógeme la mano y ven a bailar.

Canto a lo que salva

miércoles, agosto 20, 2025 Permalink 0

Hay quienes miran sin ver,

escuchan sin oír,

se acercan para tomar.

Pero nosotros —los que elegimos la ternura—

sabemos que lo verdadero no se arranca:

se ofrece.

El cuidado es la raíz

que no precisa cadenas para sostener.

Se da como el agua,

que nunca pide a la sed explicaciones

para calmarla.

La transparencia es la música

que abre las puertas de un corazón sin miedo.

No hay cálculo en la palabra que ama,

solo un pulso claro,

un decir que no oculta,

una verdad que no se esconde tras disfraces.

La generosidad es la llama

que no se consume con lo que entrega.

Cuanto más se reparte, más crece;

cuanto más se da, más arde.

Y en su fulgor, aprendemos

que el yo se enriquece

cuando se atreve a volverse nosotros.

El amor, en su forma más honda,

no es estrategia,

no es conquista,

no es teatro.

Es quietud que acoge,

es abrazo que cobija,

es futuro que se susurra a dos voces.

Y así, en cada gesto sencillo —

una mirada compartida,

un silencio acompañado,

un recuerdo que se guarda juntos—

se edifica el mundo que resiste:

el que no necesita máscara

porque ya se ha hecho verdad.

Al fin y al cabo:

”La creación no se fuerza: se insinúa.

Es el instante quien la regala,

y el tiempo quien la ordena.

Lo nuestro es apenas una propuesta,

un gesto de confianza,

un silencio que medita y espera”.

Quiero necesitarte

domingo, agosto 17, 2025 Permalink 2

Quiero descifrar la risa,

el secreto en tu mirada,

donde el mundo se deshace

y la herida se hace clara.

Quiero beber de tus lágrimas,

la memoria que desata,

un perfume que me envuelve,

un misterio que me abraza.

Quiero sentir tu fiebre,

tu instinto violento y sutil,

quitarte la máscara lenta

y mirarme en ti.

Ceñirme a tu piel como un manto,

alimentar con miel mi ansiedad,

y en la hierba, en la tarde, en el alba,

volver a empezar.

Tus relámpagos me llaman,

son tatuajes en mis venas,

cada roce, cada sombra,

una historia que me quema.

Quiero el aire que me nombra,

la caricia que desvela,

la raíz de tu ternura,

el instinto que me espera.

Quiero sentir tu fiebre,

tu instinto violento y sutil,

quitarte la máscara lenta

y mirarme en ti.

Ceñirme a tu piel como un manto,

alimentar con miel mi ansiedad,

y en la hierba, en la tarde, en el alba,

volver a empezar.

Cuando lo logre,

volveré a mi cuna,

esa que dejé temblando

cuando el mundo me empujaba.

Y escucharé las voces

que llegan como plegaria,

no para herirme,

sino para amarte en calma.

Quiero sentir tu fiebre,

tu instinto violento y sutil,

quitarte la máscara lenta

y mirarme en ti.

Ceñirme a tu piel como un manto,

alimentar con miel mi ansiedad,

y en la hierba, en la tarde, en el alba,

volver a empezar.

Fragmentos de ti

jueves, agosto 14, 2025 Permalink 0

Mírame un momento, sin bajar la mirada.

No te hablo desde la prisa, ni desde el ruido que llevamos sobre los hombros.

Te hablo desde el silencio, sentados bajo la sombra de un árbol.

Porque a veces, callar es también decir algo;

callar es elegir cuándo la verdad se acomoda en la piel y no lastima.

Callamos por valor, por miedo, por amor.

Callamos porque algunas palabras no caben en este mundo,

tan solo en el alma.

Mientras callamos, nos descubrimos frente a nuestra propia Némesis.

Cada uno carga con una: una memoria que arde, un error que lacera la mirada.

La buscamos, no porque queramos abrazarla, sino porque necesitamos saber que existe,

que está ahí, detrás, recordándonos que somos humanos,

que no hay victoria limpia sin cicatriz.

A veces pienso en una segunda oportunidad.

No la que alguien te concede, sino la que uno se otorga a sí mismo.

Ese momento en el que te dices:

“Esta vez, voy a caminar libre.

Esta vez, me perdono.

Esta vez, me abrazo a mí mismo.”

Porque nadie puede devolvernos la oportunidad perdida…

pero siempre podemos darnos una nueva.

En ese acto de reconciliación, encuentro mi hogar.

No un sitio con paredes y cerrojos,

sino ese lugar que se nutre dentro:

el aroma de quien te abrazó fuerte cuando más lo necesitabas,

el eco de una risa que te salvó una vida entera,

una caricia en la memoria que sigue viva cuando acunas los ojos.

Ese hogar que nada ni nadie puede arrebatarte

porque está hecho con fragmentos de ti.

Luego están esas cosas invisibles que heredamos:

los gestos, las maneras de mirar, los silencios,

las penitencias que no sabemos por qué cantamos.

Herencias que no pesan, pero moldean;

que no se tocan, pero se sienten.

Tenemos el deber de limpiarlas, de pulirlas,

de pasar a otros el trigo sin la incómoda cizaña,

para que quienes nos sigan reciban algo mejor de lo que nos encontramos.

Todo esto lo pienso aquí, contigo en el centro de mi mirada.

Porque este tiempo, aunque prestado, es mío.

No me lo he creado para guardarlo en un cajón,

sino para que lo viva, lo abrace, lo comparta,

para que lo convierta en círculo y te invite a vivir dentro.

Si algo nos enseña este árbol bajo el que hoy nos sentamos,

es que el silencio puede ser más dulce que cualquier palabra,

que una segunda oportunidad siempre cabe en el alma valiente,

que un hogar puede ser un rescoldo palpitante,

que las herencias invisibles son tan reales como el pulso en la muñeca,

y que el tiempo prestado no es un aviso de fin…

es una invitación a disfrutar.

Y quizá —en este instante suspendido— la vida se comprima entera:

todo el pasado y todo el porvenir latiendo en el mismo pulso,

como si los siglos se plegaran sobre sí mismos para caber en una mirada.

Somos la eternidad, pero nuestros sentidos dibujan fronteras ilusorias;

nos hacen creer que somos dueños del tiempo,

cuando apenas lo rozamos con la yema de los dedos.

Este momento no es una pausa ni un intervalo:

es un lugar sagrado, un temblor que sostiene lo que fuimos

y anuncia lo que seremos,

sin promesas ni advertencias,

solo con la certeza de que aquí estamos, respirando.

Y entonces comprendo que no hay otro refugio,

no hay otro templo,

sino el único lugar donde la eternidad se deja tocar

antes de volverse etérea.

Cuando el alma entiende los ciclos

lunes, agosto 11, 2025 Permalink 0

Hay amores que se construyen como jardines secretos:

antes de ofrecer la flor, siembran la raíz en la oscuridad.

Quien quiere abrazar para siempre,

antes deja que el otro respire solo.

Quien desea proteger,

primero le enseña al otro a sostener su propio peso.

Así funcionan los afectos que no se rompen:

no se imponen, sino que se preparan como la tierra antes de la siembra.

Se fortalecen incluso en la aparente distancia,

se levantan antes de que llegue la tormenta,

y se dan antes de reclamar lo que se sueña recibir.

En las relaciones verdaderas, lo tierno vence a lo sólido.

La piel que acaricia sabe más de resistencia que el acero que golpea.

Las miradas que esperan son más implacables que las que exigen.

El silencio que escucha puede quebrar muros

que la palabra no sabe derribar.

El corazón aprende que no todo se expone.

No todas las joyas del alma pueden colgarse al sol

sin riesgo de que alguien robe su brillo.

El amor también sabe esconder sus objetos más valiosos

en la profundidad de sus aguas,

donde sólo entra quien se ha ganado el derecho de bucear sin miedo.

Amar, al final, es comprender que la vida se mueve como las mareas:

lo que se aleja no siempre se pierde,

y lo que vuelve lo hace distinto, pero más nuestro.

Es el arte de contraer para extender,

de dar para recibir,

de guardar para preservar.

Y en ese vaivén,

entre el roce de las espinas y la promesa de los pétalos,

aprendemos que el misterio no está en poseer,

sino en sostener con ternura

aquello que, en cualquier momento, podría volar.

Nunca supe odiar

lunes, agosto 11, 2025 Permalink 0

Nunca supe odiar,

y tal vez cuando me prometiste la eternidad

ya sabía que jugabas con el azar.

Por un instante me quedé sin nada,

y sin embargo,

me diste el poder de la resurrección.

Faltaba mucho por vivir

para aceptar una despedida de la vida.

Aprendí a ser feliz con los pequeños detalles efímeros,

esos que, aun siendo tan frágiles,

pueden dibujar una sonrisa.

Abrigarme en abrazos,

colgarme de tu risa

como un columpio

sobre ese ratito de más que te hace feliz.

Ser parte de ti sin invadirte,

añadiendo capas de sueños.

Aún espero que vuelvas a mirarme así:

una descarga eléctrica

en el fondo de mi pupila.

Me gusta que me veas

como un sentimiento que te complementa,

volver a sentirnos suficientes,

el uno para el otro.

Cambiarte el vestido por un pijama,

conjurar suelos con caricias,

reparar tu piel rota,

soplar sobre ella

mientras te proyectas fuera de tu cuerpo.

Y en ese instante,

como quien roza la eternidad

sin pronunciar su nombre,

volver a vivir.

hogueras de invierno

viernes, agosto 8, 2025 Permalink 0

Un collar de espinas ceñida,

latía con mis venas como cuerdas

tensas de un laúd antiguo.

No era joya ni adorno:

era la suma exacta de todas las veces

que mordí el silencio

en nombre de una paz que nunca llegó.

Un sentimiento inmaculado,

teñido por el aroma dulzón de flores marchitas,

y por aquellas palabras vanas,

mal pronunciadas y peor sentidas,

que surcaron mi piel

como la sal que oxida un barco varado.

Siempre fuiste bálsamo,

de esos que adormecen los sentidos

cuando lo que ansía el alma

es arder en carne viva.

Tus relámpagos, precisos,

tatuaban el nombre de cada herida,

y en tu calma,

no blandiste hierro:

esgrimiste una caricia

con la delicadeza de quien sabe

que el roce también puede matar.

Me obligaste a florecer

cuando mi espíritu solo pedía aire.

No clavaste espinas,

ni imaginaste que pudiera enroscarme

en tu tallo nuevo,

como hiedra que crece impía.

Ansiaba una savia capaz de salvarme

y hallé una corona

que no me coronaba:

me sepultaba, pétalo a pétalo,

con la solemnidad de un rito ancestral.

Con el tiempo, aprendí a respirar

en la cuerda tñimida del filo,

a descifrar en cada pétalo una promesa,

y a esquivar espinas como si fueran

las trampas de un destino repetido.

Renací, como estandarte,

la mirada que brilló en la noche más larga,

y que aún guía mi paso

entre ruinas y rescoldos.

Tus manos no solo tocaban:

reclamaban la esencia de lo perdido.

La devolvían envuelta

en un silencio urgente,

como quien sabe que toda celebración tardía

aún guarda el poder

de encender hogueras en pleno invierno.

Un abrazo que no terminas

martes, agosto 5, 2025 Permalink 0

Humedad… calla.

Mi piel busca tu rastro

allí, en la sombra.

Tu olor me envuelve,

y sostiene la memoria

como un abrazo que no termina.

Tu silueta arde,

promesa dibujada

en mi vacío,

como fuego quieto que respira.

Rompes el tiempo.

No anuncias tu regreso,

pero yo sigo… vivo.

Violencia tierna,

boca de tempestad,

boca de remanso,

boca que quiebra el día

y lo vuelve a alzar.

No hay eternidad,

pero entregas tu cuerpo

como si todo fuera ahora,

como si solo hubiera este minuto.

Día sin nombre,

tu piel grita al instante,

fuego sin tregua,

ardor que salva, que arrasa, que sana.

Eres tormenta

que huye de los pactos,

pero salva mi mundo

con un roce, con un gesto, con un temblor.

Una canción va,

tus manos la acompañan

como destino ciego

que insiste en encontrarnos.

No pregunto más,

temo que tu silencio

sea un jamás,

un adiós que no se dice,

un eco que se rompe solo.

Prefiero el roce,

prefiero tu paso fugaz,

prefiero el riesgo

antes que la nada vacía.

En breve pálpito

mi vida se sostiene

por tu latido;

mi soledad respira,

vestida de ti,

vestida de milagro.

Lo imperfecto arde,

se acerca a lo soñado,

y yo lo bendigo…

lo bendigo en silencio.

Aunque te vayas,

aunque te pierdas,

mi soledad te viste

como un milagro.