Hay una leyenda que se conserva a través del tiempo, susurrada en lienzos de piel y madrugada, hablada en el idioma de las bocas que se tropiezan sin preguntar.
Habla de la libertad.
De la libertad de amar, sin mapas ni pretextos.
De la libertad de sentir, sin medida ni contención.
De la libertad de entender, sin miedos ni barreras.
Hubo un tiempo en que la gente negó el amor, lo volvió cálculo y norma, lo encajó entre planes y tratados.
Pero el deseo no muere. Emerge, siempre.
Y hoy, en la rendija de lo cotidiano, se convierte en una necesidad clásica, urgente, eterna.
No queremos romances en cautiverio ni murmullos reprimidos.
Queremos cuerpos en llamas, una combustión que no busca permiso.
Un tango que no es solo un baile, sino una batalla de pieles que se niegan y se amarran.
Un abrazo sin resistencia, donde los huesos crujen bajo el idioma de la entrega.
No queremos la ausencia de deseo, añoramos su vértigo.
La tensión que electriza la piel antes del primer roce.
La mirada que se desliza sobre un cuerpo, no para poseerlo, sino para descifrarlo.
El azar de las emociones, esa danza sin coreografía donde dos cuerpos se buscan y eligen prenderse.
Queremos un amor que haga extrañar al mar, que deje sobre la piel la sal de lo inevitable.
Que haga temblar el tiempo, como si todo fuera un preludio.
Que no necesite nombre, porque su intensidad lo concreta todo.
Que sea llama y ceniza, hambre y saciedad, huida y regreso.
Que cabalgue, siempre, hacia la eternidad de un instante.