La preciosidad de lo real

lunes, marzo 24, 2025 Permalink 1

Nunca volamos tan alto como cuando decidimos alejarnos del eco del barrio,
de ese acervo que nos arropaba y nos retenía,
como si para encontrar lo eterno hubiera que traicionar lo inmediato.

Buscábamos a gente como uno,
a compañeros que respiraran con el mismo ritmo de la herida y del sueño.
Y mientras tanto, descubríamos que los viejos amores no estallaban,
no eran fuegos artificiales,
pero estaban preñados de efectos especiales,
de esos que solo se ven cuando apagas el ruido y enciendes la memoria.

Era nuestra historia, sí,
pero escrita en minúsculas.
Una historia que nadie pondría en los libros,
y sin embargo, fue la que nos salvó más veces de lo que fuimos capaces de contar.

Convivimos con aquella larga infancia que nunca se fue,
que sigue al acecho en cada gesto,
en cada mirada que esquiva el espejo.
Y entonces nos dimos cuenta:
el olvido es una solución fácil,
pero la realidad vuelve.
Siempre vuelve.

Con los nombres que habíamos enterrado,
con los lugares que juramos no pisar jamás,
con las personas que fuimos dejando atrás creyendo que no eran parte del trayecto.
Y sin embargo, eran ellos los que sostenían la brújula.
Los que marcaban el rumbo.

Porque la vida, con su absurda precisión,
va dejando destellos como pistas,
migas luminosas que, si te atreves a seguir,
te devuelven a ti mismo.

Volver es un arte.
Volver es recordar que la música y el espíritu no están tan lejos uno del otro,
que en su encuentro se esconde lo más hermoso,
lo más intenso,
lo más valorable.

Así que no huyamos más con la imaginación fugitiva,
esa que promete pero no habita.
Démosle valor a lo verdadero.
Al espectáculo de la preciosidad.
A eso que se siente sin gritar,
que se queda sin atar,
que se reconoce sin adornos,
pero brilla más que todo lo inventado.