Nunca supe odiar,
y tal vez cuando me prometiste la eternidad
ya sabía que jugabas con el azar.
Por un instante me quedé sin nada,
y sin embargo,
me diste el poder de la resurrección.
Faltaba mucho por vivir
para aceptar una despedida de la vida.
Aprendí a ser feliz con los pequeños detalles efímeros,
esos que, aun siendo tan frágiles,
pueden dibujar una sonrisa.
Abrigarme en abrazos,
colgarme de tu risa
como un columpio
sobre ese ratito de más que te hace feliz.
Ser parte de ti sin invadirte,
añadiendo capas de sueños.
Aún espero que vuelvas a mirarme así:
una descarga eléctrica
en el fondo de mi pupila.
Me gusta que me veas
como un sentimiento que te complementa,
volver a sentirnos suficientes,
el uno para el otro.
Cambiarte el vestido por un pijama,
conjurar suelos con caricias,
reparar tu piel rota,
soplar sobre ella
mientras te proyectas fuera de tu cuerpo.
Y en ese instante,
como quien roza la eternidad
sin pronunciar su nombre,
volver a vivir.