Hay quienes miran sin ver,
escuchan sin oír,
se acercan para tomar.
Pero nosotros —los que elegimos la ternura—
sabemos que lo verdadero no se arranca:
se ofrece.
El cuidado es la raíz
que no precisa cadenas para sostener.
Se da como el agua,
que nunca pide a la sed explicaciones
para calmarla.
La transparencia es la música
que abre las puertas de un corazón sin miedo.
No hay cálculo en la palabra que ama,
solo un pulso claro,
un decir que no oculta,
una verdad que no se esconde tras disfraces.
La generosidad es la llama
que no se consume con lo que entrega.
Cuanto más se reparte, más crece;
cuanto más se da, más arde.
Y en su fulgor, aprendemos
que el yo se enriquece
cuando se atreve a volverse nosotros.
El amor, en su forma más honda,
no es estrategia,
no es conquista,
no es teatro.
Es quietud que acoge,
es abrazo que cobija,
es futuro que se susurra a dos voces.
Y así, en cada gesto sencillo —
una mirada compartida,
un silencio acompañado,
un recuerdo que se guarda juntos—
se edifica el mundo que resiste:
el que no necesita máscara
porque ya se ha hecho verdad.
Al fin y al cabo:
”La creación no se fuerza: se insinúa.
Es el instante quien la regala,
y el tiempo quien la ordena.
Lo nuestro es apenas una propuesta,
un gesto de confianza,
un silencio que medita y espera”.