Oda a la mujer que ya no espera

miércoles, febrero 11, 2026 Permalink 0

—ni permiso, ni milagro—

La madurez de una mujer es una verdad desnuda.

No busca decorados, ni luces añadidas.

Camina con la serenidad del fuego lento, ese que no arde para exhibirse,

sino para mantener vivo lo que de verdad importa.

Su belleza ya no necesita explicaciones.

Porque no pregunta, afirma.

Porque cada línea en su piel es una palabra escrita en un idioma que no todos merecen leer.

Ya no hay prisa.

No en su voz.

No en su cama.

No en sus ganas.

Todo lo que hace es desde la intensidad,

pero sin urgencia.

Es el arte de vivir cuando ya no se mendigan certezas,

sino que se construyen a pulso.

Ella susurra pensamientos, sí.

Como una caricia furtiva en medio del caos.

Sabe que el optimismo no es ingenuidad,

sino deber.

Que hay que encardinar cuerpo, mente y alma

para no convertirse en estatua,

sino en volcán que elige cuándo despertar.

Cuando camina, las miradas se pierden.

Pero ella no se detiene.

Porque sabe que ya no envejece,

evoluciona.

Tus dudas —le dice la vida— se esculpen sobre mis emociones.

Y ella, que aprendió a no dominarlo todo,

te ofrece adaptación,

no sumisión.

Entrega,

no obediencia.

Ya no se valora por lo que da.

Se reconoce por lo que es.

Y no acepta que la midan por lo que fue.

Porque aún tiene mucho que presentar a la vida.

Ella ha aprendido a rodearse de lo que suma.

De lo que la nutre.

Y cada pliegue en su piel no es cansancio,

es mapa,

es dirección,

es deseo en forma de trinchera.

La intensidad baja un punto.

Sí.

Pero la profundidad gana océanos.

Ahí es donde nos vemos.

Ahí es donde nos buscamos.

Tal vez…

ahí es donde por fin,

nos encontremos.

Y si llego hasta ella, hasta su ahora, hasta su verdad…

No te atrevas a prometerle eternidad.

Atrévete, simplemente, a no fallarle en el presente.