También mueren los lugares donde fuimos felices

sábado, febrero 28, 2026 Permalink 0

Está sentado sobre el casco del rival vencido.

La espada clavada en la tierra sostiene su peso más que sus propias piernas.

La armadura cruje, el polvo flota en el aire como incienso profano.

El campo aún humea.

Primero llega la épica.

Recuerda estandartes al viento.

Recuerda cargas imposibles.

Recuerda el sonido del acero chocando como si fuera música.

Recuerda su nombre gritado por cientos de gargantas.

Recuerda la sensación de invencibilidad.

Recuerda el momento exacto en que entendió que podía ganar.

Fue temido. Fue seguido. Fue símbolo.

Y durante un instante vuelve a sentirse gigante.

Pero la épica dura lo que dura el eco.

Luego llega el vacío.

El silencio es más fuerte que los tambores.

No hay enemigo frente a él.

No hay órdenes que dar.

No hay horizonte que conquistar.

Solo tierra removida.

Ya casi no recuerda por qué comenzó a pelear.

La causa se diluyó.

La guerra quedó.

Y entiende algo devastador:

ha ganado tanto que se ha quedado sin propósito.

Entonces aparece la renuncia silenciosa.

No arroja la espada.

No grita.

No llora.

Solo exhala.

Con esa exhalación sale polvo, sangre seca, años comprimidos.

Sale el joven que fue antes del hierro.

Sale el hijo.

Sale el amigo.

Sale el hombre que soñaba con otra cosa.

Renuncia a seguir peleando por inercia.

Renuncia a ser solo guerra.

No hace promesas.

No jura nada.

Simplemente suelta por dentro.

Y en esa grieta aparece la revelación.

Comprende que la guerra no lo hizo fuerte;

lo hizo resistente.

Comprende que vencer no era el fin;

era la excusa.

Comprende que el enemigo más persistente no estaba enfrente,

estaba dentro.

Entiende que cada batalla ganada le arrebató algo,

pero también le enseñó a soportar lo insoportable.

Y por primera vez no se ve como general,

ni como vencedor,

ni como mito.

Se ve como hombre.

Y entonces llega la redención.

No desciende del cielo.

No hay luz cegadora.

Es más sencilla.

Mira el horizonte y entiende que el final de esta guerra no es clausura,

es estación.

La siguiente estación.

Clava aún más la espada en la tierra,

no como desafío,

sino como si sembrara algo.

Porque comprende que la fuerza que aprendió en el campo puede servir para otra cosa.

Ya no para conquistar.

Sino para sostener.

El polvo sigue suspendido en el aire,

pero ahora no es solo resto de batalla.

Es semilla.

Y mientras se incorpora lentamente,

sabe que no deja de ser guerrero.

Solo cambia el territorio.

Porque el final no es más que la siguiente estación.