Siempre he llorado solo.
No lo digo como un reproche ni como un orgullo.
Es simplemente un hecho.
Una forma de atravesar la vida.
Con el tiempo uno aprende a sostenerse. A guardar silencio cuando el mundo aprieta. A recomponer el alma con las herramientas que tiene a mano. Y muchas veces esas herramientas son pocas: respirar hondo, mirar hacia dentro y seguir caminando.
Pero esta semana me sorprendí pensando algo distinto.
Hoy he echado de menos haber llorado alguna vez en los brazos de quien te quiso… y a quien quisiste.
No como debilidad.
Como descanso.
Hay momentos en que el alma necesita una energía que por un instante no sabe fabricarse sola. Una presencia que no soluciona nada, pero que sostiene. Un abrazo que no explica el dolor, pero lo vuelve habitable.
No se trata de lamentar lo que no fue.
Ni de glorificar la soledad.
La vida es lo que fue y lo que no fue.
Y ambas cosas nos construyen.
Quizá habría sido hermoso.
Pero su ausencia no puede detenernos.
Porque al final también aprendemos algo más difícil:
a construir nuestros propios abrazos.
¿Cómo construiremos nuestros propios abrazos?
¿Cómo encontraremos esa piel necesaria para compartir el calor cuando el frío llega sin avisar?
¿Cómo sabremos que el beso no es un gesto vacío, sino la culminación de algo verdadero?
¿Cómo?
Tal vez la respuesta no esté en buscar fuera lo que primero debemos aprender a sostener dentro.
Construimos nuestros propios abrazos cuando dejamos de huir de lo que sentimos.
Cuando aceptamos la tristeza sin convertirla en derrota.
Cuando aprendemos a sentarnos con nuestro silencio sin que nos destruya.
La piel que necesitamos no aparece solo en el contacto.
Aparece cuando nos dejamos ver.
Cuando dejamos que alguien intuya nuestras grietas sin sentir que eso nos debilita.
Y el beso…
el beso no se justifica.
El beso ocurre cuando dos almas deciden, por un instante, dejar de defenderse.
Porque al final, construir nuestros propios abrazos no significa resignarse a la soledad.
Significa aprender a sostenerse lo suficiente como para poder sostener también a otros.
Y así, casi sin darnos cuenta, aquello que un día nos faltó
se convierte en lo que somos capaces de ofrecer.

