Hay palabras que no se dicen,
pero sostienen el nosotros.
Entre dos personas siempre hay algo que no se ve,
que no tiene forma, que no tiene nombre,
pero siempre está.
Es el viento que nos empuja,
que nos cimienta,
que nos incita a amarnos.
No se toca.
Se siente.
A veces es brisa ligera, imperceptible,
cálida, envolvente.
Otras veces es fuerza, tensión, pasión.
Algo que empuja sin romper,
pero que desgasta aquello que nos hace orillar nuestras ilusiones.
Ese viento no nace del cuerpo.
Nace de la atracción,
de lo que se intuye,
de lo que se calla,
de una mirada,
de la necesidad de permanecer.
Hay relaciones que viven en ese viento.
Y ese viento vive en nosotros.
No sé explicarlo.
No puedo ni quiero justificarlo.
Simplemente está.
Y me dejo llevar.
Puedes estar lejos, muy lejos,
y sentir que no hay distancia.
También puedes estar cerca
y notar que no llega.
Porque la cercanía no es física:
Es intangible.
Es efímera.
Es etérea.
Y el viento lo sabe.
A veces nos une sin tocar.
A veces nos separa sin romper el vínculo.
Es el lenguaje del silencio.
De la mirada.
De la palabra que no termina de decirse.
Del gesto que se queda a mitad de camino.
Todo eso lo construye.
Y también lo transforma.
Porque es viento.
Y todo cambia con él.
No siempre es el mismo.
No siempre sopla igual.
Hay momentos de calma,
donde todo fluye sin esfuerzo.
Y hay momentos de turbulencia,
donde algo se ha movido…
aunque nadie lo haya nombrado.
Es difícil no sentirlo.
Es difícil entenderlo.
Y es imposible controlarlo.
Porque en cuanto lo nombras,
se rompe.
El viento no se posee.
Se percibe.
Y ahí está su verdad:
No todo en una relación está para ser dicho.
Mucho menos para ser explicado.
Está para ser amado.
Hay cosas que solo existen
en ese espacio invisible
que compartimos sin tocar.
Y cuando ese viento es limpio,
cuando no pesa,
cuando no empuja ni arrastra…
entonces ocurre algo extraño:
todo parece fácil.
No porque lo sea,
sino porque nada interfiere entre nosotros.
Pero cuando cambia,
cuando se vuelve áspero,
cuando pierde su calma…
lo sabemos.
Aunque nadie diga nada.
Y ahí aparece la única decisión que importa:
escuchar lo que no se dice,
o ignorarlo hasta que se rompa.
Porque el viento entre nosotros
no desaparece.
Cambia.
Se transforma.
Nos une.
Nos construye.
Y al final, define más que cualquier pensamiento
lo que realmente somos
cuando estamos juntos.
Y quizá amar sea eso:
quedarse donde no hace falta hablar,
porque todo ya está sucediendo.

