
Junio 2010 — Donde volver a sentir ya no es inocente
Hay un momento en el que algo dentro de ti vuelve a moverse. No es una explosión, no es un renacer épico. Es más sutil. Como si el cuerpo recordara antes que la mente que sigue vivo. Vuelves a sentir el impulso, el deseo, la necesidad de acercarte, de tocar, de recorrer lo que antes te era natural y ahora se presenta como un territorio que reconoces… pero no habitas igual.
La libertad aparece como una palabra que ya no es ingenua. No es correr sin dirección, no es perderse sin consecuencias. Es otra cosa. Es saber que puedes empezar de nuevo, pero también saber lo que implica hacerlo. Has aprendido a volar, sí, pero ya conoces el peso del viento cuando cambia.
Y aun así, te entregas.
Te deslizas otra vez hacia el cuerpo, hacia el gesto, hacia la piel. Buscas esa intensidad que no se puede fingir, ese instante en el que todo se ordena sin necesidad de explicarlo. La noche vuelve a tener sentido, el deseo deja de ser recuerdo y se convierte en presente. Hay vida ahí. Hay verdad.
Pero no todo es limpio.
Porque en paralelo, algo no termina de encajar.
La distancia sigue existiendo, incluso cuando estás cerca. Hay palabras que no llegan, decisiones que no dependen de ti, promesas que no terminan de cumplirse. Y en ese espacio, aparece la tensión. No como drama, sino como un pulso constante que no se resuelve.
Luchas.
No contra alguien.
Contra lo que sabes.
Porque hay momentos en los que entiendes demasiado bien lo que está pasando, y aun así decides avanzar. No por ignorancia. Por elección.
Y eso pesa.
Empiezas a exigirte más. A no conformarte con la superficie. A entender que ganar no es suficiente si no sabes sostener lo que consigues. Que el deseo, por sí solo, no construye nada si no tiene un lugar donde quedarse.
Y ahí aparece algo nuevo en ti.
No es dureza.
Es estructura.
Empiezas a mirarte con más claridad. A reconocer de dónde vienes. La infancia, los días puros, las pérdidas, los golpes… todo eso deja de ser pasado y empieza a formar parte de lo que eres ahora. No como carga. Como base.
Y desde ahí decides.
No rendirte.
Aunque sientas que el otro lado ya ha soltado.
Aunque percibas que hay decisiones tomadas que no pasan por ti.
Aunque duela.
Porque hay algo que no ha cambiado.
Nunca has luchado para perder.
Y eso no es orgullo.
Es identidad.
Pero también aprendes algo incómodo:
no todo se gana luchando.
Y aun así…
no te retiras.
No porque esperes un final distinto.
Sino porque entiendes que hay batallas que no se libran para vencer, sino para no dejar de ser quien eres.
Y en medio de todo, sigues sintiendo.
Sigues deseando.
Sigues buscando esa conexión que, aunque no se estabilice, te recuerda que estás vivo.
Junio no te devuelve a quien eras.
Te coloca en otro lugar.
Uno donde la vida sigue.
Pero tú ya sabes demasiado para vivirla igual.
