Donde aceptar también es una forma de amar

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Agosto 2010 — Donde aceptar también es una forma de amar

Hay un momento en el que dejas de intentar encajar las piezas como si todo tuviera que tener una forma perfecta. No es resignación. Es otra cosa. Es entender que hay historias que no se completan, vínculos que no terminan de definirse, caminos que no llegan a cruzarse del todo… y aun así, siguen teniendo sentido.

Y en ese punto, algo cambia.

Ya no buscas poseer. Buscas compartir.

Te acercas no para llenar un vacío, sino para sostener lo que hay, con sus luces y sus grietas. Entiendes que acompañar no es resolver, que estar no es corregir, que a veces la mayor forma de amor es simplemente no cerrar lo que el otro no puede abrir todavía.

Pero no todo es sereno.

Porque aceptar también tiene su filo.

Hay recuerdos que regresan sin aviso. Momentos que no llegaron a ser y que, precisamente por eso, se quedan suspendidos en un lugar difícil de nombrar. No duelen como una pérdida clara. Duelen como algo que pudo haber sido distinto.

Y eso pesa de otra manera.

Sin embargo, no te detienes.

Empiezas a mirar lo pequeño.

Un gesto, una mirada, un detalle casi insignificante adquiere un valor que antes pasaba desapercibido. Descubres que la vida no se sostiene en grandes declaraciones, sino en instantes mínimos que, cuando se encadenan, construyen algo mucho más real.

Y en paralelo, tu mente se expande.

Demasiado, a veces.

Las imágenes se atropellan, se mezclan, se distorsionan. Lo creativo se vuelve casi incontrolable. Hay belleza en ese caos, pero también agotamiento. Como si tu cabeza intentara procesar demasiado al mismo tiempo, buscando una forma que no termina de aparecer.

Y entonces decides algo importante.

Soltar.

No desde la derrota.

Desde la comprensión.

Plantas una semilla… y eliges no poseer su resultado. Dejas que lo que has vivido tenga su propio recorrido, sin necesidad de controlarlo, sin exigirle un desenlace concreto.

Y ahí, sin hacer ruido, ocurre algo.

Renaces.

No como alguien nuevo.

Como alguien más ligero.

Más consciente.

Más libre.

Porque entiendes que no todo lo que amas tiene que quedarse. Que no todo lo que compartes tiene que durar. Que no todo lo que sientes tiene que resolverse.

Y aun así…

merece la pena.