
Junio 2011 — Aprender a sostener lo que no encaja
Hay un momento en el que dejas de intentar entenderlo todo. No porque renuncies, sino porque comprendes que hay cosas que no se ordenan, que no encajan, que no terminan de definirse… y aun así siguen estando.
Junio es eso.
No es ruptura.
No es plenitud.
Es permanencia incómoda.
—
Aprendes a sobrevivir con poco. No en lo material, sino en lo emocional. Dos gestos. Apenas dos. Y con eso construyes un día entero. No porque te baste… sino porque te has adaptado.
Te apartas de la soledad y, al mismo tiempo, te sumerges en ella. Sin contradicción aparente. Como si ambas cosas ya no fueran opuestas, sino parte del mismo movimiento.
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Empiezas a ver los límites con claridad.
Ya no es intuición.
Es evidencia.
Dos mundos no siempre pueden sostenerse dentro de uno solo. No porque no quieras, sino porque hay una línea invisible que, cuando la ves, ya no puedes ignorarla. Y entonces algo se rompe. No de forma estruendosa. Más bien como una grieta silenciosa que atraviesa lo que dabas por estable.
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Hay dolor.
Pero no es dramático.
Es más frío.
Como aprender a sangrar sin sentido. Como vaciar principios que creías inamovibles y observar cómo caen sin hacer ruido. Eso descoloca más que cualquier golpe.
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Y aun así… sigues deseando.
El deseo no desaparece. Se transforma. Se vuelve más peligroso incluso, porque ya no es ingenuo. Sabes lo que implica. Sabes lo que puede costar. Y aun así lo sostienes.
Hay algo casi adictivo en ese modo de vivir. En buscar lo invisible, en perseguir lo que no se deja atrapar del todo. En caminar sobre una línea que no promete estabilidad, pero sí intensidad.
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También aparece la lucidez.
No todo es oscuridad.
Hay momentos de una claridad casi brutal en los que te defines sin adornos:
soy deseo
soy ternura
soy infinito y destello
soy vulnerable bajo lo inmenso
No necesitas explicarlo.
Solo reconocerlo.
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Y en medio de todo, hay algo que se mantiene:
la necesidad de contacto.
Aunque sea mínima.
Aunque sea breve.
Aunque sean solo dos gotas.
Porque a veces no necesitas más para reconstruir un mundo entero. No desde la grandeza, sino desde lo esencial.
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Empiezas a aceptar algo que antes evitabas:
no todo lo que sientes está hecho para quedarse
no todo lo que deseas está hecho para cumplirse
—
Pero eso no te detiene.
Te define.
—
Así que sigues.
Sin resolver del todo.
Sin cerrar del todo.
Sin renunciar del todo.
—
Sembrando huella.
Aunque no sepas exactamente dónde termina el camino.
Aunque no tengas certeza de que alguien lo siga.
Aunque a veces ni siquiera tengas claro por qué empezaste.
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Porque hay algo más fuerte que la duda:
la necesidad de vivirlo.
—
Y eso…
aunque no encaje,
aunque duela,
aunque no tenga forma…
es suficiente para seguir.
