
Septiembre 2011 — Donde todo vuelve… distinto
Hay algo en septiembre que no empuja. No arrastra. No rompe.
Regresa.
Pero no como antes.
—
Vuelven las voces.
Los lugares.
Los gestos.
Incluso tú.
Pero ya no encajan igual en el mismo sitio donde antes eran naturales. Como si la vida hubiese desplazado unos milímetros cada pieza, lo justo para que todo siga siendo reconocible… y al mismo tiempo extraño.
—
Hay días en los que necesitas creer en algo. No importa en qué. Solo sentir que hay un hilo que no se rompe del todo, aunque no sepas hacia dónde tira.
Y entonces aparece esa fe rara.
Sin nombre.
Sin forma.
Pero suficiente.
—
Te descubres hablando con lo que fuiste.
No con nostalgia dulce.
Con una mezcla más honesta.
Sabes que no fuiste plenamente feliz.
Pero tampoco dejaste de serlo.
Y eso, que antes parecía indefinición, ahora empieza a parecer verdad.
—
La infancia no vuelve.
Pero deja ecos.
Ruidos de fondo.
Olores que no existen ya.
Risas que se cuelan sin pedir permiso.
Y te preguntas en qué momento todo eso se volvió silencio. No dramático. Solo… contenido. Vigilado. Ordenado hasta perder el desorden que lo hacía vivo.
—
Hay rabia suave.
No explosiva.
Más bien una incomodidad que no termina de irse. Como cuando sabes que algo debería funcionar mejor y no lo hace. Como cuando el mundo se vuelve demasiado correcto para ser real.
—
Y en medio de todo eso… aparecen las personas.
No como salvación.
Como presencia.
Algunas se quedan en la memoria sin hacer ruido. Otras se resisten a irse, aunque tú ya no las busques. Y hay una que, sin saber muy bien por qué, sigue teniendo un lugar aunque no lo ocupe.
—
Empiezas a entender algo importante:
no todo lo que permanece… está vivo
y no todo lo que se va… desaparece
—
Hay noches largas.
Donde la voz no llega.
Donde el recuerdo ocupa más espacio del que debería.
Donde el alma parece quedarse en cualquier rincón y tú sigues adelante sin ella… o eso crees.
—
Pero no te rompes.
Te observas.
Te separas un poco de lo que sientes para no quedarte atrapado dentro. Como si aprendieras a convivir con tus propias grietas sin necesidad de cerrarlas.
—
Y aun así… hay belleza.
En lo imperfecto.
En lo incompleto.
En lo que no termina de resolverse.
Porque empieza a gustarte esa forma de estar: sin certezas absolutas, sin finales cerrados, sin necesidad de entenderlo todo.
—
Septiembre no es regreso.
Es reconocimiento.
—
Reconocer quién fuiste.
Quién eres.
Y quién ya no necesitas ser.
—
Y en ese espacio, entre lo que permanece y lo que cambia, aparece algo muy limpio:
no necesitas que todo encaje
solo que algo… sea verdad
