
Diciembre 2011: La religión que no se contiene
La religión de lo que no se contiene
Más que pensarte, te inmortalizo. No como recuerdo, sino como forma de habitarte sin límites, hasta rozar esa locura que no destruye… sino que revela. Te llevo a un lugar que no existe fuera de mí, donde la piel es fuego y la espalda juego, donde los labios son gloria y las manos treta. Un territorio sin normas donde lo que sentimos no pide permiso para ser.
Durante mucho tiempo miré hacia atrás, buscando entender. Pero ya no quedan reglas que saltar, ni aplausos que encandilen el viento. Solo esta certeza limpia que se impone sin ruido: es tiempo de amar de verdad. Con conciencia. Con alma. Con piel.
Y en esa decisión, algo despierta.
No como impulso ciego, sino como una llamada que no se puede ignorar. Te llamo porque te deseo, porque mis letras gritan lo que mis labios silencian. Porque cuando entras en mi espacio, todo cambia de estado. Haces lluvia. Y yo dejo de resistirme.
Me aferro a esa complicidad que no necesita explicarse. A esa alegría contenida en un instante que basta para sostenerlo todo. A ese impulso de desabrochar cada charco de lluvia, de romper lo que limita, de entrar… y no querer salir.
Hay días en los que todo se vuelve más ligero. Donde paseo recuerdos y sonrío sin esfuerzo, como si la infancia aún supiera encontrarme. Otros, en cambio, me pierdo en el magnetismo de lo que eres, en esa sensación de que no solo transformas… sino que abres mundos que no sabía que existían.
Y entonces entiendo que no necesito totalidad.
Me bastan chispazos.
Instantes lo suficientemente intensos como para quedarse. Como para dar sentido. Como para recordar que vivir no es acumular… sino sentir hasta el fondo aquello que toca.
Pensarte es avanzar. Un paso más hacia el centro de lo que eres, hacia ese lugar donde el deseo y la vida se entrelazan sin medida. Donde un beso y una caricia no compiten… se devoran.
Enloquecer, sí.
Pero no perderse.
Sino encontrarse en ese borde donde todo es real.
—
Porque después de todo, no se trata de poseer.
Se trata de elegir.
Y yo elijo esto:
la anarquía de tus sentimientos
como la única religión posible
de mis deseos.
