Arder sin saber permanecer

viernes, abril 10, 2026 Permalink 0

2013: “Arder sin saber permanecer”

Hay años que no pasan. Se quedan adheridos a la piel como el olor de una noche que no termina de irse. No sabes exactamente cuándo empezaron, pero sí reconoces el momento en el que dejaste de ser quien eras antes de vivirlos.

2013 no fue un año. Fue una forma de arder.

Arder en la piel de otro.

En el temblor de unas manos que no sabían si acariciar o retener.

En la necesidad casi animal de fundirse sin preguntar demasiado por las consecuencias.

Había hambre.

Hambre de cuerpo, de presencia, de voz.

Hambre de creer que el amor podía sostenerlo todo, incluso lo que ya venía roto de antes.

Y durante un tiempo, lo sostuvo.

Las noches tenían sentido.

El aire se volvía respirable solo si venía acompañado de un aliento cercano.

El mundo se reducía a una espalda, a una curva, a un gesto mínimo que justificaba todo lo demás.

Pero incluso en medio de ese incendio, algo crujía.

No al principio.

Al principio todo es limpio, incluso el exceso.

Pero poco a poco, sin hacer ruido, se cuela el desgaste.

Las palabras empiezan a sobrar.

Los silencios a pesar.

La distancia a instalarse sin pedir permiso.

Y entonces ya no sabes si lo que queda es amor o es costumbre de amar.

Hay momentos en los que uno intenta sostener lo insostenible con una fe que ya no tiene raíces.

Se repiten gestos, se invocan recuerdos, se busca en el otro lo que ya no está… como si insistir fuera suficiente para devolver la vida a algo que se ha ido apagando sin aviso.

Pero no vuelve.

Lo que queda es otra cosa.

Un eco.

Una habitación con olor a lo que fue.

Una memoria que se resiste a aceptar que incluso lo intenso también termina.

Y duele.

Duele en el cuerpo, pero más en lo que no se ve.

En la certeza de que hubo verdad… y aun así no bastó.

Ahí es donde empieza el descenso.

El alcohol ya no es celebración, es refugio.

Las noches dejan de ser encuentro y se convierten en escondite.

Uno bebe recuerdos con cuidado de no desangrarse, como si pudiera dosificar el dolor para hacerlo soportable.

Pero el dolor no se negocia.

Se instala.

Se queda en la espalda al despertar.

En la forma de mirar el espejo.

En esa sensación extraña de no saber muy bien hacia dónde se está caminando, aunque se siga caminando.

Y sin embargo… algo no se rompe del todo.

Porque incluso en el fondo aparece una lucidez incómoda.

Empiezas a entender.

A verte.

A asumir sin dramatismo lo que fue, lo que no fue, y lo que ya no será.

Dejas de culpar.

Dejas de esperar.

Y, poco a poco, empiezas a elegir.

Elegir no siempre es avanzar.

A veces es simplemente no volver atrás.

Y ahí cambia algo.

La vida deja de ser una persecución constante y empieza a parecerse más a una observación.

A una tarde de lluvia.

A un jardín que respira sin pedir nada.

A un café que sabe siempre igual, pero ya no molesta.

Empiezas a habitarte.

Sin grandes gestos.

Sin necesidad de demostrar nada.

Solo estando.

Y entonces el amor vuelve a aparecer… pero distinto.

Más sereno.

Más consciente.

Menos urgente.

Ya no es solo deseo.

Es también gratitud, presencia, cuidado.

Es reconocer en el otro no una salvación, sino un lugar donde quedarse sin perderse.

Y aun así, no todo se calma.

Siguen las dudas.

Las guerras silenciosas.

Las conversaciones que no se tuvieron.

Las versiones de uno mismo que se quedaron por el camino.

El tiempo pasa, y con él una sensación inevitable: algo se escapa.

Pero también otra, más sutil: algo se construye.

Porque ya no eres el mismo que empezó el año.

Ahora sabes que el amor no siempre salva.

Que el deseo no siempre sostiene.

Que la memoria puede ser refugio… o condena.

Pero también sabes otra cosa.

Que puedes seguir.

Seguir sintiendo sin romperte del todo.

Seguir recordando sin quedarte atrapado.

Seguir avanzando, aunque no tengas claro hacia dónde.

Y en medio de todo eso, casi sin darte cuenta, aparece una certeza que no necesita explicarse:

Lo mejor no ha pasado.

Y no porque falte algo fuera,

sino porque dentro…

todavía queda vida suficiente para volver a arder.