No todos los exilios se delinean con fronteras.
Algunos no aparecen en los mapas, pero delimitan igual.
Te colocan dentro de una vida que no puedes cruzar sin pagar un precio.
Porque hay fronteras que no se atraviesan sin cambiar. Sin dejar algo atrás.
Sin renunciar a una parte de lo que creías ser.
Un día sigues en el mismo sitio y, aun así, ya estás fuera.
No sabes cuándo ocurrió.
No hubo despedida. Ni decisión clara.
Solo una distancia que crece entre lo que eres y lo que sostienes.
El lugar del que saliste no desapareció. Se difuminó.
Estaba inventado.
Y donde ahora estás no es un espacio. Es camino.
No te reconoce. Y tú tampoco lo habitas. Solo pasas.
Ese es el exilio. El tuyo. De donde no puedes huir.
Donde no quieres quedarte.
Te acostumbras.
A encajar donde puedes.
A hablar como si nada.
A sostener versiones de ti que ya no te pertenecen.
Y, aun así, hay algo que no sueltas.
No es la certeza.
Es la sensación de estar siempre a medio camino.
Sin nombre. Sin forma.
Como si te desplazaras sin dejar de llegar.
Tus huesos lo saben. Se desgastan. Rozan el suelo.
Pero no te dejas caer. Porque aún temes eso: el polvo.
No el de fuera. Sino ese que te disuelve.
Te aferras. Al miedo. Al no saber. A lo poco que queda.
A esa bandera que ya no te representa pero aún te nombra.
No por orgullo. Ni por pertenencia.
Por memoria.
Porque sabes —aunque no lo digas— que el día que la sueltes,
el día que cruces de verdad esa frontera, te quedarás huérfano.
Y aun así, mirarás hacia arriba. No como plegaria.
Como última forma de no rendirte del todo.
