Lo que se queda

lunes, mayo 4, 2026 Permalink 0

La infancia no se recuerda.

Se queda.

Mucho tiempo en casa.
Mucho hogar.
Muchos hermanos.
Muchas voces que no siempre coincidían.

Madres.
Padres.
Familia.

Demasiado cerca para entenderlo entonces.
Suficiente para no olvidarlo nunca.

Ahí no eliges.

Recibes.

Con los ojos abiertos
y el corazón sin defensa.

Todo entra.

Las formas.
Los gestos.
Lo que se dice
y lo que no.

Y a veces,
ni siquiera hace falta ver.

Basta un olor.

Estar en casa
y notar cómo algo empieza a llenar el aire.

Poco a poco.

Sin aviso.

Ese humo denso
que subía despacio
y lo ocupaba todo.

No hacía falta preguntar.

Ya estaba aquí.

Mi padre.

No siempre venía.
No siempre se quedaba.
No siempre hablábamos.

Pero estaba.

Y eso bastaba.

También hay olores
que no se van.

Antes los pollos llegaban vivos.

Había que matarlos.

Luego hervirlos.
Escaldarlos.

Ese olor…

sigue ahí.

Aparece
cuando menos lo esperas.

Y con él,

la imagen.

El animal
intentando sostenerse un segundo más
antes de caer.

Ese gesto
pegado a ese olor.

Y luego,

como si nada,

el guiso.
La mesa.
La familia.

Todo en su sitio.

Pero no todo construía.

A veces se rompían cosas.

Puentes.

Se quemaban en un instante
y, sin saber cómo,
volvían a levantarse.

Iguales…
o no.

Algunas veces en el mismo sitio.
Otras en otra dirección.

Y eso también se queda.

Los sinsabores.
Lo que no encaja.
Lo que duele sin nombre.

Y, sin darte cuenta,

te va endureciendo.

Te hace piel.

Más resistente.
Más atento.
Más recortado.

Eso también es impacto.

No el que recuerdas,
el que te construye.

Porque no te das cuenta,
pero ya te están moldeando.

Y cuando crees que empiezas a decidir,

ya hay una forma.

Una estructura.

Una manera de mirar,
de querer,
de reaccionar.

No es perfecta.

Pero es tuya.

Y, sobre todo,

no empezó contigo.

Y pasa el tiempo.

Y crees que eliges.

Que te mueves.
Que cambias.

Pero no todo lo que dejas atrás
desaparece.

No todos los exilios se marcan con fronteras.

Algunos no aparecen en los mapas,
pero delimitan igual.

Te colocan dentro de una vida
que no puedes cruzar
sin pagar un precio.

Porque hay fronteras
que no se atraviesan sin cambiar.

Sin dejar algo atrás.
Sin renunciar a una parte
de lo que creías ser.

Un día sigues en el mismo sitio
y, aun así, ya estás fuera.

No sabes cuándo ocurrió.

No hubo despedida.
Ni decisión clara.

Solo una distancia que crece
entre lo que eres
y lo que sostienes.

El lugar del que saliste
no desapareció.

Se difuminó.

Estaba inventado.

Y donde ahora estás
no es un espacio.

Es camino.

No te reconoce.
Y tú tampoco lo habitas.

Solo pasas.

Ese es el exilio.

El tuyo.

De donde no puedes irte.
Donde no quieres quedarte.

Te acostumbras.

A encajar donde puedes.
A hablar como si nada.
A sostener versiones de ti
que ya no te pertenecen.

Y, aun así,

hay algo que no sueltas.

No es la certeza.

Es la sensación
de estar siempre a medio camino.

Sin nombre.
Sin forma.

Como si te movieras
sin llegar nunca.

Tus huesos lo saben.

Rozan el suelo.
Se desgastan.

Pero no te dejas caer.

Porque aún temes eso:

el polvo.

No el de fuera.

El que te disuelve.

Te aferras.

Al miedo.
Al no saber.
A lo poco que queda.

A esa bandera
que ya no te representa
pero aún te nombra.

No por orgullo.
Ni por pertenencia.

Por memoria.

Porque sabes —aunque no lo digas—
que el día que la sueltes,
el día que cruces de verdad esa frontera,

te quedas sin nada.

Y aun así,

mirarás hacia arriba.

Como última forma
de no rendirte del todo.

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