Don Pedro, Pedro y Pedrito

viernes, mayo 22, 2026 Permalink 0

Don Pedro, Pedro y Pedrito

Dicen que el agua tiene tres estados, pero nadie duda nunca de que sigue siendo agua.

Puede endurecerse hasta convertirse en hielo.
Puede fluir ligera entre las manos.
Puede elevarse y desaparecer convertida en vapor.

Y, sin embargo, sigue siendo exactamente lo mismo.

Tal vez las personas también.

A lo largo de la vida todos terminamos convirtiéndonos en distintas versiones de nosotros mismos. Algunas nacen para protegernos. Otras para sostenernos. Otras simplemente sobreviven escondidas en algún rincón del alma esperando no ser olvidadas del todo.

En mí conviven tres.

Don Pedro.
Pedro.
Y Pedrito.

Y curiosamente nunca han estado enfrentados.

Don Pedro es quien sostiene el peso. El que decide, negocia, protege, lidera y defiende. El que aprendió que el mundo a veces exige firmeza incluso cuando uno está cansado. El que sabe callar cuando hace falta y hablar cuando no queda más remedio. El que entiende que hay personas, estructuras, familias y responsabilidades que dependen de que alguien mantenga el pulso firme mientras todo alrededor se mueve.

Pedro es otra cosa.

Es el hombre real.

El que ama.
El que duda.
El que piensa demasiado algunas noches.
El que se emociona con su familia, con sus amigos, con la memoria y con las pequeñas cosas que todavía conservan verdad. El que siente cansancio, miedo, esperanza o incertidumbre, aunque muchas veces no lo diga. El que sigue buscando sentido incluso cuando la vida parece haberle enseñado ya casi todas sus lecciones.

Y luego está Pedrito.

El primero de todos.

El niño que soñaba antes de entender el mundo. El que quería vivir, descubrir, correr, construir algo hermoso aunque no supiera todavía cómo hacerlo. El que miraba la vida sin escudos. El que imaginaba quién sería algún día mientras observaba el futuro desde la inocencia y desde la ilusión intacta.

Y quizá lo más importante de todo es que Pedrito sigue aquí.

No igual.
No intacto.
Pero vivo.

Porque al final la verdadera derrota no es hacerse mayor. La verdadera derrota sería que el niño que fuimos dejara de reconocernos completamente.

Por eso los tres se necesitan.

Pedrito enseñó a Pedro a sentir.
Pedro enseñó a Don Pedro a comprender.
Y Don Pedro aprendió a proteger a ambos para que ninguno desapareciera del todo.

Funcionan como el agua.

A veces sólidos frente a los golpes.
A veces líquidos para adaptarse al dolor o al amor.
A veces vapor, elevándose por encima del ruido para intentar entender el sentido de las cosas desde cierta distancia.

Pero siempre siendo lo mismo.

La misma esencia atravesando distintos estados de la vida.

Todos hablan con Dios también, aunque cada uno lo haga de manera distinta.

Pedrito le habla desde la esperanza.
Pedro desde la fe y las preguntas.
Y Don Pedro desde la responsabilidad de pedir claridad para tomar las decisiones correctas.

Porque vivir no consiste únicamente en avanzar.

Consiste en mantener el equilibrio entre todo aquello que somos sin traicionar ninguna de nuestras partes.

A veces el equilibrio se rompe. Claro que se rompe. O alguno de los tres se siente amenazado. O cansado. O perdido. Y entonces alguno debe imponerse durante un tiempo. Pero incluso ahí existe una especie de acuerdo silencioso entre ellos. Todo debe pasar por el filtro de los tres. Como una prueba de verdad. Como un test de resistencia del alma.

Porque la vida aprieta.

Aprieta con responsabilidades, con pérdidas, con expectativas, con miedo al tiempo, con decisiones que cambian destinos, con personas que llegan y se van, con heridas que uno aprende a llevar sin exhibirlas demasiado.

Y aun así seguimos.

Tal vez porque todos buscamos lo mismo:

llegar al final sin haber perdido nuestra esencia.

No importa demasiado lo que quede cuando todo termine. El legado, el nombre, la utilidad o el reconocimiento son apenas consecuencias. La vida verdadera ocurre antes. Está aquí. En el trayecto. En la posibilidad de mirar atrás y descubrir que, pese a los golpes, pese al desgaste y pese al tiempo, seguimos siendo reconocibles para nosotros mismos.

Que Don Pedro todavía protege.
Que Pedro todavía siente.
Y que Pedrito todavía sueña.

Como el agua.

Cambiando constantemente de estado sin dejar nunca de ser ella misma.

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