Más allá del horizonte

viernes, agosto 14, 2026 Permalink 0

MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE

Hoy postro mi rodilla ante tu altar.

En silencio.

He llegado hasta aquí con todo cuanto tengo y, sin embargo, ahora mismo soy incapaz de articular una sola palabra para pedirte nada.

Quizá porque no sé qué pedir.

Quizá porque todavía no sé qué me falta.

Quizá porque hay momentos en los que uno necesita tanto que cualquier petición concreta resulta demasiado pequeña.

Hoy no sé pedirte nada y, sin embargo, necesito todo.

Por eso estoy aquí.

No para que hagas por mí aquello que todavía puedo hacer.

No para entregarte mis decisiones, mis responsabilidades o mis pasos.

He venido buscando aquello que intuyo que existe, pero que soy incapaz de encontrar por mí solo.

Ayúdame.

Signifícame.

Abre mi mente.

Abre mi corazón.

Acerca tu espíritu al mío.

Y dame luz.

No toda.

No necesito que ilumines el camino completo ni que me reveles dónde termina.

Dame la suficiente para descubrir aquello que desde donde estoy todavía no puedo ver.

Porque quizá llevemos demasiado tiempo confundiendo nuestros límites con los límites del mundo.

Sabemos.

Aprendemos.

Acumulamos siglos de conocimiento y experiencia.

Una generación entrega a la siguiente cuanto consiguió comprender. Los jóvenes reciben las cicatrices de los viejos convertidas en advertencias; sus hallazgos, convertidos en herramientas; sus errores, convertidos en memoria.

Y así avanzamos.

No empezamos desde cero.

Nunca.

Caminamos sobre miles de vidas anteriores.

Sobre quienes observaron antes que nosotros.

Sobre quienes preguntaron.

Sobre quienes acertaron.

Y también sobre quienes se equivocaron.

Todo ese conocimiento pretérito puede acumularse.

Puede evaluarse.

Puede discutirse.

Puede corregirse.

Puede ampliarse.

Pero nunca podrá entregarnos un final.

Solo puede proporcionarnos un punto de partida.

Quizá por eso Arquímedes no pidió poseer el mundo.

Pidió un punto de apoyo.

Le bastaba.

Porque la grandeza humana nunca ha consistido en contener dentro de nosotros todas las fuerzas necesarias.

Consiste también en descubrir dónde apoyarnos para alcanzar aquello que solos jamás alcanzaríamos.

Y ahí comenzamos a equivocarnos con nuestros límites.

Aquello que desconocemos nos inquieta.

A veces lo despreciamos.

Otras lo atacamos.

Lo moldeamos hasta conseguir que se parezca a algo conocido.

Le damos una mano de pintura para hacerlo compatible con nuestras certezas.

Lo ignoramos.

O hacemos algo todavía más peligroso:

lo convertimos en frontera.

No puedo.

No sé.

No depende de mí.

No lo comprendo.

No existe.

Y cerramos la puerta.

Pero que yo no pueda volar no significa que el cielo me esté prohibido.

Quizá significa solamente que necesito unas alas que nunca serán mías.

Que algo no dependa de mí no significa que no pueda relacionarme con ello.

Que no pueda comprender algo todavía no demuestra que sea incomprensible.

Y que mis ojos no alcancen a verlo jamás podrá demostrar que detrás de mi horizonte no existe nada.

Tal vez esa sea una de nuestras grandes confusiones:

convertir el alcance de nuestra mirada en la medida del universo.

Por eso necesitamos a los demás.

Necesitamos al que llegó antes.

Al que observa desde otro lugar.

Al que sabe lo que ignoramos.

Al que formula una pregunta que jamás se nos habría ocurrido.

Al que contradice nuestra certeza.

Al que nos presta durante un instante una mirada distinta.

Necesitamos conocimiento.

Experiencia.

Ciencia.

Historia.

Memoria.

Intuición.

Amor.

Y quizá también necesitamos algún momento en nuestra vida en el que, después de haber utilizado todo eso, tengamos suficiente humildad para postrar una rodilla y reconocer:

hasta aquí alcanzo yo.

No es una rendición.

Puede ser exactamente lo contrario.

Porque arrodillarse ante un altar no obliga a empequeñecerse.

Hay ocasiones en las que el cuerpo desciende precisamente mientras la mente y el corazón eclosionan.

Y entonces podemos pedir.

No que alguien viva por nosotros.

No que desaparezcan los obstáculos.

Ni siquiera que nos concedan aquello que deseamos.

Algo mucho más elemental:

muéstrame lo que no puedo ver.

Quizá allí esté la posibilidad que estaba buscando.

Quizá descubra que mi pregunta era equivocada.

Quizá comprenda que aquello que consideraba un obstáculo era un punto de apoyo.

Quizá encuentre una puerta.

Quizá descubra que no había puerta porque tampoco había pared.

O quizá siga sin comprender nada.

También eso forma parte de ser humano.

Porque conocerlo todo nunca estuvo a nuestro alcance.

Pero seguir ampliando aquello que somos capaces de conocer sí puede estarlo.

Y para hacerlo necesitamos una extraña combinación de orgullo y humildad.

Orgullo para caminar hasta el último centímetro que nuestras capacidades permitan.

Humildad para reconocer que ese último centímetro nuestro no tiene por qué ser el último centímetro posible.

Tal vez ahí empiece la esperanza.

No donde termina el mundo.

Sino donde termina el mundo que hasta ahora éramos capaces de ver.

Por eso hoy sigo de rodillas.

Pero no estoy inmóvil.

Nunca.

Mi cuerpo se postra mientras algo dentro de mí continúa buscando.

Tengo conmigo cuanto otros aprendieron.

Tengo mis principios.

Mis errores.

Mis preguntas.

Mis cicatrices.

Mi razón.

Mis manos.

Mi voluntad.

Y aun así reconozco que puede existir algo más.

No te pido que me lleves.

Ayúdame a verlo.

No te pido certezas.

Enséñame a reconocer posibilidades.

No te pido que elimines la oscuridad.

Dame luz suficiente para el siguiente paso.

Y si alguna vez vuelvo a creer que he llegado al límite, recuérdame algo que los seres humanos olvidamos con demasiada facilidad:

nuestros ojos también tienen horizonte.

Más allá sigue habiendo mundo.

Y mientras exista algo que todavía no podamos ver, comprender, aprender, compartir o amar…

todavía quedará un lugar hacia el que crecer.

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