Mientras podamos cantar

domingo, agosto 16, 2026 Permalink 0

Mientras podamos cantar

La flor se ofrece.
La abeja ignora el fruto.
La vida sucede.

Nacemos llorando. Quizá por eso aquella vieja canción pedía algo aparentemente sencillo: déjame vivir cantando. No decía que la vida fuera a ser feliz, ni siquiera que debiera serlo. Tal vez porque la felicidad nunca fue un lugar donde instalarnos, sino una sucesión de momentos que aparecen entre todo lo demás: días luminosos y noches difíciles, encuentros y despedidas, victorias, pérdidas, silencios y alguna carcajada capaz de justificar una semana entera. Nos empeñamos en construir épocas felices cuando la vida solo nos permite vivir momentos. Y mientras perseguimos la felicidad que imaginamos, podemos dejar pasar inadvertida la que estaba sucediendo.

Además, cambiamos. Lo hace el mundo, incluso sin nuestra presencia, y lo hacemos nosotros aunque tardemos más en reconocerlo. Por eso la memoria puede recordarnos dónde fuimos felices, pero no necesariamente sabe dónde volveremos a serlo. A veces intentamos amar como amábamos, buscar lo que buscábamos, elegir con los criterios de quien fuimos hace diez o veinte años. Cambiamos de personas, de lugares, de circunstancias, pero seguimos preguntando a una versión antigua de nosotros qué necesitamos ahora. Saber quién eres en cada momento quizá sea una de las pocas llaves capaces de acercarnos a la felicidad. No porque garantice encontrarla, sino porque evita que pasemos la vida regando una planta que ya necesita otra tierra.

Pero conocernos tampoco nos concede poder sobre el resultado. Podemos elegir bien y equivocarnos. Amar honestamente y perder. Cuidar una planta con el agua precisa, la tierra adecuada y toda nuestra atención, y verla marchitarse. Hacer las cosas bien no obliga a la vida a salir bien. Quizá madurar consista también en aceptar esa parte de incertidumbre sin convertir cada mal resultado en culpa ni cada dolor en domicilio. Cuando algo termina, no siempre tenemos que regresar al lugar donde fuimos felices. A veces necesitamos descubrir dónde puede encontrarnos ahora una felicidad distinta.

Y para eso hay que permanecer disponibles. Una flor protegida eternamente de cuanto pudiera dañarla también quedaría fuera del alcance de la abeja. Abrirse supone exposición. Ofrecerse supone riesgo. No necesitamos vivir sin miedo; basta con impedir que el miedo decida siempre por nosotros. La flor ofrece aquello que tiene. La abeja llega buscando lo que necesita. Ninguna conoce todavía el fruto de ese encuentro. Y, sin embargo, algo sucede porque ambas estuvieron allí, abiertas a la posibilidad de la otra.

Quizá por eso florecer nunca fue el final. Importa lo que hacemos con aquello que hemos conseguido ser: qué alimentamos, qué compartimos, qué enseñamos, qué dejamos en los demás, qué consigue crecer porque alguna vez estuvimos allí. Hasta nuestros momentos dolorosos pueden terminar dando fruto si de ellos nace comprensión para acompañar el dolor de otro.

La vida seguirá cambiando. Nosotros también. Habrá momentos en los que cantaremos y otros en los que apenas podremos recordar la melodía. No necesitamos convertir unos en eternos ni huir desesperadamente de los otros.

Necesitamos conocernos, redescubrirnos, abrirnos y ofrecer cuanto podamos llegar a ser.

Porque tal vez una buena vida no consista en ser feliz durante mucho tiempo, sino en no perder, cuando llegue el llanto, la capacidad de volver a cantar.

Y cuando llegue el canto…

ofrecerlo.

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