La semilla

lunes, agosto 17, 2026 Permalink 0

La semilla

Ácido el fruto.
Mis manos no lo apartan.
Buscan semilla.

A veces confundimos la verdad con el desencanto. Preferimos cerrar los ojos porque tememos que conocer demasiado desvista de magia aquello que amamos. Pero cerrar los ojos solo tiene sentido cuando nos permite sentir mejor: escuchar una música con más profundidad, reconocer un perfume, abandonarnos a un abrazo. Cerrarlos para no ver no protege la realidad; apenas nos protege durante un tiempo de tener que enfrentarnos a ella. Y difícilmente podremos mejorar o transformar aquello que primero necesitamos negar.

La realidad tampoco tiene la obligación de gustarnos. Hay quien disfruta de la acidez y quien apenas puede soportarla; quien busca lo intensamente dulce y quien lo encuentra empalagoso. El fruto es el mismo, pero no lo es la experiencia de quien lo prueba. Una cosa es lo que existe y otra lo que sentimos ante ello. Confundir ambas convierte nuestras preferencias en verdades y nuestras incomodidades en defectos que exigimos al mundo corregir.

Quizá nos estamos acostumbrando demasiado a esa confusión. Queremos la fruta madura, pelada, cortada, endulzada y, si es posible, acercada a la boca. No hay nada malo en disfrutar de la comodidad que otros hicieron posible. El problema comienza cuando dejamos de saber qué hacer el día en que nadie trae el tenedor.

Porque vivir no consiste únicamente en disfrutar de aquello que nos satisface. También es ser capaces.

Capaces de reconocer lo que tenemos delante aunque no nos agrade. De distinguir una incomodidad que nos exige crecer de un daño del que debemos protegernos. De aceptar una crítica sin convertirla inmediatamente en una agresión. De cambiar cuando aquello que hacemos deja de funcionar. De pedir ayuda cuando nuestras fuerzas no bastan. De utilizar cuanto hemos aprendido para ampliar nuestras posibilidades y, después, ofrecerlas a otros.

Ser capaz tampoco significa controlarlo todo. Hay riesgos que podemos reducir pero nunca eliminar. Podemos conocer su probabilidad, prepararnos, confiar en quienes saben más que nosotros y actuar sobre cuanto esté a nuestro alcance. Después aparece una frontera. Al otro lado quedan el azar, las decisiones ajenas y todo aquello que sencillamente no nos pertenece. Madurar quizá consista también en impedir que aquello que no podemos controlar gobierne cuanto todavía podemos hacer.

Y entonces mejorar adquiere otro significado.

No significa cambiar todo hasta conseguir que se adapte a nuestros gustos. A veces habrá que transformar la realidad. Otras, nuestra manera de relacionarnos con ella. Y algunas tendremos que transformarnos nosotros. Incluso habrá ocasiones en las que, después de observar con atención, descubramos que aquello que pretendíamos corregir no necesitaba nuestra intervención: necesitaba nuestra comprensión.

Por eso el placer y el dolor pueden informarnos, pero no deberían gobernarnos. Lo agradable no siempre nos mejora y lo incómodo no siempre nos perjudica. El mundo no se divide entre aquello que nos satisface y aquello que debemos apartar. Entre ambos existe un territorio inmenso donde podemos aprender, discernir, intentar, equivocarnos, rectificar y volver a intentar.

Tal vez ahí resida una de nuestras capacidades más valiosas: no recibir la realidad como un producto terminado.

Tomarla como llega.

Mirarla con los ojos abiertos.

Probarla.

Comprender qué tenemos entre las manos.

Cambiar aquello que podamos mejorar.

Aceptar aquello que no nos corresponde cambiar.

Y aprender de ambas cosas para que quien venga después encuentre alguna posibilidad que antes no existía.

Porque cuando un fruto resulta ácido podemos apartarlo.

Podemos exigir que alguien lo endulce.

O podemos abrirlo.

Quizá dentro haya una semilla.

Y entonces ya no importará tanto si aquel fruto estaba hecho exactamente a nuestro gusto.

Habremos aprendido a plantar.

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