La tierra a oscuras

lunes, agosto 17, 2026 Permalink 0

La tierra a oscuras

Duerme la tierra.
Nadie pregunta al brote.
La noche llueve.

Hay una serenidad especial en sembrar.

Quizá porque, durante unos instantes, todo está todavía por suceder. Abrimos la tierra, dejamos en ella algo diminuto, la cubrimos con las manos y nos permitimos imaginar. No sabemos si habrá árbol, ni fruto, ni siquiera un tallo que consiga asomarse algún día. Y, sin embargo, mientras regresamos a casa con un poco de tierra pegada a los dedos, caminamos acompañados por la esperanza.

Después empiezan nuestras prisas.

Nos gustaría escuchar cómo germina.

Apartar apenas la tierra para comprobar que sigue allí. Preguntarle cuánto le falta. Ayudarla un poquito, aunque nadie nos haya pedido ayuda.

Somos curiosos hasta para esperar.

Y puede que también algo impacientes.

Nos hemos acostumbrado a que muchas cosas respondan inmediatamente a nuestros dedos. Tocamos y aparece. Preguntamos y alguien contesta. Enviamos unas palabras y poco después miramos si fueron recibidas. Hasta la espera parece haberse convertido en una pequeña avería entre nuestro deseo y su satisfacción.

Pero hay cosas que todavía hablan otro idioma.

Una semilla, por ejemplo.

No sabe de nuestra urgencia.

Tiene la descortesía de necesitar su propio tiempo.

Quizá por eso, cuando empieza a crecer, también nosotros empezamos a cambiar. La esperanza tranquila de la siembra va dejando sitio a una alegría algo más cautelosa. Ahora que existe un brote podemos perderlo. Cuando aparezca el fruto querremos saber cuánto dará. Y si la cosecha es buena, llegará ese momento tan humano en el que, después de alegrarnos, empezaremos a pensar dónde guardarla.

El silo parece un lugar seguro.

Hasta que una noche alguien se despierta preguntándose si habrá suficiente.

Entonces cuenta los sacos.

Puede que vuelva a contarlos por la mañana.

No falta trigo. Lo que sobra es invierno.

Un invierno que todavía no ha llegado y que, sin embargo, ya ha conseguido sentarse a desayunar con nosotros.

Qué extraño.

Cuando apenas teníamos una semilla fuimos capaces de llenarnos de esperanza. Ahora tenemos el granero y nos cuesta estar tranquilos.

Tal vez porque no nos basta con recoger el futuro cuando llega. Queremos anticiparlo. Administrarlo. Asegurarlo. Incluso vender sus posibilidades antes de que el fruto haya nacido.

Y así algunas semillas llegan a la tierra cargando con nuestros planes.

Todavía no saben qué serán y nosotros ya hemos decidido cuánto deberán producir.

También hacemos eso con las personas.

Y con los amores.

Con los hijos.

Con una idea que apenas empieza a respirar.

Con nosotros mismos.

Nos cuesta permitir que algo querido crezca sin preguntarle demasiado pronto en qué piensa convertirse.

Quizá por eso hemos olvidado un poco el arte de la paciencia.

No esa paciencia que aprieta los dientes mientras espera una recompensa. Otra más amable. La que sabe que hay momentos para acercar las manos y otros para guardarlas en los bolsillos.

La que comprende que esperar no es un tiempo vacío.

Mientras esperamos también estamos viviendo.

No hay unas horas verdaderas y otras que solo sirven para llevarnos hasta ellas. La tarde en que sembramos pertenece a nuestra vida tanto como la mañana de la cosecha. También la cena de aquella noche. La conversación que tuvimos. La canción que sonaba. La mano que pudimos acariciar mientras, lejos de nosotros, bajo unos centímetros de tierra, algo hacía en silencio aquello que sabía hacer.

Tal vez el problema nunca fue que el tiempo se nos escapara.

La arena siempre encontrará alguna rendija entre los dedos.

Podemos cerrar el puño para conservarla un poco más, pero entonces descubriremos que una mano cerrada sirve para guardar muy pocas cosas.

Y mientras tanto no toca.

No acaricia.

No siembra.

El arte del tiempo quizá tenga menos que ver con conservarlo que con gastarlo bien.

Hay momentos para correr y otros para quedarse un poco más. Para recoger cuando el fruto está maduro y disfrutarlo sin preguntarnos inmediatamente por el siguiente. Para guardar lo necesario sin convertir el granero en una fortaleza contra todos los inviernos posibles.

Y también hay un tiempo para soltar.

Sembrar algo bueno en otra persona y no perseguirla para comprobar qué hizo con ello.

Compartir una idea sin necesitar saber dónde terminará.

Amar sin exigir al presente un certificado de permanencia.

Dejar una semilla en una tierra que, desde ese momento, empieza también a pertenecerle a ella.

Puede que germine.

Puede que no.

Quizá dé un fruto distinto del que habíamos imaginado.

O puede que un día alguien descanse bajo un árbol sin conocer siquiera las manos que lo sembraron.

No estaremos allí para medirlo.

Ni falta que hace.

Al caer la tarde, alguien termina el último surco. Se queda unos segundos mirando el campo. Desde la casa llega una voz conocida que lo llama para cenar.

Podría esperar un poco más.

Por si acaso.

Pero se limpia las manos en el pantalón y comienza a caminar hacia aquella voz.

A su espalda queda la tierra recién removida.

Después cae la noche.

Y cuando ya no hay nadie mirando,

empieza a llover.

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