La flor que cae
Aceptar la muerte no es rendirse.
Nadie le dijo a las flores que eran flores.
Ni que su belleza duraría tan poco.
Quizá por eso no tienen miedo.
Nacen.
Se abren.
Y cuando llega el viento, danzan.
Nosotros no.
Nosotros sabemos.
Sabemos que un día llegará esa ráfaga fría capaz de arrancarnos aquello que un instante antes todavía podíamos tocar.
Y aun así…
mírame.
No quiero esconderte del viento.
No podría.
Quiero aprender su movimiento, presentir cuándo llega, acompañar tu danza.
Porque conozco el infierno.
He estado allí.
Y si alguna vez te acercas demasiado a él, déjame entrar contigo.
No para decirte que no tengas miedo.
Para que tengas miedo entre mis brazos.
No para prometerte que venceremos.
Para recordarte que mientras sigamos aquí todavía no hemos perdido.
Y si llega el día…
si la fría ráfaga viene a buscarte…
déjame sostenerte.
Solo eso.
Déjame sentir cómo tus manos buscan las mías mientras el viento hace aquello que ninguno de los dos puede impedir.
Después lloraré.
Lloraré porque nunca volverá a existir exactamente tu manera de mirar.
Ni aquel gesto.
Ni la primera vez.
Ni aquella tarde.
Ni siquiera el silencio que aprendimos a compartir.
Podré encontrar otras flores.
Lo sé.
Pero nunca volverás a florecer tú.
Y eso…
eso tendrá derecho a dolerme siempre.
No intentaré conservarte.
Las flores mueren cuando pretendemos guardarlas para siempre entre las páginas de un libro.
Prefiero que aparezcas cuando quieras.
En una hoja que cae.
En una ráfaga inesperada.
En unas manos que se parecen durante un segundo a las tuyas.
En una mirada furtiva que me obligue a volver la cabeza.
Y entonces sonreiré.
Quizá llorando.
Porque comprenderé que la muerte consiguió arrancarte de mis manos…
pero no de mí.
Y algún día volveré a mirar una flor.
No será la tuya.
No quiero que lo sea.
Me acercaré despacio.
Sin pedirle que ocupe ningún lugar.
Y si también ella decide mirarme…
dejaré que se acerque.
Quizá nuestras manos terminen encontrándose.
Quizá tenga miedo.
Quizá yo también.
Da igual.
Nos quedaremos muy cerca.
Esperando.
Y cuando el viento nos vuelva a sorprender…
que nos encuentre abrazados,
compartiendo, todavía,
todo lo que caprichosamente
quisimos entregarnos.
