La escalera de tus lamentos no tiene peldaños

jueves, agosto 27, 2026 Permalink 0

La escalera de tus lamentos no tiene peldaños

Nos estamos rindiendo por adelantado.

Tenemos miedo a enfermar, miedo a fracasar, miedo incluso a triunfar demasiado y descubrir que el éxito también despierta recelos. Queremos cruzar la vida de puntillas, procurando que nada nos hiera, mientras hablamos de cambiar el mundo, crear nuevas formas, imaginar nuevas historias.

Queremos vivir.

Pero empezamos a ponerle demasiadas condiciones a la vida.

Queremos amar sin perder, avanzar sin equivocarnos, confiar sin exponernos, ganar sin arriesgar. Queremos negociar sin ceder, colaborar sin renunciar, construir vínculos sin que nadie tenga la posibilidad de hacernos daño.

Y cuando alguna de esas garantías no existe —porque nunca existieron— buscamos una excusa antes que una solución.

Quizá ahí empieza nuestra rendición.

Nos hemos preparado mucho. Hemos aprendido a dirigir, influir, motivar, comunicar, interpretar emociones, gestionar conflictos. Nos colgamos cada conocimiento como una medalla en el pecho y coleccionamos capacidades como quien completa un álbum de cromos.

Una más.

Y otra.

Hasta poder decir orgullosos: lo tengo completo.

Pero llega el primer soplido y descubrimos que habíamos dedicado tanto tiempo a decorar la casa que olvidamos preguntarnos de qué estaban hechas sus paredes.

Sabemos explicar a los demás.

Los clasificamos. Los interpretamos. Hasta creemos anticipar lo que sienten y necesitan con esa psicología barata que algunas veces parece escrita en los posos del café o detrás de un sobre de azúcar.

Pero ¿y tú?

¿Te conoces?

¿Sabes cuándo estás decidiendo y cuándo simplemente estás buscando una razón elegante para no intentarlo?

¿Sabes cuándo tienes miedo?

¿Sabes pedir ayuda?

¿Sabes aceptar que puedes estar equivocado?

¿O necesitas otra medalla que te proteja de la verdad?

Porque no puedes construir nada sólido sobre alguien que desconoces.

Y tú eres el primero.

Nos amamos y nos marchamos. Nos queremos y avanzamos. Nos hieren y nos sanamos. Perdemos y reconquistamos.

No hay contradicción.

Hay vida.

Tal vez nuestro error sea querer solamente una mitad.

Nos gusta amar, pero no perder. Confiar, pero no arriesgarnos. Ganar, pero no conocer la derrota. Avanzar, pero sin atravesar el miedo.

Y la vida no se deja partir así.

Viene entera.

Con aquello que deseamos y con aquello que hubiéramos preferido no conocer. Con días en los que podremos caminar solos y otros en los que necesitaremos desesperadamente una mano.

Por eso quizá nos hemos equivocado también con la autosuficiencia.

Conocerte no significa no necesitarme.

Ni ayudarme significa que seas más fuerte que yo.

Habrá un día en que yo pueda acercarte una escalera.

Otro tendrás que acercármela tú.

Y alguno estaremos los dos mirando hacia arriba sin tener la menor idea de cómo construirla.

Entonces tendremos que preguntarnos:

¿Cómo te ayudo?

¿Cómo me ayudas?

¿Cómo nos ayudamos?

¿Cómo conseguimos pasar esto juntos?

Porque algunas veces parece que esperamos demasiado para hacer esas preguntas.

Tensamos los vínculos para comprobar cuánto resisten. Convertimos una diferencia en una trinchera. Queremos negociar, pero también queremos ganar. Nos ofrecemos a colaborar y después nunca encontramos el momento. Esperamos que alguien comprenda aquello que nosotros no hemos sabido decir.

Vamos descartando salidas.

Una porque exige ceder.

Otra porque obliga a confiar.

Otra porque tendríamos que reconocer un error.

Otra porque necesitamos pedir ayuda.

Y cuando levantamos la cabeza estamos al borde del precipicio preguntándonos si tendremos que saltar.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Quizá algunas veces la vida nos lleve inevitablemente hasta el borde.

Pero otras hemos llegado nosotros.

Rindiéndonos por adelantado.

Y no.

No quiero que tengamos que encontrarnos allí para descubrir que necesitábamos hablar.

Quiero encontrarte antes.

Cuando todavía haya caminos.

Cuando podamos equivocarnos, discutir, pedir perdón, volver a empezar.

Cuando todavía podamos acercarnos una escalera.

Porque los lamentos no tienen peldaños.

Puedes explicar perfectamente tus clavos, describir tu cruz, encontrar incluso magníficas razones para permanecer en ella.

Pero en algún momento tendrás que decidir si quieres bajar.

No te prometo que debajo haya un camino sencillo.

Ni siquiera que yo conozca el camino.

Solo puedo preguntarte:

¿Lo buscamos?

Quizá eso baste.

Una escalera.

Una mano.

Un primer peldaño.

Y después otro.

Hasta volver a poner los pies en el suelo.

Después ya veremos.

Quizá incluso encontremos el mar.

Y entonces comprenderemos que nunca se trató de no sufrir, no caer, no equivocarnos o no tener miedo.

Se trataba de no rendirnos antes de tiempo.

Algún día llegará aquello que ninguno podremos evitar.

Hasta entonces, no ensayemos la rendición.

Vivamos enteros.

Ayudémonos.

Avancemos.

Y cuando vuelva el miedo a decirnos que no podemos, antes de buscar otra excusa, hagámonos una última pregunta:

¿Es verdad?

Porque quizá el primer peldaño nunca estuvo fuera.

Quizá siempre fue ese.

Cuanto antes abracemos la verdad, antes nos liberaremos de nuestra mediocridad.

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