Imbéciles maravillosos

viernes, agosto 28, 2026 Permalink 0

Imbéciles maravillosos

Mírame.
Desaparece.
Dame tu mano. Volemos.

Ven conmigo.

No sé adónde.

Ni siquiera sé si el camino que imagino seguirá allí cuando lleguemos.

Pero ven.

O vete.

Si alguna vez descubres que lejos de mí puedes encontrar aquello que yo ya no sé darte, no conviertas lo que fuimos en una deuda. No permanezcas para demostrarme nada. No te quedes mirando hacia la puerta mientras yo finjo no darme cuenta.

Vete.

Tal vez algún día volvamos a encontrarnos.

Tal vez no.

Quédate conmigo si podemos seguir siendo nosotros.

Aunque tampoco sé exactamente quiénes somos.

Porque desde que llegaste hay cosas que han cambiado de sitio.

Algunas certezas.

Alguna frontera.

La manera de mirar determinadas cosas.

Incluso aquello que juré que nunca haría.

No me lo pediste.

Simplemente ocurrió.

Quizá por eso todavía sigo aquí.

No quiero que cambies por mí.

Quiero algo bastante más difícil.

Que cambiemos porque existimos.

Como cambia una habitación cuando alguien abre una ventana.

Nada deja de ser lo que era y, sin embargo, el aire ya no es el mismo.

Tampoco quiero prometerte que siempre sabremos encontrarnos.

Habrá días en que escucharé música y no sabré de dónde viene.

Quizá tú tampoco.

Moveremos el dial.

Una frecuencia.

Otra.

Ruido.

Silencio.

Y si no encontramos nuestra canción, tendremos que hacer algo mucho más hermoso que recordarla.

Componer otra.

Tú traerás una nota.

Yo otra.

Alguna desafinará.

Nos miraremos.

Volveremos a empezar.

Hasta que, casi sin darnos cuenta, algo que no era tuyo ni mío empiece a sonar entre los dos.

Entonces comprenderemos que las matemáticas también se equivocan.

Uno más uno son dos.

Siempre.

Salvo algunas veces.

Algunas veces uno más uno es uno.

Pero no tú.

Ni yo.

Otro uno.

Quizá para llegar hasta ahí tengamos que morir un poco de a uno.

No desaparecer.

No entregarte mis ojos para mirar el mundo ni pedirte los tuyos.

Eso sería otra cosa.

Quiero seguir reconociéndome cuando me mire.

Y reconocerte cuando te mire a ti.

Solo que habrá una parte de nosotros que ya no sabrá caminar con el mismo paso de antes.

Habremos aprendido otro ritmo.

Morir de a uno y renacer de a dos.

Y después seguir.

Sin saber cuánto.

Porque tampoco quiero convertirte en algo tan perfecto que tenga que permanecer inmóvil para no estropearse.

No quiero colgarte de una pared.

Ni contemplarnos a una distancia prudente admirando lo bien que hemos envejecido dentro del marco.

Quiero vivir.

Contigo, si podemos.

Quiero que nos sucedan cosas.

Que alguna vez no entendamos nada.

Que encontremos otra vez el camino.

Que tengamos que cambiarlo.

Que abramos ventanas.

Que cerremos alguna puerta.

Que un día salgamos buscando una cosa y regresemos con otra.

Y que no necesitemos decidir constantemente qué parte fue la importante.

Nos maravilla el amanecer porque es hermoso.

Y también porque comienza otro día.

¿Por qué elegir?

La belleza también puede ser comienzo.

El comienzo también puede ser belleza.

Una cosa puede vivir dentro de la otra.

Como tú en algunas cosas mías.

Como yo, quizá, en algunas tuyas.

Como ese nosotros que no existía antes de encontrarnos y que no pertenece enteramente a ninguno.

Puede que algún día termine.

Claro.

Todo puede terminar.

También este amanecer.

También la música.

También nosotros.

El viento lleva siglos explicándonos algo que seguimos negándonos a aprender.

Lo vemos levantar el polvo.

Lo seguimos con los ojos.

Durante un instante la luz atraviesa cada partícula y creemos comprender.

Extendemos la mano.

Nada.

Se ha ido.

Y mañana volveremos a hacerlo.

Sabemos que no podemos coger el viento.

Sabemos que el polvo escapará entre los dedos.

Sabemos que ninguna mano puede retener para siempre otra mano.

Y aun así amamos.

Aun así decimos ven.

Aun así algunas veces decimos vete.

Aun así pedimos quédate.

Aun así cambiamos.

Volvemos.

Componemos otra canción.

Extendemos otra vez la mano.

Somos imbéciles maravillosos.

Quizá porque hemos comprendido que vivir nunca consistió en conseguir que el polvo permaneciera quieto.

Sino en verlo bailar cuando atraviesa la luz.

Y tener, durante ese instante imposible, a alguien al lado.

Mírame.

Ya está amaneciendo.

No sé si es hermoso porque termina la noche o porque comienza el día.

Da igual.

Dame tu mano.

Volemos.

Comments are closed.