
Abril 2011 — Al borde sin caer
Hay un lugar donde todo ocurre justo antes de suceder. Un instante suspendido en el que el deseo aún no se consuma, pero ya ha tomado forma. Ahí es donde me gusta vivir. A dos milímetros del cielo. Lo suficiente cerca para sentirlo, lo bastante lejos para no agotarlo.
No busco la culminación. Busco ese punto exacto donde lo deseado y lo conseguido se rozan sin anularse. Donde el abrazo aún no se ha cerrado y, sin embargo, ya lo estás sintiendo. Ese aroma previo, esa tensión que no pide resolverse porque en ella misma ya existe plenitud.
Y tú… apareces ahí.
Sin necesidad de imponerte. Sin esfuerzo. Sin artificio. Hay algo en tu presencia que no compite, que no exige, que simplemente es. Y en ese ser, desplazas todo lo demás. No por intensidad, sino por verdad.
—
Pero no todo es equilibrio.
Hay días en los que el límite se vuelve real. En los que sientes que estás caminando sobre algo que podría quebrarse en cualquier momento. No por debilidad, sino por exceso. Demasiado sentir, demasiado pensar, demasiado sostener.
Me llevas ahí.
Al borde.
Donde todo vibra más de lo que debería. Donde el control se diluye y la certeza deja de ser necesaria. Y sin embargo, no caigo. No porque no pueda, sino porque he aprendido a sostenerme en ese filo sin necesidad de dar un paso atrás.
—
Mi mundo no tiene patria. No se define por límites ni por pertenencias. Se construye donde decido estar, no donde me colocan. No sigo banderas, sigo impulsos. Y en ese movimiento hay una coherencia que no necesita explicación.
No soy errante.
Pero tampoco soy estático.
Avanzo.
A veces con claridad.
A veces a ciegas.
—
Y aun así, hay momentos de pausa.
Momentos en los que dejo de empujar y observo. Donde permito que el tiempo actúe sin intervenir. No como rendición, sino como respeto. Porque no todo se conquista. Hay cosas que solo se revelan cuando dejas de forzarlas.
—
He conocido lugares que no existen.
Espacios donde las reglas no aplican, donde las distancias se acortan sin recorrerlas, donde el tiempo no pesa. Un planeta sin nombre donde todo parece posible porque nada necesita justificarse.
Ahí también estás.
No como figura, sino como sensación. Como algo que no se puede retener, pero tampoco olvidar. Un eco que no desaparece aunque cambie el sonido.
—
Y sin embargo, sigo aquí.
Con los pies en lo real.
Con el cuerpo sujeto al tiempo.
Con la conciencia de que todo lo que siento tiene un límite, aunque no lo quiera.
—
Hay días en los que me reconozco vulnerable.
No desde la debilidad, sino desde la exposición. Desde el hecho de saber que hay partes de mí que no controlo, que no domestico, que simplemente… aparecen. Y cuando lo hacen, no lucho contra ellas.
Las observo.
Las dejo ser.
—
Porque he entendido algo que antes evitaba:
no todo lo que eleva… protege
y no todo lo que duele… destruye
—
Así que me quedo.
En ese borde.
En esa tensión.
En ese equilibrio inestable que, lejos de romperme, me define.
—
No quiero más control.
No quiero más distancia.
No quiero más explicación.
—
Quiero esto.
Tal y como es.
Sin adorno.
Sin red.
Sin garantías.
—
Porque al final, lo único que importa no es cuánto te acercas al límite…
sino si eres capaz de vivir ahí
sin dejar de ser tú.

