Hay amores que se construyen como jardines secretos:
antes de ofrecer la flor, siembran la raíz en la oscuridad.
Quien quiere abrazar para siempre,
antes deja que el otro respire solo.
Quien desea proteger,
primero le enseña al otro a sostener su propio peso.
Así funcionan los afectos que no se rompen:
no se imponen, sino que se preparan como la tierra antes de la siembra.
Se fortalecen incluso en la aparente distancia,
se levantan antes de que llegue la tormenta,
y se dan antes de reclamar lo que se sueña recibir.
En las relaciones verdaderas, lo tierno vence a lo sólido.
La piel que acaricia sabe más de resistencia que el acero que golpea.
Las miradas que esperan son más implacables que las que exigen.
El silencio que escucha puede quebrar muros
que la palabra no sabe derribar.
El corazón aprende que no todo se expone.
No todas las joyas del alma pueden colgarse al sol
sin riesgo de que alguien robe su brillo.
El amor también sabe esconder sus objetos más valiosos
en la profundidad de sus aguas,
donde sólo entra quien se ha ganado el derecho de bucear sin miedo.
Amar, al final, es comprender que la vida se mueve como las mareas:
lo que se aleja no siempre se pierde,
y lo que vuelve lo hace distinto, pero más nuestro.
Es el arte de contraer para extender,
de dar para recibir,
de guardar para preservar.
Y en ese vaivén,
entre el roce de las espinas y la promesa de los pétalos,
aprendemos que el misterio no está en poseer,
sino en sostener con ternura
aquello que, en cualquier momento, podría volar.