Da color a lo que arde

jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

Febrero 2011 — Dar color a lo que arde

Hay una forma de vivir que no se explica, se provoca. Como si todo lo que tocas necesitara adquirir densidad, color, cuerpo. Ya no basta con sentir: ahora quieres transformar lo que sientes en algo que pueda respirarse, tocarse, habitarse.

Empiezo a entender que no se trata de encontrar, sino de dar. Dar color a lo que antes era trazo. Dar forma a lo que apenas era susurro. Hay una especie de intercambio silencioso en todo esto, una ley no escrita donde lo que entregas vuelve transformado, nunca igual, siempre más intenso. Como una burbuja que parece frágil pero contiene dentro un universo entero, listo para estallar en mil direcciones.

Te deseo. Sin matices. Sin adornos. No como quien busca poseer, sino como quien reconoce algo inevitable. Hay en ese deseo una mezcla extraña de luz y herida, de impulso y conciencia. No eres perfecta, ni lo pretendo. Hay grietas, hay historia, hay cicatrices. Y sin embargo, todo eso no resta… suma. Porque lo que conmueve no vive en lo impecable, sino en el borde de lo que puede romperse.

A veces el deseo se vuelve juego. Ligero en apariencia, profundo en intención. Pintarte la cara con los colores de los sueños, recorrer tu piel como si fuera un lienzo vivo, dejar que cada gesto despierte algo que no necesita nombre. Hay una intimidad que no se explica con palabras, que se desliza entre el tacto y la espera, entre la intención y el instante en que todo se desborda.

Pero no todo es luz.

También hay memoria. Y peso.

Mi vida ha sido una sucesión de abrazos intensos, pero inconexos. Momentos que ardían con fuerza pero que no sabían quedarse. Eso te marca. Te enseña a preferir lo intenso sobre lo constante, lo verdadero sobre lo cómodo. Pero también deja un rastro: una cierta incapacidad para creer en la continuidad sin fisuras.

Y ahí aparece el orgullo.

Ese que ciega. Ese que protege y al mismo tiempo aísla. Que te hace fuerte hacia fuera, pero vulnerable hacia dentro. Que te impide ceder cuando tal vez deberías, o acercarte cuando aún estás a tiempo. Y mientras tanto, la ilusión galopa sin mirar atrás, llevándose consigo lo que no supiste sostener.

Hay noches en las que la soledad no es ausencia, sino presencia densa. Casi física. Como una vieja conocida que se sienta a tu lado y no necesita hablar. Solo estar. Solo recordarte que no todo se llena, que no todo se resuelve, que hay partes de uno que simplemente… acompañan.

Y sin embargo, no renuncio.

Porque también hay belleza en el límite. En esa línea fina donde lo que duele y lo que eleva se confunden. Donde la exigencia no destruye, sino que define. Donde ser frágil no significa ser débil, sino estar expuesto a lo que de verdad importa.

Aspiro a lo que pienso. No a lo que me dicen que debería ser, ni a lo que encaja mejor en un relato ajeno. A lo que nace dentro, incluso cuando es incómodo, incluso cuando implica riesgo. Porque solo desde ahí se construye algo que merezca la pena.

Y en medio de todo esto, aparece una idea que ya no puedo ignorar:

no eres solo lo que eres,

eres también lo que te precede

y lo que decides dejar.

Cada gesto, cada palabra, cada elección deja una estela. Invisible, pero real. Y en esa estela, otros aprenderán a volar… o no.

Tal vez por eso sigo aquí.

Dando.

Deseando.

Equivocándome.

Volviendo a empezar.

Aceptando que hay amores que llegan a destiempo, pero no por ello dejan de ser reales. Que hay encuentros que no buscan eternidad, sino intensidad. Y que incluso en ese tránsito, en ese ir y venir entre lo que es y lo que pudo ser, hay una forma de plenitud.

Brindemos por eso.

Por lo que arde sin prometer.

Por lo que llega sin quedarse.

Por lo que, aun siendo imperfecto…

nos hace sentir vivos.