Donde arde lo que no se puede retener

jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

Julio 2011 — Donde arde lo que no se puede retener

Hay días en los que el tiempo deja de ser una línea y se convierte en una pendiente. Resbalas sin darte cuenta, sin caída brusca, pero sin posibilidad de detenerte. Y en ese descenso suave, casi imperceptible, empiezas a entender que no todo está hecho para durar… pero sí para ser vivido con una intensidad que lo justifique.

He aprendido a mirar así.

A través de los restos.

A través de lo que queda en el vidrio después del vino.

A través de lo que ya no está… pero aún impregna.

Y ahí, curiosamente, todo sabe más.

A veces lo llamo magia.

Otras veces, simplemente experiencia.

No hay diferencia real. Solo cambia el nombre con el que te explicas lo que no puedes controlar. Pero en el fondo es lo mismo: una forma de no volverte loco mientras todo se mueve.

Porque todo se mueve.

El deseo.

El recuerdo.

La certeza.

Nada permanece quieto el tiempo suficiente como para construir sobre ello sin riesgo. Y aun así… construyes. No porque sea seguro, sino porque necesitas hacerlo.

Entonces aparece lo pequeño.

Un instante.

No como concepto, sino como refugio.

Dejas de pensar en todo lo que podría ser y eliges lo que está ocurriendo ahora, aunque dure poco, aunque no tenga continuidad, aunque se consuma en sí mismo.

Porque hay algo que ya sabes:

un instante vivido… pesa más que una vida imaginada

Y contigo, eso se multiplica.

No hay medida. No hay proporción. No hay equilibrio. Solo una especie de corriente que te arrastra y te devuelve al mismo punto… distinto.

Te acercas y te pierdes.

Te entregas y te reconstruyes.

Veneno y antídoto en la misma piel.

Pero también hay preguntas.

No las resuelves.

No hace falta.

¿Por qué más cuando menos basta?

¿Por qué insistir cuando ya duele?

¿Por qué una vida… si no alcanza?

No buscas respuestas. Solo constatas que el exceso y la falta conviven en el mismo espacio.

Hay una urgencia.

No de posesión.

De existencia.

Como si amar fuera respirar bajo el agua el tiempo justo antes de ahogarte. No puedes quedarte ahí… pero tampoco quieres salir.

Y sin embargo, hay un punto donde todo se rompe.

No hacia fuera.

Hacia dentro.

Tienes palabras para todo. Mundos enteros construidos con ellas. Pero llega un momento en que no sirven. Donde el lenguaje se rinde y solo queda el silencio, cargado, denso, lleno.

Ahí es donde más dices.

Julio es eso:

explosión sin ruido

intensidad sin medida

presencia sin promesa

Nada se sostiene.

Pero todo deja huella.

Y quizá por eso sigues.

No por lo que permanece,

sino por lo que, aun deshaciéndose,

merece ser vivido hasta el último milímetro.