
Agosto 2011 — Donde aún eliges cuidar
Hay algo que cambia en agosto. No es brusco. No hace ruido. Pero se nota. Como cuando, después de mucho deambular, dejas de preguntarte por qué… y empiezas a decidir para quién.
Ya no todo gira en torno a lo que sientes.
Empieza a importar lo que das.
—
Te descubres observando una sonrisa como si fuera suficiente. No necesitas grandes certezas, ni promesas eternas, ni construcciones imposibles. Te basta con ese brillo leve en los ojos que no pide nada… pero lo cambia todo.
Y entonces lo entiendes sin decirlo:
quieres procurar felicidad
aunque no puedas garantizarla
—
Siguen existiendo caminos que no convergen. Lo sabes. Lo ves. No todos los encuentros están hechos para encontrarse del todo. Hay abrazos que nacen sabiendo que no llegarán lejos, miradas que contienen más distancia que cercanía.
Pero ya no te detienes ahí.
Porque incluso en lo que no encaja… hay vida.
—
Hay días en los que te sientes cansado. No de luchar, sino de sostener. Te pesan los pasos. Te pesan los recuerdos. Te pesan incluso las esquinas por las que pasas sin detenerte.
Y en ese cansancio aparece algo honesto:
necesitas que alguien te ayude a atarte los zapatos
No a salvarte.
No a rescatarte.
Solo a acompañarte lo justo para seguir.
—
También hay dureza.
Ya no idealizas tanto. Detectas la falsedad. La reconoces antes de que termine de desplegarse. Sabes cuándo algo no es real… y aun así, a veces, eliges acercarte.
No por ingenuidad.
Por necesidad de comprobar
que aún eres capaz de sentir
—
El riesgo vuelve a aparecer. Más afilado.
Hay momentos en los que todo se acelera, donde la intensidad se convierte en vértigo y la entrega roza el límite de no retorno. Y aun así… sigues.
Porque hay algo dentro de ti que ya ha aceptado esa posibilidad.
no todo lo que se vive vuelve
no todo lo que se da se recupera
—
Y sin embargo, no todo es tensión.
Hay una semilla.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero firme.
Entre lo roto, entre lo cansado, entre lo que no encaja… aparece una forma de hogar que no necesita estructura. Un gesto, un aroma, un instante compartido que no pretende durar… pero sí sostener.
—
Empiezas a ver con claridad algo que antes se mezclaba:
nada es completamente triste
nada es completamente bello
Solo tiempo.
Solo ilusión.
Solo lo que haces con ello.
—
Y en medio de todo, el cuerpo recuerda.
Las manos.
La piel.
La cercanía.
No como exceso… sino como verdad. Como lenguaje que no miente. Como forma de estar donde no llegan las palabras.
—
Agosto no es ruptura.
Tampoco es calma.
Es elección.
—
Elegir quedarte un poco más.
Elegir dar aunque no tengas garantía.
Elegir sentir… aun sabiendo lo que cuesta.
—
Y quizá eso es lo más limpio que hay en todo este recorrido:
que después de todo
sigues siendo capaz
de hacer feliz sin decir “mío”
