El color que me falta

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Enero 2011 — El color que me falta

Hay momentos en los que uno deja de buscar respuestas y empieza, simplemente, a habitar las preguntas. No desde la derrota, sino desde una especie de aceptación serena que no necesita resolverlo todo para seguir avanzando. Como si el tiempo, en lugar de ofrecer certezas, te enseñara a convivir con lo que no encaja del todo.

Te observo incluso cuando estás delante. No como quien mira, sino como quien intenta comprender sin tocar. Hay algo en ti que no se deja atrapar, que se desliza entre lo evidente y lo que no se nombra. Y sin embargo, es ahí donde más te siento. En ese espacio donde no hay control, donde el deseo no es lineal y la emoción no pide permiso.

Eres el color que me hace diferente. No porque completes nada, sino porque alteras el equilibrio. Introduces una variación que no estaba prevista, una grieta en la continuidad de lo que creía estable. Y en esa grieta… aparece algo nuevo. Algo que no entiendo del todo, pero que no quiero perder.

A veces me descubro agotado. No por lo que vivo, sino por lo que implica sentirlo con tanta claridad. Como si cada instante tuviera peso, como si cada gesto arrastrara una consecuencia invisible. Y aun así, cuando todo parece detenerse, cuando el cuerpo pide pausa y la mente silencio, apareces como aire sobre la espalda mojada. No solucionas nada. Pero sostienes.

Hay una parte de mí que sabe que esto no es inocente. Que no es ligero. Que no es simple. No busco perfección, ni un relato ordenado que pueda explicar de principio a fin. Busco algo más incómodo: un cóctel de riesgo, crecimiento y duda. Algo que me obligue a no dormirme en lo previsible, a no esconderme en lo correcto.

Y en ese camino, también me pierdo.

Porque cuando mi alma salta, mi boca calla. Cuando la emoción empuja, la razón se retira unos pasos, observando sin intervenir. No siempre sé si avanzo o retrocedo. No siempre reconozco el rostro que me devuelve el espejo. Hay días en los que la verdad se muestra desnuda, sin matices, y los besos saben a algo que no termina de encajar. Como si el fuego existiera… pero sin llama.

Y ahí, justo ahí, aparece lo más difícil: no huir.

No huir de la contradicción.

No huir de lo que duele sin romperse.

No huir de lo que no se puede explicar.

Porque también he aprendido que no todo lo que se siente necesita ser entendido. Pero sí respetado.

Late por mí, pienso a veces, no como una petición, sino como una forma de acompasar lo que no siempre sé sostener solo. Cambiar la ausencia por presencia, aunque sea por instantes. Aunque sea de forma imperfecta. Aunque sepamos que el tiempo no se deja domesticar y que lo que hoy florece, mañana puede marchitar.

Y sin embargo, me quedo.

Me quedo incluso sabiendo que no todo será.

Me quedo aun entendiendo que hay sombras en los colores más intensos.

Me quedo porque, por primera vez, no necesito que todo encaje para que tenga sentido.

Estoy aprendiendo a mirar el arco iris sin buscar sus trazos negros. No porque no existan, sino porque ya no necesito confirmarlos. Están ahí. Siempre han estado. Pero no definen lo que veo.

Tal vez eso sea crecer.

Aceptar que lo que quiero no siempre es lo que comprendo.

Que lo que me falta no siempre debe ser llenado.

Y que hay presencias que no completan… pero transforman.

Y tú… eres una de ellas.