Mírame un momento, sin bajar la mirada.
No te hablo desde la prisa, ni desde el ruido que llevamos sobre los hombros.
Te hablo desde el silencio, sentados bajo la sombra de un árbol.
Porque a veces, callar es también decir algo;
callar es elegir cuándo la verdad se acomoda en la piel y no lastima.
Callamos por valor, por miedo, por amor.
Callamos porque algunas palabras no caben en este mundo,
tan solo en el alma.
Mientras callamos, nos descubrimos frente a nuestra propia Némesis.
Cada uno carga con una: una memoria que arde, un error que lacera la mirada.
La buscamos, no porque queramos abrazarla, sino porque necesitamos saber que existe,
que está ahí, detrás, recordándonos que somos humanos,
que no hay victoria limpia sin cicatriz.
A veces pienso en una segunda oportunidad.
No la que alguien te concede, sino la que uno se otorga a sí mismo.
Ese momento en el que te dices:
“Esta vez, voy a caminar libre.
Esta vez, me perdono.
Esta vez, me abrazo a mí mismo.”
Porque nadie puede devolvernos la oportunidad perdida…
pero siempre podemos darnos una nueva.
En ese acto de reconciliación, encuentro mi hogar.
No un sitio con paredes y cerrojos,
sino ese lugar que se nutre dentro:
el aroma de quien te abrazó fuerte cuando más lo necesitabas,
el eco de una risa que te salvó una vida entera,
una caricia en la memoria que sigue viva cuando acunas los ojos.
Ese hogar que nada ni nadie puede arrebatarte
porque está hecho con fragmentos de ti.
Luego están esas cosas invisibles que heredamos:
los gestos, las maneras de mirar, los silencios,
las penitencias que no sabemos por qué cantamos.
Herencias que no pesan, pero moldean;
que no se tocan, pero se sienten.
Tenemos el deber de limpiarlas, de pulirlas,
de pasar a otros el trigo sin la incómoda cizaña,
para que quienes nos sigan reciban algo mejor de lo que nos encontramos.
Todo esto lo pienso aquí, contigo en el centro de mi mirada.
Porque este tiempo, aunque prestado, es mío.
No me lo he creado para guardarlo en un cajón,
sino para que lo viva, lo abrace, lo comparta,
para que lo convierta en círculo y te invite a vivir dentro.
Si algo nos enseña este árbol bajo el que hoy nos sentamos,
es que el silencio puede ser más dulce que cualquier palabra,
que una segunda oportunidad siempre cabe en el alma valiente,
que un hogar puede ser un rescoldo palpitante,
que las herencias invisibles son tan reales como el pulso en la muñeca,
y que el tiempo prestado no es un aviso de fin…
es una invitación a disfrutar.
Y quizá —en este instante suspendido— la vida se comprima entera:
todo el pasado y todo el porvenir latiendo en el mismo pulso,
como si los siglos se plegaran sobre sí mismos para caber en una mirada.
Somos la eternidad, pero nuestros sentidos dibujan fronteras ilusorias;
nos hacen creer que somos dueños del tiempo,
cuando apenas lo rozamos con la yema de los dedos.
Este momento no es una pausa ni un intervalo:
es un lugar sagrado, un temblor que sostiene lo que fuimos
y anuncia lo que seremos,
sin promesas ni advertencias,
solo con la certeza de que aquí estamos, respirando.
Y entonces comprendo que no hay otro refugio,
no hay otro templo,
sino el único lugar donde la eternidad se deja tocar
antes de volverse etérea.