Un collar de espinas ceñida,
latía con mis venas como cuerdas
tensas de un laúd antiguo.
No era joya ni adorno:
era la suma exacta de todas las veces
que mordí el silencio
en nombre de una paz que nunca llegó.
Un sentimiento inmaculado,
teñido por el aroma dulzón de flores marchitas,
y por aquellas palabras vanas,
mal pronunciadas y peor sentidas,
que surcaron mi piel
como la sal que oxida un barco varado.
Siempre fuiste bálsamo,
de esos que adormecen los sentidos
cuando lo que ansía el alma
es arder en carne viva.
Tus relámpagos, precisos,
tatuaban el nombre de cada herida,
y en tu calma,
no blandiste hierro:
esgrimiste una caricia
con la delicadeza de quien sabe
que el roce también puede matar.
Me obligaste a florecer
cuando mi espíritu solo pedía aire.
No clavaste espinas,
ni imaginaste que pudiera enroscarme
en tu tallo nuevo,
como hiedra que crece impía.
Ansiaba una savia capaz de salvarme
y hallé una corona
que no me coronaba:
me sepultaba, pétalo a pétalo,
con la solemnidad de un rito ancestral.
Con el tiempo, aprendí a respirar
en la cuerda tñimida del filo,
a descifrar en cada pétalo una promesa,
y a esquivar espinas como si fueran
las trampas de un destino repetido.
Renací, como estandarte,
la mirada que brilló en la noche más larga,
y que aún guía mi paso
entre ruinas y rescoldos.
Tus manos no solo tocaban:
reclamaban la esencia de lo perdido.
La devolvían envuelta
en un silencio urgente,
como quien sabe que toda celebración tardía
aún guarda el poder
de encender hogueras en pleno invierno.