hogueras de invierno

viernes, agosto 8, 2025 Permalink 0

Un collar de espinas ceñida,

latía con mis venas como cuerdas

tensas de un laúd antiguo.

No era joya ni adorno:

era la suma exacta de todas las veces

que mordí el silencio

en nombre de una paz que nunca llegó.

Un sentimiento inmaculado,

teñido por el aroma dulzón de flores marchitas,

y por aquellas palabras vanas,

mal pronunciadas y peor sentidas,

que surcaron mi piel

como la sal que oxida un barco varado.

Siempre fuiste bálsamo,

de esos que adormecen los sentidos

cuando lo que ansía el alma

es arder en carne viva.

Tus relámpagos, precisos,

tatuaban el nombre de cada herida,

y en tu calma,

no blandiste hierro:

esgrimiste una caricia

con la delicadeza de quien sabe

que el roce también puede matar.

Me obligaste a florecer

cuando mi espíritu solo pedía aire.

No clavaste espinas,

ni imaginaste que pudiera enroscarme

en tu tallo nuevo,

como hiedra que crece impía.

Ansiaba una savia capaz de salvarme

y hallé una corona

que no me coronaba:

me sepultaba, pétalo a pétalo,

con la solemnidad de un rito ancestral.

Con el tiempo, aprendí a respirar

en la cuerda tñimida del filo,

a descifrar en cada pétalo una promesa,

y a esquivar espinas como si fueran

las trampas de un destino repetido.

Renací, como estandarte,

la mirada que brilló en la noche más larga,

y que aún guía mi paso

entre ruinas y rescoldos.

Tus manos no solo tocaban:

reclamaban la esencia de lo perdido.

La devolvían envuelta

en un silencio urgente,

como quien sabe que toda celebración tardía

aún guarda el poder

de encender hogueras en pleno invierno.