El gran fracaso del peón no es caer, sino hacerlo sin haber cambiado el tablero.
Porque el peón no está hecho para la gloria inmediata, sino para la construcción silenciosa de la victoria. Su destino no es brillar, sino abrir camino.
Si muere sin haber protegido, sin haber avanzado, sin haber forzado al rival a moverse distinto, entonces sí ha fracasado.
Pero si su sacrificio permite que la estrategia siga viva, si su caída inclina la balanza, entonces no ha perdido, ha trascendido.
En el ajedrez, como en la vida, los que entienden su rol no temen caer, porque saben que cada pieza tiene su momento, y que la victoria nunca es de uno solo.