Hay adioses que pesan como piedras,
que se clavan en el pecho y laten
como un eco de lo que ya no será.
Se van con la sombra de lo que fuimos,
con promesas que nunca encontraron su puerto,
con palabras que murieron en los labios
antes de hacerse verdad.
Pero hay otros adioses que liberan,
que son aire después de la tormenta,
la puerta que se abre hacia el vacío
y nos deja, por fin, respirar.
Se llevan el peso de lo que ya no encajaba,
de lo que fue demasiado tiempo una cárcel,
de lo que insistimos en retener
cuando ya solo era ruina disfrazada de refugio.
Dolor y alivio caminan juntos,
como dos sombras que se miran
desde lados opuestos del mismo abismo.
Porque un adiós es siempre un quiebre,
pero a veces, en la grieta,
es donde entra la luz.