Ver no consiste en abrir los ojos; ver consiste en cerrarlos y que aún, con la luz marchita, tu presencia me rodee sin premura.
A veces creemos que ver es dominar lo que tenemos delante, abarcarlo todo con la mirada, asegurarnos de que el mundo está donde esperamos que esté. Pero hay otra forma de ver, más lenta y más profunda: la que aparece cuando cerramos los ojos y descubrimos que, aun sin luz, algo sigue rodeándonos.
Eso es la presencia.
No la presencia que se impone, ni la que reclama atención, sino la que permanece. La que no necesita urgencia ni explicación. La que se posa sobre nosotros como un abrazo que no pide permiso para ser verdadero.
Los verdaderos abrazos no son de dos brazos, sino de cuatro.
No basta con rodear; hace falta también ser rodeado. Dos brazos nacen de uno mismo: la voluntad de abrirse, de intentar comprender, de tenderse hacia la experiencia. Los otros dos brazos nacen de aquello que nos acontece: una persona, un proyecto, una ilusión, una noche larga, una aurora inesperada.
Cuando ambos movimientos coinciden, algo sucede. No es una victoria ni una conquista. Es más bien una acogida. La vida nos devuelve el gesto.
A veces ese abrazo llega desde el pasado.
Lo traen los recuerdos que ya no pesan como antes, las cicatrices que se han convertido en aprendizaje, los lugares donde alguna vez fuimos felices y que, aunque hayan cambiado o incluso desaparecido, siguen respirando dentro de nosotros. El pasado abraza con la memoria. Nos recuerda de dónde venimos y por qué ciertas cosas siguen teniendo sentido.
Otras veces el abrazo es del presente.
Es más discreto, más inmediato. Está en los gestos cotidianos, en los proyectos que todavía respiran, en las personas que caminan a nuestro lado sin necesidad de anunciarlo. El presente abraza sosteniendo. Nos mantiene en pie mientras el tiempo sigue avanzando.
Pero hay un abrazo más difícil de reconocer: el del futuro.
Ese abrazo aún no existe, y por eso provoca un temblor. Cuando algo nuevo se acerca —una posibilidad, una ilusión, un cambio— aparece ese miedo trémulo que nos invita a ponernos en guardia. Cerramos filas, levantamos el escudo, intentamos proteger lo que ya somos.
Es comprensible.
Pero si todo se vive desde el miedo, ningún abrazo puede completarse. Solo se abrazaría con un brazo, mientras el otro seguiría aferrado a la defensa.
Por eso la verdadera valentía no consiste en eliminar el temblor, sino en no dejar que gobierne la decisión. El abrazo del futuro exige libertad. Y la libertad, inevitablemente, lleva dentro la esperanza.
Porque no hay esperanza sin libertad.
Ni libertad sin la posibilidad de equivocarse.
Así es como llegan los abrazos del tiempo. A veces en volandas, cuando todo parece alinearse con claridad. Otras veces a cuenta gotas, casi sin que nos demos cuenta de que algo nos está transformando.
Intentamos cogerlos como quien intenta coger mariposas. No para atraparlas ni poseerlas, sino para contemplar su belleza en el mismo gesto de acercarse. Incluso cuando no las tocamos, el acto de intentarlo ya nos devuelve algo: movimiento, atención, vida.
Con el tiempo descubrimos algo curioso. La transformación no ocurre mientras la buscamos. Ocurre después. Un día nos encontramos más serenos ante lo que antes nos agitaba, más firmes ante lo que antes nos debilitaba, más emocionados ante lo que antes apenas percibíamos.
Entonces entendemos que aquellos abrazos —los del pasado, los del presente y los del futuro— estaban trabajando en silencio.
No se trataba de elegir entre ellos.
El pasado nos ha construido.
El presente nos sostiene.
El futuro nos llama.
Y nosotros, con los ojos a veces abiertos y a veces cerrados, solo tenemos una tarea sencilla y exigente a la vez:
Acogerlos.

