
Marzo 2011 — Sin adorno
Hay un punto en el que dejas de buscar intensidad… y empiezas a reconocer lo que es suficiente.
No porque te conformes.
Sino porque aprendes a distinguir lo verdadero de lo añadido.
Te miro y no necesito nada más. Ningún artificio, ningún gesto forzado, ninguna promesa exagerada. Hay algo en ti que no requiere explicación. Algo que no necesita ser mejorado para ser visto. Y eso, en un mundo que constantemente adorna, pesa más que cualquier perfección.
Porque lo perfecto no siempre es lo que permanece.
Pero lo verdadero… sí deja huella.
—
Aun así, no todo es calma.
Hay días en los que el camino se vuelve incierto. En los que te preguntas cuánto de lo que has construido se sostiene y cuánto depende de un hilo invisible. Caminas, avanzas, desafías lo que aparece, pero en algún punto surge la duda: si todo esto se detuviera… ¿quién serías?
No es miedo.
Es conciencia.
La sensación de que un día puedes dejar de estar donde estás. De que el pedestal no es lugar para quedarse, sino un tránsito. Y que, cuando toque, tendrás que bajarte sin ruido. Sin resistencia. Sin convertirlo en drama.
Cerrar despacio la última puerta.
No como renuncia.
Como acto de coherencia.
—
Mientras tanto, todo sigue.
Y en ese seguir, algo cambia.
Ya no eres el mismo.
Pero tampoco has dejado de serlo.
Te has expandido.
Después de lo vivido, ya no vuelves atrás. No puedes. Porque hay experiencias que no se olvidan, no por lo que fueron, sino por lo que provocaron. Te obligan a crecer, a incomodarte, a mirar donde antes no mirabas.
Y en ese crecimiento aparece algo nuevo:
la capacidad de sostener lo bello…
sin necesidad de idealizarlo.
—
Empiezo a entender que amar no es completar.
Es transformar.
No llenar vacíos, sino alterar la forma en que los miras. No evitar las grietas, sino aceptar que también forman parte de lo que eres. Que incluso ahí, en lo imperfecto, hay una estética que no necesita ser corregida.
—
A veces vuelvo atrás.
No físicamente.
Pero sí en la memoria.
Y me pregunto por la textura de mis sueños. Si están hechos de lo que fui, de lo que viví, o de lo que aún no he sido capaz de tocar. Si son suaves como la infancia, ásperos como el esfuerzo, o húmedos como la piel que aún recuerdo.
No siempre encuentro respuesta.
Pero ya no la necesito.
—
Porque hay algo que se ha asentado:
no todo lo que deseo tiene que quedarse,
ni todo lo que se queda tiene que ser eterno.
—
Y aun así, elijo.
Elijo sentir.
Elijo seguir.
Elijo no protegerme del todo.
Aunque implique riesgo.
Aunque implique pérdida.
Aunque implique cambiar.
—
Porque al final, lo que permanece no es lo que retienes.
Es lo que te transforma.
Y eso…
eso nunca necesita adorno.

