Vulnerable pero aún en pie

jueves, abril 2, 2026 Permalink 0

Noviembre 2011: Vulnerable pero aún el pie

Hay días en los que todo se vuelve más frágil de lo que estás dispuesto a reconocer. No porque falte fuerza, sino porque lo que sientes deja de protegerse. Se expone. Se vuelve blando, casi dulce… como si la vulnerabilidad no fuera una grieta, sino una forma de permanecer abierto aunque duela.

Persigues sombras sabiendo que no se dejan atrapar. Y aun así, las nombras. Las piensas. Las sostienes en ese lugar donde no necesitan existir para ser reales.

No quieres manos constantes sobre tu pecho. No quieres la seguridad impostada de lo que no vibra. Pero darías todo por un instante… por un recuerdo que arda lo suficiente como para quedarse grabado en tu sonrisa.

Amas desde ahí. Desde lo inmóvil. Desde lo abstracto. Desde una perfección que no necesita cuerpo para imponerse.

Hay una magia que no se busca. Aparece.

En lo pequeño. En lo cotidiano. En una lluvia que no incomoda, en un paseo donde el mundo parece alinearse sin esfuerzo. Dos ritmos que encajan sin necesidad de explicarse. Un silencio compartido que no pesa.

Y en medio de ese instante, algo se ordena.

No fuera. Dentro.

El deseo también cambia de forma.

Ya no es solo impulso. Es arquitectura. Es voz que se construye entre espacios invisibles, que se cuela entre costillas, que convierte una pausa en algo casi sagrado. Un gesto. Una respiración. Un roce que no necesita prisa.

Todo ocurre sin ruido… pero deja huella.

Hay días en los que te sientes extraño. Suspendido. Como si el mundo siguiera girando sin preguntarte si quieres ir con él.

El aire pesa distinto.

Las estrellas parecen lejanas.

Y tú… contenido.

No lloras. No por falta de dolor, sino por no perder nada de lo que aún te mantiene en pie.

Porque incluso en ese estado, lo sabes:

esto no es recto

nunca lo ha sido

Y aun así, sigues.

Porque hay algo que no se rompe del todo.

Una fe sin nombre.

Un impulso sin lógica.

Una necesidad de avanzar aunque no sepas exactamente hacia dónde.

Te desafía lo que no controlas.

Lo que no entiendes.

Lo que no puedes cerrar.

Y ahí, en ese límite, aparece el vértigo más limpio: el de querer volar… incluso cuando estás posado.

La vida no se ordena. Se mezcla.

Hay momentos donde lo sagrado y lo caótico conviven sin pedir permiso. Donde te sientes ungido y maldito al mismo tiempo. Donde el carisma no es otra cosa que la capacidad de sostener esa contradicción sin romperte.

Cuando todo parece ceder, haces algo sencillo.

Te acercas.

Buscas el calor de un abrazo. La verdad de una piel. La certeza de un latido que no miente. Y en ese contacto, aunque breve, algo vuelve a brotar.

No como antes.

No igual.

Pero suficiente.

Porque al final, cuando todo se tambalea, solo queda una decisión:

dejar de ser arrastrado

y empezar a sostenerte

Y en ese punto, casi sin darte cuenta, emerges.

No intacto.

Pero vivo.

Y con algo claro, muy claro:

todavía quedan cosas por hacer

y, sobre todo,

cosas por sentir.