¿Y si todo fuera verdad?
¿Y si todo fuera posible?
Si el tiempo dejara de pesarnos
y empezara a sostenernos.
Si cada herida nos enseñara a tocar sin miedo.
Si cada error no fuera un desvío,
sino parte del camino.
¿Y si aprendiéramos a ver con los ojos cerrados,
a escuchar lo que no se dice,
a abrazar sin necesidad de entenderlo todo?
¿Y si la vulnerabilidad dejara de asustarnos
porque comprendemos que es la única forma de ser reales?
¿Y si el viento entre nosotros dejara de ser duda
y se convirtiera en lenguaje?
Un lenguaje sin palabras,
donde el silencio no separa,
sino que une.
¿Y si amar no fuera una búsqueda,
sino una forma de estar?
Sin prisa.
Sin control.
Sin necesidad de poseer.
Entonces…
si tuviéramos la magia de poder crear un mundo nuevo,
nuestro mundo…
sería un lugar donde nadie tiene que esconderse para ser querido.
Donde el tiempo no se mide,
se comparte.
Donde la fragilidad no se corrige,
se acoge.
Donde la verdad no se impone,
se reconoce.
Un mundo donde el respeto no se exige,
se siente.
Donde la ternura no es excepción,
sino lenguaje común.
Donde el silencio no incomoda,
porque está lleno.
Donde amar no duele por miedo,
sino que transforma por entrega.
Un mundo donde no hay que explicar quién eres,
porque basta con estar.
Donde nadie llega tarde,
porque todo sucede cuando tiene que suceder.
Y donde, al final,
no importa cuánto tiempo dure nada…
porque todo lo que ocurre
deja algo que permanece.
Y quizá ese mundo no esté tan lejos.
Quizá no haya que crearlo.
Quizá solo haya que atreverse
a vivir como si ya existiera.

