Hoy no hay razones, hay evidencias

martes, marzo 31, 2026 Permalink 0

Escrito en noviembre 2009 — Donde todo empieza a sentirse sin explicarse

Hay meses que no ocurren.

Se abren.

Noviembre de 2009 no fue un tiempo.

Fue un umbral.

—

Apoyado en el marco de una puerta,

con el aire fresco jugando con el pelo,

no estabas mirando el mundo.

Estabas preguntándote si el mundo te miraba a ti.

—

¿Importa?

Esa pregunta no buscaba respuesta.

Buscaba permiso.

—

Porque ya entonces intuías algo:

que la vida no era lo que ocurría,

sino lo que eras capaz de sentir mientras ocurría.

—

Había días llenos y vacíos a la vez.

Días donde no querías escribir,

pero escribías igual,

porque el silencio también necesitaba forma.

—

Había una decisión latente:

no correr,

no entender,

no resolver.

Solo observar.

Y grabar a fuego.

—

Y en medio de esa quietud,

aparecía ella.

No como persona únicamente.

Sino como territorio.

—

Tacones sobre la alfombra.

La pausa después del ruido.

El cuerpo como refugio.

—

No querías amar con prisa.

Querías habitar.

Purificar el día.

Absorber lo que dolía.

Convertir lo cotidiano en absoluto.

—

Y ahí empezaba algo importante:

dejar de huir de la soledad

para elegir el consuelo.

—

Noviembre no fue solo deseo.

Fue certeza sin argumentos.

—

“Hoy no hay razones.

Hay evidencias.”

—

El amor no se explicaba.

Se reconocía.

En la piel.

En la mirada.

En la forma en que el mundo se detenía

cuando todo encajaba sin esfuerzo.

—

Y al mismo tiempo, había otra capa.

Más profunda.

Más peligrosa.

—

La sensación de haber llegado a una orilla.

De no mirar atrás.

De no tener ya retorno.

—

“Soy estandarte de una sola columna.”

—

Ahí hay identidad.

Ahí hay ruptura.

—

Noviembre también es eso:

el momento en que entiendes

que no perteneces a todo.

Solo a lo que eliges sostener.

—

Y sin embargo…

no todo era claridad.

—

Había vértigo.

Había intensidad.

Había una energía que rozaba la locura.

—

Rocío en la mano.

Cielo como cúpula.

La mente oscilando entre luz y sombra.

—

Querías descubrir.

Querías expandirte.

Querías vivir sin vuelta.

—

Y en medio de todo eso,

aparecía una forma de entrega casi absoluta:

—

“Me dejo en tus manos.”

—

Pero no como rendición.

Como elección.

—

Elegir sentir sin medida.

Elegir exponerte.

Elegir no protegerte del todo.

—

Porque algo dentro de ti ya sabía

que protegerse demasiado

era otra forma de perder.

—

Noviembre de 2009 no fue equilibrio.

Fue intensidad.

—

No fue respuesta.

Fue apertura.

—

No fue control.

Fue consciencia naciendo sin saberlo.

—

Y por eso, al final, la pregunta sigue siendo la misma:

—

¿Importa?

—

Y la respuesta, aunque no la dijeras entonces, ya estaba en todo lo que escribiste:

—

No importa entenderlo.

Importa haberlo vivido así.

—

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