Emperadores del azul celeste

jueves, junio 11, 2026 Permalink 0

Emperadores del azul celeste

Nos asomábamos al balcón de la infancia sin saber que aquello era un balcón.

Creíamos que era el mundo.

Desde allí gobernábamos imperios imposibles, organizábamos ejércitos innumerables y negociábamos alianzas que duraban exactamente una tarde o toda una eternidad, que para entonces venía a ser lo mismo.

Los emperadores del azul celeste éramos nosotros.

Y también aquellos que jugaban a nuestro lado.

Los visibles y los invisibles.

Los que estaban presentes y los que inventábamos.

Los que corrían por las calles del barrio y los que habitaban exclusivamente en nuestra imaginación.

Éramos multitud.

Aunque apenas fuéramos cinco.

Éramos poderosos.

Aunque lleváramos las rodillas peladas.

Éramos invencibles.

Aunque las manos aparecieran llenas de cicatrices y las piernas dolieran al caer la noche.

Porque la verdadera riqueza de aquel reino no era la fuerza.

Era la libertad.

La libertad de convertir cualquier descampado en una frontera desconocida.

Cualquier piedra en una fortaleza.

Cualquier tarde en una aventura.

Cualquier sueño en una posibilidad.

El azul celeste no era un color.

Era el aire.

La calle.

La playa.

El campo de fútbol.

Las excursiones.

La sensación de que el horizonte todavía no había sido domesticado.

Entonces no éramos felices todo el tiempo.

Ni mucho menos.

Había problemas.

Había miedo.

Había complejidades que ni siquiera comprendíamos.

Pero poseíamos algo extraordinario.

La capacidad de imaginar una salida antes de conocer la existencia de los muros.

Jugábamos con cochitos sobre carreteras de tierra construidas con nuestras propias manos. Colocábamos matrículas improvisadas en los cinturones y recorríamos territorios inventados con la solemnidad de quien atraviesa continentes.

Hacíamos bailar trompos armados con clavos imposibles y los convertíamos en criaturas mitológicas capaces de desafiar a cualquier rival.

Inventábamos reglas.

Inventábamos lenguajes.

Inventábamos mundos.

Y ninguno necesitaba permiso para existir.

Con el tiempo aprendimos la razón.

Y siempre me ha parecido una frase peligrosa.

Porque detrás de ella suele esconderse una pregunta incómoda.

¿Realmente ganamos?

Aprendimos a simplificar.

Aprendimos a ser prácticos.

Aprendimos a encajar.

Aprendimos a distinguir lo posible de lo imposible.

Y en ese aprendizaje, tan necesario como inevitable, fuimos entregando pequeñas parcelas de nuestro reino.

No porque alguien nos las arrebatara.

No porque existiera un culpable.

Las entregamos nosotros.

A veces por cansancio.

A veces por prudencia.

A veces por comodidad.

A veces porque confundimos madurez con resignación.

Fuimos adoptando formas de mirar heredadas de quienes nos precedieron. Algunas eran valiosas. Otras eran simplemente viejos miedos disfrazados de experiencia. Y poco a poco aceptamos fronteras que antes no existían.

La cárcel nunca estuvo fuera.

Siempre fue una posibilidad interior.

Por eso recuerdo el instante en que descubrí que los adultos no sabían tanto como aparentaban.

Ocurrió cuando dejaron de tener respuestas.

O cuando las respuestas que daban sonaban a un idioma extraño.

Entonces comprendí algo desconcertante.

Ellos también estaban buscando.

Ellos también estaban improvisando.

Ellos también habían sido emperadores alguna vez.

Y quizá algunos habían olvidado dónde habían escondido la corona.

Sin embargo, la belleza sobrevivió.

Lo sé porque todavía la recordamos.

Permanece anclada en las manos.

En la retina.

En el corazón.

En la forma en que miramos determinadas tardes.

En ciertos olores.

En algunas canciones.

En la manera en que observamos a nuestros hijos cuando construyen sus propios reinos invisibles.

Por eso no creo que los emperadores del azul celeste pertenezcan al pasado.

Existieron.

Existen.

Y existirán.

Son la parte de nosotros que se niega a aceptar que todo está decidido.

La que sigue imaginando.

La que sigue creando.

La que todavía se emociona cuando descubre una puerta donde otros solo ven una pared.

La que conserva intacta la capacidad de asombro.

Si hoy pudiera asomarme otra vez a aquel balcón, no intentaría regresar.

No querría volver atrás.

Simplemente dejaría caer un pequeño papel doblado entre las manos de aquellos niños.

Y en él escribiría unas pocas palabras.

Chicos, no paréis.

Seguid construyendo.

Seguid soñando.

Seguid conquistando territorios imposibles.

Porque el verdadero peligro nunca estuvo en el mar.

Las sirenas no viven entre las olas.

Viven en los lugares que nos invitan a dejar de imaginar.

En los rincones donde la comodidad se hace pasar por sabiduría.

En las voces que nos convencen de que ya está todo inventado.

Por eso, cuando el tiempo os pida bajar la mirada, haced exactamente lo contrario.

Alzadla.

Porque mientras exista alguien capaz de mirar hacia el azul celeste y seguir viendo un reino, los emperadores seguirán vivos.

Comments are closed.